It’s always been inside of you and now it’s time to let it through

Le decía el otro día a un amigo que, últimamente, «Firework» de Katy Perry me persigue a todas partes. Y es verdad, aunque no tiene mucho misterio siendo una canción y un vídeoclip tan recientes y exitosos que los machacan a diario en cualquier lado. Aún así, me gusta que para variar sea una canción tan optimista y que disfruto tanto la que machaquen. Que para dramas y canciones malas siempre hay tiempo.

Ir con mi amigo Jose es garantía de escucharla 100 veces: suelen ponerla allá donde pisa, te la pide en el iPod (y te arranca los cascos si él va durmiendo en el autobús y detecta que tú la estás escuchando), se la pide a nuestros amigos siempre que vamos en su coche, la canta de improviso en cualquier situación. Y te contagia ese entusiasmo suyo, y es una sensación fantástica verle tan entregado. «You just gotta ignite the light…»

A otro amigo que andaba medio de bajón hace unas semanas le pasé la versión acústica de Boyce Avenue y, días después, le dediqué con todo mi cariño la frase: «After a hurricane, comes a rainbow». La frase es un tópico como una casa, vale, pero también es muy cierta; a menudo nos olvidamos que no hay nada más cierto que los tópicos. Espero que él también lo viera así, que entendiera que poniéndole esa frase, de verdad me preocupaba por él y de verdad confiaba en ese arcoiris. Y que supiera que no lo decía por decir: me gusta verle brillar. «Cause there’s a spark in you…»

La actuación de Rachel en Glee dejándose el alma al cantar «Firework» para mí fue El Momento del capítulo de San Valentín. Lo primero es lo primero: mimarse a uno mismo; lo demás ya llegará. Pero a lo que iba: la entrada de hoy viene por un cuento de Oscar Wilde. Ya he mencionado que estos días estoy releyendo sus obras, intercalándolas con otros libros. Pues bien, en el volumen de Cuentos Completos, hoy he descubierto un relato que no recordaba para nada y que precisamente confirma eso de que «Firework» me persigue.

Se titula «El insigne Cohete» (The Remarkable Rocket). No sé si los escritores de «Firework» leerían este cuento antes de componer la canción, pero su letra resume perfectamente la moraleja del cuento. No se puede estar afligido, hay que mostrar al mundo con orgullo todo lo bueno que siempre has tenido en tu interior: es tu misión iluminar el cielo y dejar a los demás boquiabiertos. «Make ‘em go oh-oh-oh…»

«El insigne Cohete» es un cuento triste, porque nos explica la historia de un Cohete que, de tanto dejarse llevar por el drama, no puede cumplir su misión de brillar en el cielo. Mientras los demás cohetes y fuegos artificiales festejan una boda real, prendiendo la noche de mil colores, este Cohete está tan preocupado por la posibilidad de que en el futuro los novios sufran y sean desdichados, que llora, y sus lágrimas empapan la pólvora, así que cuando llega su turno fracasa estrepitosamente: la mecha no se enciende. Pasados los festejos, el servicio de limpieza lanza el Cohete fallido a un charco de barro. Acaban recogiéndolo unos niños, que lo confunden con una rama seca, y antes de marcharse lo tiran a una hoguera. Allí, por fin, se enciende la mecha del Cohete y éste puede volar e iluminar el cielo… pero por desgracia ya no queda nadie para disfrutarlo. (Si os apetece, podéis leer el cuento completo aquí.)

Y con esto de los cohetes y los petardos, siempre me acuerdo del castell de focs de la Fiesta Mayor de Sitges (mi pueblo). No serán como el 4 de Julio, pero impresionaban igual: en Sitges, las noches del 23 de Agosto eran la mejor noche de todo el año. Íbamos a la playa, la arena ya estaba fría, el Paseo Marítimo rebosaba de gente y todos sonreíamos nerviosos, como niños, como si fuera la primera vez. A las 23:00, puntuales, se apagaban las luces, ya sólo intuías la silueta de la iglesia junto al rompeolas. Y justo entonces empezaba media hora de puro espectáculo: fuegos y luces y cohetes y chispas y galaxias y palmeras de todos los colores iluminando el cielo y el mar.

Y me acuerdo de mi abuela, para quien esos espectáculos pirotécnicos sólo merecían la pena cuantos más petardos hubiera y más fuerte explotasen. Le encantaban las tracas finales (especialmente las de Sitges, claro): aplaudía con cada «¡pum!». A mí entonces aún me daban miedo, temía que mi corazón reventase con alguna de las muchas detonaciones. Pero con el tiempo he aprendido a disfrutarlas. Ahora sé que un castillo de fuegos artificiales sin una buena traca final no es lo mismo. «Boom, boom, boom, even brighter than the moon, moon, moon…»

Ya hace demasiados años que no voy a ver el castell de focs de Sitges. Espero ponerle remedio.

That sexy smile… you don’t fool me

El hombre más guapo que veré en todo el día cobra vida. Es una fotografía colgada en un panel publicitario de la estación de metro de Plaza España. Me recibe mirando al horizonte; el sol del atardecer le baña la cara. Luego me ve y sonríe, finalmente me guiña un ojo. Mientras las escaleras mecánicas me alejan de él, vuelve a sonreír y acaba por desviar otra vez la mirada hacia el horizonte, hasta que dejo de verle. No habla, no es un vídeo-póster como los de «Minority Report», pero casi: se trata de un holograma de tres posiciones. Mirada, sonrisa, guiño.

No es más que la llamativa publicidad del centro comercial Maremagnum. Al ver este póster en movimiento me he dicho: «¡Pues claro!». Porque justo esa mañana, de camino al metro, estaba pensando en sitios a los que podría llevar a alguien que no fuera de aquí, sitios que me gusten especialmente porque no querría enseñarle Barcelona, querría enseñarle mi Barcelona. Pero no conseguía acotar qué es para mí eso de «mi Barcelona». Ha sido al ver el póster y recordar el Maremagnum, cuando me han venido a la mente, de golpe, todos los rincones de esa Barcelona mía. El Maremagnum es uno de ellos, por supuesto: no el centro comercial en sí, sino toda la zona: el final de las Ramblas, el puente levadizo, los muelles a lo lejos, el mar, Colón vigilante, las gaviotas y los peces, el puerto deportivo, la gente yendo y viniendo con gafas de sol, la espectacular entrada al centro con los espejos.

Este panel publicitario siempre se adelanta a mis pensamientos. Me recuerda que las soluciones siempre están delante de las narices. A menudo, de pensar tanto en algo, dejas de verlo. Se trata de este panel en concreto: en un rincón del vestíbulo de Plaza España, a mano izquierda, antes de tomar las escaleras mecánicas. La película que tengo que ver, el lugar donde encontraré justo la ropa que buscaba. Cuando se acercaban las elecciones, por ejemplo, y no sabía a qué partido votar porque a todos les encontraba pegas (estaba empeñado en eso, mira), en ese panel colgaron la propaganda del partido que en realidad siempre había tenido intención de votar. Pues claro.

Y a finales de diciembre y principios de enero, cuando mi cabeza hervía de ideas y sentimientos, y me agobiaba al no poder verterlos de ningún modo (chapoteaban en desorden dentro de mi cerebro y se iban hundiendo poco a poco), colocaron allí publicidad de un curso de escritura creativa. ¡Pues claro! No me apunté al curso (era carísimo), pero sí me animé, después de muchos años donde ya sólo lo hacía de forma muy intermitente, a escribir otra vez. Claro que sí. Y cuánto me alegro de estar escribiendo de nuevo: retomé mis novelas con fuerzas renovadas y abrí una nueva etapa en este blog, de la que estoy especialmente satisfecho.

No me fijo en estos pósters al volver a casa: sólo lo hago por las mañanas. Cuando estoy más receptivo, quizá. Yo, que a menudo alardeo de no dejarme llevar por modas ni anuncios (aunque en realidad nadie escapa del poder de la publicidad, nos demos cuenta o no: ya lo advierte Miranda Priestly en la escena del jersey azul cerúleo de «El Diablo Viste de Prada»), descubro mis ideas guiadas por un panel publicitario. Supongo que todos, por muy independientes que nos consideremos, al final siempre necesitamos algún tipo de talismán absurdo (como todos los talismanes, vaya) que nos dé fuerzas o nos recuerde el camino correcto. Ya sea el tarot, el psicólogo, un panel publicitario o los consejos de una amiga tras un par de gintonics. Lo malo es que pronto dejaré de pasar por delante de este panel. Pero confío en encontrar un nuevo faro. Hasta entonces, disfrutaré de la sonrisa holográfica de este hombre que me alegra las mañanas, bañado él por el atardecer de mi Maremagnum.

Before Sunset / Antes del atardecer

I remember that night better than I do entire years.

Ya dije que habría una entrada dedicada a la secuela de Before Sunrise, y aquí está. Como siempre, no escatimaré en spoilers, así que si todavía no la habéis visto (o peor, si ni siquiera habéis visto Before Sunrise)… vedla/s, merece la pena. Reconozco que «Antes del atardecer» es una película en la que cuesta entrar. Estrenada 9 años después, con los mismos protagonistas y el mismo director, y aprovechando el tiempo que ha pasado en la vida real y lo que han vivido los propios actores para construir y enriquecer la película, «Antes del atardecer» rompe el prejuicio de «segundas partes nunca fueron buenas», aunque le cuesta hacerlo.

Y le cuesta porque para empezar rompe en mil añicos la magia del final de la primera parte (ese «¿se reencontrarán?» que te deja entre esperanzado y triste), pero sobre todo porque huye de romanticismos. Uno desearía que el reencuentro de Jesse y Céline fuera apasionado, que después de 9 años sin verse se fundieran en un abrazo primero y después en un morreo de hora y media, y pusiera THE END y salieras del cine satisfecho. Pero no. Jesse y Céline ya no son los mismos, y en las primeras escenas, la tirantez entre ambos es más que evidente, incluso incómoda. La llama sigue ahí, agazapada en un rincón, pero no acaba de reavivarse. Los reencuentros son así en la vida real: el tiempo ha pasado, las personas han cambiado, y precisamente porque apetecería decir tantas cosas, uno no se atreve a decir ninguna y sólo habla de banalidades, con la esperanza de que esas banalidades lleven a alguna parte.

Esto se une al hecho de que la película transcurre en tiempo real: Jesse tiene una hora y veinte minutos para ir al aeropuerto, y eso es exactamente lo que dura la película. Escena a escena, sufres por ver cómo el tiempo se les escapa. La primera parte ya jugaba con la idea del tiempo que se escabulle sin remedio, pero esta vez es mucho más urgente: no pueden desaprovechar esta segunda oportunidad. Y encima, descubres enseguida que la vida los ha transformado: ya no son los adorables jóvenes románticos e idealistas de «Antes del amanecer». Ahora son más maduros, pero también un poco más estúpidos (sobre todo ella, debo decir). Hablan de temas más profundos (que no más importantes), pero también lo hacen de una forma más desencantada. Intentaron cambiar el mundo y el mundo les cambió, intentaron enamorarse y no les salió muy bien tampoco (ella tiene un novio del que prefiere no hablar mucho, él está atrapado en un matrimonio del que sólo adora a su hijo).

Lo bonito es comprobar cómo poco a poco esa frialdad inicial se va desvaneciendo. Cómo esa indiferencia fingida se diluye hasta que los dos, por fin, tienen que admitir lo que significó para ellos aquella noche que pasaron juntos, todo lo que recuerdan y cómo lo recuerdan. La escena del coche es tremenda en ese sentido, con ese guiño a la escena del tranvía de la primera: Jesse está hablando y Céline intenta tocarle, pero no se atreve, como tampoco Jesse se atrevió en su día a romper el hechizo de Céline hablando.

Ethan Hawke publicó un par de libros durante los 9 años que transcurrieron entre ambas películas (uno de ellos, «Estado de excitación», se publicó en España con un fotograma de «Antes del amanecer» como portada), y eso lo trasladan al personaje: ahora es escritor, está presentando en París su última novela, y de hecho está basada en lo que vivió con Céline y la escribió con la esperanza de reencontrarse con ella.

Entre tanto, Julie Delpy grabó un disco y tres canciones del mismo están incluidas en la banda sonora: «Je T’aime Tant«, «An Ocean Apart» y la genial «A Waltz For A Night», también inspirada por la historia de «Antes del amanecer», y que sirve como punto clave de la escena final. Céline le ha abierto las puertas de su casa a Jesse y le canta esta canción acompañada de su guitarra y así, por fin, se sincera: ella también le ha echado de menos.

De la escena final, sin embargo, me quedo con los últimos momentos, que en mi opinión son un guiño a la escena de la cabina en la tienda de música que ya destaqué en la entrada de «Antes del amanecer». Jesse pone en la minicadena una canción de Nina Simone, «Just In Time«. Ya no están en un sitio desconocido de una ciudad desconocida intentando rellenar las horas escuchando un disco que no saben ni cómo es. Están en París, en casa de Céline, escuchando una canción que les gusta a ambos y hablan tranquilamente de Nina Simone y su peculiar forma de actuar en los conciertos: no tienen que preocuparse ya del tiempo, porque está claro que Jesse se va a quedar, así que ella baila y él la mira embobado y la película se cierra con las dos frases más románticas y cargadas de significado de toda la película:

-Baby, you are gonna miss that plane.
-I know.

Dicen que podría haber una tercera película, reflejando el paso de los años de la pareja. Me da miedo reencontrarme con ellos, pero también me muero por ver el resultado.

Your goodnight kiss felt like a ghost

No recuerdo su nombre, sólo su nick: Chinarro. Tiene una sonoridad basta, y sin embargo lo recuerdo con cariño. No fue mi novio, ni siquiera fue mi amante, y al mismo tiempo fue el novio y el amante más perfectos que he tenido (entendiendo por perfección aquello que nunca se estropea; aunque lo cierto es que hay cosas mucho mejores y más interesantes y disfrutables e intensas que la perfección: 7 años lo corroboran). En realidad, Chinarro sólo era el «amigo» -todo lo amigo que puede ser alguien con quien has chateado por IRC algunas noches- en cuya casa me alojé la primera vez que estuve en Madrid, aquel enero de 2001. Encontré el edificio, en pleno Leganés, sin dificultad. Es curioso cómo en aquella época nos orientábamos perfectamente sin necesidad de consultar el GPS de nuestro smartphone: dos garabatos en un papel eran suficiente mapa.
El caso es que esos días, Chinarro tenía a su madre en el hospital, así que no podía acudir al evento que de verdad me había llevado a Madrid: una quedada de la gente de un foro y un canal de chat que yo había creado. (Otro día quizá hablaré de todo aquello.) Intercambiamos cuatro frases, como viejo amigos que no necesitan perder el tiempo en formalidades, dejé la maleta en su casa y me despedí con prisas hasta la noche, el resto del día lo dedicaría a la quedada. Y así lo hice. Volver a Leganés de noche no fue tan fácil, e incluso me equivoqué de autobús y acabé perdidísimo, bajo la lluvia intermitente, sin batería en el móvil, con las calles desiertas y cabinas rotas que inspiraban de todo menos confianza. Pasé un poco de miedo, pero tras media hora deambulando, encontré la casa otra vez. Lo dicho: entonces nos orientábamos mejor.
Al llegar, Chinarro me recibió con un abrazo muy fuerte, como el que le habría dado Penélope a Ulises si las cosas hubieran sido de otra manera y aún le hubiera echado de menos y se alegrase de tenerle de vuelta en Ítaca. Con él pasé una de las noches más extrañas y más bonitas de mi vida. Como siempre ocurre con las mejores conversaciones, hablamos de todo y nada. Bebíamos no recuerdo qué alcohol, a sorbitos, como con miedo de acabarlo demasiado pronto o de emborracharnos demasiado deprisa y dejar de disfrutar de aquello. Hablamos de mi historia y mi fiasco con P, de los problemas que tenía él con su novio, de nuestras experiencias y primeros escarceos. Hablamos, claro, de su madre enferma, de las enfermedades en general, de la muerte y el miedo a la muerte. Hablamos de la gente de la quedada, gente a la que intuíamos que él no llegaría a conocer, aunque dijéramos: «Seguro que te caerán genial», «Sí, tengo ganas de conocerles». Acurrucados en su sofá y siempre escuchando la lluvia contra la ventana, parecíamos una puta película de Isabel Coixet.
Cuando ya eran las tantas, hizo un colacao para los dos y calentándonos las manos con las tazas humeantes, nos dispusimos a ver algunas escenas de la serie que nos había unido. Pero a los cinco minutos, ya no prestábamos atención a la pantalla. Con la gente que merece la pena, lo que te ha unido es sólo una excusa, es absurdo aferrarse a ello cuando la conexión va mucho más allá. Seguimos hablando de muchas cosas que en aquella época, con 18-19 años, nos parecían trascendentes. Pasamos del amor a la política, del sexo a la música. Puede que incluso habláramos de lo que escribíamos, de literatura. En resumen: jugábamos a hablar como adultos. Éramos muy, muy distintos, opinábamos muy diferente en todo, o en casi todo. Pero allí estábamos, compartiendo sofá y risas y colacao y lluvia.
Nos dimos un beso fugaz antes de acostarnos. Ya nos habíamos cepillado los dientes, cada cual se iba a su habitación y entonces me dijo: «Ven». Y fui. Él se tumbó en la cama de sus padres, iba en calzoncillos. Yo supongo que también, no me acuerdo pero no suelo llevarme pijama cuando voy de viaje. Me abrazó y, sonriendo, sin decir nada ni pedir permiso, me besó. Fue un beso corto y dulce, como todos esos besos inesperados que no has tenido que trabajarte y que, curiosamente, suelen llegar de golpe cuando más los necesitas (sin que sepas que van a llegar, sin que sepas que los necesitas: ahí está la gracia). Me encanta la cara, apenas un segundo después del beso, de quien te ha besado: traviesa, como diciéndote «Pues sí, lo he hecho». No sé si la cosa podría haber ido a más, pero Chinarro dijo: «Buenas noches». Y yo lo repetí: «Buenas noches». Volví a mi cuarto.
Antes de marcharme a la mañana siguiente, me regaló un móvil que le sobraba ya que el mío empezaba a funcionar fatal. Chinarro y yo no volvimos a vernos, de hecho perdimos el contacto al cabo de poco tiempo, cuando él desapareció del foro. Por algún motivo, me dio mucha pena desprenderme de aquel Motorola suyo y de hecho, aunque ya no lo usaba, durante varios años lo guardé en un cajón, pero se perdió durante una mudanza. Lo metí en una caja y, al volver a abrirla, ya no estaban allí. Las cosas importantes siempre se pierden de la forma más tonta.
Ya lo he dicho al principio: sin ser nada de todo eso, Chinarro fue el novio y el amante perfectos. Hablamos mucho, no discutimos nunca, compartimos cosas buenas durante una noche eterna, no llegaron las infidelidades ni la desgana de sexo, nos despedimos sin dramas, soy capaz de recordar nuestro último beso. No fuimos absolutamente nada, lo nuestro duró justo lo que tenía que durar. Pero la vida no es perfecta, y quizá por eso nos gusta tanto. Quizá por eso no guardo esta historia en el cajón de los buenos recuerdos. Aquello fue bonito, pero también irreal, y prefiero la realidad antes que la perfección. Prefiero recordar 7 años muy bonitos que acabaron mal que una noche perfecta. La perfección, como la vida eterna, conlleva aburrimiento. Es más interesante disfrutar de las cosas imprevistas e imprevisibles que llegan, dejarse llevar por ellas, disfrutarlas con toda su intensidad, sin pensar en una hipotética caída. El puenting no sería tan emocionante si no existiera un mínimo riesgo de que algo falle, ¿verdad?

Sun melting the fake smile away

Desde luego, no es lo mismo querer estar bien que estar bien. No es lo mismo forzar una sonrisa que sonreír. Beber un batido que disfrutarlo.

Al salir de una mala época, necesitas contrarrestarla con fiesta y felicidad. Te colocas una máscara y sales más, quedas con amigos, te obligas a reír a carcajadas, conoces gente, saltas, cantas, decides redescubrir rincones de tu ciudad, vas a conciertos a los que no habrías ido, haces mil y un planes, seleccionas canciones vitalistas en el iPod y dices que eres feliz. Tus estados de Facebook parecen eslógans de un anuncio de compresas. Y como es lógico, todos se alegran de verte bien otra vez. Ya tocaba.

No deja de ser una euforia artificial, pero también es el preludio a ese maravilloso día en el que, por fin, la sonrisa se cuelga sola de tu cara, sin que tengas que invitarla ni darle permiso. Te miras al espejo y tardas un segundo en reconocerte. Habías olvidado esa expresión, ese brillo en los ojos. Y te gusta, y la gente nota ese cambio, y te gusta que lo noten. De vuelta a la casilla 1, feliz de poder tirar los dados porque tienes la certeza absoluta de que te saldrá un doble 6. No puede ser de otra manera.
Curiosamente, llevo así desde hace un par de semanas, pero lo cierto es que no fui consciente hasta que ayer, tras una agradable cena con unos amigos y en medio de una fiesta de SingStar y Just Dance, recibí un mensaje que me hizo sonreír. Sin dificultad, con la naturalidad de antaño: mis labios recordaron cómo se dibuja una sonrisa, y la dibujaron, y me sentí muy bien. El mensaje no decía nada especialmente emotivo, sólo hablaba de Jurassic Park. Pero lo que no consigan los dinosaurios…
But me, I’m feeling pretty good as of now

I’m not so sure when I got here or how

Sun melting the fake smile away

I think, you know, I’ll be okay