Occupy your mind and you’ll believe

Pensar demasiado puede ser peligroso. Me preguntaba un amigo el otro día qué podía hacer para evitar darle tantas vueltas a todo. Estaba pasando por una de esas etapas que das vueltas y vueltas a la cabeza y parece que hasta lo bueno se vuelve malo. «Muy fácil: hacer cosas», le dije. Sonará tonto, pero en estos casos no hay más secretos que mantener la mente ocupada.

Recuerdo una etapa que viví, hace más de 10 años, sin trabajar ni estudiar. Mis problemas de entonces eran poco menos que chorradas, pero de tener tanto tiempo para pensar en ellos, crecieron hasta volverse monstruosos, inabarcables. Ahora miro atrás y me río de aquellos días donde cada minuto era una losa y hasta salir de la cama parecía un reto.

Tener tiempo libre es bueno y necesario. Tener demasiado tiempo libre, no. Hay que aprovechar ese tiempo libre para hacer cosas. Quedar con amigos, dejarse llevar por su alegría, obtener otros puntos de vista sobre las cosas que te inquietan. Ir al cine, leer buenos libros, ver series, escuchar mucha música (¡pero no sólo de la depresiva!), salir, ir al teatro, a conciertos. Pasear por tu ciudad. Descubrir nuevos rincones mágicos. Viajar si te lo puedes permitir, cambiar de aires. Luchar contra esas ganas de quedarse acurrucado en casa, dando vueltas en el sofá o en la cama de sábanas frías. Bien acompañado y bien entretenido, las heridas acaban curando.

El otro día paseaba por mi barrio, Gracia, y en la plaza de la Virreina pasé junto a unas chicas que saltaban, giraban y sonreían mientras una amiga les tomaba fotos. Una de ellas tenía en la mano una apetitosa pita a medio comer. Sus vestidos -uno rojo con topos blancos y el otro muy verde- se movían al viento y el sol les iluminaba el cabello. Bailaban sin necesidad de música. Probablemente eran turistas. En cualquier caso, sonreían mucho y te contagiaban esa felicidad. Estaban disfrutando de una soleada mañana por Barcelona, sin más. Así habría que enfocar nuestro tiempo libre.

Albert Espinosa – Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven

Estar vivo es dar vida. Dar vida a los que te rodean.

«Amar se conjuga en pasado» iba a titularse la segunda novela de Albert Espinosa tras la curiosa Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo, hasta que una seguidora de su obra le sugirió el título definitivo. Y bien que hizo la mujer, porque este título (con esas tres palabras añadidas a la letra del famoso bolero) encaja como un guante con la novela.  «Ven… y voy.»

Albert Espinosa repite ciertos patrones de la novela anterior: capítulos muy breves, flashbacks, divagaciones de un tema a otro, una acción que tarda en arrancar y luego acaba precipitadamente, reflexiones muy profundas junto a tópicos y lugares comunes, abuso de los puntos suspensivos… Pero esta vez se lo perdono todo, porque el libro, en su conjunto, es una absoluta maravilla. Es un puzle cuyas piezas se van juntando sin que te des cuenta y que al final, cuando ya están todas reunidas, te golpean con la imagen que forman, te dejan con una sonrisa enorme, enorme como el cielo mientras se dispersan las nubes para que vuelva a salir el sol.

¿De qué tratan sus 201 páginas? De niños que huyen del mundo y hombres que se pierden en él, de gente a la caza de respuestas y de extraños que pueden ofrecérselas, de la frustración por un amor naufragado, de compañías inesperadas y casualidades predestinadas, de gigantes atrapados en un cuerpo pequeño. Pero sobre todo, trata de faros, de sacos de boxeo llenos de recuerdos, de perlas que se convierten en diamantes y de niños soñados que nacen lejos gracias al soplo del viento.

Quizá la calidad de un libro se podría medir por la cantidad de frases que nos anima a subrayar y anotar. En ese caso, éste sería el mejor libro que he leído por ahora en todo 2011, porque en cada página encontraba frases y párrafos enteros que no quiero olvidar. Pequeñas lecciones de esperanza, polaroids de un futuro brillante. No lo dejéis escapar. Espero que os guste.

Una selección de citas para acabar de animaros:

Hay veces que una pareja arrastra tanto que ni el amor es suficiente.

Si pierdes el miedo a las caídas, caminas mejor y hasta puedes atreverte a caer. Todo en la vida debería ser así. Primero caerse y luego caminar.

La dificultad de la pendiente te hace olvidar que no paras de progresar y subir. 

Perder puede ser gozoso, pues te hace recordar el valor de ganar. Además, con el tiempo, las pérdidas siempre se acaban convirtiendo en ganancias.

La felicidad no existe. Sólo existe ser feliz cada día.

Parar el mundo es decidir conscientemente que vas a salir de él para mejorarte y mejorarlo. Para poder moverte y moverlo mejor. En ese tiempo debes intentar que nadie ni nada te cree problemas. Alimentarte de buena literatura, de buen cine y, sobre todo, de la conversación de una única persona que te inspire en este mundo. ¿Y sabes qué? Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?

Bon Appétit

No hay receta para nosotros, así que tendremos que improvisar.

Mi consejero oficial de cine sigue acertando de pleno con sus recomendaciones. Una vez más, me sorprende con la película correcta en el momento oportuno. David Pinillos debutó en el cine llevándose el Goya 2011 a Mejor Director Novel, y no es para menos. Se trata de una película bien hecha, a medio camino entre el drama y la comedia romántica, muy resultona. En algunas cosas, me recordó (salvando siempre las distancias, claro) a la maravillosa «(500) Days of Summer».

Dani huye de su Bilbao natal en busca de su lugar en el mundo. Deja atrás a una novia a la que ya no quiere, aunque no se atreva a decírselo. Acaba trabajando en Wackerle, un prestigioso restaurante de Zurich donde hay más gente perdida como él: Hugo, un guapísimo italiano responsable de la cocina, y Hanna, una chica alemana que además de ser la sumiller del restaurante, enamorará al protagonista con su sonrisa y su espontaneidad. Supervisándolos a todos, está el estricto dueño del restaurante, Thomas, preocupado por las apariencias y por no perder todo aquello que tanto le ha costado construir.

La película no destaca por su argumento, sino por la naturalidad con que está tratado todo. No hay grandes giros argumentales ni vueltas de tuerca: las cosas van fluyendo como toca, sin más. Sientes que si esta historia fuera real, ocurriría justamente así. Tal cual. Pasito a pasito, escena a escena, emoción a emoción, con los mismos miedos y los mismos besos fugaces que comparten Dani y Hanna. Ese acercamiento sutil, sin prisa pero sin pausa, ese notar la magia entre dos personas, ese tener miedo de decir demasiado, pero también miedo de no decir suficiente.

Los diálogos están cuidadísimos, hay escenas muy logradas (el paseo nocturno, la primera cena, el amanecer sobre Zurich…). Unax Ugalde y Nora Tschirner consiguen una complicidad excelente entre ambos, nada fácil teniendo en cuenta que sus personajes no cruzan la barrera de la amistad. A destacar la selección de canciones, temas que refuerzan tan bien las escenas que parecen compuestos expresamente para la película.

Me quedo con dos momentos: Hanna cantando Strange Things Will Happen en el coche (inigualables la dulzura de su sonrisa y ese cruce de miradas) y la improvisación de Dani, que con 4 ingredientes muy dispares (spaguettis, naranjas, huevos y caramelos de menta) se las maneja para preparar una deliciosa cena. La vida es eso: atreverse a cocinar algo rico incluso cuando la nevera se te pone a la contra. Y con paciencia y empeño, acabas encontrando tu lugar.

So call in the submarine, round the world we’ll go

Siempre he pensado que no se me da bien consolar a los amigos. Siento que no sé qué decir y, en vez de callar, a menudo recurro a tópicos, frases de ánimo que podría decirles alguien que no les conoce, y me siento aún peor que si no hubiera dicho nada. Y me da rabia, porque sé y aprecio lo mucho que me ayudan mis amigos cuando yo estoy mal. Ahora que tengo la suerte de encontrarme en una etapa muy positiva, me fastidia aún más sentir que no soy capaz de consolar como se merecen a esos amigos que están de bajón.

Gracias a las maravillas de la vida 2.0, últimamente recurro también a enviar canciones mediante links de YouTube o Spotify. A veces la letra de una canción transmite perfectamente lo que querías decir. Otros con más arte han pensado por ti lo que tú no eres capaz de expresar, le han dado forma de poesía y han acompañado esas frases poderosas de música. Pero una canción, por muy bonita que sea, por mucha buena voluntad que le pongas al dedicarla, nunca puede ser suficiente.

Estas últimas semanas, tres amigos distintos me han dado las gracias por animarles, escucharles o, simplemente, estar ahí. Y me he sentido inmensamente afortunado. No sé si afortunado es la palabra. Honrado. Honrado por su amistad, por descubrir que, en contra de lo que siempre creo, he sido capaz de ayudarles aunque fuera un poco, del mismo modo que ellos me han ayudado a mí otras veces. Supongo que, al fin y al cabo, en eso se basa toda amistad: en estar ahí. Estar ahí incluso en la distancia.

Seguiré esforzándome en mejorar mis frases de ánimo, pero no olvidaré que a menudo lo más importante es escuchar.

Para animar a un amigo en dificultades el secreto a revelarse es el siguiente: un verdadero Samurai no debe pavonearse ni perder confianza. Debe ir siempre hacia delante, sino no avanzará y será totalmente inútil. 

Si queréis sondear el corazón de un amigo, caed enfermo. 

(Yamamoto Tsunetomo, «Hagakure»)

Mathias Malzieu – La alargada sombra del amor

El único modo de matar a la muerte es seguir vivo.

Parece mentira que una buena editorial como Mondadori tenga que engañar a sus lectores aprovechándose del éxito de La mecánica del corazón. Es genial que publiquen una obra anterior del mismo autor, pero es terrible que lo hagan cambiando el evocador título original («Ahora que siempre es de noche sobre ti») por otro anodino que intenta recordar al del libro famoso. Lo peor es que eso de «La alargada sombra del amor» no tiene nada que ver con el argumento de la novela a la que da título. Hay sombras en el libro, sí, muchas, pero ninguna tiene nada que ver con el amor. Encima, le encargaron al ilustrador Benjamin Lacombe una nueva portada y de todas sus propuestas, eligieron la más fea porque era la única que encajaba con el título que le iban a endosar. No sé, soy un poco maniático con los títulos y las portadas de los libros, creo que hay que cuidarlos mucho, también a la hora de traducirlos.

Si «La mecánica del corazón» trataba del amor y el desamor, «La alargada sombra del amor» nos habla de cómo sobrellevar la muerte de un ser querido y, por extensión, de sobrevivir a la ausencia de alguien, a la inevitable sensación de abandono, al vacío que nos embarga no sólo ante la muerte, también ante una separación o una ruptura. El autor usó la escritura como medida terapéutica para superar la muerte de su propia madre. Y se nota que escribe desde sus entrañas, hay pasajes de una sinceridad desgarradora. Los primeros capítulos, con las sombras apoderándose de cada mueble y cada rincón, y con los rituales que siguen a todo fallecimiento, son tan bellos como terribles. Es imposible no sentirse identificado con el dolor del protagonista.

Lo que empieza como una historia más o menos realista se convierte pronto en una fábula un tanto confusa. No acabo de entender la metáfora que nos plantea Malzieu: un trozo de sombra de un gigante para protegernos de la tristeza (¿por qué una sombra? ¿para qué? ¿cómo funciona? …nunca queda claro). Y así como los secundarios de «La mecánica del amor» enriquecían -y mucho- la novela, aquí el Gigante Jack me chirría. No puedo evitar la sensación de que sin él, el libro sería mucho mejor: los capítulos que más transmiten son aquellos en los que el gigante no aparece.

«La alargada sombra del amor» remonta el vuelo hacia el final, con un poético viaje al reino de los muertos («Aquí hasta las flores tienen aspecto de esqueleto») y un par de historias breves que resumen perfectamente porqué cuesta tanto olvidar y porqué conviene hacerlo. Son estos dos minicuentos los que ayudan al protagonista a abrir los ojos y aferrarse a la vida. Los últimos capítulos son preciosos precisamente por su sencillez.

Aún siendo un libro sobre el tortuoso camino hacia el optimismo, no recomendaría leerlo a alguien que esté pasando un mal momento o ande bajo de ánimos. La tristeza absoluta del 90% del libro, la atmósfera lúgubre y opresiva, les dejaría sin respiración. Pero si estáis bien, si afortunadamente sale el sol en vuestras vidas, no dudéis en darle una oportunidad a «La alargada sombra del amor». Es mejorable, pero contiene la semilla de un buen libro y es un buen recordatorio de que durante una mala racha sumirse en la tristeza es lógico e incluso conveniente, pero como con los medicamentos, hay que hacerlo con precaución y en la dosis justa. Ante todo, hay que seguir viviendo.

Lee, sueña, descansa, diviértete, aunque eso te parezca tan imposible como el día en que trataste de hacer el primer acorde de guitarra. Todo te parecerá ridículo, pero no abandones nada. ¡No cedas a la desesperación! Usa tus sueños. ¡Y si están rotos, pégalos!