Dance in the dark

La persona más triste que conoces es la misma que a todos nos hace reír. Es un chico ocurrente. A todo lo negativo le saca punta, incluso a su soledad y a sus complejos. Siempre tiene el chiste adecuado en la boca y los enlaza con una facilidad que te desarma. Al menos se lo toma con humor, pensabas al principio, es fuerte.

Pero a menudo, este chico se autolamenta fúnebremente. Tú dejaste de reír al ver la oscuridad que había detrás de cada broma. Tampoco podías ayudarle porque del “Esto es así y así va a ser siempre” no lo sacarías. Lo de sus sentimientos destructivos es una parte de la que nadie habla, como esas nubes que amenazan las vacaciones. No lo sabes, quizás haya que conocer la tristeza para hacer reír a los demás.

Lo que sí sabes es que durante mucho tiempo creíste que solo se podían escribir textos lúgubres. Revolcarte en tu dolor para que otros se revolcaran en el suyo. Hasta que cambiaste el chip. Algunos dijeron que ahora escribías peor, nuevos lectores llegaron. Qué curiosa la vida: si proyectas luz, atraes luz. Ojalá algún día ese chico dé con el interruptor. Sus chistes serán igual de buenos pero con ellos construirá cosas.

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