Tomb Raider

Lara Croft vuelve a nacer. Hace 17 años, Tomb Raider sentó las bases de las aventuras tridimensionales, con una dificultad muy elevada y el carisma de su protagonista. En los últimos años, a pesar de varias entregas efectivas pero sin brillo, Nathan Drake le cogía la delantera. Tocaba eso tan de moda: un reinicio.

En el juego de 2013, poco o nada queda de aquella primera aventura de Lara Croft. Al menos, al principio. El enfoque es mucho más peliculero, intensas secuencias de botones para que el personaje sobreviva a un naufragio, un secuestro, múltiples ataques y mil caídas. Y entonces, cuando el cuerpo de Lara ya no puede sufrir más heridas, empieza la aventura de siempre. Explorar, saltar, resolver puzzles.

Porque sí, que no te despisten los altos valores de producción y los tiroteos en plan Uncharted; ante todo, el nuevo Tomb Raider es una aventura. Adaptada a los tiempos actuales, dinámica y con regeneración automática de salud, pero con escenarios en los que perderse, grutas escondidas y salientes a primera vista inalcanzables.

La ambientación es soberbia. La isla Yamatai, núcleo de una especie de Triángulo de las Bermudas japonés, donde han ido naufragando desde ejércitos samurái a combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Todos ellos han aportado su granito de arena, instalando búnkers, castillos y templos en medio de los bosques y montañas escarpadas. Sí, también se nota la herencia de Lost.

Atención también al arsenal que irá fabricándose la chica para sobrevivir a los peligros de la isla. Un arco multiusos que es divertidísimo de utilizar, un pico con el que tan pronto escalas y abres puertas como rematas a los enemigos, armas varias… La debilidad se compensa con un buen equipo, queda claro.

Pero la estrella de la función no es otra que la propia Lara Croft. Se explican aquí sus orígenes y Crystal Dynamics ha logrado la mejor encarnación del personaje. Tumba a tumba, reliquia a reliquia, ves cómo crece la fascinación de Lara por la arqueología y la aventura. Y gracias a su curiosidad progresiva, comprendes por primera vez por qué merece la pena poner rumbo a tierras inexploradas. Emociones y aprendizaje.

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