Sitting on top of the world

Este año vuelvo a hacer muchas cosas. Cosas que tenía abandonadas, o que jamás intenté. He visto que puedo. Que quiero. Que me gusta, sobre todo. Hacer, redescubrir, intentar, ir. Fluir tiene eso, supongo. Avanzas y llegas. Con energías renovadas y el bagaje acumulado, incluso lo que ya conocías parece nuevo.

Fui a la playa y repetí porque el sabor del mar lo echaba de menos. Pequeños placeres. Jugar en el agua y sacudir la arena de la toalla. Mirarme al espejo al cuarto día de playa y notar, por fin, tantos años después,  un poco de color en la piel, la incipiente silueta del bañador. Algo es algo.

Fui también al CosmoCaixa. La última vez había estada con el colegio y aún se llamaba Museu de la Ciència. No es lo mismo ir de excursión extraescolar que ya crecidito a pasar la tarde con unos amigos y tu chico. Juegas igual, como los niños, experimentas y ríes, pero ahora significa mucho más que un viaje de ida y vuelta en autobús. Exploras cada rincón hasta la hora de cierre.

Y también fui al Tibidabo. Allí pasé un gran día entre atracciones: muchas nuevas y otras más intensas de lo que las recordaba. El lugar, tan entrañable como siempre.  Descubrí además que desde las alturas se ve todo mejor. La ciudad al completo. Las luces parpadean y los aviones se convierten en barcos. La perspectiva desemboca en la sinceridad y ésta será el mejor material para unos buenos cimientos.

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