Ryuichi Sakamoto – La música os hará libres

Antes de este libro, no conocía a Ryuichi Sakamoto todo lo que me gustaría, básicamente canciones sueltas, sobre todo de bandas sonoras, como por ejemplo Forbidden Colours de la película Feliz Navidad, Mr. Lawrence. Pero sabía que con ese título tan potente, La música os hará libres, no podía fallarme. 270 páginas para disfrutar de todas las vivencias y reflexiones que comparte con sus lectores un hombre único.

Y lo de único no lo digo gratuitamente. No es fácil encontrar a un hombre tan independiente, tan templado y apasionado a la vez, tan agradable, tan culto, tan ajeno a las modas (aunque consciente de ellas), tan intuitivo.   El adjetivo «interesante» a menudo se sobreutiliza para al final no decir nada, pero a Ryuichi Sakamoto esa definición le sienta como un guante. Es un tipo interesante. Alguien con quien te gustaría tomarte un café tranquilamente, intercambiar opiniones, y sobre todo escucharle. Da gusto leerle, así que escucharle ya debe ser el orgasmo.

Sakamoto repasa aquí sesenta años de vida, salta de un episodio a otro, y no siempre con conexiones lógicas. Sucesos importantes los resume en dos líneas y otros en apariencia menores los disecciona con intensidad a lo largo de varias páginas. Pero precisamente esa sinceridad a la hora de abordar todas las cosas que cuenta (un padre que no le miró a los ojos hasta que fue adolescente, una chica que se suicidó, las revueltas estudiantiles de los años 70, los atentados del 11-S…) dice mucho de él. Habla de lo que le interesa, y de lo que aprendió y sintió en cada episodio. No da lecciones, sólo comparte: «me pasó esto y pensé esto otro».

Sakamoto habla, por supuesto, de sus influencias musicales a lo largo de los años. De cómo descubrió los acordes de novena gracias a los Beatles y a Debussy, sin ir más lejos. De su obsesión por mezclar pop y música clásica y vanguardia. Pero también habla de sus influencias personales, sobre todo de hombres y el impacto que produjeron en su vida. Sorprende oírle hablar con tanta naturalidad de la belleza masculina y de cómo se enamoró de algunos de esos hombres, los describe con más detalle que a sus novias y esposas.

Al pensar en cualquier artista, es tentador pensar en talento innato. Sakamoto le da la vuelta a la tortilla: el músico y la estrella pop en que se convirtió fue un cúmulo de casualidades y de decisiones no siempre conscientes. De crecerse en las dificultades, porque él no las ve como retos o limitaciones sino como una oportunidad para mejorar. De eso trata La música os hará libres, de un hombre inconformista buscándose siempre a sí mismo, saltando de prueba en prueba y de error en error para encontrar su lugar en el mundo. Echar la vista atrás y descubrir el camino que te ha traído hasta donde estás ahora.

Esta autobiografía es accesible para todo tipo de públicos, conozcan o no al músico, porque consta de capítulos muy breves que agilizan la lectura, y el lenguaje, incluso cuando Sakamoto se mete a hablar de aspectos más técnicos, es sencillo (que no simple).  En definitiva: una lectura amena, instructiva y más que recomendable. Si os gustan las personas que desprenden un magnetismo único, no dudéis en echarle un vistazo al libro.

Vivía haciendo solo lo que me gustaba. Era una vida de color de rosa. Por supuesto, escuchaba música, leía libros, y también fue la época de mi vida en la que vi más películas. Y salí por primera vez con una chica, y fui a manifestaciones y asambleas. Hacía constantemente novillos en el instituto, pero, no sé por qué, me parecía que estaba muy ajetreado.

Pet Shop Boys – Format

Tenía su encanto aquello de rastrear las tiendas de música de Barcelona (bendita calle Tallers), ir a Ferias del Disco con la ilusión casi infantil de «a ver qué encuentro» y dejarte un dineral sólo porque en ese CD o vinilo concretos salía una canción, a veces incluso un remix, que te faltaba. Ahora, con internet, eBay coleccionar música es mucho más fácil y cómodo. Por raro que sea, cualquier formato está a un click de distancia.  Pero reconozco que con Pet Shop Boys sigue gustándome probar suerte, acercarme a Discos Revolver y sonreír cuando encuentro el nuevo single de importación en la estantería.

En Format, Pet Shop Boys recopilan a lo largo y ancho de dos CDs (casi) todas las caras b que han acompañado sus singles de 1996 a 2009. Escucharlo ha sido una experiencia muy distinta a cuando me compré su anterior recopilatorio de rarezas, Alternative (que sigue siendo uno de sus discos más interesantes), porque entonces acababa de hacerme seguidor del grupo y para mí eran simplemente un montón de canciones nuevas. Ahora no, ahora se trata de tener juntas un montón de canciones que me gustan pero que nunca he escuchado tanto como las los álbums. Y es que por buena que sea una cara b, hasta el punto de que a veces llegas a decir que es una de tus canciones favoritas, la realidad es que -por propia comodidad- siempre las escuchas menos que las «importantes», las que por X razones sí pasaron el filtro y se incluyeron en los discos.

Desde el Hi-NRG de la pegadiza The truck driver and his mate al petardeo elegante de Up and down, se pueden encontrar en este nuevo recopilatorio 38 temas únicos, grabados con la libertad que da no el no tener que pasar cuentas con nadie, ni siquiera con la discográfica. Hay algún tropiezo como The former enfant terrible pero lo que abunda es la calidad: temas como Sexy Northener (y sus percusiones hipnóticas) o I didn’t get where I am today (rock psicodélico con irresistibles hey-hey-hey) podrían haber sido singles.

A ratos, Format es un recorrido por los últimos 15 años de música pop, ya que hay canciones herederas de la época en la que se grabaron (las percusiones Max Martin de The ghost of myself o las influencias latinas de mediados de los 90 en The boy who couldn’t keep his clothes on), aunque también hay anacronismos como el homenaje a los Bee Gees en Nightlife o la descaradamente ochentera The Resurrectionist. Y como siempre, Pet Shop Boys demuestran ser los reyes de las baladas emocionantes, ya sea en las que rebosan florituras electrónicas como Always (fácilmente una de sus canciones más bonitas) o las que se acompañan solo de un piano como Friendly Fire.

Sorprenden también la variedad de temas tratados. Las buenas letras siempre han sido marca de la casa, muy por encima de cualquier disco pop medio, y aquí se permiten hablar de temas más arriesgados, y no me refiero sólo al sexo: las fantasías de un dictador en Delusions of grandeur, la espera antes de que salgan las listas de ventas de tu último disco en The calm before the storm, las citas concertadas por internet cuando ya pasó tu momento de esplendor en Gin and jag, el control excesivo y la vigilancia a que estamos sometidos con la excusa de defendernos del terrorismo en We’re all criminals now o la relación entre dos terroristas en la gran ausente, Fugitive.

Ya conocía las 38 canciones que incluye y aún así, escuchándolas una tras otra, aun con sus altibajos, Format me ha dejado con la boca abierta: incluye evolución, variedad, originalidad y calidad. Para eso sirven estos recopilatorios, para reivindicar un catálogo incomparable. Y encima, con un packaging cuidado y un libreto en el que explican cada canción incluida. Qué bien le iría a la música si los «grandes» discos de mucha gente se editasen con el mismo mimo y estuvieran a la altura de los recopilatorios de caras b de Pet Shop Boys.

Graffiti6 – Colours

Now I can dance.

En un desván polvoriento, alguien debió de encontrar un baúl con una vieja colección de vinilos. Le llamó la atención uno de soul. La portada estaba ya descolorida, pero aún podía verse la sonrisa del cantante. Al ponerlo en el tocadiscos, la aguja despertó una voz de terciopelo, que daba ánimos y ofrecía su compañía a través del altavoz. Sonaba tan atemporal que ese arqueólogo musical decidió remezclar el disco para hacer bailar a la gente, porque no hay nada mejor que bailar con sentimientos.

Esta podría ser la historia de este disco. Pero no: aquí no hay remixes de un disco soul, sino 12 canciones nuevas, fruto de la colaboración del cantante Jamie Scott y el productor TommyD, que en 2008 se juntaron para crear música juntos y dos años después debutaban en Inglaterra con este disco, que ahora se reedita en Estados Unidos. Benditas reediciones. A veces parece que no tenga mucho sentido volver a lanzar un disco que ya está a la venta desde hace tiempo, y menos si lo haces sin canciones nuevas. Pues mira, por ejemplo sirve para que vuelvan a hablar de ti y algunos afortunados por fin te descubramos.

Y Colours no podía llegar en mejor momento: para estrenar Febrero y darle la bienvenida al frío con su pop luminoso, de ese que trae calorcito a cualquier día. Lo de pop es un decir. En otra crítica los definían como folktronica. A mí, ya lo decía al principio, me suenan a un disco de soul clásico remezclado. Moby subido de revoluciones en un día optimista. No es de extrañar que la mayoría de temas del disco hayan aparecido en todo tipo de anuncios y series (CSI, One Tree Hill, Anatomía de Grey…).

La cosa empieza fuerte con Stone In My Heart, que a ratos recuerda al próximo single de Madonna, pero hecha con mejor gusto, con momentos cercanos al drum’n’bass y esa voz cálida que te acompañará a lo largo de todo el disco. Continúa la euforia con Annie You Save Me y Stare Into The Sun, esa clase de canciones que querrías escuchar por la calle mientras una cámara graba el vídeoclip y así treparías por las farolas y saltarías de coche en coche entre lluvias de globos.

Luego el disco se vuelve más intimista, y ahí encontramos maravillas como la emocionante Free (¡que alguien abrace a este chico ya!) y Colours, una especie de trip-hop poético que resumen en 5 minutos la magia del enamoramiento. Volvemos a mover los pies con Never Look Back, que casi suena a Tarantino, hasta que esas palmadas te transportan a una fiesta de fin de curso de los años 60 en la que no te van a proclamar rey del baile pero da igual, porque piensas bailar mejor que nadie. El álbum se cierra con Over You, una preciosa canción casi acapella: sólo de vez en cuando suenan un piano y unos coros, Jamie Scott se despide del amor porque ha aprendido que solo también se puede sobrevivir. Now I can dance, susurra.

Que ese es otro de los encantos del disco: las letras. Ambientadas todas después de la tormenta, hablan de esperanza e ilusiones recobradas. A veces sobrevives solo y a veces alguien te ilumina. En cualquiera de los dos casos, sigues adelante sin mirar atrás. Este disco es la banda sonora de ese momento en el que sales a flote, te apartas el pelo de la cara, y descubres que a tu alrededor siempre hubo luz y colores y música. Más, por favor.

With a fire in my heart
I stood up and I am strong

And it makes me stronger
Makes me wiser
It makes me stronger
Makes me wiser

Lana Del Rey – Born To Die

Entras en un antro del callejón más oscuro. Un cartel de neón parpadeante, unas escaleras que bajan a los infiernos y una sala llena de desconocidos estudiándote a través de la niebla. Se diría que allí todos fuman, hasta los camareros. Te sientas en la barra. Pides cualquier cosa. Un whisky, por ejemplo, porque es de la clase de sitios donde la gente pide whisky. Podrías haber entrado en cualquiera de los otros antros, el callejón estaba lleno de ellos, pero tu cliente te ha citado allí. Debe ser el dueño. O quizá tiene un lío con una de las bailarinas. A saber. Te dedicas a esperar.

Trece sorbos cortos después, oyes una voz a tus espaldas. Está cantando. Es la voz de una chica fúnebre dedicando odas a amores que estaban destinados a morir. Sonríes: la historia te suena. Tu trabajo te ha vuelto un experto en crímenes pasionales. Te imaginas a la cantante ya casi una anciana, agarrada al micrófono para no caerse al abismo. Copazo en mano, seguramente, porque su voz huele a alcohol y a drogas y a desencanto. Toda una vida de fracasos acumulados que la han llevado hasta allí, al fondo de ese antro, más allá de la barra y las mesas.

Cuando te das la vuelta, descubres, perdida entre el humo de los cigarrillos, a una lolita recién entrada en la edad adulta, una adolescente que envejeció demasiado pronto. Debe haberle robado la ropa a su hermana mayor. Es guapa, de esa forma en que las chicas frágiles se maquillan guapas para parecer más fuertes. Sus labios son rojos: arden cantando sobre amantes que la maltratan, amantes que la ignoran, amantes que prefieren jugar a videojuegos antes que mirarla en su mejor vestido, amantes que se drogan con ella. Las canciones flotan hipnóticas por el bar, como opio, salidas de algún tocadiscos que va demasiado despacio.

El antro parece ganar un poco de luz gracias a esos temas, desbordantes de percusiones urbanas y orquestras y arreglos etéreos. Son temas lentos pero nunca te duermes. Hay algo en la chica, en su mirada quizá, que te mantiene atento. Puede que sean las ganas de comprobar si se pegará un tiro al final de la actuación. Sólo entonces, al visualizar la sangre que provocaría el disparo, te das cuenta de que el papel que cubre las paredes es rojo. Ella sigue enlazando versos como si estuviera llorando. Pero no llora, su maquillaje se mantiene impoluto. Acaricia el aire con poses sofisticadas, quizá aprendidas después de demasiadas noches buscando el calor de otros cuerpos por los colchones de todo Los Ángeles.

El camarero te dice algo y te fijas que detrás de él, entre las copas vacías y algo sucias, hay pósters que anunciaban la actuación de la chica. En esa foto, sale bien peinada, con un colorido tocado de flores. Debieron hacerla tiempo atrás, porque ahora las flores ya no existen, o se le han caído. La promocionan como una Nancy Sinatra gangsta. Sea lo que sea eso, tú piensas que alguien ha encontrado a la hermana estadounidense y un poco pija de Amy Winehouse. Pero igual de triste y melancólica. Su voz muta de canción en canción, camaleónica, como si tuviera que amoldarse al tono de cada historia. A veces suena menos grave, aún recuerda a la niña que fue, no hace mucho.

Pasan las horas y tu cliente no llega. Suele ocurrir, en esta ciudad: demasiadas cuentas pendientes, demasiadas amantes despechadas. Quizá lo haya matado la propia Lana Del Rey -así se llama, según el póster- antes de subir al escenario. El concierto termina y, antes de volver al camerino, ella da las gracias con una sonrisa tímida. Después de verla sonreír así, piensas que en el camerino no se refugiará en otro vaso de alcohol, como temías, sino que recuperará fuerzas con un simple refresco. Mountain Dew, versión diet, como en una de sus canciones más pegadizas.

Te marchas de allí confiando que el personaje de la cantante sea sólo un disfraz, el que usa como escudo o sustento una chica que es más o menos feliz, que más o menos paga su alquiler a tiempo y que más o menos ama y llora, pero nunca hasta ese punto de destrucción que predica en sus canciones. Quizá sea muy buena actriz, quizá actúe tan bien como canta. Sobrevivirá. Todos los hacemos cada día, ¿por qué ella no? Alejándote por el callejón, aún la oyes cantar a lo lejos.

Let’s get out of this town, baby we’re on fire
Everyone around here wants to be going down, down
If you stick with me, I can take you higher, and higher
It feels like the call of a friend thought lost
Nobody’s found, found, found

I got so scared, I thought no one could save me
You came along, scooped me up like a baby

Every now and then, the stars align
Boy and girl meet by the great design
Could it be that you and me are the lucky ones?

You Say France And I Whistle – Angry Men

«The bottle of youth, we had it all.»

Portadas que te susurran: «Escúchame», capítulo 68. Suecos tenían que ser, pero eso lo descubres luego, cuando ya te encantan. Se llaman You Say France And I Whistle y su disco debut lleva desde ayer dándome un subidón tras otro. ¿Cómo describirlos? Pues ellos mismos, en su web oficial, se definen como The Cure con más alegría, Shout Out Louds con más energía, Vampire Weekend con más rock y Arcade Fire con más pop. La humildad, ese valor en alza. Pero sí, a un batiburrillo así recuerdan.

Su música suena como si se propusieran acercar el verano a Suecia. Por eso tiene sentido que lancen un disco tan veraniego en pleno invierno. Los conozco desde ayer, pero ya veo que son así: un grupo absolutamente impredecible. Una de sus canciones puede empezar lenta, casi acústica, y entonces entra una percusión y aquellas estrofas tan melódicas se convierten en un estribillo a gritos, furia post-adolescente a la que luego sigue un cambio de voz (en vez de la chica canta el chico, o al revés) y de alguna parte aparece una guitarra y entonces llega un interludio de lo que podrían ser marimbas porque ahora estás en el Caribe, preludio tropical del último estribillo épico o, quizá, de una outro de las de mechero en alto que podría pertenecer a otra canción.

Las letras también se las traen. You Say France describen como nadie esa nube difusa que separa la rebeldía de las hipotecas, cuando eres joven pero quieres serlo todavía más. Sexo, trabajos basura, borracheras, consumismo compulsivo, el gran fracaso amoroso, pensamientos suicidas, fiestas sin fin, gente guapa, modas vacías, la última moda, mucha metáfora y sospecho que alguna que otra metanfetamina. A poca gente se le ocurriría mezclar en sus letras referencias a la nube de Super Mario, Yukio Mishima, Spiderman, Blade Runner, el mito de Ulises…

El descaro, la alegría, los gritos en la playa al amanecer. Ya seremos adultos, ya llegarán los 35. En fin: imaginad todas las series de grupos de amigos que aún viven juntos, ponedlas en una coctelera, bebeos la mezcla resultante y quizá acabaréis grabando este disco de indie pop sueco. O bailándolo, al menos. Podéis escuchar el disco entero en su web oficial. ¿Para cuándo un concierto en España? Hay que gritar con ellos ese pletórico «Super Mario Cloud!!!».