Me gusta Mika. Es decir, me sigue gustando Mika. Siempre lo vi como una versión casi adulta de Aqua, con su apuesta por el desenfado más colorista, su falsete, su mundo de piruletas y poses de Freddie alternándose con muñecos gays y felices mujeres con sobrepeso. Ahora llega otro episodio: el tercer disco, titulado The Origin of Love.
La portada rompe con todo el grafismo anterior. Intuyes que al cambio de imagen lo acompañará un cambio de sonido. Ojalá, piensas, porque su fórmula tenía fecha de caducidad. Y en cuatro canciones, las mejores, es así; pero el resto, por desgracia, suenan a descartes de los discos anteriores. No me refiero a descartes de los de: «¿pero cómo dejas esto fuera?», sino de los otros, de los de «hiciste muy bien».
Por ejemplo: Celebrate o Lola, que de puro tontas se dejan escuchar pero nunca acaban de despegar. O Love You When I’m Drunk, pseudo-imitación de su propio imitador King Charles. En cambio, cuando Mika se descalza y prueba cosas nuevas, acierta en la diana. Y mira que era fácil, la prueba la tuvo con el pelotazo Elle Me Dit, que aquí aparece en inglés bajo el título Emily. Después de una nueva intro a lo Call On Me, vuelve ese estribillo irresistible: dance, dance, dance.
A bailar te invita también con la trepidante Stardust, imagino que producida por Benny Benassi. Es un viaje de ida y vuelta a las estrellas en busca del amor. Será single y habrá remixes, seguro. La robótica Make You Happy emociona cuanto más se distorsiona la voz. A ratos, el cantante suena irreconocible, pero sabes que es él.
Y entonces llega Origin of Love. No conquista sólo por sus coros a lo Rey León, su ritmo funky, sus palmadas o su melodía de nana eurovisiva. No, lo mejor de todo es que aquí notas a Mika realmente cómodo. Hasta él lo sabe. Éste era el camino. Enamorarte no implica salirte de la línea sino tener ganas de saltar hacia adelante.









