Eva Mengual : El camino del amor

Hay libros que no son para ti. Al menos, no para este momento. Los lees porque, por carambolas del destino, han llegado ahora hasta tus manos, pero mientras vas pasando sus páginas solo puedes pensar en alguien que conoces. Un amigo a quien le vendrá bien leerlo. El camino del amor es uno de esos libros.

Otros títulos de esta colección, como Los cerezos en diciembre, me inspiraron en su día. Cuentan historias sencillas sobre conflictos cotidianos y esas soluciones que no siempre recordamos. Este trata del amor, claro. De una ruptura, más concretamente, y no sé qué ha ocurrido pero en los últimos meses me han rodeado unas cuantas.

Amigos que se separan, amigos que tendrán que descubrir por su cuenta lo mismo que yo hace tres años: que la soltería está para disfrutarla, para cambiar tu escala de valores:  lo que quieres y lo que no quieres. Para quererte mucho, también, y así ser mejor persona cuando alguien nuevo llegue.

En este proceso, no todo el mundo lleva el mismo ritmo. A algunos les toma más tiempo. A ellos les recomendaré El camino del amor. Habla de ese lento abrir de ojos, desde que te sientes en mitad de una carretera desértica donde nadie dará contigo hasta que por fin los árboles que has plantado dejan ver sus frutos.

No es que un libro te pueda cambiar la vida. Los libros solo pueden darte pequeños empujones hacia la cima. Mil páginas, mil personas te repetirán lo mismo y aunque sepas que tienen razón, no les harás caso: no es lo que necesitas ahora. No sabes qué necesitas, pero eso no. Hasta que quizá un día, de la nada, llegue una frase. Dirá lo mismo que tantas otras y sin embargo lo hará con palabras distintas. Palabras que conectan puntos. Que te devuelven la energía, las riendas. Entonces te descubres todopoderoso y comprendes que todo tuvo sentido.

La ventaja de volver a empezar sola es que puedes hacer todo lo que tú quieras y como tú quieras. Es como si la vida te diera una oportunidad nueva para hacerlo diferente y, quién sabe, quizá mejor. Quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre que me necesites.

Judith Schalansky : Atlas de islas remotas

¿Qué te llevarías a una isla desierta? No se preguntaron eso los exploradores de las 50 islas que aparecen en este libro. Muchos llegaron a ellas por accidente y otros iban en busca de algo. Porque siempre buscas algo, incluso en la otra punta del mundo, o allí más que en ninguna otra parte. Fortuna, fama, conocimiento.

Decir que no encontraron nada sería injusto para las islas. Como mínimo, encontraron piedras. Y nuevas especies de animales y plantes. Y nueva gente. También encontraron por fin un sitio donde nadie les conocía y por eso algunos se quedaron a vivir en aquel pedazo de tierra, rodeados de mar.

Uno a uno, Judith Schalansky detalla con poesía sus motivos, sus descubrimientos, su soledad… Hay historias de misterio que darían para una novela: en medio del mar hubo un asesinato, un envenenamiento, un esqueleto y dos desaparecidos… Hay historias de daltonismos y tsunamis. De naufragios, de supervivientes. Y hay historias de superación, como la del hombre que proseguiría su búsqueda si le quedaran fuerzas. Se trata de abrir el atlas y dejar que te sorprenda, como hacías de niño en la biblioteca.

No son islas del tesoro, aunque cada ficha venga acompañada de un tentador mapa. Las aventuras de estos exploradores son mundanas y aun así te fascinan porque es muy posible que tú nunca pises los parajes que ellos pisaron. Pisarás otros, los tuyos, los que decida el azar y el dinero. Quién sabe, quizá algún día, alguien abra un atlas y te encuentre a ti. Y entonces se preguntará: ¿qué fue a buscar a esa isla suya?

Daniel Fernández : La confabulación de Eros

Hay temas universales. Que nunca pasan de moda, en todas las épocas y países están presentes. El amor, qué duda cabe, es uno de los temas más importantes, sino el que más. Si algo te sorprende cuando lees una novela como La historia de Genji, escrita en el Japón del siglo XI, es que por encima de las exóticas costumbres de la corte imperial, te reconoces en esos personajes porque se preocupan por lo mismo que tú. El amor. Esa inquietud por encontrar (o conservar) alguien que les quiera. Y algo así deberán sentir también los habitantes del año 3077 al acceder al blog Proudstar in the City.

Ese es el punto de partida de La confabulación de Eros, debut literario de Daniel Fernández. En el siglo XXXI, basta con pulsar el botón de la aplicación Eros para encontrar una pareja compatible. Amor garantizado durante un mínimo de dos años. El paraíso. O eso parece, porque alguien encuentra los archivos informáticos de un blog de hace mil años y entonces todo cambiará. Sí, a veces basta una sola voz diciendo lo de siempre para cambiar las cosas.

En el libro hay ciencia-ficción desenfadada (que disfrutarás especialmente si te gustan los cómics y las películas de superhéroes), hay mucho humor, hay referencias a la música pop, pero sobre todo hay una historia de amor preciosa a través del tiempo. La de Joel y Proudstar. Y te engancha de verdad. Al menos, yo lo leí casi del tirón, en dos días, porque necesitaba saber su destino y ya de paso, si eso, el del resto de la humanidad.

Después de años relatando en el blog Proudstar in the City su vida madrileña y sus encuentros y desencuentros amorosos, Daniel Fernández (Proudstar) se animó a recopilar las mejores entradas. A sugerencia del editor de Stonewall, escribió una nueva historia tomándolas como base, y ha sido un acierto. De hecho, a ratos parece que originalmente se escribieron con este proyecto en mente.

Y además, cierras la novela con ganas de haber conocido antes el blog, de haber leído todas las entradas en su día. De haber llorado en el hombro de Proudstar cuando las cosas se torcían, de haber reído con él la mayoría del tiempo. De haberle dado ánimos. Todo saldrá bien. «Nothing really matters, love is all we need.» Lo dicen las canciones pop y ellas siempre tienen razón.

Nuestras mentes han estado conectadas todo este tiempo. Cuando el Universo se percató del error que había cometido, decidió ayudarnos, creando esta línea de metro que recorre la frontera que separa el destino de la casualidad.

Come on and do it

«Un amigo que ha sacado un libro…», le contaba a una amiga. «Pero no el chico del otro día, otro que también es escritor». Y ella alucinaba, claro: ¿cuánta gente que escriba o publique libros puedes llegar a conocer? Y fotógrafos, y diseñadores, y dibujantes… La vida convertida en desfile de artistas.

Durante muchos años no fue así. Antes me quejaba, de hecho, porque no tenía nadie con quien hablar de libros o de escritura. Creía que se trataba de mala suerte, de no frecuentar los círculos apropiados. Me convencí de que decir con qué lectura andaba ahora sería como lanzar una botella al espacio, así que optaba por leer en silencio.

La solución, como suele ocurrir, estaba más cerca de lo que pensaba. En mi interior. Porque en cuanto retomé el hábito de escribir y lo compartí, enseguida llegó a mi vida gente que también escribe o que le gusta leer, gente que me recomienda y aconseja, que me enseña nuevas perspectivas, con la que disfruto hablando, a veces por las redes sociales y a veces cara a cara, de todos esos temas que me interesan.

Dicen que el optimismo atrae más optimismo. Me gustaría creer que algo parecido ocurre con la creatividad. Como en el vídeo del Holstee Manifesto, que ya he puesto otras veces por aquí: «Share your passion and do it often». Las ideas de otros te contagian; también su entusiasmo: verles con ganas de crear te inspira a crear a ti también. Es una botella de cava descorchada. Descubres nuevas bellezas a través de los ojos de otros y ya no paras.

Touch

Dicen que es como tener un hijo. No lo sé, nunca he tenido uno ni parece que lleve camino de tenerlo. Pero si tener un hijo es extraño y familiar a la vez, entonces sí: recibir un ejemplar de tu propio libro es como tener un hijo. Sujetarlo entre tus manos se siente igual de extraño y familiar.

Te lo crees y no te lo crees. Parece algo natural, siempre supiste que sería así, y sin embargo tiene el toque de irrealidad de un rodaje. De una toma mil veces repetida. No es muy distinto a viajar a Nueva York: has visto esta ciudad desde tantos ángulos en tantas series, películas, anuncios, conoces tan bien la ubicación de sus tiendas y rascacielos y anuncios luminosos y sus taxis amarillos que se desdibujan en las fotos y el murmullo de la gente… que cuando estás ahí en medio, no hay sorpresa que valga, no hay fascinación y sí un punto de incredulidad. Porque ya la conoces como la palma de tu mano y aun así te sientes perdido en ella.

Algo así. Tras horas maquetando el libro, corrigiéndolo, comprobando que todo siguiera correcto tras cada cambio, el miércoles recibí un primer ejemplar. Pensaba que lloraría, pero no lloré. Pensaba que me parecería pequeño o grande, y no: era justo de la medida que imaginaba, que para eso estuve comparando opciones. Pensaba que lo olería y solo me acordé después, cuando me lo preguntó un amigo.

Hubo un detalle que sí me fascinó. Que alguien (una máquina) le hubiera dado forma física a lo que originalmente solo eran dos PDFs. Lo abrí, creo que fue lo primero que hice, y por más que lo hojeaba, no entendía cómo era posible que mis páginas estuvieran en orden, bien cortadas y encoladas. Todo en su sitio, cada elemento parte de un todo. Sigo sin entenderlo: tiene que ser un truco de magia.

Ah, y el tacto. El tacto de la portada se me hizo raro al principio. No era tan suave como había imaginado, pero tampoco áspero. Era el tacto exacto de mi libro. Ningún otro tiene ese tacto y es lo que lo hace especial, supongo. Después, yendo en metro, nadie más entendía mi sonrisa al sostener ese libro, bastante tenían ellos escuchando su música o pensando en sus asuntos. Yo no podía evitarlo: estaba orgulloso. Qué raro se hace tocar las cosas bonitas, pero qué bonitas son.