Albert Espinosa – Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven

Estar vivo es dar vida. Dar vida a los que te rodean.

«Amar se conjuga en pasado» iba a titularse la segunda novela de Albert Espinosa tras la curiosa Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo, hasta que una seguidora de su obra le sugirió el título definitivo. Y bien que hizo la mujer, porque este título (con esas tres palabras añadidas a la letra del famoso bolero) encaja como un guante con la novela.  «Ven… y voy.»

Albert Espinosa repite ciertos patrones de la novela anterior: capítulos muy breves, flashbacks, divagaciones de un tema a otro, una acción que tarda en arrancar y luego acaba precipitadamente, reflexiones muy profundas junto a tópicos y lugares comunes, abuso de los puntos suspensivos… Pero esta vez se lo perdono todo, porque el libro, en su conjunto, es una absoluta maravilla. Es un puzle cuyas piezas se van juntando sin que te des cuenta y que al final, cuando ya están todas reunidas, te golpean con la imagen que forman, te dejan con una sonrisa enorme, enorme como el cielo mientras se dispersan las nubes para que vuelva a salir el sol.

¿De qué tratan sus 201 páginas? De niños que huyen del mundo y hombres que se pierden en él, de gente a la caza de respuestas y de extraños que pueden ofrecérselas, de la frustración por un amor naufragado, de compañías inesperadas y casualidades predestinadas, de gigantes atrapados en un cuerpo pequeño. Pero sobre todo, trata de faros, de sacos de boxeo llenos de recuerdos, de perlas que se convierten en diamantes y de niños soñados que nacen lejos gracias al soplo del viento.

Quizá la calidad de un libro se podría medir por la cantidad de frases que nos anima a subrayar y anotar. En ese caso, éste sería el mejor libro que he leído por ahora en todo 2011, porque en cada página encontraba frases y párrafos enteros que no quiero olvidar. Pequeñas lecciones de esperanza, polaroids de un futuro brillante. No lo dejéis escapar. Espero que os guste.

Una selección de citas para acabar de animaros:

Hay veces que una pareja arrastra tanto que ni el amor es suficiente.

Si pierdes el miedo a las caídas, caminas mejor y hasta puedes atreverte a caer. Todo en la vida debería ser así. Primero caerse y luego caminar.

La dificultad de la pendiente te hace olvidar que no paras de progresar y subir. 

Perder puede ser gozoso, pues te hace recordar el valor de ganar. Además, con el tiempo, las pérdidas siempre se acaban convirtiendo en ganancias.

La felicidad no existe. Sólo existe ser feliz cada día.

Parar el mundo es decidir conscientemente que vas a salir de él para mejorarte y mejorarlo. Para poder moverte y moverlo mejor. En ese tiempo debes intentar que nadie ni nada te cree problemas. Alimentarte de buena literatura, de buen cine y, sobre todo, de la conversación de una única persona que te inspire en este mundo. ¿Y sabes qué? Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?

Mathias Malzieu – La alargada sombra del amor

El único modo de matar a la muerte es seguir vivo.

Parece mentira que una buena editorial como Mondadori tenga que engañar a sus lectores aprovechándose del éxito de La mecánica del corazón. Es genial que publiquen una obra anterior del mismo autor, pero es terrible que lo hagan cambiando el evocador título original («Ahora que siempre es de noche sobre ti») por otro anodino que intenta recordar al del libro famoso. Lo peor es que eso de «La alargada sombra del amor» no tiene nada que ver con el argumento de la novela a la que da título. Hay sombras en el libro, sí, muchas, pero ninguna tiene nada que ver con el amor. Encima, le encargaron al ilustrador Benjamin Lacombe una nueva portada y de todas sus propuestas, eligieron la más fea porque era la única que encajaba con el título que le iban a endosar. No sé, soy un poco maniático con los títulos y las portadas de los libros, creo que hay que cuidarlos mucho, también a la hora de traducirlos.

Si «La mecánica del corazón» trataba del amor y el desamor, «La alargada sombra del amor» nos habla de cómo sobrellevar la muerte de un ser querido y, por extensión, de sobrevivir a la ausencia de alguien, a la inevitable sensación de abandono, al vacío que nos embarga no sólo ante la muerte, también ante una separación o una ruptura. El autor usó la escritura como medida terapéutica para superar la muerte de su propia madre. Y se nota que escribe desde sus entrañas, hay pasajes de una sinceridad desgarradora. Los primeros capítulos, con las sombras apoderándose de cada mueble y cada rincón, y con los rituales que siguen a todo fallecimiento, son tan bellos como terribles. Es imposible no sentirse identificado con el dolor del protagonista.

Lo que empieza como una historia más o menos realista se convierte pronto en una fábula un tanto confusa. No acabo de entender la metáfora que nos plantea Malzieu: un trozo de sombra de un gigante para protegernos de la tristeza (¿por qué una sombra? ¿para qué? ¿cómo funciona? …nunca queda claro). Y así como los secundarios de «La mecánica del amor» enriquecían -y mucho- la novela, aquí el Gigante Jack me chirría. No puedo evitar la sensación de que sin él, el libro sería mucho mejor: los capítulos que más transmiten son aquellos en los que el gigante no aparece.

«La alargada sombra del amor» remonta el vuelo hacia el final, con un poético viaje al reino de los muertos («Aquí hasta las flores tienen aspecto de esqueleto») y un par de historias breves que resumen perfectamente porqué cuesta tanto olvidar y porqué conviene hacerlo. Son estos dos minicuentos los que ayudan al protagonista a abrir los ojos y aferrarse a la vida. Los últimos capítulos son preciosos precisamente por su sencillez.

Aún siendo un libro sobre el tortuoso camino hacia el optimismo, no recomendaría leerlo a alguien que esté pasando un mal momento o ande bajo de ánimos. La tristeza absoluta del 90% del libro, la atmósfera lúgubre y opresiva, les dejaría sin respiración. Pero si estáis bien, si afortunadamente sale el sol en vuestras vidas, no dudéis en darle una oportunidad a «La alargada sombra del amor». Es mejorable, pero contiene la semilla de un buen libro y es un buen recordatorio de que durante una mala racha sumirse en la tristeza es lógico e incluso conveniente, pero como con los medicamentos, hay que hacerlo con precaución y en la dosis justa. Ante todo, hay que seguir viviendo.

Lee, sueña, descansa, diviértete, aunque eso te parezca tan imposible como el día en que trataste de hacer el primer acorde de guitarra. Todo te parecerá ridículo, pero no abandones nada. ¡No cedas a la desesperación! Usa tus sueños. ¡Y si están rotos, pégalos!

Thunder only happens when it’s raining

No por nada se siguen editando hoy en día libros ancestrales como «El arte de la guerra» (Sun Tzu), «El Bushido» (Inazô Nitobe) o «El libro de los cinco anillos» (Miyamoto Musashi). Más allá de tratados filosóficos o de artes marciales para samuráis, son manuales prácticos que se pueden aplicar todavía hoy en todo tipo de ámbitos. Sus lecciones son tan universales como atemporales, nos ayudan a encontrar nuevos caminos y actitudes útiles para el día a día.

Ayer estaba hojeando el libro «Hagakure» (Yamamoto Tsunetomo), cuyo críptico título, traducido, vendría a significar «Oculto bajo las hojas». Era el libro de cabecera de Yukio Mishima y también lo cita constantemente el protagonista de la película «Ghost Dog». Al abrirlo, me topé de buenas a primeras con un párrafo que me impactó, por lo cierto y lo fuera de lugar que parecía en un tratado ético «para samuráis». Era el siguiente:

La Actitud Durante la Tormenta

Existe lo que se llama la actitud durante la tormenta. Cuando uno es sorprendido por una repentina tormenta, puede o bien correr lo más aprisa posible o bien colocarse rápidamente bajo los aleros de las casas que bordean el camino. De los dos modos nos mojaremos. Si uno ya estuviera preparado mentalmente a la idea de estar mojado, se encontraría a fin de cuentas muy poco contrariado con la llegada de la lluvia. Se puede aplicar este principio con provecho en todas las situaciones.

Si eres consciente de que la lluvia llegará, disfrutarás más los días de sol, pero también terminarán antes los días de lluvia (y mientras duren no perderás la sonrisa). No hay que cerrar los ojos ante los problemas: hay que tenerlos muy presentes. No se trata de tener miedo y dejar que éste nos agarrote, ni tampoco de andar llorando por las esquinas autocompadeciéndote porque la vida es chunga y todo se va a estropear tarde o temprano. No. Nada de eso. Los japoneses saben muy bien que todo es impermanente. Se inventaron hasta el término artístico aware para expresar que la belleza es belleza precisamente porque es efímera. Y por eso es tan bella y por eso provoca emociones tan intensas y por eso hay que disfrutarla al máximo.

Se lo decía a una amiga hace unos días: «Ahora disfruto más de las cosas buenas porque sé que algún día se terminarán». Y me contestó que eso era muy triste. Pero le dije que no era triste en absoluto, que en todo caso era realista, y que la clave estaba en no perder la sonrisa; al contrario: lucirla más amplia si cabe. Disfrutar más, mucho más. Vivir al máximo. Cuando estás convencido de que algo es eterno es cuando te obsesionas hasta lo malo por salvarlo, haces sacrificios inútiles y al final te acabas estampando contra la pared; hecho añicos, tienes que sobrevivir a la cruda ansiedad que te provoca esa pérdida. Eso sí es triste.

Así que le doy toda la razón al maestro Yamamoto: ya que no vas a poder evitar mojarte con la lluvia, hay que acostumbrarse a ella, acostumbrarse a la mera posibilidad de que llueva. En cierto sentido, sus palabras son la versión madura y sabia de aquellos «Tempus fugit» que en el instituto nos escribíamos unos a otros en los separadores de las carpetas. Entonces, sólo intuíamos lo que significaban. Ahora lo sé, y creo que por eso estoy tan bien y tan sereno.

Thunder only happens when it’s raining.
When the rain washes you clean, you’ll know.

Howl / Aullido

¿Qué pasa cuando haces una distinción entre aquello que le dices a tu amigo y aquello que le dices a tu Musa? El truco está en quebrar dicha distinción y aproximarte a tu Musa sinceramente, como te hablarías a ti mismo o a tus amigos. Es la capacidad de comprometerse a escribir de la manera que tú eres.

(Allen Ginsberg)

Se le llama calidad de vida: salir de trabajar el sábado por la tarde, comprar una entrada en los cines Verdi (que tengo al lado), volver andando a casa para cenar allí tranquilamente, dar otro pequeño paseo por las callejuelas y las tiendecitas de Gracia de regreso a la calle Verdi, disfrutar una crepe de chocolate antes de entrar al cine. Adoro mi barrio.
Se le llama dejarse sorprender por la vida: consultar la cartelera por curiosidad, como cada fin de semana, sin buscar nada concreto, o sólo buscando: buscando cualquier cosa, buscando La Película… y decidirme instintivamente por una: «Howl», poeta transgresor de la generación beat, la voz de una generación, James Franco, Rob Epstein, Jeffrey Friedman, mezcla de varios géneros y formatos… Me convence la propuesta. Poco sabía yo que esta especie de biopic sobre Allen Ginsberg iba a impactarme como lo hizo. Mindfuck literal.
La película está dividida en tres bloques que van intercalándose. Por un lado, tenemos una larga entrevista a Allen Ginsberg (interpretado por James Franco) hablando de su obra, de porqué escribe (y porqué escribe así), rememorando algunos momentos clave de su vida. Por otra parte, tenemos un juicio al editor de «Howl» (el famoso poema escrito por Ginsberg); por el mero hecho de haberlo publicado, acusan al editor de promover la obscenidad, la homosexualidad, el vicio y el buen gusto. Y por último, tenemos la lectura íntegra del poema en cuestión, acompañada de vistosas animaciones que tratan de traducir la poesía en imágenes muy plásticas.

Está basado en hechos y personas reales, y por eso impacta tanto. Por eso y porque su discurso sobre la libertad de expresión y la libertad creativa, por desgracia, no han perdido tanta vigencia como podría parecer. Ginsberg abogaba por la libertad absoluta: que el autor no se censurase a sí mismo y hablase de lo que le gustaba, lo que le interesaba, sin ataduras ni reparos de ningún tipo. Que vertiera en el papel lo que se contaría a sí mismo o lo que le contaría a su mejor amigo. No es menos interesante la parte del juicio, con un encendido debate sobre qué es literatura, qué tipo de valores o vocabulario son «necesarios» para considerar que un texto es literario y no obsceno.

Ginsberg fue transgresor, por eso su poema «Howl» levantó tantas ampollas pero también supo conectar con una generación entera, que vio en sus palabras lo que ellos sentían y no sabían expresar. Lo más bonito es cuando el personaje revela que empezó a escribir por amor: se había enamorado de su amigo y escritor Jack Kerouac, y al no ser correspondido, escribir le pareció la mejor forma de comunicarse con él. De impresionarle, también. Y una cosa llevó a la otra. De escribir por amor, a ser escritor. A destacar cómo James Franco se mete en el papel hasta el punto de que no sientes que esté actuando: es Allen Ginsberg. Casi jurarías que las escenas de la entrevista están rescatadas de algún programa de televisión antiguo.

Es una película que me impactó mucho, muchísimo, me fascinó la persona de Allen Ginsberg y ya tengo encargado su libro «Aullido y otros poemas». Pero también reconozco que es una película densa, se hace más larga de lo que es, al final se vuelve demasiado reiterativa y desde luego no es una película que recomendaría. Hay que saber muy bien lo que se va a ver, tener ese día la mente despejada, libre de prejuicios y muy receptiva.

El poema se ha malinterpretado sólo como una promoción de la homosexualidad. En verdad es… es más la promoción de la sinceridad, acerca de cualquier tema. Si eres un fetichista de los pies, escribe acerca de los pies. Si eres un especulador del mercado, puedes escribir acerca del aumento de la curva de ventas o el gráfico del mercado del petróleo. Cuando un pequeño grupo de personas es franca acerca de la homosexualidad en público, aquello rompe el hielo. Cuando la gente es franca acerca de lo que sea, entonces… aquello es socialmente útil. 

(Allen Ginsberg) 

Frédéric Beigbeder – El amor dura tres años

Al principio, todo es hermoso, incluso tú.

Más que una novela, a ratos «El amor dura tres años» es una especie de manual de autoayuda con tintes autobiográficos. Un ensayo sobre el fin del amor, un estudio del desamor para autoconvencerse el propio autor y tratar de convencerte a ti por el camino. Y lo consigue. Frédéric Beigbeder (autor del bestial «13,99€») fue publicista, y eso se nota. Sus frases son lapidarias. Puros eslógans. Provocadores, salvajes, sinceros, indiscutibles. Terapia de shock intravenosa con forma de libro.

A través de capítulos muy breves (el más largo tiene 5 páginas; la mayoría, 2), Beigbeder va desgranando el fracaso amoroso de su alter ego Marc Marronier: se enamoró, se casó, se divorció. Y vuelta a empezar, porque se vuelve a enamorar, y vuelve a sufrir, ahora con el añadido de saber que todo terminará dentro de 3 años, porque el amor (según el autor y según la bioquímica) está diseñado para durar sólo ese lapso de tiempo. El entorno de la novela: el París burgués, de los veinteañeros y treintañeros modernos. Contando sus miserias, Beigbeder expone las de toda una generación entera obsesionada con el lujo, las fiestas, las apariencias, el sexo esporádico y todo lo que sea fácil y rápido.

Lo leí hace muchos años, después de que «13,99€» me impactase, y recuerdo que entonces «El amor dura tres años» no me gustó tanto. Quizá porque es uno de esos libros que tienes que leer en el momento preciso. Entre el título y el argumento ya os imagináis cuál es ese «momento preciso». Ahora, en cambio, me ha encantado. En su descreímiento, Beigbeder coge los tópicos, los retuerce, los lleva al extremo, pero lo hace con una sinceridad tan brutal, que no sólo te obliga a sentirte identificado, también te lleva a suplicar: «dame un poco de esperanza, coño». Y te la da, claro. El libro no es sólo un largo lloriqueo emo sobre el desamor, también es la búsqueda de una salida, con la voluntad de aprender a hacer las cosas bien en el futuro. Lo dicho: es un libro para leer en el «momento preciso».

En el momento preciso y con un lápiz en la mano, porque lo necesitaréis para subrayar un frase tras otra y párrafos enteros. Os dejo una selección de citas del libro para que podáis haceros una pequeña idea del contenido.

El primer año, se compran muebles. El segundo año, se cambian los muebles de sitio. El tercer año, se reparten los muebles.

Nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio. Casarnos es como ir al McDonald’s. Luego, hacemos zapping.

Cuando uno lo tiene todo demasiado pronto, acaba deseando un desastre que lo libere. Una catástrofe para sentirse aliviado.

Llegará -fatídico- el día en que tendrás que esforzarte. En que tus «te quiero» ya no tendrán el mismo sabor. A mí, la voz de alarma me pilló en la fase de afeitado. Me afeitaba todas las noches para no pinchar a Anne al besarla por la noche. Y, una noche -ella ya estaba durmiendo (había salido sin ella hasta el amanecer, el típico comportamiento lamentable que uno se permite con la excusa del matrimonio)-, no me afeité. Pensé que no era grave, ya que ella no iba a darse cuenta. En cambio, aquello significaba simplemente que ya no la quería.

El amor se acaba cuando es imposible volver atrás.

Todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras que el amor exige dudas e inquietud.

El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir.