Hermann Hesse – Siddhartha

Quiero aprender de mí mismo, ser mi propio discípulo, conocerme y penetrar en ese enigma llamado Siddhartha.

Esbocé una sonrisa al leer en la contraportada de este libro la frase «influido por el pensamiento junguiano». Pues claro: tantos años queriendo leer este libro, era lógico que por fin llegase a mis manos justo la semana en que tras disfrutar en el cine con «Un método peligroso», me interesé por las teorías de Carl Jung.

Siddhartha habla de la insatisfacción de un hombre, esa insatisfacción que le empuja a la perpetua búsqueda de la felicidad. La busca en la religión, el ascetismo, la vida errante, el trabajo, el amor, la contemplación, la familia… La busca de todas las formas posibles. Siddhartha busca, busca y nunca encuentra, porque se dedica a buscar, no a encontrar. Me fascina que cada capítulo gire alrededor de una forma distinta de acercarse a la felicidad.

Cómo son los prejuicios, que me esperaba un libro críptico, espeso, nada fácil de leer… y en absoluto: está tan bien escrito que se lee como el agua, como el agua de ese río al que Siddhartha va a parar una y otra vez a lo largo de su vida. Tanto es así, que casi lo devoré en un sólo día mientras estaba de viaje, luego me relajé y saboreé uno a uno los capítulos que me quedaban por delante.

Mientras lo fui leyendo, sabía que el libro era decisivo en mi vida. No ya por su mensaje o por mi forma de pensar y sentir, que al fin y al cabo siguen siendo las mismas que antes de la lectura; fue, sobre todo, porque me inspiró a la hora de estructurar ciertos capítulos de la novela que estoy escribiendo, me dió alguna idea, me ayudó a entender de qué va realmente mi libro. La importancia de «Siddhartha» se me confirmó al llegar al último capítulo. Ahí volví a esbozar una sonrisa. No, tampoco había sido casualidad que el día antes de leer este libro, le dijera a alguien que, en adelante, me deje libros de «encontradores», porque de buscar yo ya había tenido suficiente. Todas las piezas encajan cuando les das la vuelta.

Buscas demasiado y a fuerza de buscar ya no encuentras. (…) Encontrar significa ser libre, estar abierto, carecer de objetivos.

Daniel Glattauer – Cada siete olas

Tú vives tu vida. Yo vivo mi vida. Y el resto lo vivimos juntos.

Contra el viento del norte te deja con ganas de más y por eso lógico que el autor hay decidido continuar la historia. Pero el final del primer libro era tan perfecto que por mucho que quieras saber más de Emmi y Leo, uno se pregunta si realmente era necesario. Y la respuesta es sí y no.

Sí, porque esta historia de amor epistolar se retoma de una forma original, toma rumbos inesperados. Y no, porque buena parte de lo que hacía tan especial el primer libro (esa forma sutil de tratar temas varios como los celos, el proceso de enamoramiento, la idea del otro…) aquí se pierde por completo. Cada siete olas engancha igual, se lee en apenas dos horas porque su ritmo es trepidante, pero la lectura no aporta nada más allá de descubrir qué ocurrirá con estos dos personajes.

Que está muy bien, y el libro se hace ameno, y acaba como tiene que acabar, pero ¿de verdad eran necesarias casi 270 páginas? En fin, una contradicción: ¿puede algo gustarte mucho y resultarte prescindible? Como mínimo Cada siete olas sirve para recordarnos que las cosas pueden ser mucho más sencillos pero nos empeñamos en complicarlas buscando excusas. Y como dice el Hagakure, «los caminos se pierden cuando se ponen excusas».

En definitiva: si os gustó Contra el viento del norte, tendréis que leer esta continuación, pero esperad tan sólo un epílogo algo extenso.

Cada palabra que me escribes es ahora tu olor y tu mirada y tu boca.

Verte: está bien. Verte «una vez más», verte por última vez: ¡mierda! Llevamos un año y medio viéndonos «quizá por última vez», Leo. Llevamos un año y medio despidiéndonos. Parece como si nos hubiésemos conocido con el exclusivo propósito de despedirnos.

Yo quiero lo mejor para ti. Por desgracia no se me ocurrió pensar que pudiera ser yo.

Alberto Olmos – Trenes hacia Tokio

A veces los sueños se cumplen y entonces uno no sabe qué mover.

Vivir en Japón. Suena bien. Suena exótico, bonito, deseable. Alberto Olmos, que se lo conoce bien porque estuvo viviendo y trabajando allí durante 3 años, desmitifica eso de vivir en Japón en la segunda novela que leo de él, Trenes hacia Tokio. El libro se gestó en un blog y quizá por eso cada capítulo parece un cuento casi independiente, una cápsula directa al estómago. Todos tienen un título misterioso (al final siempre se resuelve el enigma y a menudo, al descubrir el por qué del título, no puedes evitar soltar una carcajada). Todos te llevan a ingerir -a leer- la siguiente cápsula. Te horrorizan y quieres más.

No estamos en el Japón de las geishas y los carteles de neón, sino en el Japón de las personas, de los trabajadores, de los estudiantes. El Japón íntimo, el de los deseos inconfesables, los viajes en tren y el aburrido día a día. Alberto Olmos desmenuza la realidad con una prosa quirúrgica, implacable. Ni siquiera es cruel: simplemente dice las cosas tal cual son, tal cual las ve. Destaca detalles insignificantes que le dan una nueva dimensión -absurda, ultrarrealista- a todo.

Su prosa es como una cámara de cine equipada con rayos-x que exploran bajo la ropa, bajo los párpados. Sus metáforas sorprenden, por lo lúcidas. No gasta más palabras de las necesarias. (Me maravilló, por ejemplo, cómo en vez de decir: «Me subo al coche y observo la ciudad al otro lado de la ventanilla», el autor suelta simplemente: «La ciudad se vuelve paisaje». Toma.) Más de una vez, en más de una frase, he querido aplaudir y he odiado al autor por ser tan certero.

Hay en Trenes hacia Tokio una urgencia por llegar a ninguna parte. Pedazos inconexos sólo en apariencia que van hilvanando una historia triste sobre la incomunicación. Y quizá lo más desasosegante sea que sólo se tendría que cambiar algunos nombres propios y marcas comerciales para que la novela pudiera estar ambientada en cualquier otra parte del mundo «civilizado». Y aún así, el ambiente que se describe, los personajes, los protocolos, son innegablemente japoneses. ¿Nos estaremos convirtiendo todos en japoneses?

No todos los trenes van hacia Tokio: solo los que tomo yo. Siempre que entro en un tren, y me siento, y me convierto en pasajero por unos minutos (a veces hasta por unas horas), sueño que voy hacia Tokio, que me llevan a la gran metrópoli, al cenáculo del dinero y del rímel y de las grandes pantallas de televisión. Luego, el tren, sus puertas, se abren a la decepción, una decepción provinciana, con poco dinero, ojeras y televisioncitas.

Daniel Glattauer – Contra el viento del norte

En otras palabras: buscas algo. Llamémoslo aventura. Quien busca una aventura no está viviendo ninguna, ¿verdad?

Otro de esos libros que han pululado ante mis ojos muchos meses, más de un año, pero que sólo ahora leo. Esa portada de novelilla juvenil no le hace justicia, y tampoco ayuda mucho el título (el concepto «viento del norte» debe ser más evocador en Austria). Pero parece que los buenos libros acaban llegando a tus manos, a veces no sabes muy bien ni cómo.

Una suscripción a una revista ya no tan buena y un «tic» al escribir en el teclado del ordenador. Eso es todo lo que necesitan Leo y Emma para entrar en contacto. Un error que lleva a una frase especialmente llamativa, una frase que lleva a otra, surge el interés. E-mail a e-mail, entablan un «íntimo desconocimiento». Los protagonistas no intercambian tanto confidencias como pensamientos abstractos, intuiciones. No quieren hablar de sus problemas sino alguien que les diga buenas noches, o alguien de quien encontrar un mensaje por la mañana, al encender el ordenador.

Nos dedicamos a despertar la curiosidad del otro y a seguir alimentándola al no satisfacerla de manera definitiva. Intentamos leer entre líneas, entre palabras, y pronto entre letras tal vez. Hacemos grandes esfuerzos por juzgar bien al otro. Y al mismo tiempo nos preocupamos de no desvelar nada importante de nosotros mismos.

El acierto de la novela es precisamente ese intimismo casi vulgar. No hay más narrador que ellos mismos, y Daniel Glattauer consigue crear la ilusión de que esas dos personas existen. Y quizá existen, en algún rincón del mundo, en cada rincón, a cada momento. Te sientes un hacker espiando el intercambio de e-mails entre dos personas que no se conocen. La lectura es ágil, trepidante incluso porque queremos saber más de esa historia de amor cibernética. Todos tenemos ese punto cotilla.

¿Leyendo estos e-mails asistimos a un enamoramiento o más bien a un proceso de idealización? ¿O es que acaso nunca nos enamoramos de una persona, sino de la idea que tenemos de ella, de lo que podría ser para nosotros, de las ilusiones que -ojalá- podría colmar? De ser así, las relaciones virtuales serían el paradigma del enamoramiento: son el medio perfecto para idealizar al otro. ¿Puedes sentir celos por culpa de alguien a quien no conoces? ¿Puedes sentir deseo hacia alguien cuyo aspecto desconoces? ¿Es posible que siempre queramos encontrar algo, incluso cuando no buscamos nada? ¿Es más cómodo -más seguro- conformarse con la idealización que ir más allá, atreverse a que las cosas se estropeen pero al menos disfrutarlas?

Son muchos los temas y las preguntas que van surgiendo indirectamente al leer  la correspondencia de Emma y Leo en Contra el viento del norte.Una novela epistolar del siglo XXI que, por suerte, jamás cae en la cursilería ni el romanticismo facilón. Eso sí: tiene segunda parte. Ya veremos, porque el final de la novela me parece perfecto, pero también me lo parecía el de Before Sunrise y eso no significa que Before Sunset me gustase menos. Me pareció incluso necesaria. Seguiremos hackeando sus correos…

Escribir es como besar, pero sin labios.

La pasión no es la falta de perfección, sino un continuo encaminarse y aferrarse a ella.

Gustave Flaubert – Noviembre

¿Quién presta atención a los tesoros enterrados?

Por recomendación de David, un lector de este blog que a menudo comparte por aquí sus recomendaciones culturales y reflexiones de esas que da gusto leer, me hice con Noviembre, la primera novela de Gustave Flaubert (aunque sólo se publicó póstumamente). Hasta ahora, de él sólo había leído Madame Bovary, en mis tiempos de instituto. Recuerdo que hice el examen del libro sin haber llegado ni a la mitad (el profesor me hizo odiarlo, especialmente cuando de buenas a primeras nos soltó el desenlace), pero aún así saqué muy buena nota. Meses después, ya lo leí tranquilamente, sin la presión de un examen, y lo disfruté muchísimo.

Flaubert era un perfeccionista y su manejo del lenguaje, del ritmo de las frases, es espectacular. Lástima que no sepa francés, porque leerlo en original tiene que dejar sin aliento. Esto se nota incluso en una novela de juventud como es Noviembre. Hay algunos momentos redundantes y diría que la historia avanza a trompicones, pero se compensa con secciones enteras donde las palabras y los signos de puntuación están colocados exactamente como tiene que ser para que te sientas junto al protagonista subiendo unas escaleras, abriendo una puerta, con el corazón desbocado.

¿Detrás de todo ese maquillaje del estilo? La historia de dos obsesiones, dos personajes que tienen tan idealizado el amor, tan idealizado lo que buscan en El Otro, que nunca podrán encontrarlo. Yo soy de la opinión de que nunca hay que bajar el listón (o dicho a lo bruto, inspirándome en un grupo de FB: «mejor vestir santos que desnudar gilipollas»), pero comprendo el mensaje de la novela. Sobre todo, no hay que guardarse las cosas buenas que tenemos. Al revés: hay que mostrarlas al mundo, compartirlas.

Destaco especialmente el monólogo de la prostituta contando su peculiar historia (veo que el cambio repentino de narrador es marca de la casa, también lo había en Madame Bovary). Los personajes femeninos de Gustave Flaubert siempre se salen de la norma, los encuentro muy modernos para su época. En fin: una lectura agradable, que además se lee en seguida, y con la magnífica edición de Impedimenta (qué gusto da tocar y admirar sus cubiertas, sus páginas). Gracias por la recomendación, David.