Libros antiguos para decoración. Eso ponía el cartel de uno de los stands en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Barcelona. Las encuadernaciones eran preciosas, y para qué engañarnos, en una estantería quedarían de fábula. Vestían mucho. Pero sentí lástima ante aquel cementerio de libros que ya nadie quiere por su contenido.
Hoy casi me atropella un autobús. No circulaba especialmente deprisa ni yo iba muy despistado. Habría sido un accidente tonto, un rasguño en su carcasa y seguramente mi final, pero afortunadamente no ha pasado. He frenado en la acera y el conductor se ha disculpado al pasar de largo. Sigo vivo. Eso tiene que servir de algo, ¿no?
Siento algo extraño cuando veo a famosos más jóvenes que yo llegando a lo más alto. Se parece a la envidia, quizá sea admiración, o culpabilidad por no ponerme las pilas mucho antes. Ellos lo hicieron y ahí están. Tengo 30 años, podría tener varios libros ya publicados si no me hubiese pasado casi 10 años sin escribir. Pero el orgullo de ahora es el mismo: por fin, la novela está a punto de salir del horno.
Ya es un buen paso. Unos cimientos. Pero quiero más. No quiero ser un libro antiguo más en una caja llena de libros ante la que pasa de largo la gente. Quiero hacer algo. No sé si importante, pero algo. Tengo el arco y tengo las flechas, me falta la diana. Quiero sentir el cariño, sentirme vivo mientras estoy vivo.









