I got only what I got while I’m alive

Libros antiguos para decoración. Eso ponía el cartel de uno de los stands en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Barcelona. Las encuadernaciones eran preciosas, y para qué engañarnos, en una estantería quedarían de fábula. Vestían mucho. Pero sentí lástima ante aquel cementerio de libros que ya nadie quiere por su contenido.

Hoy casi me atropella un autobús. No circulaba especialmente deprisa ni yo iba muy despistado. Habría sido un accidente tonto, un rasguño en su carcasa y seguramente mi final, pero afortunadamente no ha pasado. He frenado en la acera y el conductor se ha disculpado al pasar de largo. Sigo vivo. Eso tiene que servir de algo, ¿no?

Siento algo extraño cuando veo a famosos más jóvenes que yo llegando a lo más alto. Se parece a la envidia, quizá sea admiración, o culpabilidad por no ponerme las pilas mucho antes. Ellos lo hicieron y ahí están. Tengo 30 años, podría tener varios libros ya publicados si no me hubiese pasado casi 10 años sin escribir. Pero el orgullo de ahora es el mismo: por fin, la novela está a punto de salir del horno.

Ya es un buen paso. Unos cimientos. Pero quiero más. No quiero ser un libro antiguo más en una caja llena de libros ante la que pasa de largo la gente. Quiero hacer algo. No sé si importante, pero algo. Tengo el arco y tengo las flechas, me falta la diana. Quiero sentir el cariño, sentirme vivo mientras estoy vivo.

Shunryu Suzuki – No siempre será así

«Que las cosas sean como desean ser.»

No escribió ningún libro. Maestro zen, Shunryu Suzuki se dedicó a compartir sus aprendizajes en Japón y Estados Unidos. Sus charlas americanas se grabaron en vídeo y No siempre será así recoge las transcripciones de Suzuki. Una idea peculiar que da pie a capítulos breves, chispazos casi.

Siempre lo digo pero es cierto. Todas las cosas llegan cuando tienen que llegar, y este libro es un ejemplo. Me acompañó durante la última semana de septiembre. Me serenó, me ayudó a relativizar. Me devolvió los pies a la tierra, los ojos al cielo, el corazón al centro del pecho, las manos hacia todas esas cosas que puedo acariciar.

Un vaso de agua, un beso, una pizza recién salida del horno, una palabra que vale por todas, una taza más grande para el otoño, un sofá mullido, un graffiti revelador, el sonido del timbre, la primera lluvia, el ecuador de la novela, un helado de chocolate, un trampolín, esa película redescubierta. Todo ocurre ahora. 200 páginas para recordarlo.

Olvidad este momento y convertíos en el siguiente.
Dar en el blanco es el resultado de 99 fracasos.
Conocer a alguien es sentir el sabor de aquella persona, la sensación que os produce.
Si algo viene, dejad que llegue.

Haruki Murakami – Baila, baila, baila

No es un tópico. Murakami tiene algo que atrapa. Hipnótico. No siempre ocurre, a veces me he encontrado con libros suyos en los que no he podido avanzar más de 50 páginas. Pero cuando la magia se activa, Murakami te arrastra con él a ese mundo en el que parece que no ocurre nada y sin embargo pasa todo.

Los personajes del escritor japonés siempre están buscándose a sí mismos. Buscando ponerle nombre a algo que dará sentido a sus vidas. El protagonista de Baila, baila, baila (secuela de tapadillo de La caza del carnero salvaje, aunque se puede leer suelta), también emprende esa búsqueda. Casi sin quererlo. Algunos ascensores se ponen en marcha sin que tengas que apretar ningún botón.

Hay mucha música rock, asesinatos, viajes a la fría Sapporo y a la surfera Hawai, sexo a granel y sobre todo paseos, cocina, cine, lectura, el reencuentro sosegado con uno mismo. Tu casa, tu coche, tu compañía. Tu lugar. Lo que decía: pasa todo sin darte cuenta. Cada día es decisivo aunque «sólo» disfrutes de ti mismo, significa que sigues en movimiento.

Lo he pasado muy bien con esta novela. Pasa a ser una de mis favoritas de Haruki Murakami. Y como todas, ha llegado cuando tocaba. Porque Baila, baila, baila trata sobre todo de conexiones. Conectar los puntos, conectar los cuerpos. Todo es lo mismo. Es muy fácil. Coges el conector y…

No dejes de bailar mientras suena la música. ¿Lo entiendes? Baila. No dejes de bailar. No pienses por qué lo haces. No le des vueltas ni le busques significados.

Michi Kobayashi – El principio del círculo

«¿Nunca has estado con nadie que necesitara
darte la mano, abrazarte o besarte?»

Parece que la editorial Comanegra se está especializando en editar fábulas de autoayuda con ambientación japonesa. No sé si será un nuevo género, pero ya han editado tres libros así: La ley del espejo, Los cerezos en diciembre y éste. Por mí, que sigan con el proyecto: se leen en menos de una hora y levantan el ánimo.

El círculo de la portada, trazado con pincel y tinta china, es uno de mis símbolos favoritos. Sé que algún día tendré un despacho con un cuadro así. En El principio del círculo sirve para explicar la importancia de la comunicación entre dos personas y, más aún, del contacto físico.

A menudo te quedas en las palabras. Ya lo has dicho todo, tu boca se ha desbordado, ¿qué más podrías hacer? Pues expresarlo con gestos, por ejemplo. Expresarlo de verdad. Demostrarlo. Caricias, abrazos, miradas, besos, mimos, ligeras presiones. Tu cuerpo sólo sabe decir la verdad.

Estás tan seguro de lo que sientes hacia los demás (familia, pareja, amigos), que te olvidas de hacérselo saber. No comparto el aire anti-tecnológico del libro, pero sí defiendo su apuesta por la comunicación. Las cosas que no se dicen, las cosas que no se expresan, no las saboreas tanto como podrías. Toquémonos.

Si evitamos el contacto nos perderemos muchas cosas bonitas. Hay un cuento que dice que, en una ciudad donde pasaban cosas sorprendentes, un día todos los habitantes se despertaron con azúcar en los labios. Pero los granitos de azúcar eran tan pequeños que no se veían. ¿Y sabes qué pasó? Que sólo se dieron cuenta de ese hecho increíble los que, al despertarse, se besaron en los labios.

Haruki Murakami – After dark

La ciudad de noche. Personas que deambulan por su calles. Huyen. De fantasmas, de sí mismos, de preguntas que no quieren preguntarse. Murakami sitúa esta novela en un submundo formado por bares aún abiertos, love hotels (bonito eufemismo para esos sitios donde la gente va a follar) y parques oscuros cuyas hojas crujen.

Se trata de su obra más sencilla pero, personalmente, creo que también de las más logradas. Es la segunda vez que la leo y me ha vuelto a sorprender. Porque no dejan de ocurrir cosas. Los personajes actúan, caminan. Hay un propósito. Hay diálogos y giros y vidas entrecruzadas en el transcurro de una única noche.

El estilo de Murakami aquí es más telegráfico que de costumbre, absolutamente visual. Frases bisturí. Una cámara que desnuda a los personajes, los deja vulnerables y luego los arropa un poquito. Podría rodarse una comedia romántica, aunque de comedia tendría poco y el romance se insinuaría apenas.

Un chico que quiere expresarse, una chica hermética y una hermana que duerme. Son los vértices de After dark. A su alrededor, otros personajes sombríos, notas de jazz que se deslizan bajo las puertas de los locales y un latido de fondo, una amenaza, el reloj quizá. Incluso de noche, la ciudad está llena de buenas historias.