Vaya por delante que a mí me gusta Baz Luhrmann. Mucho. Con todos sus excesos y desenfrenos. Puede que en sus películas importe más la forma que el contenido, pero es en que precisamente en vistosidad pocos le ganan, por no decir nadie. Ni en atrevimiento. Ni en imaginería visual. Son películas que hay que disfrutar en el cine.
Del Gran Gatsby solo había leído la típica versión resumida en esos libritos de la clase de inglés, con el vocabulario en los márgenes. Tengo pendiente leerme la novela original, pero aún así creo que, más allá de todas las licencias artísticas, la adaptación de Luhrmann es buena, sino no me explico que algunos dilemas de los protagonistas sean tan, tan de la época que retrata.
Y eso que en las bases, sigue siendo una historia actual: personajes que viven rodeados del lujo, a espaldas de la inminente decadencia. Para ilustrarlos, una puesta en escena apabullante, fiestas con cientos de extras, cientos de colores, cientos de fuegos artificiales. A ritmo de hip-hop, claro. Las canciones brillan e incluso ese Back To Black de Beyoncé y André 3000 lo disfrutas cuando suena.
Baz Luhrmann ha dado con una historia que le permite potenciar todos sus tics y talentos. A ratos, no te quitas la sensación de estar ante la versión deluxe y neoyorkina de Moulin Rouge. Pero eso es bueno. Tan bueno que, de hecho, si no fuera por la música, El Gran Gatsby superaría en todo al romance de Satine y Christian. Me quedo con esta película sobre la ambición bien entendida, el optimismo y el poder sanador de la escritura. Dos horas largas de puro disfrute.









