El Gran Gatsby

Vaya por delante que a mí me gusta Baz Luhrmann. Mucho. Con todos sus excesos y desenfrenos. Puede que en sus películas importe más la forma que el contenido, pero es en que precisamente en vistosidad pocos le ganan, por no decir nadie. Ni en atrevimiento. Ni en imaginería visual. Son películas que hay que disfrutar en el cine.

Del Gran Gatsby solo había leído la típica versión resumida en esos libritos de la clase de inglés, con el vocabulario en los márgenes. Tengo pendiente leerme la novela original, pero aún así creo que, más allá de todas las licencias artísticas, la adaptación de Luhrmann es buena, sino no me explico que algunos dilemas de los protagonistas sean tan, tan de la época que retrata.

Y eso que en las bases, sigue siendo una historia actual: personajes que viven rodeados del lujo, a espaldas de la inminente decadencia. Para ilustrarlos, una puesta en escena apabullante, fiestas con cientos de extras, cientos de colores, cientos de fuegos artificiales. A ritmo de hip-hop, claro. Las canciones brillan e incluso ese Back To Black de Beyoncé y André 3000 lo disfrutas cuando suena.

Baz Luhrmann ha dado con una historia que le permite potenciar todos sus tics y talentos. A ratos, no te quitas la sensación de estar ante la versión deluxe y neoyorkina de Moulin Rouge. Pero eso es bueno. Tan bueno que, de hecho, si no fuera por la música, El Gran Gatsby superaría en todo al romance de Satine y Christian. Me quedo con esta película sobre la ambición bien entendida, el optimismo y el poder sanador de la escritura. Dos horas largas de puro disfrute.

Seeking a friend for the end of the world

«Una película muy tú.» Así me la definieron. No supe quién sería predecible, si la película o yo. O si de verdad hay cosas que tienen que ir juntas sí o sí. No te las imaginas de otra manera. Es lo que ocurre con los personajes de Steve Carell y Keira Knightley cuando se conocen. Sí, son las reglas de toda comedia romántica: chico conoce a chica, blablablá, pero en este caso hay algo más.

Ambos llegan a la vida del otro en su momento más bajo, por accidente, cuando además a su alrededor el mundo se está acabando (siempre parece que se acaba, pero esta vez va en serio) y sabes que juntos se sanarán. No es que se necesiten, sino que solo conociéndose podrán afrontar esta nueva etapa con valentía. Atreverse a hacer todo lo que querían y no hacían.

Han sintonizado el canal y por fin dejan de aparecer franjas y ruidos extraños. Es una historia de amor sencilla, contada con la emoción precisa, sin alardes ni dramatismos, y eso que se prestaba a ello. Emociona porque no pretende emocionar, solo te cuenta las cosas tal cual ocurren. Así se enamorarían dos extraños en pleno fin del mundo.

Hay secuencias de las de abrazarse al cojín (o peluche, o manta, o novio, o lo que gastéis), no sobra ni una canción ni un minuto, el final es perfecto. Un viaje para disfrutarlo de principio a fin. Como la vida, como un buen amor. Te deja clavado a la silla con una sonrisa, a pesar de todo. Pues sí, me dije, orgulloso: es una película «muy yo».

Los amantes pasajeros

El primer día de clase, el profesor de dirección de cine nos propuso un ejercicio. Teníamos que coger una escena nuestra, cualquiera servía, y ensayarla durante media hora con un par de actrices de la clase de interpretación. Después la presentábamos delante del resto de compañeros. «¿Qué te ha parecido?», preguntaba nuestro profesor al final de cada presentación. «¿La rodarías tal cual?»

Todos decíamos que sí. Que la rodaríamos así, cambiando quizá un par de frases, pero que en general estábamos satisfechos. Que las chicas lo habían hecho estupendamente. Todos dijimos lo mismo y todos nos equivocábamos, porque en las escenas de los compañeros ya veías enseguida que faltaba ensayar mucho, pulir mucho, descartar mucho, sacarle más partido a otros trozos.

Nos lo corroboró nuestro profesor. Siempre te deslumbra la magia de ver cómo tus palabras cobran vida en las bocas y los gestos de otros. Por eso nos recomendaba filmar los ensayos y repasarlos desde la distancia. Así se consigue imprimirle fuerza al guión, prescindiendo de lo que no funciona y enfatizando lo que sí.

La versión de Los Amantes Pasajeros que se ha estrenado en el cine es una grabación de ese primer ensayo. Solo así se entiende que grandes actores actúen con el piloto automático, que siga ahí la historia de Willy Toledo y en cambio no se saque más partido de los tres azafatos, especialmente Carlos Areces, la auténtica estrella de la función. «Estás hablando con un apóstata, que lo sepas.»

Pero mira, el número musical dura tres minutazos fantásticos, también hay 4 frases con las que te ríes, le ves el paquete a Miguel Ángel Silvestre, Raúl Arévalo nunca ha estado tan guapo y al final suena The Look de Metronomy. Ya es algo.

Searching for Sugar Man

¿Sueñan los artistas con aplausos mecánicos? Crear para uno mismo está muy bien pero creo que, en el fondo, poco o mucho, todos deseamos alguien que lea nuestra obra, que la escuche, que la contemple. De lo contrario, crearíamos en la mente y seríamos felices. En cierto modo, el arte cobra sentido pleno cuando hay un público.

Casi nadie había oído hablar de Rodriguez hasta que se hizo este documental. Y creo que muchos, la mayoría, no conocíamos este documental hasta que no lo nominaron al Oscar. Así son las cosas. La cinta busca explicaciones: cómo puede ser que un artista que lo tenía todo a su favor (talento, buena voz, grandes productores…) quedase en el olvido y acabara desapareciendo sin más.

De telón de fondo, la música como sentimiento pero también como motor de revoluciones. Personales y sociales. Porque ahí está la ironía: Rodriguez no lo supo, pero su música fue el himno de la lucha contra el apartheid, en Sudáfrica. Será verdad que la música puede cambiar el mundo. El de cada uno de nosotros, al menos.

Searching for Sugar es una lección de humildad. Defiende la vida tranquila frente a las ambiciones. Emociona y sorprende. Es original en la forma. Tan bien rodado está y tan intrigado te mantiene durante los primeros 45 minutos, que a ratos olvidas que todo eso que estás viendo fue real, parece una película de suspense.

En definitiva: el documental se merece todos los premios que se está llevando. Se merece, también, que escuchemos a Rodriguez al fin, recompensa tardía pero justa. Sus canciones ya suenan a clásicos en mis listas de reproducción. Es la conexión instantánea de las cosas que merecen la pena.

I wonder how many times you’ve been had
And I wonder how many plans have gone bad
I wonder how many times you had sex
And I wonder do you know who’ll be next
I wonder, I wonder, wonder I do

Ciao Pirla!

1369 km de superación personal. Oscar D’Aniello se propone recorrer en bici la distancia que separa Barcelona de Desio, el pueblo de su padre, donde depositará sus cenizas. Un viaje pendiente y sobre todo un reto personal. Tiene presente que igual no lo consigue pero lo importante es haber subido a la bici y echarse a pedalear.

El documental de La Cafetera acompaña a lo largo de todo el viaje al cantante de Delafé y las Flores Azules. Sudas en la bici con él, sufres con cualquier contratiempo y disfrutas de cada cuesta porque después llegará un verdísimo paisaje. Emociones a flor de piel, emociones y crecimiento con una buena banda sonora.

Me recordaba a ratos al inspirador De qué hablo cuando hablo de correr de Murakami. Porque más que el viaje en sí, lo importante es todo lo que Oscar aprende en él, de sus acompañantes temporales y de sí mismo. Y ya es eso la vida: descubrir que tienes energía dentro aunque no lo supieras, avanzar siempre, en línea recta o con desvíos pero siempre acabar llegando. Los objetivos como fuerza motora.

Tuve la suerte de asistir la semana pasada, gracias a mi amigo Jose, a la presentación en Barcelona. Me sorprendió porque la hora y cuarto pasó a toda velocidad, un montaje ágil combinaba tiempos y espacios.  La edición especial del disco De ti sin mí / De mí sin ti incluye el documental y seguro que pronto lo proyectan en más ciudades. Los beneficios van destinados a la organización Pallapupas.