La gran belleza

Un escritor en busca de inspiración en un mundo vacío. Así podría resumirse La gran belleza. Porque sobre eso mismo, «la gran belleza», querría escribir Jep Gambardella y ni siquiera en una Roma en ruinas la encuentra. En su vida hay muchas cosas que detesta, pero está tan inmerso en ellas, ha vivido así durante tantos años, que ya no le queda otra escapatoria que dejarse arrastrar de fiesta en fiesta. Conformarse siempre es más fácil. Y divertido.

Los primeros pasos de la película te arrastran a su mundo de juergas sin fin donde beben, esnifan y bailan al ritmo de Far L’Amore. Todo parece inofensivo hasta que Jep se quita la máscara para hablarte. Para dejarte claro que él es muy consciente del vacío que le rodea. «Lo mejor de nuestras congas es que no llevan a ninguna parte», dice en cierto momento y los demás se ríen como para no darse cuenta de que literalmente es así.

En La gran belleza todo está rodado con un gusto exquisito. Las conversaciones mordaces en pisos de lujo, las panorámicas de la ciudad, los momentos oníricos que ilustran la mente de Jep. La película entra por los ojos, como todas las cosas bonitas. Todo es bonito: quizá sea eso lo que quiere que pienses el director Paolo Sorrentino. Todo es bonito y merece la pena vivirlo. En cualquier rincón esta la inspiración: ¡búscala! El final no es el punto más importante del camino.

«Antes queda la vida, disfrazada bajo un manto de bla-bla-blá.»

Blue Jasmine

¿Qué te queda cuando lo pierdes todo? Lo descubrirá Jasmine tras perder a su marido, su hijo, su fortuna, su mansión, su círculo de amistades… Después del abismo llegan nuevas cosas. Otra ciudad, reencuentros y descubrimientos. De tu capacidad para abrazarlos depende en buena medida tu salud mental.

La vida es puñetera. Te sorprende tras cada esquina: lo que iba a ser una comedia ligera en lofts neoyorkinos desemboca en dramón cuesta abajo por las angostas calles de San Francisco. Querías una cosa y lograste la de al lado, tan cercana pero agridulce. Creías en el destino sin tener en cuenta que este es un bromista con ases en la manga; dejándote llevar por él, a veces el flujo se convierte en maremoto donde ya ni las brazadas surten efecto.

Y en medio de este desaguisado, el personaje de Cate Blanchett. Reina absoluta de la película. Capaz de hacerte reír y llorar en la misma escena. Muy segura de que ella no se siente como los demás. Los demás sonríen por sonreír y ella solo lo hace si le apetece. Ha aprendido a ser visceralmente sincera. ¿Tienen las personas como ella un lugar en el mundo? Dudas, siempre dudas. Dudas y finales abiertos como preludio a algo desconocido.

Gravity

Salí temblando del cine. Temblando y casi llorando. Entendiendo, también, y por fin, por qué me había costado tanto llegar a ver la película. Y es que no encontré entrada hasta el tercer cine. El primero tenía las sesiones agotadas y en el segundo había una cola kilométrica. A veces, las expectativas están justificadas. Con Gravity sí, desde luego.

No sé qué esperaba encontrarme. Otra joya de ciencia-ficción como Hijos de los hombres, supongo. Pero no hay ni rastro de ciencia-ficción en Gravity. Aquí el espacio es un elemento cotidiano, el día a día de unos astronautas que aún así siguen maravillándose de las vistas que pueden contemplar. Y tú te maravillas con ellos, porque la película está hecha para que las imágenes te superen, engrandecidas en la pantalla, envolviéndote. Técnica y buen gusto: combo perfecto.

Pero el espectáculo visual y la minuciosa recreación de las estaciones espaciales son solo el telón de fondo. Dicen que esta película pincha en su historia. No puedo estar de acuerdo. La historia es sencilla, sí, pero es la historia más importante. La de una mujer que lucha por su vida. Alguien que sigue adelante aunque no le queden fuerzas, ni aire, ni ganas, ni motivos para hacerlo. «No me rendiré», dice a media película. Y no lo hace a pesar del cúmulo de obstáculos, desastres, accidentes a los que tiene que enfrentarse. Ella sigue y sigue. Pase lo que pase, habrá merecido la pena llegar hasta aquí.

En la casa

«La vida sin historias no vale nada.»

Pensé que me desmayaba. No por la película, claro, sino por el calor que hacía en el patio del CCCB. Un cine a la fresca no tan a la fresca, con ese bochorno tan barcelonés de cuando parece que va a llover pero no. Sudados y sin agua, no pensamos en ningún momento en irnos. Estábamos clavados a nuestros asientos, pendientes de esa historia sobre un chico que le desgrana una historia a su profesor de literatura.

Es el poder de las historias. Querer saber más y más, cada detalle, qué ocurrirá en la siguiente entrega. La sorpresa y el escándalo que finge quien quería que le escandalizasen. Ese punto cotilla que todos tenemos. En la película hablan de Las mil y una noches, pero yo pensaba en La ventana indiscreta de Hitchcock.

Me sorprende el éxito de En la casa. A mí me interesó muchísimo: veía reflejadas mis inquietudes como narrador, los diferentes enfoques y posibilidades que te vas planteando al plantear las escenas. Cómo mostraban en la pantalla que una misma situación puede transmitir sensaciones contrarias según los ojos que la observan. Unos se fijan en ciertos detalles; otros, cambio, en los gestos. Por eso nos gustan tanto ciertos escritores: porque solo ellos ven el mundo con sus ojos y nos lo describen tal como lo ven.

Habría jurado que este proceso, el de la creación, no nos importaba más que a la gente que, ya sea en cine, literatura, arte, narra historias. Pero el público estaba encantado. Será porque a todos nos gusta ser voyeurs por un día. Y por lo bien hilvanado que está todo para que al final no sepas qué es verdad y qué fantasía, pero poco importa, porque te hace vibrar, y eso es lo que hace que merezca la pena.

Antes del anochecer (Before midnight)

Acabo de ver un documental. Eso pensé al salir del cine el pasado viernes. Ya Antes del amanecer y Antes del atardecer me impactaron en su día por la química de sus protagonistas, que parecen nacidos para hablar el uno con el otro, y mirarse. Pero lo de Julie Delpy y Ethan Hawke llega a tal nivel en la tercera parte, que costaba creer a ratos que no fueran ellos, sin más, en su día a día de unas vacaciones en Grecia.

Y no me refiero solo a la tan comentada conversación del último tercio de película. Al poco de arrancar la película, a Jesse y Céline les bastan un par de frases y un gesto mientras conducen para ponerte al día de todo lo ocurrido en los últimos 9 años. Golpes de genio que afianzan una relación mostrada de forma cruda, para lo bueno y para lo malo. Striptease emocional, que diría un amigo mío.

El realismo no es el único acierto de Antes del anochecer. Las autorreferencias están bien insertadas, con esa discusión sobre los títulos de las novelas de Jesse. Ya Antes del atardecer adjudicó experiencias reales de los actores en sus personajes (los libros de él y las canciones de ella), pero aquí van un paso más allá. Guiños para fans.

Pero si algo me enamoró especialmente de esta tercera entrega fue la escena de la comida. Varios personajes alrededor de una mesa, compartiendo una ensalada y las historias de cómo se conocieron.Un homenaje a las parejas, y todas tienen una historia bonita que contar. De todas podría hacerse una película.

Es en esta escena donde se concentran todas las virtudes del proyecto de Richard Linklater: diálogos engarzados como piezas de orfebrería, el montaje justo y necesario, la localización exacta (el sol de Grecia es clave). Y cómo no, el cásting, esta vez tan acertado que consiguen que Jesse y Céline vivan entre ellos. Felices de pertenecer al fin a algún lugar donde seguir construyendo su historia.