Haruki Murakami : Los años de peregrinación del chico sin color

Los personajes de Murakami son metódicos. Cocinan fideos, hacen la colada, salen a pasear por la ciudad vacía. Cumplen un horario. Solo a veces se preguntan si están haciendo lo correcto o si pueden pintar en los márgenes. Como ellos, el propio Murakami tiene su método. Sabe qué ingredientes debe mezclar para ofrecer a sus lectores el libro que esperan. Casi siempre le funciona, pero la intensidad varía. Pasa como en la cocina: aunque repitas la receta, los sabores sorprenden vez tras vez.

Y a veces, el escritor decide dar un paso más allá. Ahí es cuando me conquista. Lo ha hecho en Los años de peregrinación del chico sin color. En Japón, la crítica le acusaba de ir en regresión, así que el hombre se propuso superarse. Aunque no ha llegado a las cotas de genialidad de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, su nuevo libro vuelve a mezclar con éxito personajes solitarios, pasados traumáticos que el protagonista no conoce del todo, el mundo de los sueños invadiendo el nuestro.

Pero estamos en 2013 y Murakami lo sabe. En la historia aparecen Facebook, Twitter, Google Maps… Hasta se atreve a incluir chistes privados sobre el Premio Nobel. Y me imagino que la escena de sexo gay explícito habrá chocado en la sociedad japonesa, si me ha impactado incluso a mí, que no se me van a caer los anillos ahora.

Todo esto no es más que el decorado, por supuesto. Lo importante es la historia. Te agarra fuerte desde la desolación de un chico sin color que piensa en la muerte hasta un adulto que acepta todo el espectro de sensaciones que le traerá la vida. En este viaje hay muchas estaciones y en todas ellas se detienen los trenes. Para que mires por la ventana a esas vidas que podrían ser la tuya. Las decisiones tomadas y las sorpresas. ¿Qué haríamos sin ellas?

Confesiones de una máscara

Siempre hay un libro que te marca más que el resto. Te hace exclamar: «¡Quiero escribir así!». Y quieres ser escritor, así que te pones a escribir. Descubres enseguida que escribir es mucho más que enlazar palabras. Tienes que medir los tiempos, sintetizar, mostrar, enganchar, dosificar, revisar… Tantas cosas. Y aun así, sigues haciéndolo. Confías en el entrenamiento.

Pero por encima de todo, sigues leyendo. Aprendes de los maestros. Nadie mejor que ellos. Desde pequeño te han maravillado con sus páginas. Mundos vivos y personajes heroicos. Los buenos escritores hacen que parezca todo tan fácil. Lees en entrevistas y biografías sobre sus historias de éxito fulminante, el libro que los llevó al éxito. Éxito a veces de crítica, a veces de público; a veces, las menos, de ambas cosas. Jóvenes de 28 que ganan dos premios, sesentones que de repente se hinchan a vender. Tú escribes y llegas a convencerte de que serás uno de ellos. Con los años, has aprendido a enlazar palabras y a corregir mucho. ¿Qué podría salir mal?

Siempre hay un libro definitivo que te hace abrir los ojos. Nunca escribirás así de bien. Por mucho que lo intentes. Esa naturalidad. Esa capacidad para expresar tanto con tan poco. Esos ojos que captan lo que nadie más ve. Tú no tienes esos dones. Ni nunca los tendrás. En el mejor de los casos, podrías llegar a ser una imitación. De las que se detectan al momento; bastaría con morder la moneda. Tus frases, las mismas que tanto te gustaban antes, de repente se revelan como lo torpes que siempre fueron. ¿Y a quién le podría interesar tu protagonista? Si ni a ti te importa ya lo que le pase. Se ha transformado en el dibujo del niño cuando se cae de un álbum viejo. Aquellos garabatos de colorines en algún momento fueron importantes, ahora solo son eso: garabatos. Espirales rojas, azules y verdes.

A partir de ese descubrimiento, te dejarás de sueños. Asumes que talento, reconocimiento y suerte te serán ajenos. Peor sería convertirte en uno de esos juntaletras que por carambola se convierten en best sellers gracias a una novela mediocre. No. En adelante, escribirás para ti mismo. Como hacías antes. Eso será más honesto. Tu lugar será la segunda fila de quienes lo intentaron y nada más. Y seguirás degustando los libros de otros. Eso sí puedes hacerlo. El cosquilleo inconfundible de un buen libro. Agradeces esa sensación tan esquiva. Al adentrarte en sus páginas, recuerdas con nostalgia aquellos días en que todo parecía tan fácil. Ahora sabes que no lo es. Escribir es difícil. Casi imposible. Y por eso disfrutas tanto leyendo a los demás cuando les sale bien. Ellos sí han llegado a puerto. Son héroes. Y como tales los aplaudes.

Gravity

Salí temblando del cine. Temblando y casi llorando. Entendiendo, también, y por fin, por qué me había costado tanto llegar a ver la película. Y es que no encontré entrada hasta el tercer cine. El primero tenía las sesiones agotadas y en el segundo había una cola kilométrica. A veces, las expectativas están justificadas. Con Gravity sí, desde luego.

No sé qué esperaba encontrarme. Otra joya de ciencia-ficción como Hijos de los hombres, supongo. Pero no hay ni rastro de ciencia-ficción en Gravity. Aquí el espacio es un elemento cotidiano, el día a día de unos astronautas que aún así siguen maravillándose de las vistas que pueden contemplar. Y tú te maravillas con ellos, porque la película está hecha para que las imágenes te superen, engrandecidas en la pantalla, envolviéndote. Técnica y buen gusto: combo perfecto.

Pero el espectáculo visual y la minuciosa recreación de las estaciones espaciales son solo el telón de fondo. Dicen que esta película pincha en su historia. No puedo estar de acuerdo. La historia es sencilla, sí, pero es la historia más importante. La de una mujer que lucha por su vida. Alguien que sigue adelante aunque no le queden fuerzas, ni aire, ni ganas, ni motivos para hacerlo. «No me rendiré», dice a media película. Y no lo hace a pesar del cúmulo de obstáculos, desastres, accidentes a los que tiene que enfrentarse. Ella sigue y sigue. Pase lo que pase, habrá merecido la pena llegar hasta aquí.

Paul Pen : El brillo de las luciérnagas

Este libro es como un cuento de hadas. Pero uno de los de antes, esos terribles y sin medias tintas, donde al lobo de Caperucita lo tiraban al río tras rellenarle la tripa de piedras, para que así se ahogara. Sí, El brillo de las luciérnagas es un cuento de hadas sobre la aventura de hacerse mayor. O sobre salir del armario, o independizarse. Ese momento en que abre los ojos y tiendes tus deditos hacia nuevas puertas. Las mentiras de siempre ya no te sirven.

Lo lees con una mano tapándote la boca. Tan pronto da miedo, un miedo visceral, como te emociona. A ratos me ha recordado al mejor Stephen King, el de novelas como Misery o El juego de Gerald, donde el maestro del terror apenas necesitaba un puñado de personajes para mantenerte atrapado hasta el final de la historia.

Una atmósfera igual de claustrofóbica construye aquí Paul Pen. Antes de la página 100 ya quieres salir del sótano donde vive este niño. Un niño curioso y muy imaginativo, como todos los niños, pero que tanto te recuerda a ti. Cuando fabricabas historias en tu mente para creerte en un mundo mejor o más amplio, al menos. Los muñecos hablaban y la soledad dolía menos.

Con 10 u 11 años, yo devoraba libros de terror en la segunda cama del dormitorio de mi abuela. Dormía con ella los fines de semana. A ella le encantaban las historias truculentas. Me hablaba de Jack del Destripador, ponía programas de crímenes reales… y todo eso me calmaba porque mi mundo parecía entonces menos terrible. Eso sí, qué miedo pasaba con los libros. Era el invitado de un mundo que no controlaba.

Pensaba que eso ya lo había superado, que ningún libro volvería a asustarme. Pero he vuelto a sentir pánico con El brillo de los luciérnagas. He recordado lo peor de que es capaz el ser humano. También lo mejor, porque como dice el protagonista:

«No existe criatura más fascinante
que aquella que es capaz de crear luz por sí misma.»


Quizá no seamos luciérnagas, pero tenemos nuestros propios faros y sabemos encenderlos cuando hace falta. Vamos allá.

#secretprojectrevolution

Se levantó el telón, pero el misterio continúa. Tras meses de teasers y misterios, ayer Madonna y Steven Klein estrenaron el cortometraje que sirve como carta de presentación del proyecto #artforfreedom. Parece que será una plataforma para defender la libertad artística. Para que los creadores no callen las voces de su cabeza; al revés, que les den rienda suelta. Que intercambien y muestren su obra.

Somos bebés en llamas contra los que disparan los agentes del buen gusto. Eso parecen decirnos. No ataquemos a los demás, reivindiquémonos. ¿Hasta dónde llegarán todas estas buenas intenciones? ¿Será realmente un escaparate de nuevas propuestas o solo un intento de Madonna por relanzar su carrera? Al menos, el vídeo de 17 minutos es impecable y va bien servido de imágenes icónicas. Veremos a ver.

Lo único que sé es que ayer iba yo en busca de una señal y me encontré esto al llegar a casa. La contundencia de algunas secuencias me dio el empuje necesario. Tomé una decisión. Y ahora todos mis pasos irán hacia allí. Solo ante el peligro, pero con más fuerza que nunca. ¿Será esta la revolución?