Todo está cerrado o en obras. La ciudad mantiene las distancias bajo la lluvia. Llegas corriendo al cine. El tercero ya, porque la cartelera online prometía la película en sitios equivocados, pero tus ganas de verla te han traído hasta aquí. No te has rendido.
Este momento no lo habías ensayado. Pides una entrada para Cuando todo no está perdido, añadiendo un «no» sin darte cuenta. La taquillera te entiende de todos modos y te da el trozo de papel; no podría importarle menos si todo está perdido o no, ella tiene suficiente con su estufa. Sus pies no están mojados como los tuyos.
Robert Redford sí te comprende. A él se le mojan los zapatos nada más empezar la película. No hay mal que por no bien no venga, decía tu madre, y frente a la pantalla tienes que darle la razón. De repente la puesta de sol tiene otro color y hasta disfrutas el tacto de la misma lluvia que hace un momento evitabas.
Y entonces todo se tuerce. Toca convertirse en héroe. No sabes de dónde las sacas, pero te quedan fuerzas. En el caso de Robert Redford tiene mérito. Sandra Bullock volaba grácil por el espacio, pero para nuestro náufrago, cada movimiento será una gesta. Y con razón: tiene que enfrentarse solo a los elementos.
Cuando todo está perdido, aprendes lo que nunca te hubieras planteado aprender. A guiarte por los astros, a utilizar la condensación para obtener agua potable, a recuperar el equilibrio… a pescar, incluso. Enfrascado en tantas acciones nuevas, el final apenas importa. Desfalleces y a ratos te sientes desvalido, pero eres capaz. Estás luchando y eso nadie podrá arrebatártelo jamás.







