Las mil y una noches

«Haz caso, escucha bien.» Si alguien me pidiera consejo a la hora de revisar o dar a conocer su obra, este sería el único que le daría. Y lo diría desde el reconocimiento de ser alguien que no siempre sabe escuchar. Hay que hacer caso a los consejos de otros y también mantenerte fiel a tu obra. Parece contradictorio, pero diría que en ese cruce de caminos está la X del mapa del tesoro.

Todo se puede mejorar. En especial, ese manuscrito en el que llevas tanto tiempo trabajando. Mientras lo escribías, llegaste a creer que sería el mejor del mundo, y así debe ser, porque si algo no te entusiasma, ¿para qué lo escribes? Pero luego llega la revisión. Las revisiones, la auténtica odisea: pulir y pulir y seguir puliendo hasta que de puro desgaste, la piedra brilla. Es mejor revisar en frío: guardar la obra en un cajón y solo volver a ella cuando tus ojos sean lo más parecido a los de un lector virgen. Entonces tacharás sin piedad todo lo que no sirva y se sorprenderás ante las frases bien escritas, que también las habrá, igual que te sorprenderías de un libro que acabas de coger de la mesa de una librería cualquiera.

Me produce mucha ternura cuando alguien pone, generalmente en Twitter, que ha empezado a escribir una novela y que calcula que en cosa de 6 o 12 meses podrá moverla por editoriales y concursos. Ternura porque yo también hice mis cálculos con El mar llegaba hasta aquí y al final, si lo pienso, he pasado más tiempo revisándola que escribiéndola. Si es que revisión y escritura no son lo mismo, en realidad.

El primer borrador tardé menos de 4 meses en redactarlo: de Agosto a Noviembre de 2011. Fueron noches intensas donde las palabras fluían solas. A lo largo de Diciembre lo pasé a limpio y durante año y medio estuve revisándolo, hasta que por fin, plantándome ya en Mayo de 2013, imprimí el manuscrito, lo llevé al Registro, lo mandé a los amigos y me armé de valor para mandarlo también a agencias literarias y editoriales diversas. Entre Julio y Agosto, animado por las opiniones de esos primeros lectores, modifiqué algunas cosas, muy pocas y muy pequeñas, y entonces consideré que después de dos años de idas y venidas, ya estaba bien de cambios y el mar se quedaría como estaba. Había partes que aún se podían mejorar, pero me sentía cansado y no me creía capaz de enderezarlo más. Aquella era la mejor novela que yo podía escribir. Fin.

Como sea que en ninguna editorial ni agencia encontró su lugar, aparqué el manuscrito en un cajón (en un armario, en realidad: los dos cuadernos, todas las copias impresas, el atril que me regalaron para exponer el primer ejemplar, las plumas que también me regalaron para firmarlo, incluso guardé el marco con un prototipo de portada). Dolía, no nos vamos a engañar. Dolía que más allá de familia y amigos, nadie compartiera mi entusiasmo. Había gastado todos los cartuchos y necesitaba aclarar la mente, así que me embarqué en nuevos proyectos: La noche nos alumbrará, entre otros.

Y en esas estaba cuando un amigo escritor me pidió leer El mar llegaba hasta aquí. Acabábamos de conocernos en persona después de más de un año de interactuar por las redes y saber el uno del otro por un amigo en común. Era Diciembre de 2013 y yo llevaba tiempo sin mandarle el manuscrito a casi nadie; se había convertido en ese hijo feo del que prefieres no hablar mucho. Pero a mi amigo se lo mandé porque después de charlar de Murakami y de otros gustos en común, pensé que si él no comprendía mi libro, quién iba a hacerlo. Se lo mandé y él lo leyó y me dijo muchas cosas, pero de entre todas sus críticas y sugerencias, bastó una frase suya para que todo cobrara sentido.

Muchos amigos que lo leyeron antes opinaban parecido, pero solo ahora que yo ya no aspiraba a nada (me había bajado del burro, si queréis), solo ahora comprendí que todos estaban en lo cierto, cada uno a su manera. Todo se puede mejorar y más importante: ahora sabía cómo hacerlo. Descubrí que podía cambiar algunos capítulos, incluso quitarlos, sin que la novela perdiera fuerza. Al contrario. Podé, reencaucé aquello que siempre estuvo ahí, potencié otros elementos ya presentes y antes de darme cuenta, todos los consejos anteriores confluyeron. En una novela, todos los elementos trabajan juntos. Tiene que ser así, tienes que hacer para que así sea. Por eso, cuando tuve la llave del timón, fue rápido. Un pequeño cambio en un capítulo daba sentido a los siguientes. Me volví a enamorar de algunas frases y encontré las que faltaban. Apenas me llevó una semana, y sin ordenador propio. Y así el manuscrito se convirtió por fin en novela. En la mejor novela que yo podía escribir aquí y ahora.

Han pasado dos años y medio desde que escribí sus primeras frases y El mar llegaba hasta aquí empieza a dar unos pasos diminutos que hace apenas unos meses no creía posibles. Por fin comprendo que todo el proceso fue necesario. Gracias a todos quienes han formado parte de él, de una forma u otra. Veremos en qué puerto toca recalar. Así pues, a los que estéis escribiendo, mi humilde consejo es: haced caso, escuchad bien. Permitid que os lean. Puede que no sea ahora mismo, pero algún día todas esas opiniones y todos esos consejos cobrarán sentido.

Her

Durante algunos años, yo fui Samantha. Eran los tiempos del IRC y todos chateábamos con todos, en busca de un amor que no llegaba. Horas gastadas en conocer al otro y, en cuanto la cosa no cuajaba, pasar a conocer al siguiente, esta vez con la lección aprendida. A cada flirteo éramos un poco menos inexpertos, sabíamos qué decir para agradar, para prolongar la conversación. Para conseguir la ansiada cita.

Ahí se rompía el hechizo. Y nos convertíamos sin remedio en el desdichado Theodore. Porque resulta que nadie es tan perfecto como esa imagen que, casi sin querer, construyes en tu cabeza. Los tecleos nocturnos de repente se convertían en palabras que no salían y cafés que se enfriaban. Aquellos píxeles donde tú habías descifrado un apuesto príncipe azul, cobraban vida: narices aguileñas, entradas más pronunciadas de lo previsto, ojos saltones…

Ah, pero mientras la ilusión duraba era tan divertido. Habías encontrado a tu alma gemela, nada menos. Y te hacía feliz y te sentías menos solo en el mundo. A veces, por diversión, jugabas a ser el alma gemela de otro. Recuerdo una noche de borrachera que con varios amigos nos dedicamos a chatear con un conocido de gustos peculiares. Construimos un personaje al que le gustaba lo mismo que a él y él, claro, alucinaba, por fin se creía comprendido. Bastó un fallo de conexión para no tener que romperle el corazón.

Dicen que Her vaticina nuestro futuro próximo, ese camino que estamos tomando, enganchados a las redes sociales para comunicarnos, a Grindr para follar. Pero yo creo que siempre hemos sido así. Siempre hemos necesitado sentirnos importantes y nos valemos de la fantasía para ello. Si el otro es perfecto y además nos hace caso, es que un poquito perfectos somos nosotros también, ¿no?

Quizá hoy en día la tecnología nos lo pone más fácil, pero ¿qué diferencia hay entre una relación con un sistema operativo y aquellas relaciones epistolares de hace siglos entre dos personas que jamás llegarían a consumar su amor? Sé que en el cine, todos soltamos un suspiro a la vez cuando Theodore y Samantha se declararon sus sentimientos. Todos hemos pasado por eso. Dices algo que no estás seguro de sentir todavía con la esperanza de que se materialice.

Her es maravillosa porque habla de nosotros. De nosotros ahora y siempre. De cómo vivimos el amor en sus primeras etapas cuando todo es perfecto. De cómo salimos a flote cuando, a punto de tirar la toalla, aparece alguien que le devuelve los rojos y azules y amarillos a nuestro día a día. Entonces ir a la oficina se convierte en fuente de alegría, los videojuegos quedan relegados en favor del sexo, emprendes proyectos aparcados, vas a la playa y te ríes como nunca te has reído. ¡Y cómo se ríe Joaquin Phoenix! Se habla mucho de la voz de Scarlett Johansson, pero él debería haber ganado todos los premios porque su felicidad colma la pantalla.

¿Hay amor tras la desvirtualización? No nos gusta que el otro no sea como habíamos imaginado, le achacamos que no encaje en el molde que le habíamos construido y eso siempre es terrible. Suerte que a veces también encuentras, más cerca de lo que temías, justo aquello a lo que aspiras. La confortable convivencia con alguien en cuyo hombro apoyar la cabeza. De noche, en silencio, enamorados sin tener que decirlo. Tras la descarga de hormonas, llega la feliz calma.

Louder

Es mejor echarle morro. Lo vas aprendiendo sobre la marcha. Creías que era preferible la precaución. Dijiste que mejor que no viniera mucha gente a la fiesta: solo cabían 15 personas. Y vinieron justo esas: 15 y no más, y al verlas estuviste contento pero también supiste que querías más. Más para compartir y celebrar las cosas buenas. Como con la pasta, la cantidad exacta no la sabes hasta tenerla en el plato.

Es mejor echarle morro. Atreverte a pedir, a mostrar todo lo que puedes aportar. Te lanzas a la calle con la esperanza de que si alguien no te abre la puerta, lo hará el de al lado. Será por esa esperanza o por la sonrisa que usas a modo de chaleco antibalas, será por por lo que sea, pero al final no solo te abren la puerta. Te dan la bienvenida, te dan conversación, te dan nuevos hilos de los que seguir tirando.

Abrirse paso a gritos no está tan mal. Tú que no tenías voz ahora sostienes un megáfono. Y piensas utilizarlo. Antes de apretar el botón, bucearás en busca de las palabras correctas. Solo entonces apretarás y dirás, gritarás. Sí, es mejor echarle morro. Para que alguien te escuche y todos se enteren.

Mark Daumail : Mistaken

Si Mistaken fuera un disco, sería de los mejores del año. Pero «solo» es un EP con 3 canciones y 3 remixes. Mark Daumail se lanza en solitario tras disolver Cocoon y de momento nos ofrece esto a modo de aperitivo de un disco que llegará más adelante. Habrá que armarse de paciencia.

Él, al menos, se muestra paciente en todos los temas. No tiene ninguna prisa. Confía que en esta aventura encontrará buenos frutos, tarden lo que tarden. Y sin una segunda voz entrelazándose con la suya, ahora Mark suena más fuerte y también más desnudo que nunca. No puedes echarte a nadar sin perder la ropa por el camino.

La canción Mistaken cuenta un aprendizaje. A cada segundo descubres nuevos sonidos igual que en el pasado fuiste descubriendo los pequeños pecados del otro. Cayeron las máscaras y los santos dejaron de serlo. Ahora ya da igual. Has madurado y puedes componer temas así de buenos. Crecen y crecen como lo haces tú.

Por su parte, Monsters es un espejo. Esas palabras que llegan en el momento justo. Quien las escribió no te conocía, pero las escribió para ti. No estás solo, otros han pasado por lo mismo y sobrevivieron como sobrevivirás tú. A veces podemos ser monstruos, sí: unos monstruos capaces de comerse el mundo. Y eso transmite la canción: una conquista. Cuando dejas de esconderte y pasas a la acción.

El resto del EP es un extra. Aunque se agradece que el viaje dure un poco más, a estas alturas lo importante ya está dicho. Próximo destino: la plenitud.

13,99 euros

100 ejemplares, 200, 500, 1.000. Las tiradas mínimas son uno de los quebraderos de cabeza a la hora de autopublicarte. Sí, claro, confías en la calidad de tu obra, pero toca ponerse realistas: ¿dónde almacenas tantos libros? ¿En qué librerías los venderás si la mayoría no aceptan obras sin editorial? ¿Y si no los vendes? Por muchos contactos que tengas en las redes sociales, eres consciente que solo una pequeña porción de ellos se interesarán por tu obra, no digamos ya comprarla. Pero sobre todo, te preguntas: ¿cómo los pagarás? Estas tiradas, por pequeñas que sean, no son baratas.  Algunos optan por el crowdfunding, otros simplemente se resignan diciendo: «No tengo un duro».

Yo no me atrevía con el crowdfunding pero tampoco quería resignarme. Mientras el manuscrito de El mar llegaba hasta aquí continúa su odisea, y hasta que descubra qué ocurre con él, necesitaba airearme, pensar en otro proyecto, lanzar algo como experimento. Así empecé a gestar La noche nos alumbrará (aunque en un primer momento se titulaba Nuestras sombras de neón), donde transformaría mi blog en un libro. Tenía claro, eso sí, que no quería (ni podía) gastarme dinero. Valoré lanzarlo solo como ebook: sería la forma más cómoda y barata de hacerlo. Pero claro, me parecía un contrasentido lanzar un ebook yo, que no tengo lector de libros electrónicos y prefiero el fetichismo del papel. Me puse a buscar presupuestos de imprentas, pero todo se salía de mi presupuesto. Y aunque el crowdfunding volvió a planear sobre mi cabeza, me entró el miedo de que, por inexperiencia, no saliese bien y el proyecto muriera antes de nacer.

Entonces leí en algún blog inglés acerca de la existencia de CreateSpace, el servicio de impresión bajo demanda de Amazon. Hablaban de coste 0 para el autor, de libertad absoluta. No terminé de creérmelo. Parecía demasiado bonito y sencillo. Alguna trampa tenía que haber; a saber cómo sería la calidad del libro, o quizá solo funcionaba en EEUU. Entonces me acordé de aquellas máquinas enormes que hay en algunas librerías de Londres y que imprimen el libro que tú eliges al momento: muy útil para obras descatalogadas o de interés minoritario. La última vez que estuve en Charing Cross Road, las estaban probando en público y hasta nos dejaron tocar el libro que acababa de salir de la máquina. Aquel tacto húmedo no se me olvidará, fue la primera vez que toqué un libro recién impreso. Me sorprendió que pareciera un libro «de verdad», como si aquel cacharro tuviera que producir hamburguesas en vez de libros.

Pensé que quizá CreateSpace utilizaba un sistema similar. Y ya había tocado un ejemplar nacido de esta manera, tampoco estaría tan mal si mi libro nacía también así. Así que creé una cuenta y fui rellenando punto por punto los formularios que iban apareciendo. Para mi sorpresa, todo estaba guiado y bien a la vista, para todo hay tutoriales, incluso para algo que no domino como los datos fiscales. El primer paso importante fue decidir el tamaño del libro. Se sentía como elegir el sexo de tu bebé o el color de sus ojos. Comparé los tamaños de varios libros que tenía en la tienda, hasta dar con uno que encajaba en mi «formato ideal», y seleccioné lo más parecido. A partir de ahí, venía el trabajo de verdad: crear la portada y maquetar el interior página a página. Para lo primero, conté con la ayuda de mi amigo Jose Soriano, que trabaja en publicidad y siempre está dispuesto a echar una mano. Mientras él diseñaba, yo me puse con la maquetación a partir de la plantilla que me descargué del propio CreateSpace.

Que a estas alturas ya me hubieran facilitado un ISBN fue extraño. Todo ocurría de verdad y eso era lo que más costaba de creer. La noche nos alumbrará existía en una base de datos, no solo en mi ordenador. Mil quebraderos de cabeza después (un cursillo acelerado de espaciados, tipos de letra, tabulaciones…), el PDF estuvo listo y la portada también, todo según los parámetros que pedía el servicio. Aunque el validador online daba los archivos como válidos, yo no las tenía todas conmigo. Temblando, le di a aceptar en el último paso («Authorize proof»), decidí los precios teniendo en cuenta el coste de impresión y mi margen de beneficio, los canales de venta aparte de Amazon, lo envié al servicio Kindle para que también se crease un ebook… y esperé. Según la web, tardaría unos 7 días en estar a la venta. Me planifiqué bien, tocaba dar a conocer un proyecto que había llevado medio en secreto, pero por suerte tenía días de sobras…

O eso creía. Porque en apenas dos días, el libro ya estuvo disponible. Pude ver cómo se creaba la ficha y en cuestión de horas, el «No disponible» se convirtió en un botón de «Comprar». No sé si tuve suerte o es que las cosas lentas, cuando por fin encarrilan, acaban acelerándose así. El caso es que pude comprar un ejemplar y comenzar a darlo a conocer. Y enseguida me llegó y sí: ese archivo había cobrado vida y ahora era un libro, el mío. Podía acariciarlo, hojearlo. Desde entonces, cada vez que alguien compra La noche nos alumbrará, Amazon se lo manda directamente. No tengo que preocuparme de nada y hasta puedo monitorizar las ventas en tiempo real (o casi). Esta semana, además, he encargado un lote de ejemplares a precio de coste: algunos para la presentación del libro y otros para repartirlos yo mismo en algunas librerías amigas.

Esa es la contrapartida de tener todo el control: no solo tienes que aprender sobre la marcha, la promoción también tienes que hacerla tú. Dar voces en las redes sociales, ingeniártelas para no ser más pesado de lo necesario, mandar notas de prensa al vacío, patearte el barrio o la ciudad en busca de brazos que lo acojan… Pero al menos tienes el mejor escaparate inicial: Amazon. Y sin invertir más dinero que los cafés que tomes durante las mil revisiones y los 5,40 euros del registro (paso opcional pero siempre recomendable). Si algún día tengo que volver a autopublicar, ya no tendré que hacer números ni pensar en crowdfundings. Repetiré aquí.

La noche nos alumbrará