«A veces me tengo que recordar a mí misma que estoy triste por algo. Sino, me pongo contenta otra vez.»
Pero los caminos aparecen incluso cuando no los ves, y entonces no queda otra opción que tomarlos. Sigue leyendo
«A veces me tengo que recordar a mí misma que estoy triste por algo. Sino, me pongo contenta otra vez.»
Pero los caminos aparecen incluso cuando no los ves, y entonces no queda otra opción que tomarlos. Sigue leyendo
«A man with no optionssuddenly has all options in the world.»
El final del amor. La incertidumbre y el no poder creértelo, los celos, dudar si darás el paso, el derrumbe, la nostalgia tan amiga de la idealización, ese paso tras otro que te lleva hacia adelante, el olvido guardado en el cajón como un postal de antiguas vacaciones. Todos sentimos lo mismo, aunque sea en un orden distinto.
Aquí hay canciones pequeñas. Para dejarse abrazar o para abrazarse uno mismo. A base de susurros, los versos intentan aferrarse a algo que ya no existe. Los fantasmas abundan, vagan de una canción a otra intentando comprender. Ecos, pianos. Sonidos para atesorar bajo la almohada. Solo al final vuelve el ritmo. Al final, sí: al borde del próximo principio. La euforia tras la tormenta silenciosa.
Un canto en honor a lo que se alejó por el horizonte y que ahora te lleva a ver las estrellas. Ese cielo lleno, llenísimo de estrellas. Cuando se cierra el círculo, lo confirmas. Continúas creyendo en la magia. Y en adelante, volverás a amar como si el amor fuera eterno, pero recordando que nunca lo es. El final del amor: su tristeza y nuestras lecciones.
¿Puedes pararte en el movimiento? Sería la única forma de conseguir una cosa y su opuesta. Porque me voy dando cuenta de que lo anhelamos todo. Una vida estable y agitada, disfrutar de nuestra soledad con el apoyo incondicional de una pareja, alguien que diga un sí taimado y también alguien que lo grite más fuerte. Lo queremos todo sin comprometernos a nada. Una libertad a medias en la que sentirnos cómodos.
Supongo que no podemos evitarlo. Nos dijeron que soñando todo ocurriría y lo creímos a pies juntillas. Y soñamos, y llegaron cosas, y siguieron apeteciéndonos otras. Contradicciones de la vida moderna cuando todo debería ser más sencillo.
Desde fuera, todo se ve tan claro. Ella debería apartarse de su ex, él tendría que apostar por la opción segura, el otro podría terminar de una en una sus historias en vez de pretender abarcarlas todas. Pero puede que solo estén, estemos jugando. Aprendiendo malabarismos. Y quizás esté bien así, porque si no hemos venido a jugar, ¿qué hacemos aquí?
Lo mío no son los colores. No es que sea daltónico, pero nunca distinguiré el lila del violeta o el burdeos del mero granate. Y aun así, sé que cada color tiene una tonalidad única. Como las palabras. Parte de la gracia de escribir consiste en elegir la palabra exacta. Acariciar, rozar, palpar, toquetear: sinónimos de un mismo gesto, pero con intenciones muy distintas. Demasiado a menudo pasamos por alto esta riqueza del lenguaje.
No se trata de tener un diccionario de sinónimos al lado del ordenador para elegir siempre el más raro de todos. No. Solo hay que decidir cuál es la única palabra capaz de mostrar la imagen tal como la viste en tu mente: esa que transmite todos los matices. Y repetir el proceso escena a escena. La suma de todas estas decisiones dará forma a un poema, un cuento o una novela.
A veces lo que falta es una frase entera para pintar la escena tal cual la imaginaste. Sigue leyendo