No leas la sinopsis de la contraportada. O mejor sí, hazlo. Así, cuando la historia empiece de verdad y a traición, cuando empiece eso que prometía la contraportada, te sorprenderás. Sentirás con toda su fuerza la torpeza del enamoramiento. «¿Qué hago en esta habitación?», pensarás entonces. Será una sensación extraña, como desvanecerse: tú o todo. Magnífico punto de partida. El talento de Javier Montes para tender puentes y contar fábulas urbanas.
Lo suyo es el lenguaje cotidiano, no alardea de diccionario (bueno, igual en esta novela, sí lo hace a veces, pero pocas) y sin embargo cuánto cuentan sus historias. Parecen anécdotas que alguien te contaría como de pasada. Él no. Javier Montes se detiene, observa, escucha, saca un exprimidor de su chistera, y llena habitaciones de hotel vacías y pasillos y viajes en taxi: los llena de pequeños milagros. Es el tercer libro suyo que me leo y el tercero con el que me desarma.
La novela viene a ser como la trastienda de una road movie. Un recorrido por los hoteles en los que descansa el héroe. Si es que se le puede llamar héroe a un crítico de hoteles enzarzado en una búsqueda sin tesoro. Hotel a hotel, como si comprobases la grabación de sus cámaras de seguridad, asistes a la partida a gran escala de un juego de mesa. Los dados ruedan encima de las sábanas, el protagonista desliza tarjetas, abre puertas, avanza, o eso parece, porque la meta ni se intuye. Igual es que nuestro héroe ha preferido olvidar las reglas. Ni siquiera se plantea el objetivo. ¿Se embarcaría Indiana Jones en esas aventuras si conociera de antemano el contenido del cofre que persigue? ¿Si supiera a ciencia cierta que el contenido sería suyo, fuera lo que fuera?
Casilla a casilla, la road movie se acaba transformando en pura novela policíaca, «siga a ese taxi» incluido, llega a bordear el terror incluso. Ya lo tienen eso, los pasillos de hotel: mucha moqueta y mucho cuadro de paisajes bucólicos pero esos lugares pueden volverse lúgubres con sólo girar la esquina que no debías. No recuerdo ningún otro libro que a un párrafo del desenlace, todavía era yo incapaz de adivinar cómo terminaría. Cuál sería la última frase. Y no podía ser otra. Prometo que he aplaudido. Bravo, Javier Montes. Gracias. Más, por favor.
Pero no hay sprints que valgan, creo; y menos de los finales. En realidad hace mucho que dejé de correr. No vale la pena correr. Basta con caminar al paso que más se acomode a los pies de uno y se acaba llegando a donde se iba a llegar en cualquier caso. O quedarse quieto: últimamente me da la impresión de que son las cosas las que andan. Solo hay que esperar sentado: no fallan, porque nada falla nunca y todo sucede. (Página 15)










