Tu voz se proyecta, el futuro se acerca

Calla, no digas nada, ¿y si le agobias?, es mejor dejar pasar unos días, todavía es pronto, ya es demasiado tarde, espera a que él mueva ficha, paciencia, corre o te arrepentirás, eso no es lo que recomiendan, dilo de otra manera. Nadie tiene una fórmula mágica pero a la hora de expresarnos, todos recomendamos máscaras. Porque desnudarnos nos da miedo. Nos vuelve vulnerables. Qué triste.

Piensa en las oportunidades que perdiste por no decir lo que podrías haber dicho cuando todavía había tiempo para decirlo. ¿Las que se rompieron por sí decirlo? Esas no importan: tampoco estaban destinadas a ser. Las relaciones personales deberían ser sinceras. Las palabras, como todo lo demás, han de fluir sin miedo. Expresarte con doble tranquilidad: la de expresar lo que sientes y la de expresar ante un oído que escucha. Desnudarte es bueno si lo haces porque quieres y te apetece y además la otra persona te ayuda a desabotonarte.

Todo lo demás solo lleva a malentendidos o, peor, sobreentendidos. No digo yo porque no me ha dicho él. O digo menos porque es lo que se espera ahora de mí: que diga menos. Fingir indiferencia está dictado por no se sabe qué protocolos. Es curioso que el libro que más me ayudó a entender todo esto y a comunicarme tal como siento fuera, precisamente, uno que lleva por título El arte de no decir la verdad. Sigo recomendándolo.

Digo las cosas, sí. Las positivas y las que necesitan mejora. Los te quiero y los te echo de menos. Las cosas que siento, en definitiva. Y no me arrepiento. Soy alguien de letras, alguien que escribe, comunicativo. Así que digo. Si te gusta, escúchame y si no, pues ya escucharán otros. No es culpa mía, son las leyes de la física: la voz se proyecta.

No deixem de fer res, comencem una altra història

Las historias que quedaron a medias. Nada más destructivo. Quizá destructivo no sea la palabra: paralizador. Son, al fin y al cabo, historias que no te permiten avanzar, en las que inviertes energías, convencido de que todavía estás a tiempo de darles un final, desencallar, cambiar el cauce, convertir lo que nunca tuvo que ocurrir en lo que a ti te conviene (o crees que te conviene). Rendirte te dejaría con el «¿Y si…?» clavado.

Dos personas pueden gustarse pero no ser capaces de construir algo juntos. Diferencia de expectativas, lo llamó una vez un amigo. Y me encantó: es la mejor definición. Simplemente  no era el momento. Mental, físico, de todo un poco. No es que no me gustes, es que estoy por otras labores. Los planetas tienen que orbitar mucho para acabar dando lugar a un eclipse, pero hasta entonces no dejan de girar ni de cruzarse con otros planetas de vistosos colores. Las galaxias están para explorarlas.

Ya he comprendido que estas historias a medias pueden servir de trampolín. Y hay que aprovecharlas como tal. Si conoces a alguien con quien encajas a muchos niveles pero por un cúmulo de circunstancias (distancia, edad, planes de futuro, pareja actual, heridas sin cerrar), la cosa no surge… aprovéchalo. Significa que estás justo en la frecuencia adecuada para conocer a otra persona similar. Las energías que gastabas en dar pasos que te mantenían aferrado al mismo lugar, inviértelas mejor en coger carrerilla. Corre, toma impulso y salta. De cabeza. Al fondo de la piscina encontrarás a alguien con quien todo funcione más fácil, como debería. Una historia que empieza para sustituir a otra que nunca terminaba.

Y sobre todo, entiende que incluso lo que nunca ocurrió te trajo cosas buenas. A mí, hubo una historia inconclusa que me inspiró mi primera novela, y por ello doy gracias. Cuando pienso en las horas invertidas, los mensajes y las sonrisas que lancé, al ver el manuscrito que nació como consecuencia, sé que todo mereció la pena. Otros, gracias a historias similares, empiezan a hacer fotos, estudian cierta carrera, se cambian de ciudad o de país, conocen a nuevos amigos… Todo trae cambios y de ellos se aprende siempre. Porque creces. Los diques como preludio del agua desbordada.

La verdad es que ahora creo en las cosas sencillas. Exploro las galaxias en busca del próximo planeta que me acoja. Ya no ruego, fluyo. Y espero que tú lo hagas conmigo.

Salmon Fishing In The Yemen

«You and me… Is it theoretically possible?
In the same way a manned mission to Mars
is theoretically possible?»

La pesca de salmón en Yemen. «Con ese título…», podrías pensar. O con ese póster (aunque a mí el póster me gusta: los colores y esa intimidad compartida en el embarcadero). Descubrí la existencia de esta película el día que fui a ver [REC] 3 y desde entonces ardía de ganas por verla. Ewan McGregor era una garantía (ya van unas cuantas «películas favoritas» que él protagoniza), pero Emily Blunt también, la adoro desde Destino Oculto y sobre todo esa gran comedia disfrazada de frivolidad que es El Diablo Viste de Prada.

Criar salmones en el desierto. El capricho improbable de un jeque árabe se convertirá en la misión del Doctor Jones y la señorita Chetwode-Talbot. Tendrán que conjugar fe y ciencia para que lo teóricamente posible se convierta en algo definitivamente real. Como el amor: sutil y tierno y tangible como una mano que se acerca a la tuya. Desde los créditos iniciales (con ese agua que cambia de color y esos salmones saltando encima de las letras) ya sabes que lo conseguirán. Es una película que apuesta por el optimismo a prueba de bombas. Porque se trata de la única forma de que el mundo funcione. Creyendo (sabiendo) que ganarás.

Es una comedia inesperada. Moderna y mordaz. Y muy romántica. No me la esperaba así, esperaba algo más pausado o intimista, y para nada. Carcajadas y ritmo. La presentación de personajes está tan bien hecha que solo con una escena ya sabes cómo son y qué esperan de la vida. Ya sabes que Harriet y Alfred se necesitan o, mejor dicho, se complementan. A destacar la jefa de prensa del Primer Ministro, una pletórica Kristin Scott Thomas que se come la pantalla en cada una de sus escenas, incluso en las que solo se la ve chateando.

Pescar requiere paciencia. Encontrar el anzuelo adecuado, fabrícarselo si hace falta. Un buen río, tiempo, silencio. Lanzar la caña, volver a lanzarla, esperar, confiar que picará. Alfred y Harriet están al final de algo y por tanto a las puertas de otro algo mejor. No tienen prisa. Habrá que remontar el río, está en nuestro ADN.

Take Shelter

El fin del mundo está siendo un filón para el cine. Me pregunto qué harán las productoras a partir del 22 de Diciembre. Qué estrenarán, qué nueva fecha buscarán para sacarle filón, porque el año 3000 queda muy lejos. Take Shelter sigue los pasos de Melancholia de Lars Von Trier (alguien convencido de un apocalipsis inminente sin que su entorno le crea), pero lo hace disfrazada de peli indie. Cuesta empatizar con el protagonista, la verdad; suerte que lo acompaña Jessica Chastain.

Eres libre cuando no tienes nada que perder. De eso solo te das cuenta cuando has construido una casa, y la habitas, te acompañan tu esposa y tu hija, una pequeña felicidad entre las idas y venidas del trabajo. No es gran cosa, pero es una cosa, y te hace feliz. Y la sola idea de perderlo, de que llegue una tormenta bíblica que lo arrase todo, te tortura.

Esa tortura es el hilo conductor de Take Shelter, que poco a poco, sin que te des cuenta, va acumulando una atmósfera enrarecida, malrollera, enfermiza incluso. Tensión invisible de las que dejan sin aliento. No es una película fácil ni tampoco tengo muy claro que su final sea el más acertado (cinco minutos hay uno bastante mejor).

Te gusta ganar. Tener el control. Saber que los demás confían en ti, a ciegas. No quieras saber el futuro, evítalo. Es mejor así. Disfruta de lo que sí tienes ahora. El presente. Disfrútalo como si fuera a terminar en este mismo segundo. Abrázalo. Abrázalo muy fuerte, bésalo.

Y gané el concurso de solteros con recursos

Dices que no quieres más. Te ha preguntado tu abuela si querías repetir, el cucharón ya avanza hacia tu plato, y dices que no, de verdad, estaba muy rico pero no, gracias. No es que no te apetezca; lo haces por quedar bien, por no ser un glotón, por el qué dirán, porque ya has comido lo que te tocaba equitativamente y tampoco hay que pasarse. Al final te quedas con hambre. Llegas a casa y te zampas lo primero que veas en la nevera.

El otro día te hablaba de mi cuaderno de visualización. En él, voy anotando las sensaciones que quiero experimentar. Las cazo al vuelo y las anoto. Cosas sencillas: una mano por el hombro, un susurro erótico, ver a un desconocido leyendo mi libro. Pues lo curioso es que cuando han empezado a materializarse algunas de ellas, no recordaba haberlas anotado siquiera. Me ocurrían cosas y me parecían insuficientes. «Quiero más», dije, protesté, exigí. Y entonces, de casualidad, consulté el cuaderno y me di cuenta de que estaba ya todo allí. Quise que me cogieran la mano en el cine y me la dieron. Quise que cocinasen para mí y cocinaron. Era lo que había pedido, ¿por qué me quejaba?

Pronto entendí el problema. No había pedido suficiente. Como a mi abuela, le había dicho al cuaderno: «no, de verdad, estaba muy rico pero no, gracias». Y ahora tenía hambre. Anotaciones tímidas que daban sus frutos tímidos. Pero en el fondo yo quería repetir, quería postre. ¿Por qué no lo anoté? Porque no sabía que lo quería: ésa fue mi primera intuición. Luego tuve que ser sincero conmigo mismo. No, saberlo lo sabía, pero no creía que merecerlo. Me aterraba quererlo, incluso. Los cambios, otra vez. Y ahora estaba entre dos aguas, entre lo que había pedido y lo que desearía haber pedido. «Pues apechuga», me dije.

Cuando crees que no lo mereces, apuntas bajo. Eres modesto. Cauto. Esperas a que alguien te dé permiso, pero lo que no sabes todavía es que nadie te lo dará jamás. Solo tú puedes dártelo. Muchas veces no es fácil reconocerse a uno mismo lo que de verdad quieres, pero para eso el cuerpo es sabio y te va guiando. Escalofrío a escalofrío, mariposa a mariposa. Afinas la frecuencia y te vas acercando. Por eso, tienes que atreverte, callar al yo racional, pedir más, a lo grande, para que llegue eso grande que mereces, que sabes que mereces. Y llegará.