Calla, no digas nada, ¿y si le agobias?, es mejor dejar pasar unos días, todavía es pronto, ya es demasiado tarde, espera a que él mueva ficha, paciencia, corre o te arrepentirás, eso no es lo que recomiendan, dilo de otra manera. Nadie tiene una fórmula mágica pero a la hora de expresarnos, todos recomendamos máscaras. Porque desnudarnos nos da miedo. Nos vuelve vulnerables. Qué triste.
Piensa en las oportunidades que perdiste por no decir lo que podrías haber dicho cuando todavía había tiempo para decirlo. ¿Las que se rompieron por sí decirlo? Esas no importan: tampoco estaban destinadas a ser. Las relaciones personales deberían ser sinceras. Las palabras, como todo lo demás, han de fluir sin miedo. Expresarte con doble tranquilidad: la de expresar lo que sientes y la de expresar ante un oído que escucha. Desnudarte es bueno si lo haces porque quieres y te apetece y además la otra persona te ayuda a desabotonarte.
Todo lo demás solo lleva a malentendidos o, peor, sobreentendidos. No digo yo porque no me ha dicho él. O digo menos porque es lo que se espera ahora de mí: que diga menos. Fingir indiferencia está dictado por no se sabe qué protocolos. Es curioso que el libro que más me ayudó a entender todo esto y a comunicarme tal como siento fuera, precisamente, uno que lleva por título El arte de no decir la verdad. Sigo recomendándolo.
Digo las cosas, sí. Las positivas y las que necesitan mejora. Los te quiero y los te echo de menos. Las cosas que siento, en definitiva. Y no me arrepiento. Soy alguien de letras, alguien que escribe, comunicativo. Así que digo. Si te gusta, escúchame y si no, pues ya escucharán otros. No es culpa mía, son las leyes de la física: la voz se proyecta.









