Retornar a la belleza de las cosas inconexas

«Porque si estás ahora aquí no es para escoger, tú ya elegiste.
Has venido a intentar comprender por qué lo hiciste.»
(The Matrix)

Los paneles de visualización. En lo que va de año, ya son dos las series que les dedican un capítulo; el caso más reciente, el de 2 Broke Girls (comedia feroz que recomiendo a todo el mundo). Los esquemas son parecidos: un personaje le enseña a otro esa pizarra en la que va pegando imágenes y frases motivadoras, un resumen visual de todo lo que quiere atraer a su vida. El otro al principio se lo toma a coña, cómo va a funcionar eso.

Pero entonces suena el teléfono con un encargo o aparece alguien nuevo dispuesto a ayudar y piensas: vaya, pues sí. Y cuelgas una foto en la pared, un «por si acaso» inocente. Así jugando, descubres que los «por si acaso» también funcionan. Y es que cualquier gesto mínimo atrae cosas buenas. No es magia. Es ponerte en movimiento. Porque siempre llega un día que te das cuenta: tú eras tu único enemigo.

Tú quien mantenía las puertas cerradas, quien boicoteaba relaciones justo cuando se encarrilaban, quien decía «no» a todo. Y culpabas a los demás, a las circunstancias, al equipaje pesado y a la mala suerte pero eras tú quien pisaba el freno. Sí, en cuanto empezabas a sentirte bien, no hacías más que buscar excusas que justificasen ese frenazo en seco de tus pies. Como si estuvieras convencido de que no merecías ser feliz. Que era mejor consuelo el del negro constante.

Lo bueno es que eso significa que también está en tu mano activar, trabajar, crecer. Porque no se trata del panel: eres tú quien pone en marcha la suerte, quien ajusta tu frecuencia. Sólo tienes que encontrar un sistema que te funcione. Me siento afortunado de tener alrededor gente afín que cree en estas cosas. No sé si el fin del mundo nos tiene a todos más místicos o si será cierto que compartir sirve de imán. El caso es que me puse en serio con este blog, me compré un cuaderno, visualicé en ellos. Me atreví a desear. Y por eso estás ahora aquí. Más, por favor.

It always comes as a surprise

Proyectaban la película sólo para mí. Entré en la sala de cine vacía y para mi sorpresa la pantalla estaba encendida, daban los tráilers con completa normalidad. Una vez me contaron que las proyecciones están programadas. Tomé asiento con una sensación rara, pensando que quizá si no hubiera entrado o que si ahora me levantaba y salía, la pantalla se apagaría, no habría película. Más que privilegiado, me sentí intruso. Luego la película empezó y pude disfrutarla tranquilo, casi como en mi habitación (es decir, si mi habitación se hubiera convertido por una tarde en una inmensa sala de cine).

Con 10 u 11 años, e incluso más tarde, ya de adolescente, estaba convencido de que el mundo iba construyéndose a medida que mi mirada se giraba, que después todo desaparecía en cuanto le daba la espalda. Así que a cada paso, me sorprendía de que el mundo estuviera allí. Era una sensación extraña. No exactamente de estar en el Show de Truman, sino de cosa efímera. De fallo en el sistema, como un videojuego: matrices y texturas sin cargar. ¿Y si algún día me daba por girarme demasiado deprisa y descubría entonces la nada blanca que se extendía detrás de las cosas? Todo podía desvanecerse, me quedaría atrapado, no habría nadie.

Quizá por eso me esfuerzo tanto en que las cosas existan, en que tengan nombre. Sí, no creo que aquel trauma infantil esté superado del todo. Sigo sin estar muy convencido de que las cosas existan cuando yo no estoy o yo no las veo. Y a veces siento que estoy en un bosque solitario y enseguida echo a correr, por si acaso a los árboles les da por caer y descubro que no hacen ruido. Necesito tocar las cosas, agarrarme a ellas, cerciorarme de que existen. Fluyo agarrándome a las rocas.

Pero poco a poco, me suelto, no te creas. Tengo casi 30 años y he descubierto que, aunque entre a un cine vacío, proyectarán la película sólo para mí. Empiezo a confiar en las cosas, ahora puedo verlas y convencerme de que son sólidas sin necesidad de tocarlas. Por eso, sé que un día, muy pronto, cuando por fin durmamos juntos, me despertaré por la mañana y, como el dinosaurio del microcuento, todavía seguirás aquí. Pero me gustará hacerme el sorprendido.

We’ll see daylight through the blinds

En el visor de la cámara todo parece más lejos. Caminas por la calle, algo te impacta, quieres capturarlo y entonces, al mirar por el visor, la imagen se deforma: el horizonte lo ves ahora inalcanzable, la calzada más ancha, la ventana entreabierta que pretendías fotografiar se ha vuelto diminuta, aparecen ramas y obstáculos donde para tus ojos no había nada. Haces la foto igualmente pero no te quedas satisfecho, porque no es como la habías imaginado. Días después la pasarás al ordenador y sólo entonces, al verla en todo su esplendor, descubrirás que la foto te gusta, que es buena, que lo que parecía una distorsión de la realidad era de hecho el resultado perfecto.

Son curiosos estos cambios de percepción. Recuerdo cuando el año pasado participé en la carrera del Corte Inglés. Como no estoy acostumbrado a correr, el primer kilómetro se me hizo eterno; no por difícil, simplemente mis pies no calculaban bien las distancias. Luego vi que aguantaba bien y los siguientes tres kilómetros fueron muy amenos. Llegaron las cuestas y con ellas aumentó mi agotamiento, los carteles que indicaban el número de kilómetro parecían no llegar nunca. Pero a partir del Estadi Olímpic, el subidón de energía y felicidad y saber que llegaría a la meta sin problemas ayudaron a que la mitad de la carrera restante pasase como un suspiro.

En realidad todos los kilómetros medían lo mismo, se habían instalado las señalizaciones perfectamente. Quien cambiaba era yo, o mi mente, las ansias de llegar antes o cansarme menos. Y lo que para mí fue una hazaña, correr nada menos que diez kilómetros, para otros como Murakami es su entrenamiento diario. Igual que otros se sorprenden con el ritmo al que actualizo este blog, cuando yo lo utilizo como estiramientos para meterme de lleno a escribir la novela. A mí lo que me parece irrealizable es cantar bien o componer música, por ejemplo.

Durante esa fase en la que dos personas «sólo» están conociéndose, sorprende hablar con ellas. Para uno, las cosas irán a toda velocidad, no está acostumbrado a lanzarse a la piscina, y aunque le da un poco de vértigo, como montado en un avión hipersónico, lo está disfrutando sin pensar en la posible meta. Para el otro, en cambio, todo avanzará muy despacio, le gustaría dar un salto y decir más cosas, atreverse a cogerle la mano o darle más besos, llegar por fin a ese destino que imagina, pero es paciente, le bastan esos momentos compartidos semana tras semana. Las sonrisas son su punto de unión. Las sonrisas y las conversaciones de las que aprender y las cenas y el cine y la música. Todo lo demás ya se verá.

Las embarazadas prefieren esperar al cuarto mes para hacerlo público y no es que hasta ese momento no hayan estado contentas, incluso habrán pensado ya algún nombre para el bebé. Todo son efectos ópticos, percepciones distintas de una misma cosa. Las cosas, en realidad, no están lejos ni cerca: simplemente están; no van deprisa ni despacio: van, ni más ni menos. Por eso, en cuanto veas una imagen que te gustaría conservar, coge la cámara, sin miedo, y dispara. Da igual lo que muestre el visor. Click. La foto saldrá bien.

Words and Music by Saint Etienne

«But in the end, the conversation always turned to music.»

La emoción de escuchar el primer disco que compré con mi dinero. Entonces los discos no eran tan caros. Los nervios durante esas silenciosas milésimas de segundo después de pulsar play. Aquel primer concierto de Madonna al que fui solo, y las personas que me hablaron allí, desconocidos con los que durante hora y media compartí el placer de la música. Todos los conciertos que llegaron después, siempre especiales. Las canciones que me hacen temblar, las canciones que me recuerdan al olor del agua caliente cuando de pequeño me zambullía cada domingo en la bañera, las canciones de cada amor y las de cada amigo, la banda sonora de una excursión escolar, esa canción que me daba ánimos de camino a mi primer trabajo basura.

«I used Top of the Pops as my world atlas.»

La música es tu museo de momentos especiales. Dicen que hay personas que pueden vivir sin música, pero tú no conoces a ninguna. Ni quieres: te gusta rodearte de gente con la que compartir música, que te descubran grupos nuevos y que reciclen los recuerdos de las canciones que ya conocías. Cada día tienes que escuchar música. Compartir una canción en Facebook, sacar humo a Spotify, llevar encima el mp3 siempre que sales de casa (puedes dejarte otras cosas, pero el mp3 nunca), bailar cuantas más noches mejor, ver vídeos en la tele o en YouTube, que te envíen canciones (el símbolo rojo de Spotify te hace sonreír).

Por eso, Saint Etienne han grabado este disco para ti. A ellos también les pasa, no conciben un día sin música, para ellos sería como no comer. Se enamoran bailando música disco en Last Days of Disco, se preparan para el concierto de su grupo favorito en Tonight, homenajean a los auriculares que tan buenos momentos les dan cuando andan por la calle en I’ve Got Your Music, dan las gracias a esas personas que tienen el don de recomendar la canción adecuada en Record Doctor, bailan al son del DJ en la canción homónima…

Los desenfrenos bailables se mezclan con los momentos introspectivos a oscuras en la cama, y a veces ocurre dentro de un mismo tema, porque la voz suave de Sarah Cracknell se presta a estos saltos. Y eso es el amor por la música: cruzar fronteras, mezclar géneros, la mente siempre abierta. Ir a conciertos de grupos que apenas conoces y poner una estrella a esa canción sorprendente que acaban de mandarte. Abrazar los discos de gente que ama a la música, quizá no sean discos perfectos, pero hablan de ti. La música como religión: «I didn’t go to church, I didn’t need to.» No, no había título más definitorio para este disco. Words and Music by Saint Etienne.

It would be there for me
When I was married
And when I had kids
I’d grow old
And music would still be so important 

Seis puntos sobre Emma

«De vez en cuando, yo también necesito
que alguien me diga que todo va a salir bien.»

Emma es ciega y reparte esperanza y es optimista y siempre anima a los demás y les recuerda su valía y se expresa sin tapujos y pase lo que pase ella sigue adelante. Vive y sobrevive. Prefiere ir de pie que sentada en el transporte público porque no es frágil. Pero aún así, debajo de esa fachada toda sonrisas y gorritos monos, a veces Emma necesita que alguien la abrace. Aunque ella lo disfrace de búsqueda maternal, porque estas cosas las disfrazas, así son más llevaderas, es como si estuvieras jugando.

El poder de los abrazos. Creerte absolutamente independiente y descubrirte de pronto en los brazos de alguien. Dos brazos intensos que te rodean y para hablar de los pequeños temas importantes. Y confiesas las necesidades que hasta ahora escondías, se las cuentas a quien te está abrazando, porque él te escucha. Lo sabes. Lo sientes. Todo va a salir bien, te dicen esos brazos. (¡Y cómo no va a salir bien si son los brazos de Álex García!) La película es un repaso a los descubrimientos que hace Emma, punto por punto. Porque ella también tiene mucho que aprender, aunque empiece creyéndose de vuelta de todo. Eso sí, la debería de haberse titulado Siete puntos sobre Emma, porque falta un último punto, el séptimo. Pero dejaremos que sea Emma la que abra los ojos en el futuro.

A la hora de la verdad todos queremos encontrar a alguien que nos valore. No sólo por las cosas buenas, también (y sobre todo) por todas esas vergüenzas que nos gustaría ser capaces de esconder y no podemos. Seis puntos sobre Emma acierta de pleno al explorar las necesidades emocionales de un grupo de outsiders: la chica sorda y lesbiana (llorarás cuando explique su cita), la tetrapléjica, la depresiva, el subnormal que con sus comentarios fuera de lugar es el más listo de todos, la chica que perdió varios dedos… Verles enamorarse, descubrir que a veces sólo hace falta alguien que te empuje haciendo zig-zag o que te haga reír con un chiste malo, es asistir al germen del amor. Incipiente, ingenuo y gracioso.

Una película bonita, personajes encantadores e interpretaciones a la altura, una música que realza los sentimientos y los paisajes de Tenerife con cada nota de piano. Como la francesa Intocable, Seis puntos sobre Emma rompe sin contemplaciones las tópicos y los tabús de eso que llamamos «minusvalías», como si alguien estuviera a salvo, como si no tuviéramos todos algo que querríamos cambiar. Porque la auténtica ceguera es negar las evidencias. Te gusta el olor y el tacto de un chaqueta porque te gusta su dueño. Tan fácil como eso.