I’ve got a ticket for a world where we belong

Cada mañana la misma escena. Sales de casa y en el portal, escoba en mano, la portera está hablando con la portera del edificio de al lado. Una pone cara de gravedad confidente; la otra, de sumo interés. Te sorprende que en su vida pasen tantas cosas como para tener que contárselas cada mañana sin falta.

Son los pequeños secretos de tu ciudad. Como cuando pasas por delante de una puerta que generalmente está cerrada y en su interior descubres un almacén o un jardín o un club de lucha clandestino. Al salirte de tu ruta habitual, en la calle de al lado siempre encuentras una tienda de cupcakes de apetitosos colores.

Lugares que parecía imposible que pudieran existir ahí mismo, tan cerca de tu día a día. Y sin embargo ahí están. Y de algún modo los sientes tuyos, familiares. La nueva montaña rusa en un parque de atracciones que ya conocías. Los conciertos de un festival en el que no has estado. Todo te está esperando para que lo descubras.

Hay que explorar. Con el acompañante adecuado todo es más fácil, claro. Creces cuando te fijas en estas cosas, cuando vas más allá y profundizas en las historias y las trastiendas del mundo, tu mundo. Cuando das oportunidades. Las ciudades pueden parecer grises o ricas, demasiado jóvenes o vigorizantes. Cambian tus ojos.

Prometheus

Tendría 8 años o así. Una tarde de domingo, mientras mis padres hacían la siesta, me puse a escondidas la cinta de una película que me habían dicho que no viera, que me daría mucho miedo. De pequeño lo desafías todo. Pero sí, me dio tanto miedo que en la famosa escena del comedor tuve que parar. Seguí viendo la película a lo largo del día, a cachos, parando cuando el terror era insoportable.

La cinta era Alien. Luego llegaron tres buenas secuelas que nunca superaron a la original. Y ayer se estrenaba en España una película que puede o puede no ser una precuela de Alien. O quizá una película ambientada en el mismo universo pero sin relación alguna. Depende de a quien creas.

Yo digo que claramente es una precuela. No repite el terror pero está llena de guiños, pistas, respuestas y nuevos interrogantes sobre la saga. Y lo mejor de todo es que también funciona como película independiente. Ciencia ficción de la buena, con sus cuestiones metafísicas, sus paisajes helados y sus personajes enfrentados a una tensión latente.

Los peligros de preguntarse demasiado. Sobreanalizar, arañar porqués. No le busques tres pies al gato; déjale caminar con sus cuatro patas, como debería ser. Sí, deberías aceptar tu mundo tal como es. Ser feliz con lo que tienes. Dar las gracias. La vida es mucho mejor cuando sencillamente la disfrutas.

Shôninki. El arte del disimulo

«Atrapa el hilo y no sueltes.»

Me gustan los ninjas. Usaban el disimulo para conseguir lo que querían. No eran superhéroes. Investigaban, intrigaban, actuaban. Batman no inventó nada. Los ninjas ya se mezclaban con las sombras, se fabricaban sus propias armas y utilizaban el entorno a su favor. Con discreción hasta la victoria.

Este libro es un privilegio. Recoge las enseñanzas secretas que durante generaciones sólo se transmitían entre clanes. Capítulos breves, apenas esbozos de técnicas y recomendaciones. Un ojo de cerradura para ver, o intuir, cómo actuaban estos guerreros fascinantes.

Soy fan especialmente de los títulos de los capítulos, tan evocadores: «Las enseñanzas de lobos y zorros», «Acceder a lugares elevados y a las profundidades», «Lo que hay que saber sobre los senderos de montaña desconocidos»… Y también fan de párrafos como éste:

Razonas como un principiante. Si quieres adquirir un cántaro grande y no piensas en otra cosa, no verás nada más que el cántaro. En cambio, yo me acomodo a las circunstancias. Robo muchas cosas pequeñas que oculto en mi manga. Tras revenderlas, me compro un cántaro grande. Es lo que denominamos la estrategia de ampliar la perspectiva.

Ampliar perspectivas, gran concepto. Supongo que no será casualidad que en mi viaje a Japón hace ya cinco años, mi lugar favorito fuese Nara, su antigua base de operaciones. Me gustan los ninjas, sí. Porque fluían y siempre ganaban.

A moment, a love, a dream, a laugh

Ya existen máquinas del tiempo. Son los olores. Esta tarde mismo el olor de una colonia me ha transportado a Chicago en 2010. De repente estaba recorriendo la avenida principal en dirección a las torres con forma de mazorcas y entraba en un 7 Eleven para comprar una botella de Mountain Dew fresquita .

Hay olores que te recuerdan a una persona, otros a un momento muy concreto, pero también a épocas enteras. Todo 2011, por ejemplo, lo asocio a la mostaza verde de un bocadillo que se llama Polloso. El álbum Nightlife de Pet Shop Boys huele en cambio a una bañera llena: por aquel entonces, era mi banda sonora cuando me bañaba cada domingo.
Y ahora mismo mi olor favorito es 212 Men. Es la colonia del chico al que no sé cómo llamar en este blog. Él. Mi peluche está impregnado de su perfume; bueno, quizá no tanto, sólo lo abraza a veces, pero yo imagino que huele mucho. Oliéndolo, me transporto a las cenas de otros miércoles e incluso a Castellón, donde está él ahora. Y eso que yo nunca he estado en Castellón. Pero los olores tienen ese poder.
Lo más curioso es que con ellos sólo recuerdas las cosas buenas. Al menos a mí me pasa. Será que la nariz es sabia, ¿para qué querrías recordar un instante en el que no fuiste feliz? Mucho mejor tener el poder de saltar otra vez a una noche en la que hiciste el amor, a un festival donde no has estado, a otro verano que fue bueno de una manera muy distinta a éste.

Cada verano, un olor. Éste también huele a sal, la sal del mar, el regreso a la playa, las toallas juntas, los besos entre las olas, los dedos entrelazados. Tirarme al agua y revivirlo. Sentir la compañía en la distancia. El día que inventen una máquina para recrear olores: ese día controlaremos el espacio-tiempo.

Every time I say it’s a brand new day

La canción exacta que te levanta el ánimo. O la entrada de blog que te inspira. Alguien ha colgado, y lo ha hecho en el momento justo, eso que necesitabas disfrutar. Conexiones que te mejoran la vida. Es como asomarte a la ventana y encontrarte siempre un cielo despejado.

No entiendo a la gente que se queja constantemente: del calor que hace en el metro, de los retrasos, de las colas, de cada minucia en la que se fijan en vez de centrarse en el libro que leen, el paisaje, las conversaciones. Las cosas buenas, que siempre las hay. Pero si se las recuerdas, te gruñen.

Preferiré sin duda a las personas que sonríen, o que al menos lo intentan. Que tienen palabras de apoyo y archivos de canciones y orejas y hombros, caricias, collages que todo lo dicen, bailes, abrazos, consejos. No es un don: es un cambio de chip.

Cambiemos las espirales de autodestrucción y quejas por tornados de colores. Construyamos entre todos algo parecido al paraíso. Se puede. Habrá días menos buenos pero si a tu alrededor todos sonríen acabarás haciéndolo tú también. Contagiémonos la alegría. Así de fácil.