A mediados de 2012, terminé de pasar a limpio el manuscrito y escribí el primer FIN de la novela. Estaba convencido de que era el final del proceso. La historia estaba cerrada, los capítulos bien ordenados. ¿Qué podía faltar? Pues corregir. Horas y horas de revisiones, hasta el punto de que he pasado más tiempo revisando que escribiendo (aunque en realidad, las dos cosas son lo mismo: no puedes revisar una página en blanco). Para que os hagáis una idea: tardé apenas cuatro meses en redactar el manuscrito y año y medio en darle su forma, ahora sí, definitiva.
«Este capítulo no funciona», dijo el primer lector. Y me sentó como una bofetada. Era el capítulo al que más cariño le tenía. Contrariado, dejé que la novela reposara algunos días. Al retomarla, comprobé que el chico tenía razón. Ese capítulo no funcionaba: era el prólogo, un avance de cosas que sucedían más adelante en la historia. Lo quité provisionalmente, ya vería luego dónde colocaría todas esas escenas. Pero ocurrió algo muy curioso. Al quitar ese prólogo, de repente, la novela creció. Entendí por fin de qué iba la historia. Tan hechizado estaba con ese prólogo, tan ofuscado, que no me daba cuenta de la aventura del protagonista.
Encontrar esta esencia exigió meses de cambios: cambio de estructura (el segundo capítulo pasó a ser el primero, la carta de bienvenida, y eso le dio una importancia que no había visto hasta entonces), cambio de estilo, cambio de importancia de las tramas. La novela de amor platónico se convirtió en esa historia de superación que yo imaginaba. La reconstrucción, pieza a pieza, de Leo. Ayudaba leer en voz alta y cambiar de soporte: imprimir lo escrito para alejarse de tanta pantalla, leerlo con ojos renovados.
Superado el tabú de quitar un capítulo entero, me atreví a quitar otros párrafos, escenas, frases que entorpecían la lectura. El manuscrito pasó de 200 páginas a 170. Era una extraña sensación, ésta de ver que una frase mejoraba cuanto más desnuda estaba. Hasta ahora, siempre había pensado que se embellece con los adornos, vestidos, disfraces, maquillajes y oropeles. Pero no. Por fin entendí eso que había leído en una web de consejos para escritores. Hay que ser libertino en la escritura y sacar al crítico despiadado en la corrección. Corregir es como limpiar el escritorio: por mucha pena que te den esas postales que cogiste en un bar, en el fondo sabes que no vas a hacer nada con ellas, solo estorban. Agradecerás prescindir de ellas.
Disfruto con la frescura de autores como Jordi Sierra i Fabra, que estructuran bien la novela y luego la escriben del tirón en dos semanas, solo hacen una corrección de fallos ortográficos. Y admiro a autores como Gustave Flaubert, que se pasaban años perfeccionando sus manuscritos, fijándose en cada frase y en cada escena con la minuciosidad de un relojero. Yo no tengo tanta paciencia (ni tanto talento, claro).
«Tienes que parar», te dicen entonces un amigo o tu cerebro. Ese día relees lo escrito y no solo no cambiarías ni una coma, también jurarías que no lo has escrito tú sino otra persona. Un libro cogido al azar de la estantería. Tras mil revisiones, lo has logrado. El material valioso ya estaba ahí, faltaba sacarlo a la luz. Como el escultor que pica el mármol para encontrar la estatua del David.





