La diferencia entre la fe y la ciencia

La primera vez te sale natural. No piensas en nada. Sientes. Te dejas arrastrar, improvisas en milésimas de segundo. Salen solos los gestos, se desliza el pincel sobre el papel de arroz, brota lo que no sabías que estaba ahí. Eres capaz. Una sorpresa lleva a la siguiente. Ni siquiera tienes tiempo de pensar: «Qué fácil».

Fotografía: First Place de Wagner Araujo.

Piensas después, viendo el resultado. Lo bien que te salió, y qué fácil parecía mientras lo hacías. Tan fácil que podrás recrearlo. Dispones la mejor hora para hacerlo, relajas los músculos, pones música tranquila, algo de Enya, y enciendes una barrita de tu incienso favorito. Coges el pincel. El pincel más cómodo. Respiras hondo. Hoy, contra el papel, estudias tus gestos en un intento de recuperar aquella naturalidad que tan bien recuerdas. Pero era una pluma mecida por el viento: puedes cogerla una vez y no otra. Repites, repites, repites y cada vez te notas más mecánico. Eres consciente de cada músculo, cada articulación que hay que poner en movimiento. La técnica mató la intuición La semilla sigue en alguna parte, lo sabes, pero no das con ella. Lo mejor que consigues es una parodia. Quizá otros no lo noten, pero tú sí. Ese trazo tieso, esa arruga donde no tocaba. Te conformas con la imitación, qué remedio.

Un día tendrás la mente en otra parte. Te moverás por moverte. Y lo encontrarás sin pretenderlo. Al vuelo. El tiesto para que brote la semilla. Y otra vez se sentirá fácil. Una nueva sorpresa que te lleva a la siguiente.

Le vent nous portera

Te gustaría vivir en París. Una buhardilla pequeña desde la que, para cumplir todos los tópicos, verías a lo lejos la Torre Eiffel. Estaría en un barrio poco concurrido, alejado del centro. Así atravesarías la ciudad a pie cada mañana. Nunca cogerías el metro, menudo sacrilegio en una ciudad donde todas las calles son bonitas.

Te gustaría vivir en París. «Algún día», le dices a un amigo al llegar a la playa. Lo dices por decir, uno de esos planes irrealizables pero muy meditados que un día, sin más preámbulo, salen a la luz. En París ya estuviste hace 10 años, pero ahora irías de otra manera. Te patearías los museos y las placitas con cafés alrededor y los rincones escondidos que entonces pasaste por alto. La librería Shakespeare and Co, junto al Sena. Y antes aprenderás francés. Que no vuelvan a poner los ojos en blanco los camareros al recurrir al inglés incluso para una mísera Orangina.

Te gustaría vivir en París como te gustarían tantas otras cosas. Ríes. Qué tontería. Bajáis del coche, cogéis los bártulos. De camino a la playa, sobre un banco, alguien ha abandonado un libro. Vuelves a verlo horas después, cuando ya os vais un poco más morenos. Nadie lo ha cogido. Lo coges tú. Y es una novela en francés, claro. Para que vayas practicando. El título: «L’inespérée». Lo inesperado.

Horoscopes can’t forecast how we’ll feel

Ya es el segundo día que te ocurre. Casi te crees la predicción del tiempo de tu móvil y te pierdes un soleado día de playa. Como si ese hombre del tiempo anónimo fuera un nuevo dios al que debes obedecer. Realmente es una predicción minuciosa, hora por hora, y estos días de vacaciones le gusta pintar nubes de más. Y hay nubes en el cielo, sí, pero no tantas como para ocultar el sol por completo.

Por suerte, las ganas de leer en la playa eran tan grandes, que a pesar de las nubes virtuales y de las nubes que veías desde el balcón, has ido a la playa. Y es que en la playa lees más y mejor. Sin interrupciones, sin mirar el móvil. Y sin que nadie te conozca. Esto te encanta, te rodean tantos ingleses, italianos, franceses, alemanes, holandeses… que es como estar de viaje.

Qué sonrisa más tonta cuando sales del metro y el sol ilumina las escaleras, como si se estuviera reservando para ese momento. No las tienes todas contigo a lo largo del paseo, ves a los turistas comiendo paella y helado, las gafas de colores de los top manta, y crees que no te dará tiempo a veranear, que para cuando llegues a la playa, se habrá ido el sol. Pero no. Sigue luciendo. En lo alto, entre las nubes. Colocas tu toalla, te das un chapuzón y retomas la lectura. Por ponerte en lo peor, casi te pierdes lo mejor.

Banana Yoshimoto : Amrita

«Los descubrimientos más memorables se realizan
cuando nos adentramos en las cosas por nosotros mismos
y, solos, las hacemos nuestras.»

Me gusta los libros que te sumergen en su historia. Y en verano más. Una historia sencilla, donde en realidad no ocurren demasiadas cosas, solo el descubrimiento de uno mismo. Cada frase una oleada, el libro te mece y te serena. Te atrapa en ese no pasar nada, porque quieres sentirte como la protagonista. Ella permanece siempre estoica y esperanzada.

Lo leí por recomendación de Aitor Villafranca, que acertó de pleno. Es un libro para las vacaciones. O para cuando necesitas estar de vacaciones. Una ventana a otro mundo donde nada va contigo, y todo ocurre despacio. Como la brisa entre las palmeras. Antes de darte cuenta, tu sofá se ha convertido en una hamaca y en la mano tienes un vaso de piña colada.

Banana Yoshimoto a veces se pasa de cursi. Aquí no. O sí, pero se lo perdonas. Dejas que te vaya desmenuzando la historia de esa chica que vuelve a nacer tras un accidente y poco a poco recupera el gusto por la vida, los detalles que la hacen feliz, las conexiones con viejos conocidos y nuevos amigos. En fin: hay que leerlo para ver la vida con otros ojos.

No tengas la misma prisa que yo. Mira bien la cena que ha preparado mamá, el jersey que te ha regalado. Mira bien las caras de tus compañeros de clase, las casas del barrio que demuelen para construir otras nuevas. Cuando se vive en el mundo real uno no se fija en lo que le rodea, pero estando en el camerino de un teatro no se te escapa nada. Date cuenta de que el cielo es azul, de que tu mano tiene cinco dedos, de que papá y mamá están ahí, lo mismo que las personas desconocidas con las que hablas por la calle: todo eso es como beber agua fresquísima. Si no se bebe cada día no se puede vivir. Si no se bebe, si el agua está ahí y no la bebes a grandes sorbos, la garganta se seca y se muere. No sé explicarlo bien, pero es así. Di que no tengo ningún pesar. Díselo a todos. Yo siempre acababa los deberes de vacaciones en la primera semana, lo mismo que el diario que nos mandaban escribir en vacaciones, y envidiaba a los demás, que lo hacían todo en la última semana deprisa y corriendo. Pero me veía obligada a hacerlos enseguida por miedo. Yo de niña era así. Sin embargo, la próxima vez que escriba un diario no cometeré el mismo error, describiré el calor del verano, los rayos de sol, día a día, tal y como lo vaya sintiendo. Tuve prisa. Eso es todo. (Páginas 259-260)

Milk and toast and honey

Ya lo sabías. Claro que lo sabías, pero siempre te gusta que te lo confirmen. El potencial de tus ideas. Una idea, no muy grande, más bien pequeña, en la que has depositado algo de esperanza y un poquito de ilusión. «Pues me gusta», dice él. Y sonríes. Le gusta.

No solo eso: le ve futuro, añade. Inténtalo. A lo grande. Corrige esto y lo otro. ¿Será esto la autosuficiencia? Confiar en contar ideas y que a veces los demás den el visto bueno. O que te orienten. Alimentarte de su gesto de aprobación, un leve movimiento de cabeza antes de beber la taza de café.

Te sientes afortunado de tener gente sabia alrededor. Gente con otros ojos y otras voces que te hacen crecer. Siempre a mejor. Poco a poco, por el sendero de las ideas que de tanto soñarlas se vuelven grandes.