¿En qué momento dejas de hacer las cosas por ti mismo? Sin darte cuenta, olvidas lo que un día tuvo un significado íntimo y pasas a complacer solo a los demás. Porque sienta bien, sí, hacer feliz al resto. Pero de tanto contar el mismo chiste, corres el riesgo de olvidar qué lo hacía gracioso en primer lugar. Gracioso para ti. Antes no tenías que esperar a que otros rieran para hacerlo tú.
Lo que otros esperan de ti es una prisión. O lo que crees que otros esperan de ti, para ser más exactos. Por ejemplo, este blog. Empezó como una especie de terapia personal y durante mucho tiempo funcionó. Hasta que desde mi ventana dejé de ver las cosas que me importaban. Solo pensaba en las que querrían ver los demás habitantes del bloque. Y así encegado, llegué a convencerme de que no me quedaban cosas nuevas por ver. Estaba frente a una ventana que daba a la nada.
De qué iba a hablar, si ya lo había dicho todo. Era un todo diminuto, claro, porque al releer el blog desde sus inicios, descubrí que en realidad siempre he hablado de lo mismo. Tu mundo nunca es tan grande como lo percibes. Aun así, perdí el rumbo. Me gustaría decir que perdiéndome encontré la respuesta, pero no fue así. No la encontré. Es posible que no exista tal respuesta, que todo sean ciclos que vienen y van.
Pero dicen que la fe mueve montañas. Y otra cosa no, pero tengo fe en el poder de las palabras. Sé que me llevarán a alguna parte aunque no sea donde yo había planeado. Por eso continuaré el sendero. Escribiendo más que pensando. Como dirían en Gravity: «Pase lo que pase, va a ser una experiencia maravillosa». Nuevas palabras, las que a mí me gustan. Las que más me llenan. Despegue y aterrizaje.








