Judith Schalansky : Atlas de islas remotas

¿Qué te llevarías a una isla desierta? No se preguntaron eso los exploradores de las 50 islas que aparecen en este libro. Muchos llegaron a ellas por accidente y otros iban en busca de algo. Porque siempre buscas algo, incluso en la otra punta del mundo, o allí más que en ninguna otra parte. Fortuna, fama, conocimiento.

Decir que no encontraron nada sería injusto para las islas. Como mínimo, encontraron piedras. Y nuevas especies de animales y plantes. Y nueva gente. También encontraron por fin un sitio donde nadie les conocía y por eso algunos se quedaron a vivir en aquel pedazo de tierra, rodeados de mar.

Uno a uno, Judith Schalansky detalla con poesía sus motivos, sus descubrimientos, su soledad… Hay historias de misterio que darían para una novela: en medio del mar hubo un asesinato, un envenenamiento, un esqueleto y dos desaparecidos… Hay historias de daltonismos y tsunamis. De naufragios, de supervivientes. Y hay historias de superación, como la del hombre que proseguiría su búsqueda si le quedaran fuerzas. Se trata de abrir el atlas y dejar que te sorprenda, como hacías de niño en la biblioteca.

No son islas del tesoro, aunque cada ficha venga acompañada de un tentador mapa. Las aventuras de estos exploradores son mundanas y aun así te fascinan porque es muy posible que tú nunca pises los parajes que ellos pisaron. Pisarás otros, los tuyos, los que decida el azar y el dinero. Quién sabe, quizá algún día, alguien abra un atlas y te encuentre a ti. Y entonces se preguntará: ¿qué fue a buscar a esa isla suya?

Her

Durante algunos años, yo fui Samantha. Eran los tiempos del IRC y todos chateábamos con todos, en busca de un amor que no llegaba. Horas gastadas en conocer al otro y, en cuanto la cosa no cuajaba, pasar a conocer al siguiente, esta vez con la lección aprendida. A cada flirteo éramos un poco menos inexpertos, sabíamos qué decir para agradar, para prolongar la conversación. Para conseguir la ansiada cita.

Ahí se rompía el hechizo. Y nos convertíamos sin remedio en el desdichado Theodore. Porque resulta que nadie es tan perfecto como esa imagen que, casi sin querer, construyes en tu cabeza. Los tecleos nocturnos de repente se convertían en palabras que no salían y cafés que se enfriaban. Aquellos píxeles donde tú habías descifrado un apuesto príncipe azul, cobraban vida: narices aguileñas, entradas más pronunciadas de lo previsto, ojos saltones…

Ah, pero mientras la ilusión duraba era tan divertido. Habías encontrado a tu alma gemela, nada menos. Y te hacía feliz y te sentías menos solo en el mundo. A veces, por diversión, jugabas a ser el alma gemela de otro. Recuerdo una noche de borrachera que con varios amigos nos dedicamos a chatear con un conocido de gustos peculiares. Construimos un personaje al que le gustaba lo mismo que a él y él, claro, alucinaba, por fin se creía comprendido. Bastó un fallo de conexión para no tener que romperle el corazón.

Dicen que Her vaticina nuestro futuro próximo, ese camino que estamos tomando, enganchados a las redes sociales para comunicarnos, a Grindr para follar. Pero yo creo que siempre hemos sido así. Siempre hemos necesitado sentirnos importantes y nos valemos de la fantasía para ello. Si el otro es perfecto y además nos hace caso, es que un poquito perfectos somos nosotros también, ¿no?

Quizá hoy en día la tecnología nos lo pone más fácil, pero ¿qué diferencia hay entre una relación con un sistema operativo y aquellas relaciones epistolares de hace siglos entre dos personas que jamás llegarían a consumar su amor? Sé que en el cine, todos soltamos un suspiro a la vez cuando Theodore y Samantha se declararon sus sentimientos. Todos hemos pasado por eso. Dices algo que no estás seguro de sentir todavía con la esperanza de que se materialice.

Her es maravillosa porque habla de nosotros. De nosotros ahora y siempre. De cómo vivimos el amor en sus primeras etapas cuando todo es perfecto. De cómo salimos a flote cuando, a punto de tirar la toalla, aparece alguien que le devuelve los rojos y azules y amarillos a nuestro día a día. Entonces ir a la oficina se convierte en fuente de alegría, los videojuegos quedan relegados en favor del sexo, emprendes proyectos aparcados, vas a la playa y te ríes como nunca te has reído. ¡Y cómo se ríe Joaquin Phoenix! Se habla mucho de la voz de Scarlett Johansson, pero él debería haber ganado todos los premios porque su felicidad colma la pantalla.

¿Hay amor tras la desvirtualización? No nos gusta que el otro no sea como habíamos imaginado, le achacamos que no encaje en el molde que le habíamos construido y eso siempre es terrible. Suerte que a veces también encuentras, más cerca de lo que temías, justo aquello a lo que aspiras. La confortable convivencia con alguien en cuyo hombro apoyar la cabeza. De noche, en silencio, enamorados sin tener que decirlo. Tras la descarga de hormonas, llega la feliz calma.

Louder

Es mejor echarle morro. Lo vas aprendiendo sobre la marcha. Creías que era preferible la precaución. Dijiste que mejor que no viniera mucha gente a la fiesta: solo cabían 15 personas. Y vinieron justo esas: 15 y no más, y al verlas estuviste contento pero también supiste que querías más. Más para compartir y celebrar las cosas buenas. Como con la pasta, la cantidad exacta no la sabes hasta tenerla en el plato.

Es mejor echarle morro. Atreverte a pedir, a mostrar todo lo que puedes aportar. Te lanzas a la calle con la esperanza de que si alguien no te abre la puerta, lo hará el de al lado. Será por esa esperanza o por la sonrisa que usas a modo de chaleco antibalas, será por por lo que sea, pero al final no solo te abren la puerta. Te dan la bienvenida, te dan conversación, te dan nuevos hilos de los que seguir tirando.

Abrirse paso a gritos no está tan mal. Tú que no tenías voz ahora sostienes un megáfono. Y piensas utilizarlo. Antes de apretar el botón, bucearás en busca de las palabras correctas. Solo entonces apretarás y dirás, gritarás. Sí, es mejor echarle morro. Para que alguien te escuche y todos se enteren.

Mark Daumail : Mistaken

Si Mistaken fuera un disco, sería de los mejores del año. Pero «solo» es un EP con 3 canciones y 3 remixes. Mark Daumail se lanza en solitario tras disolver Cocoon y de momento nos ofrece esto a modo de aperitivo de un disco que llegará más adelante. Habrá que armarse de paciencia.

Él, al menos, se muestra paciente en todos los temas. No tiene ninguna prisa. Confía que en esta aventura encontrará buenos frutos, tarden lo que tarden. Y sin una segunda voz entrelazándose con la suya, ahora Mark suena más fuerte y también más desnudo que nunca. No puedes echarte a nadar sin perder la ropa por el camino.

La canción Mistaken cuenta un aprendizaje. A cada segundo descubres nuevos sonidos igual que en el pasado fuiste descubriendo los pequeños pecados del otro. Cayeron las máscaras y los santos dejaron de serlo. Ahora ya da igual. Has madurado y puedes componer temas así de buenos. Crecen y crecen como lo haces tú.

Por su parte, Monsters es un espejo. Esas palabras que llegan en el momento justo. Quien las escribió no te conocía, pero las escribió para ti. No estás solo, otros han pasado por lo mismo y sobrevivieron como sobrevivirás tú. A veces podemos ser monstruos, sí: unos monstruos capaces de comerse el mundo. Y eso transmite la canción: una conquista. Cuando dejas de esconderte y pasas a la acción.

El resto del EP es un extra. Aunque se agradece que el viaje dure un poco más, a estas alturas lo importante ya está dicho. Próximo destino: la plenitud.

Cuando todo está perdido

Todo está cerrado o en obras. La ciudad mantiene las distancias bajo la lluvia. Llegas corriendo al cine. El tercero ya, porque la cartelera online prometía la película en sitios equivocados, pero tus ganas de verla te han traído hasta aquí. No te has rendido.

Este momento no lo habías ensayado. Pides una entrada para Cuando todo no está perdido, añadiendo un «no» sin darte cuenta. La taquillera te entiende de todos modos y te da el trozo de papel; no podría importarle menos si todo está perdido o no, ella tiene suficiente con su estufa. Sus pies no están mojados como los tuyos.

Robert Redford sí te comprende. A él se le mojan los zapatos nada más empezar la película. No hay mal que por no bien no venga, decía tu madre, y frente a la pantalla tienes que darle la razón. De repente la puesta de sol tiene otro color y hasta disfrutas el tacto de la misma lluvia que hace un momento evitabas.

Y entonces todo se tuerce. Toca convertirse en héroe. No sabes de dónde las sacas, pero te quedan fuerzas. En el caso de Robert Redford tiene mérito. Sandra Bullock volaba grácil por el espacio, pero para nuestro náufrago, cada movimiento será una gesta. Y con razón: tiene que enfrentarse solo a los elementos.

Cuando todo está perdido, aprendes lo que nunca te hubieras planteado aprender. A guiarte por los astros, a utilizar la condensación para obtener agua potable, a recuperar el equilibrio… a pescar, incluso. Enfrascado en tantas acciones nuevas, el final apenas importa. Desfalleces y a ratos te sientes desvalido, pero eres capaz. Estás luchando y eso nadie podrá arrebatártelo jamás.