Crazy, Stupid, Love

I will never stop trying. Because when you find the one, you never give up.

Que una comedia empiece con una petición de divorcio ya es signo inequívoco de que se está intentando aportar algo especial dentro de un género tan socorrido. Así empieza Crazy, Stupid, Love y a partir de ahí, va repitiendo clichés del género (los guionistas son tan conscientes que el protagonista llega a soltar un «how cliche», en cierta escena) para alejarse de cualquier tópico minutos después. Y es este curioso equilibrio entre lo típico y lo inesperado, lo que hace que la película funcione tan bien.

Lo que empieza como la historia coral de tres personajes en muy distintos puntos sentimentales (cuarentón recién separado, veinteañera a punto de casarse y treintañero siempre de flor en flor), pronto confluye en un relato sobre la búsqueda del amor. La búsqueda a partir de uno mismo, ya que Cal (Steve Carell) comprenderá que si lo ha perdido ha sido precisamente por descuidarse. Con más de 40 años, vuelve a sentirse como un adolescente inexperto, de nuevo en un mercado en el que no sabe cómo encajar, y será Jacob (Ryan Gosling) quien le enseñe los secretos de la atracción.

Carcajadas, momentos irreverentes, gente desquiciada, discursos empalagosos sobre las bondades del amor, escenas previsibles seguidas de otras inesperadas, buena selección musical, mucho Ryan Gosling sin camiseta… el cóctel funciona y las dos horas pasan volando. Destacan, por supuesto, los personajes: Cal y Jacob son adorables incluso en sus momentos más bajos, y la corte de secundarios (desde Julianne Moore a una profesora histérica memorable) que los acompañan conseguirán hacernos reír más de una y dos veces.

Hay que verla. La película, digo.

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio

If you hit a wall, you push through it.

Esto de las adaptaciones de obras míticas es peliagudo. No siempre las buenas adaptaciones son fieles al material original (por ejemplo: en ciertas cosas la chocante -pero genial- película de «Sherlock Holmes» de Guy Ritchie es más fiel a los libros que lo visto en las famosas adaptaciones televisivas, sublimes a su vez). Soy bastante purista de las cosas que me gustan, pero no absolutista. Considero que hay que saber equilibrar muy bien la fidelidad con el querer aportar algo nuevo (ya que de lo contrario: ¿para qué adaptar?, para ver lo mismo me quedo con lo original).

Por suerte o por desgracia, esto es arriesgado de hacer y aún más difícil de que quede bien. Así que acudí temblando al cine para ver la primera película de Tintín. Quería confiar en Spielberg y Jackson, pero no descartaba encontrarme con algo puramente palomitero, americano. Hollywoodiense, vaya. Los tráilers invitaban a ello.

Los temores se despejan en los primeros cinco minutos. Unos títulos de crédito sublimes (a nivel visual pero también sonoro: gran música jazzística de John Williams), plagados de guiños y detalles que continuarán apareciendo a lo largo de todo el metraje. Y justo después, un homenaje a Hergé que me pareció tiernísimo. Era como si quisieran dejar muy claro que no sólo conocen el material original, sino que también lo van a respetar.

La técnica que han utilizado (animación a partir de capturas de movimientos de actores reales) da unos resultados espectaculares. Eso sí: a la hora de caracterizar a los personajes, quedan mucho mejor todos los que conservan un punto de caricatura y huyen del realismo: Haddock, Hernández y Fernández (para mí siempre Dupond y Dupont), Dr. Sakharine, la Castafiore, Néstor, la tripulación del barco, los numerosos secundarios… todos ellos parecen recién salidos de las viñetas de Hergé. Es precisamente en el dúo protagonista, Tintín y Milú, donde algo no termina de encajar, quizá ese intento de hacerlos realistas. Aún así, te acostumbras pronto y, la verdad, sería difícil imaginar un resultado más satisfactorio. Las personalidades de todos los personajes están clavadas: ninguna queja en ese sentido (Haddock, por supuesto, se lleva las mejores frases).

Pero donde brilla especialmente la película es a la hora de combinar acción, misterio y comedia. Conservan el humor de las viñetas originales (enredos, golpes, casualidades fatales) pero le suman un plus de espectacularidad gracias al amplio presupuesto con el que cuenta una película de la industria norteamericana. Y así consiguen secuencias de acción deslumbrantes, adrenalínicas, que mejoran aún más un material, el de Hergé, que sobre papel ya era emocionante y espectacular y peliculero (persecuciones y cliffhangers página tras página). Se riza el rizo continuamente. Saltos temporales, planos secuencia, duelos a gran escala, transiciones de plano a plano… todo es puro ejercicio de espectáculo visual, aprovechando la ausencia de límites de la animación. Es como si Spielberg estuviera incluyendo todo lo que no podría en una película de Indiana Jones. Nada se le resiste.

Aunque la película use el título del cómic «El secreto del Unicornio», también adapta otros dos álbums: «El cangrejo de las pinzas de oro» (y mucho, no sólo una escena como se creía al principio) y, casi de refilón, «El tesoro de Rackham El Rojo» (es de este álbum del que echo en falta más elementos, como el mítico submarino con forma de tiburón). Pero curiosamente, la mezcla de argumentos no sólo es convincente, es que incluso en esos momentos donde se atreven a inventar escenas, sigues sintiendo que estás ante una película de Tintín, una aventura de Hergé, con sus personajes carismáticos, sus paisajes exóticos y sus aventuras sin respiro.

Id sin miedo: si ya os gustaba Tintín, os encantará la película. Y si no lo conocíais, al terminar la proyección correréis a la tienda de cómics más cercana. Bravo.

Alberto Olmos – Trenes hacia Tokio

A veces los sueños se cumplen y entonces uno no sabe qué mover.

Vivir en Japón. Suena bien. Suena exótico, bonito, deseable. Alberto Olmos, que se lo conoce bien porque estuvo viviendo y trabajando allí durante 3 años, desmitifica eso de vivir en Japón en la segunda novela que leo de él, Trenes hacia Tokio. El libro se gestó en un blog y quizá por eso cada capítulo parece un cuento casi independiente, una cápsula directa al estómago. Todos tienen un título misterioso (al final siempre se resuelve el enigma y a menudo, al descubrir el por qué del título, no puedes evitar soltar una carcajada). Todos te llevan a ingerir -a leer- la siguiente cápsula. Te horrorizan y quieres más.

No estamos en el Japón de las geishas y los carteles de neón, sino en el Japón de las personas, de los trabajadores, de los estudiantes. El Japón íntimo, el de los deseos inconfesables, los viajes en tren y el aburrido día a día. Alberto Olmos desmenuza la realidad con una prosa quirúrgica, implacable. Ni siquiera es cruel: simplemente dice las cosas tal cual son, tal cual las ve. Destaca detalles insignificantes que le dan una nueva dimensión -absurda, ultrarrealista- a todo.

Su prosa es como una cámara de cine equipada con rayos-x que exploran bajo la ropa, bajo los párpados. Sus metáforas sorprenden, por lo lúcidas. No gasta más palabras de las necesarias. (Me maravilló, por ejemplo, cómo en vez de decir: «Me subo al coche y observo la ciudad al otro lado de la ventanilla», el autor suelta simplemente: «La ciudad se vuelve paisaje». Toma.) Más de una vez, en más de una frase, he querido aplaudir y he odiado al autor por ser tan certero.

Hay en Trenes hacia Tokio una urgencia por llegar a ninguna parte. Pedazos inconexos sólo en apariencia que van hilvanando una historia triste sobre la incomunicación. Y quizá lo más desasosegante sea que sólo se tendría que cambiar algunos nombres propios y marcas comerciales para que la novela pudiera estar ambientada en cualquier otra parte del mundo «civilizado». Y aún así, el ambiente que se describe, los personajes, los protocolos, son innegablemente japoneses. ¿Nos estaremos convirtiendo todos en japoneses?

No todos los trenes van hacia Tokio: solo los que tomo yo. Siempre que entro en un tren, y me siento, y me convierto en pasajero por unos minutos (a veces hasta por unas horas), sueño que voy hacia Tokio, que me llevan a la gran metrópoli, al cenáculo del dinero y del rímel y de las grandes pantallas de televisión. Luego, el tren, sus puertas, se abren a la decepción, una decepción provinciana, con poco dinero, ojeras y televisioncitas.

Noah & The Whale – Last Night On Earth

What you don’t have now will come back again
You’ve got heart and you go in your own way

A Noah & The Whale ya les tenía echado el ojo después de que su Give a Little Love acompañase una preciosa escena de la serie Cougar Town. La semana pasada me salió la recomendación de su último disco en Spotify y lo escuché y conecté con todas las canciones, porque las cosas siempre llegan cuando las necesitas.

Creo que este disco resume en 30 minutos toda la filosofía que intento compartir en mis entradas de este blog: mirar hacia adelante siempre con una sonrisa, con la seguridad de que los buenos cambios y las buenas cosas están al alcance, sólo hay que querer extender la mano.

Por lo visto, el grupo no tuvo el éxito esperado con su disco anterior, que lidiaba la ruptura del cantante con su novia (ex-miembro del grupo). Para este tercer trabajo, Last Night On Earth, se ponen las pilas y dan lo mejor de sí. Es un disco tranquilo, que no es lo mismo que lento. Intensamente optimista. A ratos folk, a ratos rock, a ratos inclasificable. Las suaves guitarras se mezclan sin reparos con sintetizadores, xilófonos, violines, coros de connotaciones gospel…

Las letras hablan de nuevas oportunidades, de chicos que contemplan la ciudad que dejarán atrás desde la ventana del autobús, hombres que cargan las maletas en el coche, prostitutas que no pierden la sonrisa y escritores que aún no han dado con su Gran Obra pero siguen intentándolo. Porque cuando llegue la última noche quieren estar orgullosos de decir que, como mínimo, vivieron. 10 canciones redondas, homogéneas (gracias a las letras, sobre todo) a pesar de su disparidad sonora. La música de este disco es la compañía ideal. No os lo perdáis.

Well you used to be somebody and now you’re someone else
Took apart his own life, left it on the shelf
Sick of being someone he did not admire
Took apart his old things, set them all on fire

He’s gonna change, gonna change his ways
Gonna change, gonna change his ways

And it feels like his new life can start
And it feels like heaven

Pour tout savoir sur ton anatomie

Iba descubriendo tu cuerpo a pedazos. Y me gustaba.

«¿Qué es lo primero en lo que os fijáis de un hombre que os gusta?», nos preguntaba un día el dicharachero camarero de cierto local al que vamos de vez en cuando. Tópicos infalibles como «los ojos», «el paquete», «la sonrisa», «la forma del mentón» fueron nuestras respuestas. Entonces el camarero nos desmontó: «¿Y si lo veis de espaldas?». Nos habíamos limitado a enumerar partes visibles desde una perspectiva frontal pero es innegable que a menudo alguien de espaldas te llama la atención.

Ocurre. Descubres esa nuca, esos hombros y sabes que pertenecen a una persona que cuando se dé la vuelta te seguirá gustando. Corres a comprobarlo. O ves la foto de alguien que no te atrae nada (ni guapo ni feo: normal) pero luego, al tenerlo delante, ya en carne y hueso, te vuelve loco. No han cambiado sus ojos, su sonrisa, su mentón. ¿Por qué esa nueva atracción? ¿Es gracias a sus gestos o es cuestión de química? Lo de la química suena bien pero también hay miradas que, incluso en una foto, te atraviesan: sin elementos físicos ni proximidad. Incluso una voz puede ser irresistiblemente sexy, o unas palabras certeras.

¿Qué nos lleva a sentir esa atracción por las personas que nos gustan? Quizá anhelamos una serie de patrones muy concretos pero, a la hora de la verdad, son los detalles extras los que nos cautivan, lo inesperado, o esas cosas que apenas intuimos. Un aura a partir de la que idealizamos. Una conexión química que nos lleva a profundizar, prestar más atención a todos los detalles de la fachada, aquellos que en otra persona habríamos pasado por alto. Sensaciones. Sensaciones que pueden hacer que una persona nos guste y otra muy parecida, en cambio, no.

Todo esto hablando a nivel puramente físico, claro, porque con el enamoramiento ya tendríamos que preguntarnos si son posibles los flechazos (saber de repente que esa persona significará algo importante en tu vida), o si bien resultan imprescindibles unas dosis previas de conversación, cotidianidad, tiempo, descubrimientos mútuos. Yo por ejemplo opino que existen los flechazos pero que ese presentimiento se afianza a medida que conoces al otro y descubres no sus virtudes (tan previsibles) sino sus defectos: esos defectos a los que te gustaría acostumbrarte.

Las leyes de la atracción. Vagas, complejas. Quizá entran en juego toda una serie de factores, y por eso mismo podemos sentirnos atraídos por gente tan diversa. No lo sé. Meses después sigo sin saber qué responderle al camarero. «¿Y si lo veis de espaldas?». ¿Y si sólo le ves las manos, o sólo le oyes la voz, o sólo su silueta a contraluz, y aún así te sientes atraído? Quizá la clave está en los trozos. Nos atraen trozos porque nosostros mismos nos mostramos a trozos, nos descubrimos muy poco a poco y es mediante esa colección de «pocos» que creemos alcanzar el «todo» ideal al que aspiramos.