Sé que es casi nada, pero me sirve de tanto

Secarme en la toalla tras salir del agua. Es una de las sensaciones que recuperé este verano. El escalofrío del viento en la orilla y, poco a poco, el calorcito del sol. Las últimas gotas deslizándose por mi piel. Cierro los ojos, mi respiración vuelve a su ritmo normal. La arena secándose en los pies, pronto será fácil sacudirla.

Esa sensación de bienestar. Como llegar a casa cuando llueve y quitarte la ropa húmeda, los calcetines sobre todo. Ya con el pijama, dejas el paraguas en el plato de ducha, enciendes la calefacción, colocas toda la ropa encima y los zapatos cerca. Acurrucado en el sofá, las manos van recuperando sensibilidad. Sin prisa pero sin pausa. Y podrás doblar los dedos otra vez, coger la taza de leche caliente con fuerza.

Al día siguiente, el paraguas está completamente seco. Nadie diría que llegaste calado a casa. Pasas la cinta alrededor del paraguas, cierras el botón, siempre cuesta un poco, guardas el paraguas en el armario. Hasta la próxima vez que lo necesites. Por suerte, en Barcelona no llueve mucho, así que aún queda tiempo para eso.

El humo del primer chocolate a la taza de cada invierno. Un platazo de pasta los días de resaca. O esa noche que vuelves a casa con frío y decides sacar el nórdico. Habías olvidado cómo enfundarlo; primero quedan bultos, luego ya sale bien, queda mullido. Te metes dentro. Sólo sacarás un brazo a media noche, para comprobar que todavía te quedan horas de cálido sueño. Qué bien. Ha regresado la calma.

Sobrevolaba sin red la Polinesia meridional

Otro concierto gratuito. La Casa Azul en El Prat. De éste tenía especiales ganas, porque me quedé sin entradas para el concierto que dieron en la sala Apolo en marzo. No me quejo: ese día trajo otras cosas buenas, pero me gusta cerrar círculos y el viernes pude hacerlo y disfrutar en directo de uno de mis discos favoritos de 2011.

Hasta 11 canciones de La Polinesia Meridional sonaron en la carpa instalada junto a la estación. Y es que el concierto duró casi dos horas. Pensábamos que por aquello de ser gratuito, haría una versión breve de la gira, y no, las cantó todas o casi todas. Desde una eufórica Los chicos hoy saltarán a la pista que nos hizo saltar ya desde el minuto uno hasta La niña más hermosa que, por fin, en directo me convenció.

Pasando, por supuesto, por La revolución sexual, alargada y alargada con una intro épica que nos tuvo expectantes. Well, are you ready to go? De este disco no cantó demasiadas, se centró más en el material reciente y en el de sus inicios (genial Chicle Cosmos). Pero no faltaron un remix muy emocionante de El momento más feliz ni un No más Myolastan en clave chundi-chundi. Apocalipsis multicolor.

Aunque todavía no había visto a La Casa Azul en directo, estaba tranquilo porque sabía que llegaría el momento adecuado, y que además, cuando llegase, me conquistarían. Y así fue. Tanto las versiones más fieles a los temas originales como las remezclas me transmitieron el mismo buen rollo que cuando los escucho subiendo escaleras a pleno sol o dando botes en la discoteca.

Las pantallas le daban a todo aún más color. Vídeos y proyecciones (algunas interactivas, como los kame-hame rosas) para potenciar la sobredosis de pop ultra-happy. Mucho vocoder, mucho androide guapo y mucha nostalgia de Japón. Dos horas para bailar y ser feliz non-stop. Si esto es la Polinesia meridional, me quedo.

Si de verdad quieres…

No es una comedia. La promocionan como tal: «Una nueva comedia del director de El diablo viste de Prada«. Y repitiendo director y actriz protagonista, esperarías otra retahíla de frases mordaces y carcajadas. No es el caso. Si de verdad quieres… es una película dura, a ratos incómoda, pero merece la pena verla.

Un matrimonio en un giro del camino. Ni siquiera en crisis. Entre los personajes que encarnan Meryl Streep y Tommy Lee Jones, un día la cosa dejó de funcionar. Simplemente eso. Sin grandes dramas. Para recuperar la chispa, se embarcan en una terapia de pareja dirigida por Steve Carell, más comedido de lo habitual.

Sus fantasías, sus deseos, sus demandas… todo saldrá a la luz. También sus ganas de luchar para que la relación siga adelante. La certeza de que, al fin y al cabo, esa persona que se sienta en el mismo sofá, les hace feliz. Las cosas sencillas: el desayuno, el beso de buenas noches. La película es todo lo gamberra y previsible que permite Hollywood.

Y alguna risa sueltas, claro. Ver a Meryl Streep rebuscando libros picantes en las librerías del pueblo o arrodillándose en medio de un cine para hacer una mamada son imágenes de las que no se olvidan. Y sobre todo, las alas que da esa certeza; hay que defenderla a capa y espada. Si de verdad quieres, puedes.

Welcome to life

Siempre hay algo nuevo. Una torre, una cristalera, una piña multicolor coronando un arco. Es normal, la Sagrada Familia sigue en construcción. Las grúas mueven vigas, se colocan piedras, los planos crecen. Es fácil olvidar que los monumentos de tu ciudad están ahí. Te acostumbras. No los ves con ojos de turista.

Para recuperar esa fascinación, hay que provechar eventos como los que se organizaron en la Sagrada Familia durante La Mercè. En primer lugar, la compañía canadiense Moment Factory diseñó un espectáculo audiovisual con la fachada de la catedral de Gaudí como tapiz. Donde antes sólo había piedra, aparecieron latidos y plantas, mariposas. Fluían las cascadas.

Mirase donde mirase, veía colores, formas, brillos. Quince minutos muy emocionantes titulados Oda a la vida. Pero también redescubrí la Sagrada Familia al día siguiente, en la jornada de puertas abiertas. Después de una cola larguísima que gracias a la organización avanzó deprisa, en apenas diez minutos ya estábamos dentro, descubrí que el edificio por dentro es enorme.

Que no es que por fuera sea diminuto, claro, pero en su interior, a pesar del gentío, pudimos pasear tranquilamente por el amplio vestíbulo. Las columnas separaban múltiples espacios y los rosetones y cristaleras dejaban entrar la luz natural, que teñía todas las paredes de amarillo y azul y rojo y verde. Sí, tanta luz sorprende.

Los ojos se iban aquí y allá: frases, inscripciones y esculturas secretas que dejó Gaudí repartidas por toda la Sagrada Familia. Migas de pan guiándote hacia lo desconocido. Para que un día alguien las señalase. Mira. Deberíamos ser así más a menudo: niños curiosos que se transforman en Cristobal Colón. Descubridores del nuevo mundo.

Siento algo parecido en La Penúltima, un bar del Raval. Es acogedor pero pequeño, tanto que enseguida se llena. Me gustan las mesitas del fondo, aunque solemos quedarnos en la barra. Da igual porque desde cualquier ángulo descubro cada noche nuevos detalles. Dibujos y lámparas y figuritas en las que no me había fijado. Hago fotos y todas parecen de un bar distinto. Son bonitas las cosas que día tras días siguen sorprendiéndote. Como abrir la puerta siempre por primera vez.

You gotta get up and try, and try, and try

«Dar en el blanco es el resultado de noventa y nueve fracasos.»
(Dôgen)

Hay quien tira la toalla enseguida. Tú no eres de esos. A veces olvidas que, en pleno desierto, al otro lado de las dunas, hay un oasis; lo olvidas, pero sigues dando pasos, clavas los pies en la arena ardiente, escalas, llegas a lo alto y entonces descubres las palmeras, el lago de agua dulce, el trocito de sombra. Todo aquello que dabas por perdido está ahí delante. A tu alcance.

Fracasar no es más que ponerte en camino hacia el triunfo. De derrota en derrota hasta la victoria final, que dice el dicho. Poco a poco vas entendiéndolo. Vas aprendiendo. Afinas la frecuencia, sabes que no darás con el canal exacto a la primera, pero giras la ruedecilla y la música se escucha cada vez mejor.

No existen las crisis, existen los puntos de inflexión. Si algo no funciona como querrías, lo encarrilas. Lo intentas, al menos. Pero intentarlo ya es hacerlo. La librería se transforma en una tienda japonesa. Las diferencias se convierten en balanza y aprendizaje. Es básico: el pegamento de las cosas en común.

Cuando inventaron la primera rueda, era cuadrada. Imaginas los baches como montar un carro entonces. Un descontrol. Altibajos e incertidumbre, se iba a descuajeringar en cualquier momento. Pero la rueda la fueron puliendo. Y al final dieron con la forma exacta. El carro bajó la pendiente, cruzó el camino de principio a fin, suave. Ahora repites la cara de placer de aquel primer viajero. Estás a gusto, todo funciona.