The things I did before

Pon orden. Fue el primer consejo que encontré al abrir el libro que estoy leyendo ahora, El zen y el arte de amar. Abre un cajón, por ejemplo, y ordena todos los papeles que haya dentro, deshazte de lo que ya no necesites, recupera lo que no encontrabas, limpia. Cada día un espacio distinto, con calma.

He empezado por esa taza donde acumulo billetes de transporte, entradas de cine y conciertos, flyers, tarjetas de visita, etc. Había de todo. Hasta envoltorios antiguos y monedas de céntimo. Acumulas tantas cosas sin darte cuenta. Cuando he terminado de hacer limpieza, lo superfluo ya en la basura, me he sentido lleno.

Lleno, sí, porque gracias al contenido de la taza, he repasado todos los buenos momentos de este año, que han sido muchos. El viaje a Granada, las películas especiales, el Primavera Sound, un gofre en el Tibidabo, Madrid, las cenas antes de ir a La Penúltima, el hotel junto al lago de Puigcerdà, las tardes de playa, los helados violetas de Vioko, el concierto de Scissor Sisters, los fines de semana con los amigos, la Tarragona romana… He hecho balance y me ha gustado.

Ahora están todos los recuerdos ordenados, todas las tarjetas, todos los billetes juntos. La taza vuelve a tener espacio libre. Porque eso es lo mejor de todo: quedan muchos recuerdos por llegar, a este año todavía le queda más de un mes para seguir sorprendiéndome. Hoy mismo, ha llegado un buen disco a mi vida, el de Francis White. Así pues: bienvenidos, recuerdos. He puesto alfombra roja y la cena está lista.

And I want to thank you

Ha aparecido hoy en un bolsillo de mi chaqueta. Ya no lo recordaba. Un flyer titulado «Fundamentos de Gandhi». Me lo regaló un amigo días atrás, en Madrid, y está lleno de frases inspiradoras que no sé si serán de Gandhi pero deberían de llenar todos los imanes de nevera, todas las postales, todas las camisetas del mundo.

«Me ha recordado a ti», dijo mi amigo al dármelo. Sonreí. Pensé en el personaje de una de las muchas novelas que tengo sin terminar: una exitosa autora de libros de autoayuda que no es capaz de poner en orden su vida. A veces soy un poco así, lo reconozco. Al releer ciertas entradas antiguas del blog, siento que me ayudan justo ahora.. Como si las escribiera a modo de recordatorio para mi futuro yo.

Crece y evoluciona. Sé congruente. Lo dijo Gandhi (se supone) y estoy de acuerdo. El año pasado una de mis películas favoritas fue Happy Thank You More Please, y poner en práctica algunos de sus consejos me ayudó tanto a mejorar, como por ejemplo dar las gracias y pedir más. Así que no sé por qué hace meses que no agradecía realmente todo lo bueno que ha ido llegando, que es mucho, y muy bueno.

Gracias, pues. Gracias a quienes sacan tiempo para verme cuando más lo necesito. Gracias a ese chico que se ha atrevido a confiar en la estabilidad de las baldosas. Gracias a los clientes por seguir comprando. Gracias a la gente que sigue escribiendo y los músicos que siguen compartiendo su música. Gracias a todos los que, de una manera u otra, me llenáis cada día. Más, por favor.

Happy Day Bakery

Es lo que más echo en falta de Madrid cuando vuelvo a Barcelona. Aparte de la gente, claro. La pastelería Happy Day Bakery se encuentra en pleno Malasaña y está especializada en cupcakes. Los suyos son sin duda los más buenos, bonitos y baratos que he probado. Tienes un orgasmo solo con ver los expositores. No exagero.

Mi cupcake favorito es el de red velvet. Una masa roja, esponjosa, decorada con vainilla de colores y una chuche encima. En Happy Day, no se conforman con adornar los cupcakes simplemente con espuma de algún sabor; dejan correr la imaginación para los toppings: mariposas, corazones, cepillos de dientes, flores… Da tanta pena comerlos que siempre les haces una foto. Directa a Instagram.

También venden pasteles, brownies, galletas decoradas, productos americanos y, por supuesto, todo lo necesario para hacer la repostería en casa. A veces, tienes suerte y puedes sentarte en la única mesa que hay, junto a la ventana, y así disfrutar del ambiente acogedor, de un té calentito, de los miles de detalles que hay repartidos por el local. Esos carteles que animan cualquier tarde de lluvia: «Algo bueno va a ocurrir».

Me gusta el barrio de Malasaña. Me pasaría horas enteras en sus cafeterías, sus tiendas de ropa, sus librerías. Viviría allí, como ahora vivo en Gracia. No me importa desviarme un poco de mi ruta para recuperar fuerzas con un cupcake de Happy Day. O desayunarlo un domingo de resaca. Al primer mordisco de ese pequeño pastel, algo cambia, solo puedes sonreír. Entiendes el porqué del nombre.

C/ del Espíritu Santo 11 (Madrid)

Till I can get my satisfaction

«Happiness is that little moment
when you stop craving for more.»

No sé de qué lotería era ese cartel, si la de Navidad o la del 11 de Noviembre, pero me llevé las manos a la cabeza al verlo. Un muro roto, gente atrapada luchando por su libertad. Ni rastro de esos cuentos de hadas que eran los anuncios de lotería. Ruptura, agresividad, desesperación. Un signo de los tiempos que corren. La lotería de los indignados.

Algo parecido ocurre con los carteles de las elecciones catalanas de este año. Son agresivos, radicales. Uno es totalmente negro y empieza las frases con dos «No» rotundos. Otro está a medio camino entre Los Diez Mandamientos y la propaganda nazi. Y en medio, como pulpos en un garaje, unos repiten las frases naïf de cada año y los otros, quienes siempre han tirado piedras contra Cataluña, de repente buscan una actitud conciliadora que pocos se creen.

Todos nos prometen que con su fórmula mágica se solucionará todo: la independencia, el federalismo, el centralismo, la austeridad. Cuando lo consigamos, todo estará bien, dicen, y ya hemos visto con el Estatut o los recortes que la maquinaria política no se detiene, ellos siempre quieren que queramos más.

Porque ganar la lotería es solo el principio, ya se asegurarán entonces de que te asalten las dudas: ¿en qué podrías gastártela?, publicitarán tantas opciones, ¿y qué seguros contratas?, ¿y si te roban?, ¿y si ya no sabes vivir sin dinero?, ¿y si ahora tu karma se equilibra y ocurre una desgracia? El síndrome de Hurley en Perdidos.

Los auténticos cambios no los traerá ningún billete de lotería ni ninguna papeleta electoral. No depositaré mis esperanzas en las fórmulas mágicas de gente que solo sonríe en los pósters. Eso no significa que no compre o que no vote, está bien tener ilusión. Al fin y al cabo, los Reyes Magos no existen pero todos esperamos regalos el 6 de Enero por la mañana. Se trata de abrir el regalo con la cabeza fría, sabiendo que la felicidad ya estaba aquí y ahora. Te la has trabajado.

When you start with a look that’s endless

Valoro mucho el apartado visual de la música. Los vídeoclips, claro, la estética, los looks. Pero sobre todo me gusta que las portadas de cada etapa de un grupo o cantante compartan, dentro de la variedad, artworks parecidos. Así, nada más verlos, identificas el disco o la época. Es algo que me fascinaba con Aqua: mantenían el logo, la tipografía y ese cartelito de «Presented in Aquascope» pero cambiaban las fotos; cada single era como un nuevo capítulo de la aventura del grupo.

Pala de Friendly Fires no es solo uno de los mejores discos de 2011, también supuso mi conjunto favorito de portadas. Espectaculares fotografías del mismo papagayo desde diversos ángulos. Los colores neón de las alas y esas plumas en movimiento representan bastante bien, creo, los sonidos del disco: una discoteca en el trópico, de madrugada, percusiones que invitan a los sintetizadores a levantar el vuelo.

Menudo gustazo verlas todas juntas. Si para futuros proyectos dedican el mismo mimo al diseño gráfico, tendrán que sacar al final un Catalogue como el de Pet Shop Boys, libro que atesoro con más cariño que algunos de sus discos y que recopilaba todo el arte visual del grupo. Hasta entonces, admiraré estos JPG.

Sé que algún día acabará en mis manos el vinilo de Pala y lo colgaré de la pared de mi despacho.