Virtue’s Last Reward

El poder de tus decisiones. Virtue’s Last Reward te lo recuerda. Juega contigo, es hasta cruel. Intentas que todos ganen pero a veces te ves obligado a ser egoista para sobrevivir. Es inevitable. Afortunadamente, la estructura del juego anima a seguir intentándolo. ¿Podrás hacer lo correcto? ¿Y hasta dónde llegarás para lograrlo?

La historia empieza como una prueba de Saw: nueve personas se despiertan juntas, están atrapadas en un almacén. Tendrán que colaborar para escapar pero si consiguen traicionar al resto de su equipo, escaparán antes. Por el camino, muchas decisiones que tomar y decenas de puzzles por resolver.

Puzzles retorcidos pero (casi siempre) lógicos. Los hay de matemáticas, de deducción, de habilidad, de asociación de ideas, de agudeza visual. Qué subidón de autoestima al ver cómo vas mejorando en cada nueva estancia que investigas. Esto sí que es un brain training y no aquellos minijuegos de sumar 2+2 tan de moda hace unos años.

Admiro las intrigas que al final encajan todas sus piezas con la precisión de un reloj. Y Virtue’s Last Reward ofrece justamente eso. En su tramo final, los guionistas se lucen. Una lección de cómo construir una historia con elementos tan dispares como asesinatos en serie, un amor perdido o bioterrorismo (por mencionar datos que no sean demasiado spoiler… hay auténticas bizarradas que ellos consiguen enlazar).

Sería una de esas series de TV de las que todo el mundo habla. No ha salido en España y solo está disponible en inglés, pero hay que jugarlo. En 3DS o Vita, la elección es tuya. Será la primera de muchas. En palabras de Albert Espinosa: «No tengas miedo de ser la persona en quien te has convertido con tus decisiones.»

Peter Cameron – Algún día este dolor te será útil

Cambio de tendencia. Llevaba unas semanas que no terminaba ningún libro porque ninguno me enganchaba del todo. La cápsula del tiempo ya me devolvió al buen camino. Confiaba en el siguiente libro, el primero del año. Tenía que ser bueno, y así ha sido. Más que eso: es verde como su portada, poderoso como su título, muy familiar como sospechaba por la sinopsis.

Me he sentido muy identificado con James Sveck, la verdad sea dicha. No de esa forma en la que a menudo te sientes identificado con los protagonistas de los buenos libros, sino de una forma casi física, como si la vida de James Sveck hubiera sido la mía, de haber nacido en una acaudalada familia de Nueva York. Mi madre sería galerista, mi padre un abogado carroñero y tendría una hermana respondona.

Habría sobrevivido al trauma del 11-S, me preguntaría muchas cosas aunque realmente no sería capaz de enunciar las preguntas exactas. Estaría en un punto de inflexión, dar el salto o vivir en el campo. Pero aprendería a actuar. Porque eso somos, al final, animales que actúan, hacia adelante, como una abeja que de tanto chocar contra la persiana, consigue encontrar un hueco y salir al jardín.

«Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector». Eso dice la propia editorial al final del libro. Se les nota el cariño por su trabajo: qué tacto tienen sus libros, qué bonito el dibujo interior de las solapas. Algún día este dolor te será útil no me ha gustado, me ha encantado. La sutil mala leche de James Sveck, su forma de hablarte al oído, el partido de tenis que supone leer esos diálogos. La luz que se cuela por cualquier ventana.

Prueba a leerlo, a ver qué pasa.

El gusto por el arte es fácil. Lo importante es que te guste la vida. A cualquiera puede gustarle la Capilla Sixtina.

Feel so high

Últimamente solo veo comedias. No sé si será escapismo o evasión. El caso es que no me apetece ver dramas, que es lo que suele recomendar la gente cuando pides consejo para empezar una nueva serie: familias podridas, intrigas y traiciones, asesinatos. Lo peor del ser humano concentrado en 40 minutos.

 Que tengo un vecino psicópata o que los ricos también lloran ya me lo contarán los telediarios. Por tiempo y tono, prefiero las series de 20 minutos. El afán de superación de las chicas de 2 Broke Girls, la hilaridad y la dulzura de Modern Family (impagable siempre ese discurso al final de cada capítulo), la salida del nido de Girls, el eterno día soleado y el vino a raudales de Cougar Town… Veo muchas comedias, sí. La única excepción es American Horror Story, pero es tan exagerada y está tan bien hecha, que uno no se puede resistir. Bueno, y Sherlock, pero ésta es como el Guadiana.

Echo de menos una serie como A dos metros bajo tierra. Dentro del drama, apostaba decididamente por la vida, por lo que tenemos de bueno. Los personajes evolucionaban y tú crecías con ellos. No sé si es que los guionistas no están por la labor o que no busco bien. Tampoco tengo prisa. Riendo también se aprende mucho.

Through these architecht’s eyes

«Ahora que sabes que esta energía existe, búscala.»
(La mente del samurái)

Vivimos conectados. No solo gracias a internet, que también, claro, sino gracias a esa especie de guiños cósmicos que nos suelta el Universo de vez en cuando: de repente te acuerdas de una canción y justo salta su correspondiente videoclip en la tele. Casualidades, sí, pero me gusta pensar que también signifiquen algo más.

El otro día pasaba con un amiga por delante de una cafetería, le dije que un amigo me la había recomendado y entonces salió ese amigo por la puerta. Cinco minutos después, explicándome sus planes de Navidad, mi amiga se encontraba con la pareja con la que cenaría al día siguiente. Iban a llamarse para concretar a qué hora quedaban y qué cenaban, pero no hizo falta, lo hablaron en la misma rampa del CCCB. Luego fuimos a tomar algo como levitando, esperando encontrarnos a los protagonistas de nuestra conversación tras la siguiente esquina.

Casualidades o no, me gustan estas extrañas conexiones. Es como si, durante unos segundos, el mundo dejara a un lado el caos y se ordenase. La intrincada figura de origami desplegada, para que puedas ver el papel pautado. Todas esas líneas que indican los pliegues requeridos y el orden correcto. ¿Serán pequeños empujones del inconsciente para que destinemos esta energía a visualizar las cosas importantes?

The perks of being a wallflower

«And in that moment, I swear: we were infinite.»

Poco a poco, fiesta a fiesta. Así te adaptabas a la vida de instituto y así te entra esta película. Empieza como una versión muy dramática de Glee pero al final encuentra su sitio contándote una historia de adolescentes que buscan justamente eso: encontrar su sitio. Mirar a alguien mientras suena su canción favorita y sentirse infinitos.

Me la recomendó Fer de Confesiones tirado en la pista de baile y, como es costumbre, acertó. Una historia de superación que crece en el recuerdo, aunque la banda sonora es un triunfo desde el principio: desde Heroes de David Bowie a Temptation de New Order. Así debían de sonar las fiestas de graduación en 1991.

Si bien sorprende (para bien) la actuación de Emma Watson, la Hermione de Harry Potter, yo me quedo con el protagonista y su dosificación de emociones, no es un papel fácil, y también destaco a Mae Whitman, una secundaria brillante en el papel de Mary Elizabeth, la gótica budista del grupo. Un reparto tan joven como sólido.

Vienen bien películas así. Sobre todo hoy en día. Los medios de comunicación y los gobiernos te machacan, no vales nada, tienes que agachar la cabeza, obedecer. Pero todavía queda la rebeldía de ser feliz. Subir la música del radiocasette, levantarte, abrirte de brazos, desafiar el viento, sonreír. Gritar. Podemos ser héroes.