Vuelvo a tener música. Ayer, por fin, me compré unos cascos nuevos. Sencillos pero blancos. Y baratos, que eso es primordial hoy en día. Resulta que encendí el mp3 y la música era más reciente de lo que recordaba. No han pasado tantos meses sin música fuera de casa, pero se han hecho largos los paseos.
Y es que con un poco de música todo pasa mejor. Los quince minutos hasta el trabajo, los pasillos labertínticos en el trasbordo del metro, la espera hasta que el agua hierve antes de echar la pasta, el viaje en Nitbús con la frente apoyada contra la ventanilla. Los preliminares, las copas, las esperas.
La música inspira. Sé que, como ahora vuelvo a tener cascos, durante cualquier trayecto mil canciones desbordarán mis oídos, y con ellas, brotarán las ideas. Nadie debería vivir sin música. Es oxígeno. Emociones y atmósfera concentradas en píldoras de tres minutos. Ese placer de darle al play y que el reproductor siempre acierte. Señales o guiños, da igual. La música está para hacerla tuya.









