Crazy, Stupid, Love

I will never stop trying. Because when you find the one, you never give up.

Que una comedia empiece con una petición de divorcio ya es signo inequívoco de que se está intentando aportar algo especial dentro de un género tan socorrido. Así empieza Crazy, Stupid, Love y a partir de ahí, va repitiendo clichés del género (los guionistas son tan conscientes que el protagonista llega a soltar un «how cliche», en cierta escena) para alejarse de cualquier tópico minutos después. Y es este curioso equilibrio entre lo típico y lo inesperado, lo que hace que la película funcione tan bien.

Lo que empieza como la historia coral de tres personajes en muy distintos puntos sentimentales (cuarentón recién separado, veinteañera a punto de casarse y treintañero siempre de flor en flor), pronto confluye en un relato sobre la búsqueda del amor. La búsqueda a partir de uno mismo, ya que Cal (Steve Carell) comprenderá que si lo ha perdido ha sido precisamente por descuidarse. Con más de 40 años, vuelve a sentirse como un adolescente inexperto, de nuevo en un mercado en el que no sabe cómo encajar, y será Jacob (Ryan Gosling) quien le enseñe los secretos de la atracción.

Carcajadas, momentos irreverentes, gente desquiciada, discursos empalagosos sobre las bondades del amor, escenas previsibles seguidas de otras inesperadas, buena selección musical, mucho Ryan Gosling sin camiseta… el cóctel funciona y las dos horas pasan volando. Destacan, por supuesto, los personajes: Cal y Jacob son adorables incluso en sus momentos más bajos, y la corte de secundarios (desde Julianne Moore a una profesora histérica memorable) que los acompañan conseguirán hacernos reír más de una y dos veces.

Hay que verla. La película, digo.

Pour tout savoir sur ton anatomie

Iba descubriendo tu cuerpo a pedazos. Y me gustaba.

«¿Qué es lo primero en lo que os fijáis de un hombre que os gusta?», nos preguntaba un día el dicharachero camarero de cierto local al que vamos de vez en cuando. Tópicos infalibles como «los ojos», «el paquete», «la sonrisa», «la forma del mentón» fueron nuestras respuestas. Entonces el camarero nos desmontó: «¿Y si lo veis de espaldas?». Nos habíamos limitado a enumerar partes visibles desde una perspectiva frontal pero es innegable que a menudo alguien de espaldas te llama la atención.

Ocurre. Descubres esa nuca, esos hombros y sabes que pertenecen a una persona que cuando se dé la vuelta te seguirá gustando. Corres a comprobarlo. O ves la foto de alguien que no te atrae nada (ni guapo ni feo: normal) pero luego, al tenerlo delante, ya en carne y hueso, te vuelve loco. No han cambiado sus ojos, su sonrisa, su mentón. ¿Por qué esa nueva atracción? ¿Es gracias a sus gestos o es cuestión de química? Lo de la química suena bien pero también hay miradas que, incluso en una foto, te atraviesan: sin elementos físicos ni proximidad. Incluso una voz puede ser irresistiblemente sexy, o unas palabras certeras.

¿Qué nos lleva a sentir esa atracción por las personas que nos gustan? Quizá anhelamos una serie de patrones muy concretos pero, a la hora de la verdad, son los detalles extras los que nos cautivan, lo inesperado, o esas cosas que apenas intuimos. Un aura a partir de la que idealizamos. Una conexión química que nos lleva a profundizar, prestar más atención a todos los detalles de la fachada, aquellos que en otra persona habríamos pasado por alto. Sensaciones. Sensaciones que pueden hacer que una persona nos guste y otra muy parecida, en cambio, no.

Todo esto hablando a nivel puramente físico, claro, porque con el enamoramiento ya tendríamos que preguntarnos si son posibles los flechazos (saber de repente que esa persona significará algo importante en tu vida), o si bien resultan imprescindibles unas dosis previas de conversación, cotidianidad, tiempo, descubrimientos mútuos. Yo por ejemplo opino que existen los flechazos pero que ese presentimiento se afianza a medida que conoces al otro y descubres no sus virtudes (tan previsibles) sino sus defectos: esos defectos a los que te gustaría acostumbrarte.

Las leyes de la atracción. Vagas, complejas. Quizá entran en juego toda una serie de factores, y por eso mismo podemos sentirnos atraídos por gente tan diversa. No lo sé. Meses después sigo sin saber qué responderle al camarero. «¿Y si lo veis de espaldas?». ¿Y si sólo le ves las manos, o sólo le oyes la voz, o sólo su silueta a contraluz, y aún así te sientes atraído? Quizá la clave está en los trozos. Nos atraen trozos porque nosostros mismos nos mostramos a trozos, nos descubrimos muy poco a poco y es mediante esa colección de «pocos» que creemos alcanzar el «todo» ideal al que aspiramos.

Daniel Glattauer – Contra el viento del norte

En otras palabras: buscas algo. Llamémoslo aventura. Quien busca una aventura no está viviendo ninguna, ¿verdad?

Otro de esos libros que han pululado ante mis ojos muchos meses, más de un año, pero que sólo ahora leo. Esa portada de novelilla juvenil no le hace justicia, y tampoco ayuda mucho el título (el concepto «viento del norte» debe ser más evocador en Austria). Pero parece que los buenos libros acaban llegando a tus manos, a veces no sabes muy bien ni cómo.

Una suscripción a una revista ya no tan buena y un «tic» al escribir en el teclado del ordenador. Eso es todo lo que necesitan Leo y Emma para entrar en contacto. Un error que lleva a una frase especialmente llamativa, una frase que lleva a otra, surge el interés. E-mail a e-mail, entablan un «íntimo desconocimiento». Los protagonistas no intercambian tanto confidencias como pensamientos abstractos, intuiciones. No quieren hablar de sus problemas sino alguien que les diga buenas noches, o alguien de quien encontrar un mensaje por la mañana, al encender el ordenador.

Nos dedicamos a despertar la curiosidad del otro y a seguir alimentándola al no satisfacerla de manera definitiva. Intentamos leer entre líneas, entre palabras, y pronto entre letras tal vez. Hacemos grandes esfuerzos por juzgar bien al otro. Y al mismo tiempo nos preocupamos de no desvelar nada importante de nosotros mismos.

El acierto de la novela es precisamente ese intimismo casi vulgar. No hay más narrador que ellos mismos, y Daniel Glattauer consigue crear la ilusión de que esas dos personas existen. Y quizá existen, en algún rincón del mundo, en cada rincón, a cada momento. Te sientes un hacker espiando el intercambio de e-mails entre dos personas que no se conocen. La lectura es ágil, trepidante incluso porque queremos saber más de esa historia de amor cibernética. Todos tenemos ese punto cotilla.

¿Leyendo estos e-mails asistimos a un enamoramiento o más bien a un proceso de idealización? ¿O es que acaso nunca nos enamoramos de una persona, sino de la idea que tenemos de ella, de lo que podría ser para nosotros, de las ilusiones que -ojalá- podría colmar? De ser así, las relaciones virtuales serían el paradigma del enamoramiento: son el medio perfecto para idealizar al otro. ¿Puedes sentir celos por culpa de alguien a quien no conoces? ¿Puedes sentir deseo hacia alguien cuyo aspecto desconoces? ¿Es posible que siempre queramos encontrar algo, incluso cuando no buscamos nada? ¿Es más cómodo -más seguro- conformarse con la idealización que ir más allá, atreverse a que las cosas se estropeen pero al menos disfrutarlas?

Son muchos los temas y las preguntas que van surgiendo indirectamente al leer  la correspondencia de Emma y Leo en Contra el viento del norte.Una novela epistolar del siglo XXI que, por suerte, jamás cae en la cursilería ni el romanticismo facilón. Eso sí: tiene segunda parte. Ya veremos, porque el final de la novela me parece perfecto, pero también me lo parecía el de Before Sunrise y eso no significa que Before Sunset me gustase menos. Me pareció incluso necesaria. Seguiremos hackeando sus correos…

Escribir es como besar, pero sin labios.

La pasión no es la falta de perfección, sino un continuo encaminarse y aferrarse a ella.

Gustave Flaubert – Noviembre

¿Quién presta atención a los tesoros enterrados?

Por recomendación de David, un lector de este blog que a menudo comparte por aquí sus recomendaciones culturales y reflexiones de esas que da gusto leer, me hice con Noviembre, la primera novela de Gustave Flaubert (aunque sólo se publicó póstumamente). Hasta ahora, de él sólo había leído Madame Bovary, en mis tiempos de instituto. Recuerdo que hice el examen del libro sin haber llegado ni a la mitad (el profesor me hizo odiarlo, especialmente cuando de buenas a primeras nos soltó el desenlace), pero aún así saqué muy buena nota. Meses después, ya lo leí tranquilamente, sin la presión de un examen, y lo disfruté muchísimo.

Flaubert era un perfeccionista y su manejo del lenguaje, del ritmo de las frases, es espectacular. Lástima que no sepa francés, porque leerlo en original tiene que dejar sin aliento. Esto se nota incluso en una novela de juventud como es Noviembre. Hay algunos momentos redundantes y diría que la historia avanza a trompicones, pero se compensa con secciones enteras donde las palabras y los signos de puntuación están colocados exactamente como tiene que ser para que te sientas junto al protagonista subiendo unas escaleras, abriendo una puerta, con el corazón desbocado.

¿Detrás de todo ese maquillaje del estilo? La historia de dos obsesiones, dos personajes que tienen tan idealizado el amor, tan idealizado lo que buscan en El Otro, que nunca podrán encontrarlo. Yo soy de la opinión de que nunca hay que bajar el listón (o dicho a lo bruto, inspirándome en un grupo de FB: «mejor vestir santos que desnudar gilipollas»), pero comprendo el mensaje de la novela. Sobre todo, no hay que guardarse las cosas buenas que tenemos. Al revés: hay que mostrarlas al mundo, compartirlas.

Destaco especialmente el monólogo de la prostituta contando su peculiar historia (veo que el cambio repentino de narrador es marca de la casa, también lo había en Madame Bovary). Los personajes femeninos de Gustave Flaubert siempre se salen de la norma, los encuentro muy modernos para su época. En fin: una lectura agradable, que además se lee en seguida, y con la magnífica edición de Impedimenta (qué gusto da tocar y admirar sus cubiertas, sus páginas). Gracias por la recomendación, David.

One Day / Siempre el mismo día

If I can’t talk to you, then what is the point of you? Of us?

Curioso este 2011. Llevo vistas muchas películas, pero hay tres muy concretas que podría (o me gustaría) haber escrito tal cual son, sin cambiarles una coma, y además serían casi autobiográficas. Se trata de One Day, Last Night y Midnight in Paris. ¿Será casualidad que los títulos de las tres encajen de forma tan perfecta? Lo dudo mucho.

El caso de One Day es especial porque el punto de partida  (dos personajes se conocen una noche y casi se acuestan) no se distancia mucho de algo que estoy escribiendo ahora. Pero además, todo esto de contarnos los encuentros y desencuentros de Dexter y Emma a lo largo de los años me ha recordado en cierto modo -y salvando las distancias- al libro La soledad de los números primos. Aquí, con la peculiaridad que les vemos siempre el mismo día: el 15 de julio, desde 1988 hasta 2011.

Este detalle, que podría parecer anecdótico, lo considero una genialidad. Dota a One Day de un ritmo único; año a año, siempre hay alguna sorpresa esperándote en las vidas de ambos personajes. Esto implica también que en pocos minutos (a veces segundos) tienen que insinuarnos el avance de todo un año, el estado anímico (y sentimental, y profesional) de los dos, rellenar huecos de información  (pues como es lógico, los hechos más importantes de sus vidas tienden a ocurrir ajenos a esa fecha tan especial para Emma y Dexter)… Que no cunda el pánico: al inicio de cada escena aparece un cartel con la fecha exacta (y algunos los han insertado de forma muy original), pero además destaco el trabajo de ambientación, vestuario y peluquería, y el uso de elementos como la música, para ubicarte al instante en cada año.

Hay muy buena química entre Anne Hathaway y Jim Sturgess, y no lo tenían fácil encarnando a dos personajes tan opuestos. Pero la película es emocionante no sólo por mostrarnos una historia de amistad y amor preciosa, sino también por exponer de forma lúcida lo implacable que resulta el paso del tiempo. Las ilusiones que quedan por el camino, los nuevos proyectos que nacen gracias a la experiencia y la confianza en uno mismo, los errores que llevan a cosas buenas, las ganas de comerse el mundo…

Las cosas ocurren siempre como tienen que ocurrir, sí, pero nunca está de más que de vez en cuando nos recuerden que el timón de nuestra vida lo tenemos ahora. Aprovechemos el presente, pues. ¿La fuerza del destino? Ahí está, jugando a nuestro favor si nosotros se lo queremos permitir. Por cierto, dicen que (como suele pasar) el libro es mejor. Pues habrá que leerlo.