I will never stop trying. Because when you find the one, you never give up.
Que una comedia empiece con una petición de divorcio ya es signo inequívoco de que se está intentando aportar algo especial dentro de un género tan socorrido. Así empieza Crazy, Stupid, Love y a partir de ahí, va repitiendo clichés del género (los guionistas son tan conscientes que el protagonista llega a soltar un «how cliche», en cierta escena) para alejarse de cualquier tópico minutos después. Y es este curioso equilibrio entre lo típico y lo inesperado, lo que hace que la película funcione tan bien.
Lo que empieza como la historia coral de tres personajes en muy distintos puntos sentimentales (cuarentón recién separado, veinteañera a punto de casarse y treintañero siempre de flor en flor), pronto confluye en un relato sobre la búsqueda del amor. La búsqueda a partir de uno mismo, ya que Cal (Steve Carell) comprenderá que si lo ha perdido ha sido precisamente por descuidarse. Con más de 40 años, vuelve a sentirse como un adolescente inexperto, de nuevo en un mercado en el que no sabe cómo encajar, y será Jacob (Ryan Gosling) quien le enseñe los secretos de la atracción.
Carcajadas, momentos irreverentes, gente desquiciada, discursos empalagosos sobre las bondades del amor, escenas previsibles seguidas de otras inesperadas, buena selección musical, mucho Ryan Gosling sin camiseta… el cóctel funciona y las dos horas pasan volando. Destacan, por supuesto, los personajes: Cal y Jacob son adorables incluso en sus momentos más bajos, y la corte de secundarios (desde Julianne Moore a una profesora histérica memorable) que los acompañan conseguirán hacernos reír más de una y dos veces.
Hay que verla. La película, digo.









