Like Crazy

«Patience always pays off.»

Hay días que demuestran la magia de las señales. Son esos días en que por la mañana te da por pensar que todavía no has comprado una silla para ese escritorio en el que pronto tendrás que terminar a ordenador tu novela, y por la noche acabas viendo sin saberlo una película en la que el protagonista se dedica -de todos los oficios del mundo posibles- a diseñar y fabricar sillas.

Like Crazy, sí. Leía ayer la crítica de Fersitu. Me acordé de ver los carteles hace meses y pensar automáticamente que sería una moñada (parejita, playa, noria, puesta de sol: décadas de prejuicios alimentados por Hollywood). Pero tras el texto de mi compañero blogger pensé que no, que Like Crazy me iba a encantar. Él la ponía por las nubes y destacaba sobre todo las actuaciones de los dos protagonistas y la selección musical; coincido con él: son dos de los puntos fuertes.

En la línea de One Day o Restless, te encuentras con un romance distinto contado de forma original, pero muy humana. La prueba de que es una película maravillosa la tienes por ejemplo en todas esas escenas en que los protagonistas no se cruzan ni una palabra, y sin embargo te lo dicen todo. Llenan el silencio, como sólo lo llenamos cuando estamos enamorados. No necesitamos decir nada porque hemos encontrado a quien nos completa. Anton Yelchin y Felicity Jones están encantadores y consiguen transmitirte todo eso gracias a la química entre ellos, claro, pero también gracias a las melodías a piano que los acompañan, gracias a una cámara que los acaricia paseando y bajo las sábanas, y gracias también a un montaje certero, casi de vídeoclip.

Es el propio montaje el que remarca los otros dos protagonistas: la distancia y el tiempo. Nada menos. Y con ellos, los celos, las terceras personas, la absurda burocracia, los momentos en que tirarías la toalla. No hay nada fingido aquí. En una entrevista, decía Drake Doremus, director y guionista de la película, que ésta tiene un fuerte componente autobiográfico. Y se nota. Las emociones salen de la pantalla durante la hora y media que dura. Eso debieron notar en el Festival de Cine de Sundance, donde el año pasado premiaron esta cinta con dos premios: el del Jurado y una mención de Mejor Actriz.

El año pasado me propuse ver sólo películas buenas (o al menos, intentarlo: que intuyera que pueden serlo). Este año me propongo el siguiente paso: ver sólo películas que me hagan sentir, que me transmitan. Que, como Like Crazy, me emocionen con cada detalle: una silla, una mirada, una canción. Quiero decir, El Topo estuvo muy bien, los actores estupendos y la música de Alberto Iglesias acertadísima… pero no me dijo absolutamente nada. Salí del cine tal como había entrado. Y yo no quiero eso, yo quiero terminar de ver una película y saber que esas dos horas me han merecido la pena. Porque para eso veo películas yo, para eso leo, escucho música, contemplo arte: para sentir.

No hablo sólo de «sentir» como sinónimo de llorar con una «película romántica», porque aunque Like Crazy lo sea, la cautivadora Beginners me emocionó como ninguna y en ella el elemento romántico estaba en segundo plano: lo importante era la transformación del personaje de Ewan McGregor a partir del aprendizaje vital de su padre, encarnado por Christopher Plummer (¡Oscar ya!). Sentir como sinónimo de aprender. Cine que me transforme. No es fácil encontrarlo, ya lo sé, pero confiaré en mis instintos, como ayer al leer aquella crítica. Seguiremos intentándolo. Like Crazy.

Natsume Sôseki – La herencia del gusto

«Para lograr lo que se pretende, a veces hay que ser desaprensivo.»

La genética del enamoramiento. ¿Existe? ¿Son espontáneos los flechazos o bien son la consecuencia de una predisposición de nuestros genes?  Un tema fascinante, sin duda. El amor como mera casualidad o como fruto de las experiencias previas de nuestros antepasados. Esta teórica genética del enamoramiento es lo que se propone desentrañar Sôseki en el primer libro suyo que leo. Para tal fin, mezclará misticismo (karma, destino) con ciencia, pero también con literatura, claro.

Mi profesor de guión decía que una buena escena, una buena película o un buen libro tenían que empezar con una rosa y terminar con un disparo, o viceversa, y estoy de acuerdo. Los contrastes como síntesis de la evolución. Podría habernos puesto de ejemplo este libro: La herencia del gusto empieza hablando de guerra y termina hablando de amor. Los temas se enlazan con facilidad a medida que el protagonista reflexiona sobre unas imágenes de las que es un mero espectador, pero con las que se obsesiona para entenderlas.

El regreso de las tropas en una estación de tren, unas mujeres jugando a tenis, una chica bajo la lluvia de hojas que cae del árbol sagrado de un cementerio… Cada una de estas imágenes, Sôseki las describe a modo de cuadros, como si el tiempo se detuviera para recordarnos la belleza de cada instante. ¿Estás leyendo un ejercicio de estilo, un ensayo, una novela corta? Todo eso. Y al final, la respuesta. Tan sencilla. La ciencia del destino. Has tenido que ir a la guerra para descubrirlo.

Por su estructura y forma de narrar (intensa pero ágil) me ha recordado a los libros de mi querido Ogai Mori, aunque por temática lo compararía quizá con el más moderno Todo lo que podríamos haber  sido tú y yo si no fuéramos tú y yo de Albert Espinosa, que daba otra respuesta sorprendente al significado de los flechazos.  Seguiré leyendo a Sôseki.

La gente del siglo XX es prosaica: se burlan de los hombres y mujeres que se enamoran a primera vista, tachándolos de románticos necios. Por muy ridículo que pueda parecer algo, no podemos retorcer y desfigurar la verdad o ponerla del revés. Es verosímil que alguien jamás viva tal experiencia, pero si ocurre ante nuestros ojos y nos negásemos a creer, sería una estupidez.

Beginners

«You point, I’ll drive.»

Beginners es mi nueva película favorita. Fue la recomendación de David, un lector de este blog que suele acertar con mis gustos, me habló de ella y me la apunté en mi lista de películas pendientes. No pude verla en el cine porque mientras todavía estaba en cartelera, una serie de coincidencias me llevaron a ver El Caso Farewell (que me encantó); pasaron los meses, y al final todo se juntó para que viera Beginners el día 1 de enero de 2012. Conozco a otras dos personas que se la reservaron para verla el mismo día, supongo que es un título muy evocador para Año Nuevo. Y así, por fin, aquella misma noche la vi. Y entendí que todo se había confabulado para que recibiera este año precisamente con esta película. No había película mejor.

No es una comedia. Tampoco es exactamente un drama, aunque yo lloré a moco tendido. Trata de la muerte, de los fracasos, de las cosas a las que renunciamos, de los finales. Trata de gente que vuelve a empezar y se sienten principiantes, torpes, inexpertos. Trata de ese vértigo ante lo nuevo, un vértigo del que ya he hablado alguna vez en este blog.

Pero, sobre todo, creo que Beginners trata de cómo nos complicamos las cosas, cuando todo debería ser mucho más sencillo porque, al fin y al cabo, antes de nosotros hubo gente que se las apañó bien, gente que pudo sobrevivir cuando las cosas eran más complicadas. Hubo gente que tuvo menos tiempo que nosotros para aprovechar la vida, pero lo hizo, así que por ellos pero sobre todo por nosotros mismos (porque nos lo debemos): vivamos.

Hal: Imagínate que desde que eras pequeño, siempre habías soñado con algún día tener un león. Y esperas, y esperas, y esperas, y esperas y el león no llega. Entonces llega una jirafa. Puedes estar solo o puedes estar con la jirafa.
Oliver: Yo esperaría al león.
Hal: Por eso me preocupas.

Beginners no habla de conformarse con jirafas (eso sería la lectura fácil), sino de descubrir que las jirafas también son bonitas y fuertes como un león y pueden hacernos felices. Me gusta mucho la escena en la que Oliver ve a su padre abrazado a su amante, su jirafa particular, y la voz en off dice: «Por primera vez, vi a mi padre enamorado». Este proceso de descubrir leones en jirafas está perfectamente simbolizado en la historia de amor que vive Oliver con Anna: cuando se conocen, ambos van disfrazados y encima ella no puede hablar por culpa de una laringitis. Tienen que conocerse a pedazos; intuir, prejuzgar, adivinar, sorprenderse. Enamorarse es eso.

La relación de Oliver con su padre Hal es espectacular. Al quedarse viudo con 75 años, el hombre (encarnado por nada menos que Christopher Plummer: corren rumores de Oscar y espero que así sea) sale del armario y se pasa los siguientes cinco años disfrutando de esa liberación, recuperando el tiempo perdido, construyéndose una nueva vida. Por el camino, le enseña a su hijo a vivir. Pero Oliver no se da cuenta de eso hasta que Hal muere. Es entonces cuando se da cuenta de la absoluta alegría que sentía su padre por estar vivo y ser libre cuando le llamaba de madrugada para hablarle de la música house que acababa de bailar. Y Oliver descubre que no sólo él, también su madre le enseñó eso a su manera; ella le tendía un ramo de flores y le decía nada más y nada menos que:

«Here’s simple and happy. That’s what I meant to give you.»

La película va hilvanando esa nueva vida de Oliver sin su padre (su rutina y su trabajo, sus momentos con el perro de Hal, su incipiente romance con la enigmática Anna), con todos los recuerdos de su padre que este día a día le va evocando. Es un montaje a partir de emociones y sensaciones y repeticiones. Es la vida fluyendo. Hay momentos de auténtica poesía audiovisual, con uno de los mejores usos de voz en off que recuerdo. Beginners es lo más parecido a un libro que he visto en forma de película. Dura 1 hora y 40 minutos pero yo tardé el doble en verla porque a cada rato tenía que detenerme, revisionar escenas enteras, empaparme bien de todas esas maravillas que estaba viendo (como cuando con un libro lees y relees el mismo fragmento). Me refiero a escenas como ésta:

Anna: Puedes preguntarme cualquier cosa.
Oliver: ¿Cualquier cosa? ¿Qué hay ahí fuera?
Anna: Eso es un árbol. Y coches. Otro edificio como éste. Gente en el edificio como nosotros. La mitad de ellos creen que las cosas nunca saldrán bien. La otra mitad cree en la magia.

Si creéis en la magia o bien os gustaría creer en ella, Beginners es vuestra película. Lloraréis, seguramente mucho, pero no encontraréis película más vitalista que ésta. Y es que tenemos que convertirnos en principiantes, ahora.

Daniel Glattauer – Cada siete olas

Tú vives tu vida. Yo vivo mi vida. Y el resto lo vivimos juntos.

Contra el viento del norte te deja con ganas de más y por eso lógico que el autor hay decidido continuar la historia. Pero el final del primer libro era tan perfecto que por mucho que quieras saber más de Emmi y Leo, uno se pregunta si realmente era necesario. Y la respuesta es sí y no.

Sí, porque esta historia de amor epistolar se retoma de una forma original, toma rumbos inesperados. Y no, porque buena parte de lo que hacía tan especial el primer libro (esa forma sutil de tratar temas varios como los celos, el proceso de enamoramiento, la idea del otro…) aquí se pierde por completo. Cada siete olas engancha igual, se lee en apenas dos horas porque su ritmo es trepidante, pero la lectura no aporta nada más allá de descubrir qué ocurrirá con estos dos personajes.

Que está muy bien, y el libro se hace ameno, y acaba como tiene que acabar, pero ¿de verdad eran necesarias casi 270 páginas? En fin, una contradicción: ¿puede algo gustarte mucho y resultarte prescindible? Como mínimo Cada siete olas sirve para recordarnos que las cosas pueden ser mucho más sencillos pero nos empeñamos en complicarlas buscando excusas. Y como dice el Hagakure, «los caminos se pierden cuando se ponen excusas».

En definitiva: si os gustó Contra el viento del norte, tendréis que leer esta continuación, pero esperad tan sólo un epílogo algo extenso.

Cada palabra que me escribes es ahora tu olor y tu mirada y tu boca.

Verte: está bien. Verte «una vez más», verte por última vez: ¡mierda! Llevamos un año y medio viéndonos «quizá por última vez», Leo. Llevamos un año y medio despidiéndonos. Parece como si nos hubiésemos conocido con el exclusivo propósito de despedirnos.

Yo quiero lo mejor para ti. Por desgracia no se me ocurrió pensar que pudiera ser yo.

Weekend

Thought I heard some fireworks.

Tenía muchas ganas de ver Weekend desde que descubrí el tráiler hace unas semanas. Así que, durante mi visita a Madrid este fin de semana, no falté al estreno de la película en el marco del Festival Lesgaicinemad, que se celebra estos días en la capital. Lejos de ser uno de esos bodrios que intentan colarnos por su etiqueta y no por su calidad (algo que ocurre en cine y literatura de todo tipo, no sólo gay: «novela policíaca nórdica», «novela de vampiros adolescentes»… ¡puf!), Weekend es una película deliciosa.

Fascina no tanto por su sencillo argumento (chico conoce a chico y comparten un fin de semana destinado a ser el único que vivirán juntos) como por la habilidad a la hora de contarlo. Son los pequeños detalles los que nos van marcando la personalidad de los personajes (la elección del calzado, la chaqueta que usan, su actitud al montar en bici…). Además, toda la película está rodada con unos planos casi voyeurs y una fotografía apastelada que buscan que nos sintamos espectadores cómplices de la intimidad de la «pareja».

Al salir del cine, la definí como Before Sunrise pero con pareja de hombres, y aunque Russell y Glen no hablan tanto como Jesse y Céline, ni Weekend es tan redonda como la obra maestra de Richard Linklater, creo que la comparación es perfectamente válida. Una química entre los personajes excepcional, gestos y miradas que  van enseñándonos el proceso de enamoramiento y, sobre todo, conversaciones, muchas conversaciones sobre temas que todos nos hemos planteado alguna vez: la carga de los desengaños amorosos, la búsqueda de nuestra identidad, cómo intentamos redefinirnos mediante el sexo, la utilidad del arte, la aversión a todo lo gay por parte del público heterosexual (el mismo público que puede ir a ver exposiciones sobre violaciones o campos de concentración), el significado de las relaciones, la necesidad de un cambio de aires, la valentía en los tiempos del cólera.

Recomendadísima para todos aquellos que disfruten de una película romántica inteligente. Es de esas películas que no sólo disfrutas en el cine, sino que ganan en el recuerdo, al ir desgranando todos los detalles y diálogos. Todavía estáis a tiempo de verla en Madrid el próximo 13 de Noviembre.