El lado bueno de las cosas

Todos llevamos equipaje. Pero no siempre nos pesa lo mismo. Hay momentos y momentos, y el que atraviesan los protagonistas de este drama romántico es el momento más bajo de sus vidas. Pero lo bueno de llegar al fondo del pozo es que a partir de ahí ya solo queda una salida: subir. De esa ascensión trata la película.

«Excelsior», lo bautiza Pat. Ver el lado bueno de las cosas, sacarle partido a los obstáculos y tomarse con humor cualquier desaguisado. No es fácil para alguien bipolar como él, con constantes ataques de ira y una medicación que lo deja medio abatido. Pero lo intenta, vaya si lo intenta. Ahí están sus padres para ayudarle. Y una chica. Bueno, La Chica: ya he dicho que esto era una película romántica.

Lo mejor del optimismo que comparten todos los personajes de El lado bueno de las cosas es que te lo crees. No es un optimismo ingenuo de nubes rosas y arcoiris. Es crudo, salvaje, sangra si le golpean. Pero está hecho a prueba de bombas, porque eso de apostar alto tienes que ganártelo. Y sudar, sudar mucho.

Iba con las expectativas muy altas. Avisado también, de que no ésta era una comedia al uso: tiene mucho de drama y flirtea con el indie, el último grito en Hollywood. Yo encantado. Bienvenidas sean todas las películas que se salen de la fórmula y ofrecen protagonistas distintos. Desquiciados casi, en este caso. Y adorables, y guapos. Tan creíbles que hacia el final a punto estuvimos de aplaudir todos.

Alguien que te enseñe a bailar o que como mínimo quiera bailar contigo. Y compartir locuras. De eso se trata el amor. Bichos raros que se topan en el zoológico. Juntos llegarán más allá de las nubes, lugar privilegiado desde donde contemplar ese silver lining del título original y gritar: ¡Excelsior! ¿Ves como merecía la pena buscarlo?

Amor es todo lo que necesitas

«Puedo hacerlo si tú lo haces conmigo.»

Que tome nota Woody Allen, porque esto es lo que esperaba de A Roma con amor. Historias de turistas que descubren el amor por Italia, el punto justo de locura, paisajes deslumbrantes. Susanne Bier aprovecha mejor la localización, el pueblo costero de Sorrento y consigue una comedia que además de romántica es inteligente.

Entre tú y yo, no sabía que el cine nórdico también podía ofrecer comedia. Lo descubrí el año pasado con Siempre Feliz y lo confirmo ahora con esta película. Tampoco evitan el drama, ojo. «La vida es así», parecen decir, pero sin encogerse de hombros. Vamos a salir de ésta, y reforzados, y más sabios. Y más felices, que el ingrediente secreto es fácil, ya lo adelanta el título: amor.

Nada como un entorno bonito para disfrutarlo. ¡Qué paisajes! Acantilados, playas, bosques de limoneros, un pueblo turístico que conserva su encanto, con bares donde antes había iglesias. Sales de la película buscando vuelos y precios de hotel. Atención, por cierto, al uso del color, con rojos, amarillos, verdes y azul muy potenciados, muy en la línea de Almodóvar.

Cada línea de diálogo, cada palabra, define a los personajes. La mujer recién separada y con cáncer que no cree en su potencial, la ejecutiva frustrada que quiere conquistar a su cuñado (ya viudo) a cualquier precio, la novia suspicaz, el marido infiel que se presenta con su secretaria… Gracias a un buen trabajo de guión, a todos los conoces enseguida.

Nadan desnudos porque el agua está buena. Secan la ropa al sol, salen a ese balcón que tan buenas vistas ofrece. Se tumban en el suelo cuando no hay muebles. Se atreven en compañía. Sonríen cuando no queda otra. Es una película, en fin, sobre aprender a quererse y aprender a querer. Viene a ser lo mismo.

Dog days are over

Creo que comprendo mejor el amor desde que tengo gato. Bueno, no lo tengo. Lo disfruto. Estoy cuidando de él mientras un amigo está de viaje, y ésa ha sido la primera lección, que las cosas no se tienen o dejan de tener, sencillamente se disfrutan. Deja que llegue lo que deba llegar: hasta hace poco, ni siquiera me gustaban los gatos.

Cuidar de Batman (así se llama) es desinteresado. Le limpio la arena, me aseguro de que tenga comida y agua suficiente cada vez que salgo de casa. Le acaricio y le hablo con voz suave. Lo hago como recomiendan hacerlo todo los maestros zen: sin esperar nada a cambio. Solo quiero que el gato esté a gusto. Es mi tarea.

También le miro mucho, porque es muy mono y además me divierte ver cómo juega. Cómo descubre el mundo. Se queda extasiado delante de la ventana, todo le sorprende. Disfruto enseñándole pequeños placeres, cosas como jugar con una pelota de ganchillo. Y como me gusta jugar con él, a él le gusta jugar conmigo.

Dicen que el gato es un animal arisco. Creo que no. Es independiente, eso sí, pero también sabe ser cariñoso. A su manera. No le puedes dar órdenes, eso es algo que aprendes tras varios días de convivencia. Tienes que dejarle hacer, darle su espacio. Estar tranquilo: el gato siempre vuelve.

Lo mejor de todo es cuando al final del día, Batman salta encima de mi cama, con sus patitas hace un hueco en el nórdico de IKEA y se acurruca a mi lado. Se siente seguro conmigo, me da su calor. Gracias, parece decir cuando me mira con los ojos entrecerrados, y vuelve a cerrarlos. Más, por favor.

Brenda Shoshanna – El zen y el arte de amar

«Cuando me busques de verdad, me verás en el acto»
(Kabir)

Como el mar en calma. Así me quedé después de leer este libro, y mientras lo leía. Me ha gustado mucho, la verdad. Al principio solo lo hojeé, como hojeo todos los libros que llegan a la tienda, y entonces saltó una frase que parecía escrita para mí en ese preciso instante. Eso ocurre solo con los libros especiales, y éste tenía que serlo.

La autora hace un paralelismo entre el proceso de enamoramiento y una sesión de meditación zen. Es curioso cómo encaja cada paso (cada capítulo), descalzarte, sentarte, el arte de cocinar, limpiar… pero más allá de la ocurrencia, lo bueno de El zen y el arte de amar es que, sin necesidad de que te interese el zen, sus ejemplos son visuales. Entiendes al momento qué es lo que podrías mejorar. Sin prejuicios.

¿Es autoayuda? Sí, y tampoco dice nada nuevo, en realidad, nada que no intuyeras ya. Pero como siempre digo, a veces viene bien que alguien te lo recuerde. El libro, además, es útil tanto para quien no encuentra pareja como para quien la encontró pero algo no salió bien, también para quien la tiene y quiere disfrutarla aun más.

Hay que saber apreciar lo que el mundo te da. A menudo piensas en lo mucho que te falta y no piensas en todo lo que ya tienes a tu alcance. A veces abres la puerta pero no enciendes la luz del porche. A veces culpas al mundo pero no pones de tu parte. A veces no entiendes por qué. Y a veces llegan libros como éste.

En la práctica zen nos volvemos vulnerables. Cuando nos descalzamos, empezamos el proceso de ir soltando nuestras defensas habituales y signos externos de valor. En el zendo encontramos nuestro auténtico valor, pero antes debemos abrirnos y soltar aquello a lo que nos estamos aferrando. Al hacerlo, descubrimos que aquello a lo que nos habíamos estado aferrando era lo que nos causaba los conflictos y el dolor. Y a medida que seguimos practicando, nos resulta cada vez más fácil quitarnos los zapatos y caminar, expuestos y descalzos, por el suelo de madera. Aprendemos a hacer lo que se nos pide sin titubear y a lo mejor incluso descubrimos que fue nuestra incapacidad para hacerlo en el pasado lo que contribuyó a que experimentáramos desengaños y rechazos amorosos. (Pág. 22)

Submarine

Segundo romance hipster del año. Tras ver la maravillosa Moonrise Kingdom, tocaba el debut cinematográfico de Richard Ayoade (uno de los protagonistas de IT Crowd y director de videoclips para gente como Arctic Monkeys, Vampire Weekend o Yeah Yeah Yeahs). La película se estrenó en Inglaterra el año pasado. No es que se haya estrenado tarde en España; es que, como todo, ha llegado cuando tenía que llegar.

Sorprende que sea la adaptación de una novela. Y es que el mundo de Oliver Tate, el protagonista, es tan sumamente visual, que no te la imaginas como un bloque de texto. Bien de filtros, bien de efectos y bien de montaje (ese plano/contraplano en el pasillo). Una sorpresa tras otra. Da gusto pagar por ver delicias así en el cine.

Siempre acompañado por las canciones de su radiocassette, Oliver quiere salvar el matrimonio de sus padres, quiere seducir a una chica… pero descubrirá que tiene que establecer una escala de prioridades para salvar todas esas cosas que le importan. Una flecha no da para mil dianas. Habrá que buscar mejor munición.

Me gusta que los protagonistas no sean perfectos ni guapos. Me gustan los ojos mega-expresivos de él y la sonrisa cabrona de ella. Me gustan las escenas donde solo existen ellos dos, felices al correr por la playa o entre luces de colores. Cuando cogerse de la mano es descubrir el mundo. Un film sobre el amor, sin más. Disfrutadlo.