10.000 km

«¿Dónde irás si nunca vuelves?», se preguntaban Pastora en la canción 1.000 kilómetros. Los Ángeles está aún más lejos y esos 10.000 km que la separan de Barcelona dan título a una película acerca de la distancia. No solo la distancia física sino sobre todo la emocional, mucho más peligrosa. Esta es insalvable.

Cuando hay pequeñas tradiciones de pareja, no cuesta crear puntos en común. Trincheras donde acomodarse entre las sábanas, puentes de madera. Nexos inestables que la primera borrasca se llevará por delante. El paisaje cambia y entonces, frente a la ventana o la pantalla del ordenador, es cuando te das cuenta de que no hay vuelta atrás. Todos los defectos encantadores se han convertido en molestias; los pequeños esfuerzos, en sacrificios. Sigue leyendo

Coldplay : Ghost Stories

El final del amor. La incertidumbre y el no poder creértelo, los celos, dudar si darás el paso, el derrumbe, la nostalgia tan amiga de la idealización, ese paso tras otro que te lleva hacia adelante, el olvido guardado en el cajón como un postal de antiguas vacaciones. Todos sentimos lo mismo, aunque sea en un orden distinto.

Aquí hay canciones pequeñas. Para dejarse abrazar o para abrazarse uno mismo. A base de susurros, los versos intentan aferrarse a algo que ya no existe. Los fantasmas abundan, vagan de una canción a otra intentando comprender. Ecos, pianos. Sonidos para atesorar bajo la almohada. Solo al final vuelve el ritmo. Al final, sí: al borde del próximo principio. La euforia tras la tormenta silenciosa.

Un canto en honor a lo que se alejó por el horizonte y que ahora te lleva a ver las estrellas. Ese cielo lleno, llenísimo de estrellas. Cuando se cierra el círculo, lo confirmas. Continúas creyendo en la magia. Y en adelante, volverás a amar como si el amor fuera eterno, pero recordando que nunca lo es. El final del amor: su tristeza y nuestras lecciones.

And if you were to ask me
After all that we’ve been through
‘Still believe in magic?’
Yes, I do

Y así fue como conocí a vuestra madre

Durante años, How I Met Your Mother fue un talismán. Antes había sido un conjunto de packs de DVDs que devorabas en compañía: en un fin de semana podíais ventilaros una temporada completa, para poneros al día. Cuando aquello terminó, las aventuras de Ted y sus amigos se convirtieron en tu faro. Cada capítulo tenía una frase clave que se ajustaba a tu momento actual, que te orientaba cuando lo necesitabas o te señalaba lo importante si tú no eras capaz de verlo. Los guionistas escribían la serie solo para ti, como las mejores canciones. Luego volviste a lanzarte al agua y la serie continuó un rumbo que ya no era el tuyo, pero aun así conservaste tu cariño hacia ella.

Sí, desde aquel primer «¿Conoces a Ted?» han pasado muchas cosas. En la serie y en tu vida. 9 años: tiempo suficiente para la aparición de arrugas y las primeras canas, para dejarte de barba o empezar a raparte el pelo, para encontrar una nueva pareja con la que descubrir nuevas cosas que antes parecían impensables, para instaurar nuevos rituales con nuevos amigos que se cruzaron contigo en el mejor momento. 9 años de risas enlatadas pero sobre todo de vivencias compartidas, cada martes, mientras desayunabas. Porque tú esta serie la veías por la mañana: no había mejor forma de empezar el día.

Lo que nunca fue How I Met Your Mother es una serie convencional. Y tampoco podía serlo su final, claro. Nos dijeron que lo importante no era la meta sino el recorrido y tú asentiste. Pero en realidad querías llegar, ver, saber. Cuanto antes. Y querías que encajara en tu esquema de final perfecto para poder exclamar que tú ya lo sabías. Así eres: lo pides todo, aquí y ahora, a tu manera. Olvidas que la vida es caprichosa. Que las cosas se toman su tiempo y aunque aparezcan, nunca lo hacen en el orden ni de la manera que esperabas. Los desvíos no te alejan: hacen el camino más ameno, te ofrecen posibilidades y elecciones mientras continúas avanzando.

Ted lo ha descubierto a base de dar muchos tumbos y derramar muchas lágrimas, y así se lo ha contado a sus hijos. Él ahora también sabe que en su búsqueda del amor se cruzaron muchas personas interesantes, incluso importantes, cada una a su manera. No hay un único amor, hay muchos. Y a esta verdad se suman chistes, giros inesperados, anécdotas cuya importancia solo él y los suyos entienden. También se perdieron amigos, otros se distanciaron. Dicen que el desgaste es ley de vida. Mientras sueltas una carcajada en la mesa habitual de vuestro bar favorito, te juras que para ti, para vosotros, esto no terminará nunca. Pero ocurrirá. ¿Lo disfrutarás a tiempo?

Aún no sabes qué harás la semana que viene, ya sin serie talismán. Quizá prepares un desayuno especial o nada más despertarte, sonrías por cualquier motivo tonto. Eso sí, por fin dejarás de preguntarte cómo se llamaba la madre o cómo se conocieron Ted y ella. Primero porque ya lo sabes y segundo porque ya va siendo hora de abrazar, una a una, las pequeñas cosas que te trae la vida, las subidas y bajadas, todos los desvíos. De verdad, no de boquilla.

La estación de llegada aguarda al final del camino, más lejos de lo que imaginas, y solo cuando llegues todo cobrará sentido. Hasta entonces, tú decides. Puedes contemplar por la ventana mil paisajes, contar árboles, incluso apoyarte en el cristal si lo necesitas, puedes bajarte en las estaciones antes de dejarlas atrás, saltar en el tiempo o continuar viajando puntual como un reloj. Construir tú la magia y conseguir que llueva o dejar que sea ella la que te envuelva. Es el último truco del destino: creas en él o hayas decidido tirar la toalla, siempre acabarás llegando a tu destino. Ahí estará el paraguas amarillo soñado y para cogerlo solo tendrás que levantarte y dar dos pasos.

-Hi!
-Hi…

Umbrella

Cada día se cruzan dos veces. Él y ella: tienen horarios muy parecidos y siguen el mismo itinerario, pero en direcciones opuestas. No se conocen, no se saludan, ni siquiera se miran. Al principio, no lo hacían por ahorrarse la mera vergüenza de ponerse a hablar con un desconocido en plena calle, entre los coches que vienen y las motos que van. Y ahora no se atreven porque después de dos años cruzándose a diario, quedaría raro. Supondría un paso importante, y ambos son más bien de dar pasitos cortos.

Él nunca ha tenido paraguas. Nunca le han gustado, o mejor dicho: nunca ha encontrado uno con el que se sintiera cómodo de verdad. Los prefiere grandes porque los plegables se le acaban rompiendo o atascando cuando más los necesita. Pero los grandes luego son un incordio: dónde los cuelgas, dónde los guardas. Así que lleva toda su vida dependiendo de los paraguas de los demás. De sus padres, de sus amigos, de sus sucesivos compañeros de piso. Gente precavida que compra paraguas. Se lo prestan encantados y él acepta. No sabe si se acostumbrará algún día a esos estampados con cuadros de abuela o los complicados sistemas de apertura automáticos.

Solo sabe que mientras esquiva charcos, la echa de menos. Porque los días de lluvia nunca se cruzan, es curioso. Quizá ella cambia de ruta esos días, o será que él camina cabizbajo para esquivar la lluvia. Se la imagina modelo de pasarela. No es exactamente guapa, pero sí muy alta. Cuando más le gusta es cuando no lleva maquillaje. A menudo lleva una maleta a cuestas que él ha deducido que contiene los trajes de un desfile en Madrid. Y así pasa los días: imaginándosela a ella, imaginando lo que se dirían al llegar a casa y cenar juntos.

En realidad, ella trabaja en una tienda de bolsos y maletas de viaje. Y tiene un enorme paraguas amarillo que nunca compartirán porque cada día dejan escapar dos veces la oportunidad de conocerse.

Eva Mengual : El camino del amor

Hay libros que no son para ti. Al menos, no para este momento. Los lees porque, por carambolas del destino, han llegado ahora hasta tus manos, pero mientras vas pasando sus páginas solo puedes pensar en alguien que conoces. Un amigo a quien le vendrá bien leerlo. El camino del amor es uno de esos libros.

Otros títulos de esta colección, como Los cerezos en diciembre, me inspiraron en su día. Cuentan historias sencillas sobre conflictos cotidianos y esas soluciones que no siempre recordamos. Este trata del amor, claro. De una ruptura, más concretamente, y no sé qué ha ocurrido pero en los últimos meses me han rodeado unas cuantas.

Amigos que se separan, amigos que tendrán que descubrir por su cuenta lo mismo que yo hace tres años: que la soltería está para disfrutarla, para cambiar tu escala de valores:  lo que quieres y lo que no quieres. Para quererte mucho, también, y así ser mejor persona cuando alguien nuevo llegue.

En este proceso, no todo el mundo lleva el mismo ritmo. A algunos les toma más tiempo. A ellos les recomendaré El camino del amor. Habla de ese lento abrir de ojos, desde que te sientes en mitad de una carretera desértica donde nadie dará contigo hasta que por fin los árboles que has plantado dejan ver sus frutos.

No es que un libro te pueda cambiar la vida. Los libros solo pueden darte pequeños empujones hacia la cima. Mil páginas, mil personas te repetirán lo mismo y aunque sepas que tienen razón, no les harás caso: no es lo que necesitas ahora. No sabes qué necesitas, pero eso no. Hasta que quizá un día, de la nada, llegue una frase. Dirá lo mismo que tantas otras y sin embargo lo hará con palabras distintas. Palabras que conectan puntos. Que te devuelven la energía, las riendas. Entonces te descubres todopoderoso y comprendes que todo tuvo sentido.

La ventaja de volver a empezar sola es que puedes hacer todo lo que tú quieras y como tú quieras. Es como si la vida te diera una oportunidad nueva para hacerlo diferente y, quién sabe, quizá mejor. Quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre que me necesites.