A veces te obsesionas tanto con cambiar el pasado, lamentarte de los errores y desear un cambio, que olvidas lo que sí está en tus manos: puedes mejorar el presente, gracias a todo lo que aprendiste en el pasado, para cambiar el futuro. Sonosas que vas aprendiendo sobre la marcha, experiencia a experiencia.
La historia de este juego ha sido el apartado que menos alabanzas ha recibido y en cambio es lo que yo más he disfrutado. Los protagonistas se despiertan un día convertidos en expertos en física cuántica, viajes temporales, realidades alternativas, paradojas… Se enfrentan a dilemas con un aplomo admirable. Viajan arriba y abajo, de una época a otra, cambiando, adelantándose, reconstruyendo ese futuro que les pertenece. Gran trabajo por parte de los guionistas para hilvanar una historia llena de saltos y conceptos complejos pero manteniendo al jugador siempre orientado e informado.
Por lo demás, las críticas de este juego han sido bastante positivas porque corrige muchos de los aspectos más cuestionables de Final Fantasy XIII. Square-Enix tomó buena nota de lo que pedía la gente: escenarios más grandes, minijuegos, misiones secundarias, ciudades… y todo está aquí, con otros añadidos menores (por ejemplo: ahora tu tercer acompañante es uno de los monstruos que hayas capturado) que, sí, divierten y redondean la experiencia pero, siendo sinceros, tampoco ofrecen nada revolucionario si no te gustó la primera entrega.
Lo que más me ha gustado ha sido la mecánica para cambiar de época en cualquier momento. Si no sabes cómo avanzar o quieres alguna misión más entretenida, el propio juego te invita a hacerlo. Esta libertad es un cambio bienvenido después de los claustrofóbicos pasillos de, donde la única opción era seguir adelante.
Los escenarios es algo que siempre he valorado en los videojuegos. La posibilidad de viajar a mundos de belleza extraterrestre (siempre me río de la gente que alababa Avatar por sus paisajes… cómo se nota que en general no juegan a videojuegos, hasta un título menor puede tener escenarios más imaginativos y espectaculares).
Ya en Final Fantasy XIII los escenarios eran espectaculares pero diría que en esta secuela, hay más variedad o vistosidad: ruinas flotando en el espacio, ciudades futuristas llenas de neones como recién salidas de Blade Runner, cárceles virtuales, llanuras apocalípticas, florestas exuberantes. Y en muchos casos, con cambios metereológicos y distintas versiones según la época. Más de una vez me quedaba con la boca abierta.
La aventura principal no es especialmente larga y además es bastante fácil, pero como siempre, hay cantidades ingentes de misiones opcionales: cofres secretos, jefes, escenarios y finales alternativos que sólo podremos descubrir en la segunda partida. Más de lo mismo pero mejor. Así deberían ser todas las secuelas. Y encima con el buen sabor de boca de una historia que apuesta por el único optimismo posible: aprovechar el presente.












