Final Fantasy XIII-2

«Let’s change the future. Together.»
Caius Ballad, el enemigo principal de Final Fantasy XIII-2, está empeñado en cambiar el pasado, incluso si para lograrlo tiene que dinamitar su línea temporal y destruir el mundo. Tampoco puedes culparle: le mueve algo tan humano como el miedo a la muerte. No quiere resignarse a aceptar las cosas malas y seguir adelante.

A veces te obsesionas tanto con cambiar el pasado, lamentarte de los errores y desear un cambio, que olvidas lo que sí está en tus manos: puedes mejorar el presente, gracias a todo lo que aprendiste en el pasado, para cambiar el futuro. Sonosas que vas aprendiendo sobre la marcha, experiencia a experiencia.

La historia de este juego ha sido el apartado que menos alabanzas ha recibido y en cambio es lo que yo más he disfrutado. Los protagonistas se despiertan un día convertidos en expertos en física cuántica, viajes temporales, realidades alternativas, paradojas… Se enfrentan a dilemas con un aplomo admirable. Viajan arriba y abajo, de una época a otra, cambiando, adelantándose, reconstruyendo ese futuro que les pertenece. Gran trabajo por parte de los guionistas para hilvanar una historia llena de saltos y conceptos complejos pero manteniendo al jugador siempre orientado e informado.

Por lo demás, las críticas de este juego han sido bastante positivas porque corrige muchos de los aspectos más cuestionables de Final Fantasy XIII. Square-Enix tomó buena nota de lo que pedía la gente: escenarios más grandes, minijuegos, misiones secundarias, ciudades… y todo está aquí, con otros añadidos menores (por ejemplo: ahora tu tercer acompañante es uno de los monstruos que hayas capturado) que, sí, divierten y redondean la experiencia pero, siendo sinceros, tampoco ofrecen nada revolucionario si no te gustó la primera entrega.

Lo que más me ha gustado ha sido la mecánica para cambiar de época en cualquier momento. Si no sabes cómo avanzar o quieres alguna misión más entretenida, el propio juego te invita a hacerlo. Esta libertad es un cambio bienvenido después de los claustrofóbicos pasillos de, donde la única opción era seguir adelante.

Los escenarios es algo que siempre he valorado en los videojuegos. La posibilidad de viajar a mundos de belleza extraterrestre (siempre me río de la gente que alababa Avatar por sus paisajes… cómo se nota que en general no juegan a videojuegos, hasta un título menor puede tener escenarios más imaginativos y espectaculares).

Ya en Final Fantasy XIII los escenarios eran espectaculares pero diría que en esta secuela, hay más variedad o vistosidad: ruinas flotando en el espacio, ciudades futuristas llenas de neones como recién salidas de Blade Runner, cárceles virtuales, llanuras apocalípticas, florestas exuberantes. Y en muchos casos, con cambios metereológicos y distintas versiones según la época. Más de una vez me quedaba con la boca abierta.

La aventura principal no es especialmente larga y además es bastante fácil, pero como siempre, hay cantidades ingentes de misiones opcionales: cofres secretos, jefes, escenarios y finales alternativos que sólo podremos descubrir en la segunda partida. Más de lo mismo pero mejor. Así deberían ser todas las secuelas. Y encima con el buen sabor de boca de una historia que apuesta por el único optimismo posible: aprovechar el presente.

Bernhoft – Solidarity Breaks

«It’s a cheap independence
if you drift like a snow flake»

El noruego Bernhoft ha construido una máquina del tiempo. Pero todavía no sé si te transporta al pasado o al futuro. Solidarity Breaks viene de una época en la que pueden sonar a la vez loops de voz y palmadas y armónicas y beatboxing y guitarras procesadas, y no sólo quedan bien, es que después cuesta creer que puedan existir otra forma de hacer canciones.

Mezclas en una coctelera la voz de Sam Sparro, el encanto de Jason Mraz, el funky de Jamiroquai, los falsetes despreocupados de Mika, todo el legado de buen pop escandinavo. Y la bebida resultante es Bernhoft. Fresca, extraña, de colores pastel con un punto picante, adictiva. El disco impresiona, pero ya cuando descubres que todos los instrumentos los toca él mismo… alucinas. La independencia pura del multinstrumentista.

No podría haber presentación mejor que Sing Hello y su enérgica reinvención del soul. De buenas a primeras, nada más abrirte la puerta, Bernhoft te lanza todos sus trucos a la cara, lleva una colonia poderosa y te ordena «sing your soul out, sing it loud». Tú sólo puedes obedecer, claro: cantas con ganas y los pies se te van, siguiendo ese ritmo irresistible. Choices es un poco más suave, música de preliminares: voz suave y ritmo contundente pero no invasivo, ideal para los primeros avances después de la cena.

La ropa fuera porque Stay With Me ya va al grano, Marvin Gaye en vena, tu cuerpo se desliza por las sábanas de seda. Good Intentions debería poner la banda sonora a todos los anuncios del mundo y el mundo sería un lugar mejor y más luminoso. El polvazo llega a su clímax con Cmon Talk, que es increíble, con una intro hipnótica que crece y crece y sigue creciendo: bravo.

La segunda mitad del disco es mucho más experimental, Bernhoft llevando al límite las posibilidades de su técnica. «Mira lo que puedo hacer», te suelta con su sonrisa triunfal. Te conquista en Control y Prophet, sólo da una pequeña tregua en Space In My Heart, la balada que cantaría un extraterrestre nada más bajar de su nave (si los extraterrestres supieran cantar, claro).

Y supongo que el cierre del disco conviene porque después de Buzz Aldrin sólo te apetece volver a empezar, entrar en la máquina del tiempo para llamar de nuevo a la puerta de Bernhoft, otra vez su bienvenida y esa colonia poderosa y la cena. «Sing your soul out, sing it loud».

Perfect sense

«That is how life goes on. Like that.»

El cuerpo humano está construido de tal forma que podemos alimentarnos exclusivamente a base de harina y grasas. Podemos alzar la voz sólo para ofender o escuchar sólo aquello que nos interesa. Podemos hacer fotos para capturar instantes que de otra forma olvidaríamos, a menos que les asociemos un olor. Podemos follar y acto seguido echar al otro de la cama con una simple patada.

Usos vulgares de los cinco sentidos. ¿A eso estamos limitados? ¿Somos algo tan básico? ¿Nada más que animales que devoran, follan, gritan, husmean, no atienden a razones? ¿O podemos ser algo más que máquinas que se olvidan y se quejan de las cosas? Eso es lo que intenta explorar Perfect sense. Se vale de una historia mágica. Chico conoce a chica en un entorno apocalíptico: a causa de una extraña enfermedad, la humanidad va perdiendo uno a uno sus cinco sentidos, y con ellos se va también la cordura.

No os voy a engañar. Es una película terrible, hay secuencias devastadoras, deja a Contagion en pañales. La combinación de imágenes, música y voz en off te noquea. Así sería el fin del mundo. Y sin embargo, creo que terminas de verla con una sonrisa sincera porque se trata de una experiencia absolutamente catárquica. Es un poco como el libro Nada de Janne Teller: asistes horrorizado a la pérdida de todo lo que considerabas imprescindible, pero al igual que con la película Beginners, esto te sirve para renovar las ganas de estar vivo.

Para mí, es un misterio que Perfect sense haya pasado tan desapercibida. No habría oído hablar de ella de no ser por David, lector de este blog que suele acertar con las recomendaciones que me hace. La historia no es ninguna amenaza. Es una invitación. Un estímulo, un disparador. Éste es el tipo de historias que me gustaría escribir: fábulas (como Gattaca, por ejemplo) que usan la ciencia ficción para hablar de la importancia de vivir de otra manera, más abiertos o predispuestos. Hay que acariciar la música, contemplar los besos, escuchar la comida, saborear los recuerdos, oler los colores.

Javier Montes – La vida de hotel

«¿Tú qué quieres?»

No leas la sinopsis de la contraportada. O mejor sí, hazlo. Así, cuando la historia empiece de verdad y a traición, cuando empiece eso que prometía la contraportada, te sorprenderás. Sentirás con toda su fuerza la torpeza del enamoramiento. «¿Qué hago en esta habitación?», pensarás entonces. Será una sensación extraña, como desvanecerse: tú o todo. Magnífico punto de partida. El talento de Javier Montes para tender puentes y contar fábulas urbanas.

Lo suyo es el lenguaje cotidiano, no alardea de diccionario (bueno, igual en esta novela, sí lo hace a veces, pero pocas) y sin embargo cuánto cuentan sus historias. Parecen anécdotas que alguien te contaría como de pasada. Él no. Javier Montes se detiene, observa, escucha, saca un exprimidor de su chistera, y llena habitaciones de hotel vacías y pasillos y viajes en taxi: los llena de pequeños milagros. Es el tercer libro suyo que me leo y el tercero con el que me desarma.

«No creer en las promesas no significa
que no queramos seguir escuchándolas»

La novela viene a ser como la trastienda de una road movie. Un recorrido por los hoteles en los que descansa el héroe. Si es que se le puede llamar héroe a un crítico de hoteles enzarzado en una búsqueda sin tesoro. Hotel a hotel, como si comprobases la grabación de sus cámaras de seguridad, asistes a la partida a gran escala de un juego de mesa. Los dados ruedan encima de las sábanas, el protagonista desliza tarjetas, abre puertas, avanza, o eso parece, porque la meta ni se intuye. Igual es que nuestro héroe ha preferido olvidar las reglas. Ni siquiera se plantea el objetivo. ¿Se embarcaría Indiana Jones en esas aventuras si conociera de antemano el contenido del cofre que persigue? ¿Si supiera a ciencia cierta que el contenido sería suyo, fuera lo que fuera?

Casilla a casilla, la road movie se acaba transformando en pura novela policíaca, «siga a ese taxi» incluido, llega a bordear el terror incluso. Ya lo tienen eso, los pasillos de hotel: mucha moqueta y mucho cuadro de paisajes bucólicos pero esos lugares pueden volverse lúgubres con sólo girar la esquina que no debías. No recuerdo ningún otro libro que a un párrafo del desenlace, todavía era yo incapaz de adivinar cómo terminaría. Cuál sería la última frase. Y no podía ser otra. Prometo que he aplaudido. Bravo, Javier Montes. Gracias. Más, por favor.

      


Pero no hay sprints que valgan, creo; y menos de los finales. En realidad hace mucho que dejé de correr. No vale la pena correr. Basta con caminar al paso que más se acomode a los pies de uno y se acaba llegando a donde se iba a llegar en cualquier caso. O quedarse quieto: últimamente me da la impresión de que son las cosas las que andan. Solo hay que esperar sentado: no fallan, porque nada falla nunca y todo sucede. (Página 15)

Shame

Pam, pam, pam. La cabecera de la cama abollando la pared o los mazazos del director Steve McQueen contra tu cabeza. Mete la cámara entre las sábanas de su protagonista, la introduce por la polla de éste, lo penetra hasta el fondo, hasta el alma, se la arranca de cuajo y nos la estampa en la cara sin avisar. Zas.

La presentación inicial del personaje de Brandon (Michael Fassbender en la mejor interpretación de su carrera) es fascinante, creo que no se podría haber hecho mejor. Esa música in crescendo (¡y qué música tiene toda la película!), esos planos intercalados, repetitivos, obsesivos y el remate de ese «You are disgusting» que da el pistoletazo de salida a todo lo que tiene que llegar después. Desde los tiempos de American Psycho que no veía un retrato de personaje (y de rebote, o por extensión, de toda una sociedad) tan logrado. Diseccionando a Brandon, nos disecciona a todos. A ratos te preguntas si la pantalla no será en realidad un espejo reflejando la sala de cine abarrotada.

Una recomendación: no pestañéeis. Cualquier detalle y cualquier frase son imprescindibles para enriquecer y entender con toda su fuerza el discurso de la película. Desde las recomendaciones del camarero hasta los pósters cambiantes de los vagones de metro. Nada es gratuito. Piezas todas de un engranaje perfecto. Me gusta la gente que se vale de todas las herramientas a su alcance, también las más sutiles, para retratar a sus personajes y el mundo en el que viven.

Y sí, a eso has venido, eso te han vendido: hay mucho sexo. Sexo divertido, sexo incómodo, sexo bestia, sexo triunfal, sexo desesperado, sexo a solas, sexo en trío, sexo en la cama, contra la ventana, en cuartos oscuros, en lavabos, junto a la carretera, sexo, sexo, sexo. Parece que ninguno de los personajes piense en otra cosa que sexo, cada uno a su manera. Todo es sexo, nos dice McQueen. ¿Por qué da tanta vergüenza hablar de ello?, nos pregunta McQueen. ¿Por qué el señor que tenía yo al lado, acompañado de su esposa, se tapaba la cara cuando salían tetas? ¿Acaso no tenía tetas la esposa?

Pero la película es mucho más que sexo. Es por ejemplo la relación entre Brandon y su hermana Sissy (una frágil, enorme Carey Mulligan). De hecho, cuando nos la presentan, en ningún momento dicen que sea la hermana. Da igual. En seguida entiendes que no se trata de una exnovia. Notas esa relación de hermanos. En los gestos y miradas, en la complicidad. Es sólo otro ejemplo de lo bien construida que está la película, lo perfiladísimos que están los personajes. Vives con ellos, porque en cierto modo eres ellos.

Personajes. Unos olvidan lo bonita que es su ciudad y otros llegan con su ingenua maletita de sueños, sin ni siquiera tiempo de apreciar la ciudad. Adoro la escena del restaurante con vistas, sí. Ahí Brandon, su jefe y su hermana se desnudan como nunca, precisamente sentados en ese escenario, más que en cualquier escena de sexo, ahí cómodos y rodeados del paisaje de la ciudad nocturna, bebiendo martinis con aceituna. La versión de New York, New York que canta Mulligan dice tantísimas cosas que ya no hace falta que Sissy y Brandon hablen directamente del misterio que pulula sobre sus cabezas.

Shame es una película de intuiciones, sinceridades, sensaciones descarnadas. No podría ser de otra manera, tratando de lo que trata, pero sólo los valientes la habrían rodado así. Sales del cine cansado y satisfecho.