El alma del samurái

«Si la gente ignorante intentase caminar sobre el agua
como sobre la tierra, se hundiría incluso en tierra.»
Un buen samurái ni siquiera tiene que desenfundar su espada. Desprende tal aura de victoria que sus oponentes se postran ante él. Llegado el combate, tampoco piensa en técnicas, estrategias o movimientos; lo tiene todo tan asumido que simplemente actúa. Actúa y vuelve actuar una y otra vez hasta que vence.

Está mal llegar demasiado lejos o no llegar; mejor el término medio. Cuando se va demasiado aprisa, es porque se tiene miedo o se está nervioso; si vas muy lento, es por timidez o acobardamiento.

Aprender y olvidar lo aprendido. Estar tan seguro de ti mismo, de lo que haces y de cómo lo haces, que te permites liberar la mente. Y liberarla es controlarla: no dejas que se encalle en un único punto, atacas sin fijarte en el resultado. Ves siempre la escena completa, fluyes hacia la siguiente acometida.

«Como es la mente la que confunde a la mente,
no dejes la mente en manos de la mente.»

Dejar la mente en blanco: a este concepto está dedicada más de la mitad del libro. El resto, lo ocupa actuar: encontrar la acción correcta bajo cualquier circunstancia. Sigue sorprendiendo lo actuales que son los textos samuráis. Vigentes y prácticos. Dan fuerzas. O te las extraen de dentro, porque la fuerza es tuya.

Por cierto, hay un breve capítulo dedicado a la corrupción política. Ya en el siglo XVII y en un país aislado, en la otra punta del mundo les veían el plumero a sus dirigentes. Nada más reconfortante que leer cosas así hoy, con la que está cayendo.

Los corruptos entre los jóvenes ignorantes que han alcanzado el favor de su señor por un tiempo siempre han tenido mentes perversas y nunca han considerado, ni por un momento, sacrificar su vidas en un momento de necesidad. No he oído nunca de nadie en la historia con una mente corrupta que haya sido de beneficio para su gobierno. (…) Puede que crean que nadie se da cuenta, negando que lo sutil acabe saliendo a la luz, pero lo saben de sobra en sus corazones, y también lo sabe el cielo, la tierra, los fantasmas, los espíritus y las gentes. ¿No es ésa una manera peligrosa de defender el país? Eso es lo que considero una grave deslealtad.

Si el líder es bueno, los miembros del gabinete también lo serán. Si el líder no es bueno, su gabinete y amistades tampoco lo serán. Desatenderán a la población y despreciarán a otros países.

Les chansons d’amour

«Quiéreme menos pero quiéreme más tiempo.»

Y sigo a vueltas con el cine francés. Esta vez, un musical de la sección retrospectiva de la muestra FIRE. Un triángulo amoroso que acaba convirtiéndose en pentágono aunque le falte uno de los vértices. Todo salpicado de deliciosas canciones y con las calles de un París lluvioso como telón de fondo. (Nota: tienes que volver.)

Sabes que un musical ha triunfado cuando al terminar lo primero que haces es buscar la banda sonora. Ocurre con Les chansons d’amour, sus canciones irrumpen directamente en todas tus listas de reproducción románticas. Y las tarareas asomado al balcón, como si fueras un personaje más.

La vendían en la sinopsis como una película buenrollista. Y a ver, algo hay, algunas escenas como la de Je n’aime que toi te dejan con una sonrisa de oreja a oreja, pero en general la historia no es tan alegre como parecía al principio. Eso sí, lo que ocurre te pone las pilas. Y eso bien vale un visionado y los que hagan falta.

Cuánto tiempo invertido en etiquetar, forzar la mente, tener celos, elucubrar, hacerse el remolón. Con lo fácil que es invertir esas horas en quererse. Abrazados en la cama, dando besos en silencio. Nada más. Las palabras ya las cantarán otros. Ahora importa la acción, cada gesto. Si todavía estamos vivos, aprovechémoslo. Amemos.

La délicatesse / La delicadeza

«Parece una tontería, pero cuando me toca nada me duele.»

Cuesta imaginar al próximo hombre. Después de cada historia que termina, no podrías ponerle cara a tu futuro. No existe ese futuro, te llegas a decir. Te acostumbras al ahora y te anclas en el recuerdo. Sólo los fantasmas tienen cara. Y entonces, un día, cualquier día, le ves de frente y sabes que él será el próximo.

De eso va La delicadeza. Del encuentro con ese alguien nuevo, pero también del reencuentro contigo mismo. Del momento en que toca salir a flote. O no toca, pero lo haces. Niegas la evidencia al principio pero luego te sientes tan y tan bien que qué vas a hacer. Pues fluir, remar, volar, abrazar, besar.

Es una película tan sutil que nunca sabes hacia dónde irá, podría acabar mucho después o mucho antes, y sin embargo, la escena final es perfecta. A priori el inseguro protagonista masculino no encaja con la bella y dulce Audrey Tautou, pero pronto le coges cariño y comprendes que no había elección mejor para subrayar el mensaje: no decides la persona que te remueve. El factor sorpresa por bandera.

En el cine me tocó sentarme junto a una chica sola que lloraba. A ratos de tristeza y a ratos de alegría, como con un buen libro. Quienes hayan sido viudos, cornudos, abandonados o no correspondidos la disfrutarán especialmente y al final se quedarán clavados en la butaca como esa chica. Porque en el fondo siempre lo supiste. Que una noche le abrirías tu puerta a él y ya no haría falta jugar al escondite.

Francesco Piccolo – Momentos de inadvertida felicidad

Ahora mismo eres feliz. Vas por la calle tan tranquilo, pensando en tus cosas, y algo ocurre o algo ves, algo intrascendente, que te lleva a darte cuenta de un hecho tan simple: eres feliz. Puede ser alguien saltando al recibir una llamada, los cambios de cartel en las marquesinas, el olor de los bares en los que no has entrado…

Te creías el único testigo de esos instantes en los que el mundo pareció desnudarse. Pero en Momentos de inadvertida de felicidad alguien ha recogido todas esas pequeñas cosas que te hacen feliz. Las aventuras de una botella de vino, cuando llega la persona a la que le guardabas el sitio, el mundo que ves desde tu toalla.

Son instantes cazados al vuelo, una especie de blog temático en forma de libro. Recuerdos y sensaciones, notas en una servilleta, flashes que te hacen sonreír porque en muchos casos te identificas con ellos, y con los que no, deseas vivirlos algún día. Te fijarás mejor la próxima vez que vayas a una fiesta.

Un libro para regalar. Para sentirte bien. Para tenerlo cerca, en la estantería o la mesita de noche, y abrirlo al azar uno de esos días transparentes en los que parece que nada ocurre. «Ah, sí», susurrarás, ya más sereno. Otra cosa para añadir a tu catálogo de momentos de inadvertida felicidad: los libros que cierras con una sonrisa.

La lista de todas las casas que se habitan en una vida. El número exacto de besos que se están dando en este momento. Me gustaría que ninguna puerta se estuviera cerrando, que ningún ser humano estuviera tosiendo, que ningún ciudadano no se sintiera ciudadano; y que siempre en este momento alguien estuviera diciendo: qué bonito es vivir aquí. Aunque fuera para sus adentros.

Moonrise Kingdom

Los hipsters también se enamoran. Podría ser éste el lema de la película, una comedia romántica distinta, tan pretenciosa como encantadora. Él es un hipster de manual: gafas de pasta y gustos de altos vuelos. Ella es una Lana del Rey en miniatura, con ganas de sentirse mujer aunque todavía no le hayan crecido del todo los pechos. Se fugarán juntos.

Los (mal llamados) adultos ejercen de malos de la función. Tan inmaduros y con tantos secretos que no entienden algo tan puro como esas ganas de comerse el mundo de la pareja. Por eso, intentarán capturarles. Todos están interpretados por actores de primera fila en el que probablemente sea el papel más simpático de sus carreras. No ganarán un Oscar pero la diversión no se la quita nadie.

Moonrise Kingdom es un sofisticado juguete donde cada engranaje cuenta. Los planos, la elección de la música, los créditos, el vestuario, el movimiento de la cámara y de los actores… nada es gratuito, se nota medido al milímetro para conseguir una atmósfera de cuento videoclipero. Atención por ejemplo a la secuencia inicial, que presenta el escenario y los personajes como si fuera una casa de muñecas.

Las ganas de encontrar un lugar al que pertenecer y compartirlo con alguien afín. Esa persona que te comprende y acepta. No se trata de huir sino de ubicarte. Ubicaros. Conquistar vuestro pedazo de tierra. Una casita en la playa, una toalla compartida, un tocadiscos retro, latas de comida para la mascota y buenas lecturas. Un día descubres que la felicidad no es más que eso.