Michi Kobayashi – El principio del círculo

«¿Nunca has estado con nadie que necesitara
darte la mano, abrazarte o besarte?»

Parece que la editorial Comanegra se está especializando en editar fábulas de autoayuda con ambientación japonesa. No sé si será un nuevo género, pero ya han editado tres libros así: La ley del espejo, Los cerezos en diciembre y éste. Por mí, que sigan con el proyecto: se leen en menos de una hora y levantan el ánimo.

El círculo de la portada, trazado con pincel y tinta china, es uno de mis símbolos favoritos. Sé que algún día tendré un despacho con un cuadro así. En El principio del círculo sirve para explicar la importancia de la comunicación entre dos personas y, más aún, del contacto físico.

A menudo te quedas en las palabras. Ya lo has dicho todo, tu boca se ha desbordado, ¿qué más podrías hacer? Pues expresarlo con gestos, por ejemplo. Expresarlo de verdad. Demostrarlo. Caricias, abrazos, miradas, besos, mimos, ligeras presiones. Tu cuerpo sólo sabe decir la verdad.

Estás tan seguro de lo que sientes hacia los demás (familia, pareja, amigos), que te olvidas de hacérselo saber. No comparto el aire anti-tecnológico del libro, pero sí defiendo su apuesta por la comunicación. Las cosas que no se dicen, las cosas que no se expresan, no las saboreas tanto como podrías. Toquémonos.

Si evitamos el contacto nos perderemos muchas cosas bonitas. Hay un cuento que dice que, en una ciudad donde pasaban cosas sorprendentes, un día todos los habitantes se despertaron con azúcar en los labios. Pero los granitos de azúcar eran tan pequeños que no se veían. ¿Y sabes qué pasó? Que sólo se dieron cuenta de ese hecho increíble los que, al despertarse, se besaron en los labios.

Haruki Murakami – After dark

La ciudad de noche. Personas que deambulan por su calles. Huyen. De fantasmas, de sí mismos, de preguntas que no quieren preguntarse. Murakami sitúa esta novela en un submundo formado por bares aún abiertos, love hotels (bonito eufemismo para esos sitios donde la gente va a follar) y parques oscuros cuyas hojas crujen.

Se trata de su obra más sencilla pero, personalmente, creo que también de las más logradas. Es la segunda vez que la leo y me ha vuelto a sorprender. Porque no dejan de ocurrir cosas. Los personajes actúan, caminan. Hay un propósito. Hay diálogos y giros y vidas entrecruzadas en el transcurro de una única noche.

El estilo de Murakami aquí es más telegráfico que de costumbre, absolutamente visual. Frases bisturí. Una cámara que desnuda a los personajes, los deja vulnerables y luego los arropa un poquito. Podría rodarse una comedia romántica, aunque de comedia tendría poco y el romance se insinuaría apenas.

Un chico que quiere expresarse, una chica hermética y una hermana que duerme. Son los vértices de After dark. A su alrededor, otros personajes sombríos, notas de jazz que se deslizan bajo las puertas de los locales y un latido de fondo, una amenaza, el reloj quizá. Incluso de noche, la ciudad está llena de buenas historias.

Girls

No ha sido un verano de series. Las series llegarán pronto, con las nuevas temporadas de todas las que sigo. Pero todo el mundo hablaba de Girls, esa serie sobre cuatro chicas con pretensiones hipsters que intentan sobrevivir en Nueva York. Me surgió la oportunidad de verla bien acompañado y como es lógico la aproveché.

Y de eso va esta serie, creo. De aprovechar las oportunidades cuando surgen. No es que las cuatro chicas lo hagan siempre; al contrario, a menudo huyen de aquello que podría hacerlas felices, no saben manejarlo. Pero viéndolas a ellas equivocarse, aprendes tú a caminar recto y con paso firme. Valentía para cruzar cada semáforo.

Girls es un poco Sexo en Nueva York con veinteañeras que no pueden comprarse ropa porque bastante trabajo tienen con buscar trabajo. Eso sí, van estupendas siempre, viven en pisazos salidos de un catálogo IKEA, gastan lo que no está escrito en condones y, por supuesto, van de fiesta en fiesta (en cada capítulo hay un evento, una presentación, un cumpleaños). Ser joven en Nueva York es eso.

Les coges cariño. A ellas y a sus novios, a sus amantes, a sus ligues, a sus follamigos con posibilidades de ser algo más. Les coges cariño porque querrías abrazarlas, que abrieran los ojos. Los abres tú, al menos. Bien acompañado y con una selección musical estupenda, ¿cómo no vas a sobrevivir? Gracias, chicas. Más, por favor.

Jiro Taniguchi – El caminante

«Camino lentamente por la orilla
donde no hay ningún sendero.»

Pasear. Es todo lo que hace el protagonista de este cómic. Pasear por los paisajes de su ciudad. Mientras pasea, aprovecha para observar, escalar, encontrar, descubrir, aprender, exclamar «Ah» ante cada detalle que llama su atención. Un pez en el estanque, una piscina vacía, los tejados vistos desde lo alto de un árbol.

Jiro Taniguchi era una de mis asignaturas pendientes. Sus obras las vendo bien en la tienda y los títulos siempre me habían llamado la atención, así como el estilo de dibujo, con esos escenarios que tiran hacia el fotorrealismo. El otro día, un amigo me definió su estilo como «muy zen» y la curiosidad me pudo.

Y sí, mucho de zen hay en El caminante. No es que se lo mencione explícitamente, es más bien el regusto que dejan unas viñetas donde los personajes apenas hablan, sobre todo contemplan, disfrutan de estar vivos aquí y ahora. Adultos que vuelven a ser niños y que aceptan las cosas tal cual llegan. Simplicidad.

Lees este cómic igual que disfrutarías de un buen paseo: despacio, importa cada paso, cada página, no el destino ni el desenlace. Te relajas como después de una bañera con el agua templada, casi caliente, y mucha espuma. Cada día hay algo nuevo. Basta con salir a buscarlo. Ahora caminas por donde no hay senderos.

Miss Tacuarembó

No conocía este película hasta que hace unas semanas me hablaron de ella y me la recomendaron fervientemente. Saber que se trataba de un musical compuesto por el cantante de Miranda me dejó con la boca hecha agua. Este fin de semana, por fin, fue el elegido para disfrutar de Miss Tacuarembó acurrucados en el sofá.

La película es como Flashdance en versión Disney. Ahí está la mala-malísima con el mismo peinado que la madrastra de La Cenicienta y sus hijas gemelas ejerciendo de hermanastras, también el príncipe azul en forma de visión de Cristo, los milagros y transformaciones, el mejor amigo gay (a falta de dragón o mono) y hasta Rossy de Palma en la piel de una presentadora de TV que ejerce de hada madrina.

Pero sobre todo, destaca ese mensaje ultra-optimista de creer en los sueños. La visión Disney de que si cierras los ojos y sueñas algo con todas tus fuerzas, se hará realidad. «Algún día el mundo será nuestro», es el subtítulo de la película y la frase más repetida bajo una bola del mundo que los protagonistas sostienen con los pies.

Bien de color y fotografía moderna (a ratos parece un vídeoclip), pinceladas de crítica a los beatos religiosos (que no a la religión en sí: cada cual que crea en lo que quiera y a su manera), momentos dignos de culebrón y canciones pegadizas, como no podría ser de otra manera viniendo de Ale Sergi. No sé si los sueños se harán realidad pero como mínimo hay que intentarlo. Coger el micro y darlo todo.