El domingo disfruté del concierto de Woodkid. Gratuito (este año es el que más conciertos habré visto pero también el que he gastado menos dinero), en plena plaza Reial de Barcelona. Los arcos de la plaza parecían sacados de las proyecciones que, sobre el escenario, acompañaban unas canciones dignas de banda sonora.
Y es que las composiciones de este francés está barnizadas con un halo épico. Ya se notaba su gusto por la grandilocuencia del cine en sus vídeoclips para Lana del Rey, por ejemplo. Esto fue a más con el estreno de Iron, single con el que presentó su primer EP. La conquista del paraíso en clave indie. Enarbolar la bandera para liderar una revolución, la de «Aquí estoy yo».
En Barcelona se le notaba con ganas de ser adorado por el público. Y lo conseguía, claro. No sólo es sexy, ese vozarrón profundo lo motiva todo. En las canciones más íntimas, como Brooklyn, Woodkid enamoraba. Una balada sobre la distancia y las cosas buenas que echas de menos bajo un París lluvioso. O Baltimore’s Flies, con ese piano que poco tiene que envidiar al de Someone Like You.
El piano y las trompetas, otra de las marcas de la casa. Qué intensidad la sección de viento. Pero todos estábamos esperando el pelotazo: Run Boy Run y sus percusiones sin tregua. La sorpresa es que muchas canciones del futuro disco, previsto para 2013, tenían tambores igual de apoteósicos o más. Safri Duo con alma, lo definimos. Será candidato a disco del año cuando salga. Saltos y emoción a partes iguales.








