Happy Day Bakery

Es lo que más echo en falta de Madrid cuando vuelvo a Barcelona. Aparte de la gente, claro. La pastelería Happy Day Bakery se encuentra en pleno Malasaña y está especializada en cupcakes. Los suyos son sin duda los más buenos, bonitos y baratos que he probado. Tienes un orgasmo solo con ver los expositores. No exagero.

Mi cupcake favorito es el de red velvet. Una masa roja, esponjosa, decorada con vainilla de colores y una chuche encima. En Happy Day, no se conforman con adornar los cupcakes simplemente con espuma de algún sabor; dejan correr la imaginación para los toppings: mariposas, corazones, cepillos de dientes, flores… Da tanta pena comerlos que siempre les haces una foto. Directa a Instagram.

También venden pasteles, brownies, galletas decoradas, productos americanos y, por supuesto, todo lo necesario para hacer la repostería en casa. A veces, tienes suerte y puedes sentarte en la única mesa que hay, junto a la ventana, y así disfrutar del ambiente acogedor, de un té calentito, de los miles de detalles que hay repartidos por el local. Esos carteles que animan cualquier tarde de lluvia: «Algo bueno va a ocurrir».

Me gusta el barrio de Malasaña. Me pasaría horas enteras en sus cafeterías, sus tiendas de ropa, sus librerías. Viviría allí, como ahora vivo en Gracia. No me importa desviarme un poco de mi ruta para recuperar fuerzas con un cupcake de Happy Day. O desayunarlo un domingo de resaca. Al primer mordisco de ese pequeño pastel, algo cambia, solo puedes sonreír. Entiendes el porqué del nombre.

C/ del Espíritu Santo 11 (Madrid)

Gado Gado. Cocina de Indonesia y del sudeste asiático

Por qué no vendré más. Lo pienso en cuanto me siento en una de las pequeñas mesas de Gado Gado y consulto la carta que me ofrece una camarera, toda ella sonrisa. Los ojos se me van a los currys: pollo con curry verde, pescado con curry rojo… Es uno de mis restaurantes favoritos de Gracia pero lo piso muy de vez en cuando. En ocasiones especiales, como hoy, que ha venido Lidia, mi amiga amarilla.

Es medio nómada, ella, se pasó un año recorriendo la India y buena parte de Asia, así que parecía adecuado traerla aquí, un restaurante especializado en cocina del sudeste asiático. El espacio es reducido pero tiene buena acústica, invita a las confidencias. Los colores, verde y naranja, un espejo y algunas figuras de madera son toda la decoración; el toque exótico necesario sin parecer Port Aventura.

Lidia y yo todavía estamos comentando nuestras últimas andanzas cuando llegan los entrantes: tahu isi (buñuelos de tofu y verduras) para ella y rollitos con salsa de cacahuetes para mí. Al final los compartimos. Con ella siempre decimos que hay que atreverse a experimentar, así que cojo uno de mis rollitos y lo unto en la otra salsa, fresquísima, como con limón. No será la combinación indicada pero está buenísimo.

Al final me he pedido, por supuesto, el pescado con curry rojo. Es abundante: un filete de merluza con arroz de acompañamiento. Delicioso y picante. Lidia, mientras picotea su plato de verduras salteadas (algún nombre colorido como Chap Chai), me cuenta sus viajes, pasados y futuros. Enseguida dejamos los platos limpios, y eso que no paramos de hablar, pero los sabores nos atrapan.

Coronamos la comida con un guilty pleasure: rollitos de chocolate y plátano. No sé en qué país los inventarían, los he visto en varios restaurantes asiáticos. Hasta hace poco pensaba que eran japoneses. En cualquier caso, benditos sean. Estos son crujientes y tiernos, calentitos, con helado. Lo tienen todo.

La charla continuaría durante horas pero toca volver a trabajar. Aún con el regusto del curry y el chocolate, salimos otra vez a Gracia. Aún nos dará tiempo a tomar un batido de café detrás de la plaza de la Virreina. Viendo desde fuera el restaurante Gado Gado, con su gente hablando alrededor de platos vistosos, no sé por qué nunca he tenido una cena romántica aquí. Sí, sigo enamorado de los colores.

C/ de l’Or 21 (Barcelona)

Raúl Portero – Reykjavík línea 11

«¡Oh! Así que eres tú.»

A veces las piezas encajan. Reykjavík línea 11 es la historia de dos hombres acostumbrados a perder que un día, de repente y sin esperarlo, porque las cosas buenas no se esperan, simplemente ocurren, tienen que lidiar con la pequeña victoria que les ha llegado a las manos. Y es que los fugitivos también encuentran hogares.

Sus manos están entumecidas por el frío de Islandia. Porque ahí ocurre, claro, la novela. Lo bueno de Raúl Portero es que consigue que no parezca una guía de viajes de la capital islandesa, pero al mismo tiempo te contagia las ganas de perderte en ella, armarte de un buen anorak y un pantalón térmico para explorar sus calles y locales, vivir incluso una temporada en una de sus casitas preparadas para el frío.

Entre lagos helados y tazas de té humeantes, la historia de amor es el epicentro de la novela. El amor y los traumas que éste cura. Einar y Arnau van enamorándose poco a poco, los capítulos van de uno a otro como un autobús que conecta tus dos puntos favoritos de la ciudad. Muy bien construida la intimidad entre ellos. Tanto con los diálogos como con sus pequeños gestos, te lo crees: se quieren.

¿Se lo creerán ellos? Porque ése es el mayor misterio de Reykjavík línea 11, descubrir si por una vez Arnau y Einar apostarán a caballo ganador. Es curioso, no siempre es fácil aceptar que se te presentan oportunidades para ser feliz. Será que nos han programado para pasar frío. Pero entonces llega el abrazo de alguien que a su manera tiembla como tú. A ver qué pasa, piensas. La sonrisa la descubres luego.

El Pescao – Ciao Pescao

Estaba aprendiendo a nadar. Y el primer disco de El Pescao llegó justo cuando lo necesitaba. Fluir, quererse, perdonar, cantar. A todo eso aprendí por mi cuenta, pero Un viaje nada-lógico le puso la banda sonora perfecta. Es normal que, ahora que estoy tan bien, asentado en mi vida y mi trabajo y mi novio, El Pescao diga adiós.

Es una despedida temporal; en cuanto termine la gira a finales de este mes, David Otero se marcha un par de años a Sudamérica, para desconectar e inspirarse. Y es, además, una despedida con regalo: Ciao Pescao, un EP de 4 canciones nuevas. Fiel a su estilo, pero con el toque familiar de tener ya una banda establecida.

Todo se complica desafía el viento, porque cuando las cosas no son fáciles hay que seguir intentándolo, siempre hacia adelante, con la energía de una guitarra, cada paso un golpe de batería. Y llega el éxito, y con él la calma. Navegando por El mundo de los recuerdos, te reconcilias con el pasado. Esas pequeñas aventuras que te trajeron hasta aquí. Ya no duelen, por eso puedes rapear a ritmo de reggae algunas rimas graciosas: «Bola de Dragón Z» con «a Sabrina se le vio una teta».

En realidad la letra al completo no tiene ningún desperdicio: nostálgica y traviesa, un álbum de fotos amarillas donde alguien escribió la palabra «chocho». Corazón de Cristal no es un cover de Blondie (¡ojalá!) sino una declaración de intenciones: yo soy así, y así seguiré. Y cuando por fin zarpa el barco hacia nuevas aguas, El Pescao ya ha superado los miedos, dice las cosas que siente, da la bienvenida a los besos. Su consejo: quiere mucho, déjate llevar. Que no te llamen loco.

Fly me to the moon

La Luna. Así se llama el cortometraje más reciente de Pixar. Hace un par de meses oí maravillas sobre él en Confesiones tirado en la pista de baile, pero no podido verlo hasta hoy. Es precioso. La calidad técnica era incuestionable, al fin y al cabo es de Pixar, pero el encanto de La Luna reside en su pequeña historia.

La aventura de hacerse mayor en clave de leyenda. Tres generaciones de hombres realizan alguna especie de mantenimiento en la Luna (la respuesta llegará en el último fotograma). Nuestro protagonista es el más pequeño de ellos, un niño que empieza a mimetizar gestos de los adultos, pero también tiene despuntes de iniciativa.

Está aprendiendo. A llegar a la Luna, para empezar. Todos hemos intentado alcanzarla con los dedos. Escalón a escalón, él lo consigue. Hay en su peripecia ecos del Viaje a la Luna de Méliès, también se evoca esa reinvención de la realidad de El Principito y, desde luego, a nivel visual la primera referencia que viene a la mente es el videojuego Super Mario Galaxy.

Un cóctel para beber de un solo trago: 7 minutos perfectos. Como esos cuentos que te adormecían de niño, pero en forma de poesía animada para que los adultos vuelvan a abrir los ojos. Porque hacerse mayor es soñar despierto, más y mejor. Multiplicar las estrellas. A martillazos, aunque sea. Gracias, Pixar.