Es lo que más echo en falta de Madrid cuando vuelvo a Barcelona. Aparte de la gente, claro. La pastelería Happy Day Bakery se encuentra en pleno Malasaña y está especializada en cupcakes. Los suyos son sin duda los más buenos, bonitos y baratos que he probado. Tienes un orgasmo solo con ver los expositores. No exagero.
Mi cupcake favorito es el de red velvet. Una masa roja, esponjosa, decorada con vainilla de colores y una chuche encima. En Happy Day, no se conforman con adornar los cupcakes simplemente con espuma de algún sabor; dejan correr la imaginación para los toppings: mariposas, corazones, cepillos de dientes, flores… Da tanta pena comerlos que siempre les haces una foto. Directa a Instagram.
También venden pasteles, brownies, galletas decoradas, productos americanos y, por supuesto, todo lo necesario para hacer la repostería en casa. A veces, tienes suerte y puedes sentarte en la única mesa que hay, junto a la ventana, y así disfrutar del ambiente acogedor, de un té calentito, de los miles de detalles que hay repartidos por el local. Esos carteles que animan cualquier tarde de lluvia: «Algo bueno va a ocurrir».
Me gusta el barrio de Malasaña. Me pasaría horas enteras en sus cafeterías, sus tiendas de ropa, sus librerías. Viviría allí, como ahora vivo en Gracia. No me importa desviarme un poco de mi ruta para recuperar fuerzas con un cupcake de Happy Day. O desayunarlo un domingo de resaca. Al primer mordisco de ese pequeño pastel, algo cambia, solo puedes sonreír. Entiendes el porqué del nombre.










