Brunch & Cake

El otro día merendamos aquí. En una mesa junto al ventanal. Por Enric Granados, la gente paseaba cargada con los regalos de Navidad y decidimos refugiarnos en este local. La calidez de la madera contrasta con la frialdad de las baldosas. Pero los camareros, amables, y la vitrina llena de dulces invitaban a sentarse.

Enseguida vi que tenían la tarta Red Velvet. La conocí hace dos años gracias a Starbucks y la he seguido degustando en forma de cupcake, pero nada como un trozo de la tarta original. Y la de Brunch & Cake está buenísima. Ideal para compartir una merienda contundente. La acompañé de una copa de vino blanco. Todavía no había llegado el frío, ahora no me importaría regarla con un chocolate caliente.

Me acordé de las meriendas con mi abuela en el café Montroig de Sitges, viendo pasar la flor y nata del pueblo (los travesti, las señoras enjoyadas, los turistas). Es decir, que estaba a gusto. Estábamos, en plural, porque aquella tarde nos dio por salvar el mundo. Clavando cucharadas en esa tarta esponjosa, mi novio y yo nos inspiramos para sacar todos esos temas de los que solo hablarías sentado cómodamente junto a una chimenea (¡y ojalá tuvieran una!).

Como se puede deducir por la parte «brunch» de su nombre, otra especialidad de este local son los buenos desayunos, con productos salados: huevos fritos, tostadas varias, ensaladas, pizzas, etc. Todo eso lo tengo pendiente, que ya llevo tiempo tras un brunch asequible en Barcelona. Tocrá probarlo pronto, cualquier fin de semana.
C/ Enric Granados 19 (Barcelona)

Virtue’s Last Reward

El poder de tus decisiones. Virtue’s Last Reward te lo recuerda. Juega contigo, es hasta cruel. Intentas que todos ganen pero a veces te ves obligado a ser egoista para sobrevivir. Es inevitable. Afortunadamente, la estructura del juego anima a seguir intentándolo. ¿Podrás hacer lo correcto? ¿Y hasta dónde llegarás para lograrlo?

La historia empieza como una prueba de Saw: nueve personas se despiertan juntas, están atrapadas en un almacén. Tendrán que colaborar para escapar pero si consiguen traicionar al resto de su equipo, escaparán antes. Por el camino, muchas decisiones que tomar y decenas de puzzles por resolver.

Puzzles retorcidos pero (casi siempre) lógicos. Los hay de matemáticas, de deducción, de habilidad, de asociación de ideas, de agudeza visual. Qué subidón de autoestima al ver cómo vas mejorando en cada nueva estancia que investigas. Esto sí que es un brain training y no aquellos minijuegos de sumar 2+2 tan de moda hace unos años.

Admiro las intrigas que al final encajan todas sus piezas con la precisión de un reloj. Y Virtue’s Last Reward ofrece justamente eso. En su tramo final, los guionistas se lucen. Una lección de cómo construir una historia con elementos tan dispares como asesinatos en serie, un amor perdido o bioterrorismo (por mencionar datos que no sean demasiado spoiler… hay auténticas bizarradas que ellos consiguen enlazar).

Sería una de esas series de TV de las que todo el mundo habla. No ha salido en España y solo está disponible en inglés, pero hay que jugarlo. En 3DS o Vita, la elección es tuya. Será la primera de muchas. En palabras de Albert Espinosa: «No tengas miedo de ser la persona en quien te has convertido con tus decisiones.»

Peter Cameron – Algún día este dolor te será útil

Cambio de tendencia. Llevaba unas semanas que no terminaba ningún libro porque ninguno me enganchaba del todo. La cápsula del tiempo ya me devolvió al buen camino. Confiaba en el siguiente libro, el primero del año. Tenía que ser bueno, y así ha sido. Más que eso: es verde como su portada, poderoso como su título, muy familiar como sospechaba por la sinopsis.

Me he sentido muy identificado con James Sveck, la verdad sea dicha. No de esa forma en la que a menudo te sientes identificado con los protagonistas de los buenos libros, sino de una forma casi física, como si la vida de James Sveck hubiera sido la mía, de haber nacido en una acaudalada familia de Nueva York. Mi madre sería galerista, mi padre un abogado carroñero y tendría una hermana respondona.

Habría sobrevivido al trauma del 11-S, me preguntaría muchas cosas aunque realmente no sería capaz de enunciar las preguntas exactas. Estaría en un punto de inflexión, dar el salto o vivir en el campo. Pero aprendería a actuar. Porque eso somos, al final, animales que actúan, hacia adelante, como una abeja que de tanto chocar contra la persiana, consigue encontrar un hueco y salir al jardín.

«Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector». Eso dice la propia editorial al final del libro. Se les nota el cariño por su trabajo: qué tacto tienen sus libros, qué bonito el dibujo interior de las solapas. Algún día este dolor te será útil no me ha gustado, me ha encantado. La sutil mala leche de James Sveck, su forma de hablarte al oído, el partido de tenis que supone leer esos diálogos. La luz que se cuela por cualquier ventana.

Prueba a leerlo, a ver qué pasa.

El gusto por el arte es fácil. Lo importante es que te guste la vida. A cualquiera puede gustarle la Capilla Sixtina.

The perks of being a wallflower

«And in that moment, I swear: we were infinite.»

Poco a poco, fiesta a fiesta. Así te adaptabas a la vida de instituto y así te entra esta película. Empieza como una versión muy dramática de Glee pero al final encuentra su sitio contándote una historia de adolescentes que buscan justamente eso: encontrar su sitio. Mirar a alguien mientras suena su canción favorita y sentirse infinitos.

Me la recomendó Fer de Confesiones tirado en la pista de baile y, como es costumbre, acertó. Una historia de superación que crece en el recuerdo, aunque la banda sonora es un triunfo desde el principio: desde Heroes de David Bowie a Temptation de New Order. Así debían de sonar las fiestas de graduación en 1991.

Si bien sorprende (para bien) la actuación de Emma Watson, la Hermione de Harry Potter, yo me quedo con el protagonista y su dosificación de emociones, no es un papel fácil, y también destaco a Mae Whitman, una secundaria brillante en el papel de Mary Elizabeth, la gótica budista del grupo. Un reparto tan joven como sólido.

Vienen bien películas así. Sobre todo hoy en día. Los medios de comunicación y los gobiernos te machacan, no vales nada, tienes que agachar la cabeza, obedecer. Pero todavía queda la rebeldía de ser feliz. Subir la música del radiocasette, levantarte, abrirte de brazos, desafiar el viento, sonreír. Gritar. Podemos ser héroes.

Els nostres tigres beuen llet

Albert Espinosa ya es habitual en este blog. Con sus libros y películas y ahora, también, una obra de teatro. Sus obras siempre llegan a tu vida cuando tienen que llegar. Esta vez fue por sorpresa, una amiga tenía dos invitaciones. Con ella que comparto comidas especiales; de hecho, al final de la primera comida ella acabó comprándose El mundo amarillo.

Y ahí estábamos ayer, año y medio después, expectantes en nuestras butacas del TNC. Els nostres tigres beuen llet. No sabíamos nada. Intuíamos una obra juvenil: por las fotos promocionales, por buena parte del público, que venían directos de clase. Y pareció confirmarlo una primera escena en un campo de futbol. Pero no.

Es una obra dura. Durísima. Seis hermanos obligados a dejar atrás la adolescencia demasiado deprisa y seis adultos enfrentados a sus demonios interiores. Tienes que haber vivido para entenderlo. Flashbacks, metateatro, escenas muy impactantes que saben sacar partido de una escenografía menos minimalista de lo que parecía al principio. Siempre hay sorpresas. Y buenos actores.

Al final, la catarsis. Sales de la sala en shock, como después de una larga y extrañamente reparadora ducha fría. A finales de mes volveré a verla con otra amiga también muy pro-Espinosa. Lo agradezco, porque ciertos diálogos y momentos tengo que acabar de digerirlos. Pero si algo tengo claro es que hay que vivir. Sin rencores y disfrutando al máximo. Quizá algún día no vuelves a levantarte.