No había lugar más idóneo que La Pedrera para acoger esta exposición. Una retrospectiva de toda la obra de Chema Madoz, fotógrafo que hace cuadros que son poemas. Y enigmas, y bromas, y juegos, y también historias de las que solo conoces una parte y querrías saber más.
Le conocías sin saberlo. Sus obras son tan potentes que han ilustrado decenas de portadas (libros, revistas, prensa) y a veces te las has encontrado por internet sin mencionar su autoría. Entrar en la enorme sala de La Pedrera donde han colocado sus cuadros, en marcos bien elegidos, algunos negros y otros de madera, es entrar como Alicia en un mundo familiar que te sorprende en cada esquina.
Corres para acercarte a ese cuadro con letras que parecen salirse del mismo, te paras a contemplar esa vela con llama en forma de pluma, metáfora tan sencilla que a nadie se le había ocurrido. Sientes la soga del collar de perlas y te agarras al bastón-asidor. Madoz inventa objetos con tanta alma que desearías que existieran. O que en realidad existen, en un mundo al alcance de la mano. Basta con abrir los ojos.












