Acabo de ver un documental. Eso pensé al salir del cine el pasado viernes. Ya Antes del amanecer y Antes del atardecer me impactaron en su día por la química de sus protagonistas, que parecen nacidos para hablar el uno con el otro, y mirarse. Pero lo de Julie Delpy y Ethan Hawke llega a tal nivel en la tercera parte, que costaba creer a ratos que no fueran ellos, sin más, en su día a día de unas vacaciones en Grecia.
Y no me refiero solo a la tan comentada conversación del último tercio de película. Al poco de arrancar la película, a Jesse y Céline les bastan un par de frases y un gesto mientras conducen para ponerte al día de todo lo ocurrido en los últimos 9 años. Golpes de genio que afianzan una relación mostrada de forma cruda, para lo bueno y para lo malo. Striptease emocional, que diría un amigo mío.
El realismo no es el único acierto de Antes del anochecer. Las autorreferencias están bien insertadas, con esa discusión sobre los títulos de las novelas de Jesse. Ya Antes del atardecer adjudicó experiencias reales de los actores en sus personajes (los libros de él y las canciones de ella), pero aquí van un paso más allá. Guiños para fans.
Pero si algo me enamoró especialmente de esta tercera entrega fue la escena de la comida. Varios personajes alrededor de una mesa, compartiendo una ensalada y las historias de cómo se conocieron.Un homenaje a las parejas, y todas tienen una historia bonita que contar. De todas podría hacerse una película.
Es en esta escena donde se concentran todas las virtudes del proyecto de Richard Linklater: diálogos engarzados como piezas de orfebrería, el montaje justo y necesario, la localización exacta (el sol de Grecia es clave). Y cómo no, el cásting, esta vez tan acertado que consiguen que Jesse y Céline vivan entre ellos. Felices de pertenecer al fin a algún lugar donde seguir construyendo su historia.









