Antes del anochecer (Before midnight)

Acabo de ver un documental. Eso pensé al salir del cine el pasado viernes. Ya Antes del amanecer y Antes del atardecer me impactaron en su día por la química de sus protagonistas, que parecen nacidos para hablar el uno con el otro, y mirarse. Pero lo de Julie Delpy y Ethan Hawke llega a tal nivel en la tercera parte, que costaba creer a ratos que no fueran ellos, sin más, en su día a día de unas vacaciones en Grecia.

Y no me refiero solo a la tan comentada conversación del último tercio de película. Al poco de arrancar la película, a Jesse y Céline les bastan un par de frases y un gesto mientras conducen para ponerte al día de todo lo ocurrido en los últimos 9 años. Golpes de genio que afianzan una relación mostrada de forma cruda, para lo bueno y para lo malo. Striptease emocional, que diría un amigo mío.

El realismo no es el único acierto de Antes del anochecer. Las autorreferencias están bien insertadas, con esa discusión sobre los títulos de las novelas de Jesse. Ya Antes del atardecer adjudicó experiencias reales de los actores en sus personajes (los libros de él y las canciones de ella), pero aquí van un paso más allá. Guiños para fans.

Pero si algo me enamoró especialmente de esta tercera entrega fue la escena de la comida. Varios personajes alrededor de una mesa, compartiendo una ensalada y las historias de cómo se conocieron.Un homenaje a las parejas, y todas tienen una historia bonita que contar. De todas podría hacerse una película.

Es en esta escena donde se concentran todas las virtudes del proyecto de Richard Linklater: diálogos engarzados como piezas de orfebrería, el montaje justo y necesario, la localización exacta (el sol de Grecia es clave). Y cómo no, el cásting, esta vez tan acertado que consiguen que Jesse y Céline vivan entre ellos. Felices de pertenecer al fin a algún lugar donde seguir construyendo su historia.

Empire of the Sun : Ice on the Dune

Empire of the Sun me recuerdan a Londres en verano. Ellos son australianos, pero yo los descubrí allí. Eran el grupo de moda en aquel momento. Las tiendecitas indies exhibían unos vinilos de 7 pulgadas del grupo y me enamoraron sus portadas fantasiosas (la versión Disney de Star Wars, pensaba entonces… y al final eso se convirtió en realidad).

Lo que parecía que se quedaría como recuerdo de un buen verano, vuelve ahora reinventado. Es lo mismo y no es lo mismo. Los ingredientes coinciden pero la mezcla es más experta. Coherente, sabrosa. Si el primer disco se perdía a ratos en su propia extravagancia, Ice on the Dune mantiene el buenrollismo soleado de principio a fin.

Es como tomarse un mojito una noche de agosto, en la playa de Neptuno. Unos Bee Gees venidos del futuro cantan eso de «You make me feel so alive, alive, alive» y, mira por dónde, sí, te sientes vivo. Te siguen dando la vida esas guitarras de Concert Pitch, los falsetes de Awakening, el ritmo daftpunkiano de Celebrate. Vuelve a empezar el disco y por fin conectas con DNA, algo ha cambiado en tu interior.

Empire of the Sun son ahora como unos Pet Shop Boys que han visto la luz y predican en clave pop. Amor universal, energía planetaria y demás misticismos se dan la mano con sintetizadores, coros de niños y bajos contagiosos. En sus puntos álgidos, el disco emociona y te hace levantar las manos al cielo. Bailar sintiendo, sentir bailando. Diría que ése es su lema, y por mí, bienvenido sea.

«Freedom is within you
Giving makes us feel good
Hello to our people
Say hello to the future»

Conversaciones con David Foster Wallace

«Pero David Foster Wallace no era nihilista», le respondí a un compañero librero hace poco. Él defendía que DFW seguía la línea destroyer de Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis (autores que también me gustan, por cierto). Que en ese humor ácido, acidísimo, como la sangre de Alien, no había nada constructivo.

No era ese el recuerdo que yo tenía. Tampoco me basaba en nada sólido, solo el recuerdo de cuánto me habían acompañado sus libros en la retahíla de trabajos basura que compaginé con mi época de estudiante. Tardé un año en leer La broma infinita, pero cada día que notaba ese mamotreto de 1100 páginas rebotando en la mochila, sabía que al menos no estaría solo entre una llamada y la siguiente.

DFW se suicidó en 2008 y es cierto que en ese momento los libros que ya había leído me parecieron un poco más tristes. Pero entonces llegó El rey pálido, su novela póstuma, y volví a encontrarme con esa voz que aportaba luz a la penumbra. Y este mes llegó Conversaciones, un libro de entrevistas al que le seguía la pista gracias a reseñas en blogs amigos como Deborah Libros y Francesc Bon.

Y David, que ya no está, me habló desde las páginas del libro. Me confirmó que para él la buena literatura tiene que hacerte clic. Que escribir se lo planteaba como un acto generoso, porque quería aportarle algo al lector. Contenido que le diera compañía, respuestas. Luz. Porque la vida ya es lo bastante jodida como para que la ficción ahonde en esa miseria sin más motivo que hablar de lo oscuro.

Que esto lo diga alguien a quien siempre se le elogió la forma de su escritura (grandilocuente y abigarrada y genial), pero no tanto el contenido, me gustó. Porque era justo lo que yo había sentido con sus libros. Con los suyos y con los de muchos escritores que admiro. Al cerrar uno de esos libros que hacen clic, tienes ganas de seguir viviendo, leyendo, aprendiendo.

Conversaciones con David Foster Wallace es un libro para conocer cómo funciona la mente y el corazón de un creador. Seas lector voraz, escritor en ciernes, editor, o un ser humano en la vorágine del mundo, aquí encontrarás frases para enmarcar. Gracias, David. A ti no puedo pedirte «más, por favor», pero después de estas entrevistas, sé que releyéndote encontraré cosas nuevas.

Max Beerbohm : El farsante feliz

«Disfruta siempre de las flores -dijo él-.
Y enséñame a apreciarlas también.»

Max Beerbohm pertenecía al círculo de amigos de Oscar Wilde. Y se nota. El farsante feliz podría salir en las colecciones de cuentos del autor irlandés, junto a El gigante egoísta y El famoso cohete. Me fío del criterio de Acantilado y una vez más aciertan de pleno con una historia que se lee enseguida pero perdura en el recuerdo.

«Un cuento de hadas para hombres cansados», indica el subtítulo, con razón. Para escépticos, para desencantados, para buscadores que no encuentran y no saben por qué. Es una fábula preciosa sobre el poder que tiene el amor para transformarte… si tú te dejas. El inesperado de las máscaras, también. Hábitos y monjes.

Debería llegar a tus manos sin esperarlo. La puerta entreabiertas, los brazos dispuestos a abrazar la sorpresa. Y entonces salta a ti y con él en las manos sonríes porque sí, algo te dice que te va a gustar, lo vas a disfrutar. ¡Gracias, María!

Jose Luis Algar : Planes para después de un resfriado

Algar se considera pesimista. Eso le he leído en varias entrevistas, también lo pone en su web oficial y, como para corroborarlo, ahí están esos globos negros y esa calavera de la portada. Pero el disco empieza con una declaración de intenciones, ese «Será que ya no estoy tan mal» en Cuando Pasa Lo Peor y termina deseándole Lo Mejor a su ex.

En medio, canciones sobre el amor, planes románticos en días de sol y, en la segunda mitad, se nota una toma de conciencia: el pasado sigue ahí. El suyo es un optimismo que no le da la espalda a cualquier muestra de tristeza (que diría Fangoria), lo abraza, lo asimila y crece con él. Solo diciendo adiós uno sigue adelante.

Hace tiempo que gente como Nando de Confesiones tirado en la pista de baile me hablaba de las bondades de Algar. Pero yo, poco fan de las maquetas, no quise escuchar el disco hasta que estuviera terminado. Y hace unas semanas, él mismo me pasó una actuación en el programa Etiquetats de TV3 y me impactó. Qué tablas, el tío. Qué calidez.

Sobre todo, es un disco que sorprende por la cercanía de sus letras. Sencillas, que no simples. Melodías luminosas como Hola Mi Amor (mi favorita), lo cotidiano bien entendido, como en los mejores momentos del pop español. La voz a ratos me recuerda a Ellos; una voz familiar, la de ese amigo que un día descubres que canta y lo hace fenomenal.

Admiro a los artistas que confían en lo que tienen entre manos. Algar creía en su maqueta, así que pagó de su bolsillo la producción de Pau Romero Maestre y, ya con el disco terminado, buscó y encontró una discográfica que apostara por él: Music Bus. Hoy termina este primer viaje. El disco ya está a la venta (en CD o en digital, también puedes escucharlo en Spotify). Le deseo todos los éxitos.