Capital Cities : In a tidal wave of mystery

¿Qué se esconde tras una de las mejores portadas del año? No solo unos cuantos animales ambiciosos, desde una ballena voladora hasta una grulla hecha de estrellas. También uno de los discos del verano. Y un grupo con ganas, muchas ganas de que su público se lo pase bien. Hay palmeras en el espacio.

Ya lo demostraron en su concierto en Razzmatazz, donde incluso la gente que no los conocía alucinaba con la fiesta que traía desde California este grupo. Han subido las revoluciones con respecto al EP de su debut. Tienes las cosas claras y disfrutan más que nunca con canciones que no dudan en hacerte bailar entre trompetas y palmadas y gafas de sol gigantes.
Como adelanto del disco, estrenaron un nuevo vídeo para Safe and Sound. Tan festiva como el primer día, sigue siendo su mejor canción. A los temas ya conocidos, se suman, entre otros, el dueto Chasing You y una sorpresa: Origami. Como una figura de papiroflexia, empieza plana, pero va tomando forma hasta convertirse en un humilde himno, Boney M con xilofóno y vocoder. 
Y este efecto, el de mejorar con las escuchas si le das una oportunidad, lo tiene la segunda parte del disco. Así que paciencia. No hay prisa. Te tumbas en la colchoneta mecida por las olas, disfrutas de la puesta de sol y de tu piña colada mientras las canciones van sucediéndose en el stereo. Para cuando te des cuenta, tú también llevarás una florida camisa hawaiana. Con ellos las cosas se ven de otra manera.

Henning Mankell : Asesinos sin rostro

«Hay un tiempo para vivir y otro para estar muerto.»

Reconforta leer novelas así en los tiempos que corren. Donde capturan a los criminales y los condenan, aunque tarden meses en hacerlo. Parece que es una constante de la novela policíaca sueca, al menos de las que he leído. Como en Los hombres que no amaban a las mujeres, el ritmo de investigación es pausado, se adapta al entorno inhóspito y solo cuando el tiempo mejora, llega la luz. Pero llega, que es lo importante.

Kurt Wallander es un detective peculiar. Aunque ya me lo habían dicho varias veces, no lo he constatado hasta ahora. Es de esos hombres rudos que no dudan en desnudarse ante el lector. Te cuenta sus sueños, dudas, contradicciones. El caso policial sirve de excusa para ahondar bajo la piel de Wallander y de paso conocer las miserias que esconde Suecia.

Acostumbrado a las deducciones de Sherlock Holmes, confié con adelantarme al final. Enseguida elaboré mi teoría. Pero Wallander prefiere guiarse por la intuición. Eso no siempre le lleva a calles con salida; aun así, él no se da por vencido, investiga e investiga, busca resquicios, tira de todos los hilos, y por fin da con lo que buscaba.

En definitiva: Asesinos sin rostro, el primer caso de Kurt Wallander, es una buena lectura para el verano. Para este verano, especialmente, cuando parece que los criminales se salen con la suya y los demás nos quedamos indefensos y a la deriva. La justicia acabará llegando, de una manera u otra. No estará de más recordarlo tumbado en la playa, relajándote en busca de una salida. Entretenimiento con sustancia.

La seguridad y la justicia no significan solamente que se castigue a las personas que hayan cometido crímenes. Igual de importante es que nunca nos demos por vencidos.

Aitor Villafranca : Zodiaco

«Lo importante es que vuelvas a disfrutar de la vida.»

Esta novela es un espejo. Por eso, no me extraña que aparezca un espejo en portada. En apenas 72 páginas, te enfrentas a tus deseos ocultos, obsesiones, decisiones tomadas (o no). Te reconoces en Leo, ese hombre que ya no se reconoce a sí mismo. Y lo ves todo tan claro que te revuelves en la silla.

El gato es de los personajes más importantes de la novela. Tampoco es que haya muchos más. Aitor Villafranca es tan hábil que con pocos ingredientes y un único espacio, construye una novela de tensión creciente. No la puedes soltar, tienes que saber por qué se ha titulado cada capítulo con ese símbolo del Zodiaco y no con otro, qué será de Leo, si descubrirá por qué los vecinos sueltan su nombre al follar, si esa verdad le hará libre.

Como si Kafka y Murakami coincidieran en la cama. Del primero, tiene la atmósfera enfermiza y la carga simbólica. Del segundo, esa realidad urbana con las puertas abiertas a lo extraño. Un cóctel intenso que a Aitor le valió para ganar el premio Narrativas Oblicuas 2011. Como en la vida misma, aunque no siempre sepas verlo, en Zodiaco no falta ninguna página, no sobra ninguna palabra.

 

Si ya con su primera novela ha logrado una obra tan interesante, me intriga lo que pueda deparar este escritor en el futuro. Hasta entonces, habrá que saciar la sed leyendo los relatos que comparte en su blog Todo lo que te conté (cuando ya no estabas). Le deseo todos los éxitos. Y le doy las gracias por demostrar que, con empeño y confianza, se consigue.

Javier Montes : Segunda parte (2)

Conviene releer. Volver de vez en cuando a un libro y permitirle al autor que te coja de la mano en ese segundo viaje. Con la relectura, llega la sorpresa. Nuevos detalles en las páginas, cabos de repente atados. Y sobre todo, el descubrimiento de cuánto has avanzado desde la primera vez. El disfraz de la ingenuidad de quien ahora sabe más.

Eso me ha ocurrido con Segunda parte. Lo leí hace más de dos años; entonces, estaba a punto de irme de una casa sin haber encontrado otro puerto todavía y esta historia me gustó pero también me supo a poco. No encontré las respuestas que buscaba. Porque el libro no va de nuevas oportunidades ni de nuevos principios, sino del purgatorio que les precede.

Javier Montes escribe muy bien. Ya lo supe en 2011, y he vuelto a confirmarlo ahora. Deslumbra la naturalidad de sus frases, tan bien construidas que no parecen construidas. Cómo repite las palabras sin que te des cuenta de que las repite, cómo consigue que entiendas lo que solo ha sugerido, de cada gesto extrae una forma de vida.

Opciones, disyuntivas, decisiones. Javier Montes las analiza con maestría. Ahora he entendido el juego de personajes, lo justificada que está cada escena. Madrid en el cénit del verano le sirve para avisarte de lo que podría llegar a ocurrir si te enredas en la maraña de la melancolía. Las respuestas ya las sabías, por eso no las viste. Solo lo entiendes después, cuando ya has sobrevivido, y desde tu mirador privilegiado, te alegras de haber tomado las decisiones que tomaste. En la primera lectura, se quedó en un deseo difuso, pero ahora sabes que el protagonista también eligió bien.

Pet Shop Boys : Electric

«Turn it on», es lo primero que canta Neil en Electric. Enciéndelo. Una declaración de intenciones, y no será la única. Ya me sorprendió en su día la portada, tan luminosa. Las sosegadas olas de Elysium se transformaban en ondas de energía sobre un fondo blanco, una imagen muy alejada de ese disco 100% dance y nocturno que prometían.

O quizá no tanto. Electric trata sobre volver a sentirse jóvenes. Cuando todo parece nuevo, vibrante, azul sobre blanco. Y se nota que Pet Shop Boys se sienten así en su primer disco con discográfica propia. Para empezar, por primera vez en dos décadas, dejan que las canciones respiren. Tienen todo el tiempo por delante, así que pueden permitirse el lujo de ir añadiendo sonidos durante minutos enteros, alargar cuantas explosiones se le ocurran.

Bolshy crece desde un estribillo juguetón hasta un éxtasis de bongos que desemboca en un placentero «oh!». Y sigue, y sigue, hasta rozar los 6 minutos. Pop desatado. Se acabaron las cadenas del 3:35. Por eso no sorprende tanto que el momento más pop del disco, Love is a bourgeois construct, sea una canción sin estribillo. Eso sí, llena de campanas, versos eruditos y coros obreros a la conquista del Oeste.

Camisetas fueras. Llega Fluorescent, sexy y oscura como ella sola. El bajo retumba insistente desde lo más hondo de la discoteca, donde un chico baila a su aire y el cantante le mira. Ese choque entre la frescura de la juventud y la sabiduría que dan los años es lo que vertebra el disco. Quizá por eso ahora se atreven a incluir canciones así, que antaño habrían sido una excelente cara b de Alternative.

La etérea Inside a dream deja paso a una de las sorpresas del disco, Shouting in the evening. «What a feeling!», exclama Neil, antes de que se lo lleven las percusiones y los sintetizadores más techno que haya grabado Chris jamás. Interludio para luego coger las riendas: hacen suya The last to die de Bruce Springsteen. Revolotea la sombra de The Killers, pero esos la-la-la son tan Pet Shop Boys que emocionan como solo lo hacen los clásicos.

Thursday parece una joya perdida de Actually, hasta la voz de Neil suena a la de entonces. En realidad, es un milagro que ocurre varias veces a lo largo del disco. Stuart Price no solo les ha hecho sonar modernos: como buen fan, evoca los grandes momentos del grupo y los catapulta más allá. Quizá sea su productor perfecto.

Por fin, Vocal sintetiza la idea del disco. El poder de la música para ponerle nombre a las emociones, transmitir justo eso que quieres y además sentirte parte de algo. No es una despedida, sino el recordatorio de que siempre existirá la música. Canciones como ésta, que serán la banda sonora de tu vida. Pulsarás play y te teletransportarán otra vez a la discoteca, cuando no importa más que levantar los brazos y sentirte feliz.

 
And everything about tonight feels right and so young
And anything I’d want to say out loud will be sung
This is my kind of music
They play it all night long