Avicii : True

Todas las canciones de True podrían ser singles. Y es posible que acaben siéndolo, como con el 18 months de Calvin Harris. Avicii se lanza a la piscina con un primer disco que ha tardado más de la cuenta en llegar. Y tan seguro está de sí mismo que ni siquiera recurre a sus primeros éxitos. Es un nuevo inicio. Ya tocaba.

En el fondo, el sueco no inventa nada. Ni falta que le hace. Le basta con llevar a su terreno lo que siempre fue bueno. La música de baile en todas sus vertientes. Voces elegantes que por arte de magia encajan, guitarras country o elementos soul pasados de revoluciones. Tantos estilos y un único hilo conductor: fiesta con sin fin.

El ritmo se mantiene pista tras pista y este chico de 24 años consigue que una y otra vez lo sientas como algo nuevo. Que los bajos palpiten como tus latidos. Que en cada subidón creas ser tú el que asciende hacia un nuevo estado y levantes las manos para rozarlo. La pista de baile es por un momento nuestro paraíso.

Reconozco que True es ese disco que ahora escucharemos a todas horas para animar los últimos estertores del verano, pero que lo olvidaremos enseguida, en cuanto lleguen otros favoritos. Hasta que dentro de unos meses, ya en plena desidia de enero, montemos una fiesta; entonces saltará de la nada una canción con la que bailaremos más animados que con las anteriores y alguien preguntará: «¿Pero qué es esto?». Y será Avicii.

Terenci Moix : Terenci del Nil. Viatge sentimental a Egipte

Se’m fa estrany escriure en català. I això que abans ho feia sempre. Però més estrany se’m faria parlar d’aquest llibre en cap altra llengua. És com Terenci el va escriure i com n’haig de parlar. Perquè no, aquest no és el mateix llibre de viatges que el 1999 va titular com “Terenci del Nilo”, ja a Planeta. Abans d’aquesta erudició egípcia, Terenci va abraçar les mateixes ruïnes amb la passió d’un principiant.

 

1970: després de dos viatges, finançats amb el que havia guanyat amb els seus primers llibres i els premis que li van portar, Terenci es proposa parlar-nos del seu Egipte. Per a ell, la literatura de viatges no pot ser objectiva: necessàriament ha de transmetre l’ànima de qui l’escriu. Així s’entén que reuneixi en 200 pàgines totes les seves cabòries, un Egipte hereu del cinema de Hollywood i dels còmics que llegia de petit, el seu carrer ponent de Barcelona, la construcció del seu propi personatge, les estades a Londres i a Roma, els seus amics, els seus projectes futurs.

Tot es concentra a Egipte, país que ell creia conèixer per tant com n’havia vist a les pel·lícules. Tanmateix el sent com nou en posar els peus damunt la sorra. Nou i acollidor, com una casa nova quan hi vas a viure. I s’hi fa tot un reguitzell de preguntes que fins ara no havia gosat de fer-se. De ciutat en ciutat, de ruïna en ruïna, Terenci viatja a un altre Temps on els faraons creien governar el desert. Ells van desaparèixer, d’alguns no en queden ni els jeroglífics amb el nom, mai no en sabrem la seva historia. Terenci s’hi sent identificat perquè sap que, al capdavall, aspirar a la posteritat no té cap sentit, però precisament perquè no en té, ens hi sentim empesos.

Amb aquesta angoixa, deixa enrere els oasis i recorre el Nil, riu amunt, cap a terres fondes, per tal de trovar-hi un mirall definitiu. Ens permet acompanyar-lo en el periple. Més enllà de l’Esfinx i de les piràmides, fins a l’última duna. En tancar la porta, un recull de poemes. Sempre hi descobreixes coses noves, en Terenci, i aquesta n’és una altra. Tal com passa amb les restes de l’Antic Egipte enmig de la sorra, en aquest llibre hi sobreviu un Terenci com ja no el tornarem a conèixer: encara curiós, jove i rebel, a mig construir.

De cara al nostre alliberament total, el desert, que sempre ha servit per construir pobres metàfores de solitud o d’esterilitat, hauria de servir en la dimensió que veritablement té: lloc d’extrorversió humanista, en la qual pots meditar, córrer sense limitació, fer volar sorra amb les mans, sentir sobre la carn nua el sol que t’escalfa fins a assolir la celestial crema que et fa sentir viu… (Pàgina 96.)

J.D. Salinger : El guardián entre el centeno

Tengo que confesarlo, así de entrada: no había leído este libro hasta hace 2 semanas. Y no lo había hecho porque ese título, a mí me evocaba una especie de fábula moral en la línea de El Alquimista o El caballero de la armadura oxidada, pero ambientada en un mundo tipo Tolkien. Mezcla que me daba bastante pereza, dicho sea de paso. Lo juro, eso me evocaba El guardián entre el centeno. Y nada más alejado de la realidad, claro. Lo descubrí en mis últimos días de vacaciones, cuando necesitaba algo para leer en la playa, y cogí el libro de mi compañero de piso, y volvió a sorprenderme como siempre su contraportada blanca, y al hojearlo vi: «Nueva York». De Tolkien con moralina nada.

Al protagonista del libro se lo ha tachado de rebelde, desubicado, arisco… No me parece nada de eso. Es un chico normal y corriente cuyo único delito, en todo caso, es no aceptar la mediocridad. Y eso, en un mundo como el suyo, donde todos prefieren la facilidad de lo mediocre, le lleva a huir. Qué otra salida le queda. Pues dar vueltas y vueltas hasta encontrar algo que de verdad le motive.

Desde aquí quiero aprovechar para decirle a la gente de las toallas de alrededor que no, no estaba loco ese chico que se carcajeaba con un libro en la mano. Era yo, empatizando con el protagonista y su peculiar versión del mundo. Menuda travesía pasa el pobre en el Nueva York de los años 40 pero que podría ser el de hoy día. De plena actualidad me ha parecido, sí, el libro. El consuelo es que el mundo no empeora, sigue en las mismas que hace 70 años. Pero a los que no se conforman, tampoco les queda otra solución que la de Holden: seguir buscando.

«Hay quien no sabe lo que le interesa
hasta que empieza a hablar de algo que le aburre.»

Paul Auster : El Palacio de la Luna

«Hay libros que hablan y ciudades que viajan», dice el protagonista en cierto momento. Este libro es de los que hablan. De los que no estás leyendo, sino escuchando, cada frase una de las olas que llegan a la playa y la refrescan y se llevan consigo las piedras, despejando así la arena alrededor de tu toalla. Ahora lo ves todo más claro.

«El único lugar en donde existes es en tu cabeza», le advierten al protagonista hacia el final. Él ya lo ha descubierto. Ha pasado por varios procesos de destrucción donde al final solo podía contar con él mismo, con la imagen de sí mismo que conserva. Esa imagen le sirve como brújula cuando por fin el viento cambia.

Destrucción como único método de volver a reconstruirse. Como esos templos japoneses que derriban cada 50 años y vuelven a levantarlos tal cual, para que siempre sean fuertes. Quizá somos así, piensas perplejo, antes de adentrarte de nuevo en este cruce de historias de hombres que salieron fortalecidos cada vez que lo habían dado todo por perdido.

Y ojalá fuera tan fácil como beber agua en el desierto o cambiarte el nombre. Ojalá al final todas las piezas encajasen y todas las conexiones tuvieran sentido. Lees en busca de respuestas y la única que llega es la que ya sabías: que hay que caminar mucho para atravesar el desierto. De una punta otra, hasta el mar. Creías ya estar ante él pero resulta que hay otro mar en el extremo opuesto. Allí la luna brilla. Un primer paso, el primero de muchos. Tendrás que desgastar las suelas.

«Iba descubriendo que era capaz de ir muy lejos,
mucho más lejos de lo que había creído posible.»

David Nicholls : Siempre el mismo día

Leer un libro después de haber visto la película es extraño. Más extraño que volver a un libro que ya habías leído. La historia es la misma, pero ahora no solo conoces las caras que se esconden tras las palabras, también las voces. He leído las frases de Emma con la voz de la dobladora de Anne Hathaway. Era como ver los vídeos de las vacaciones de dos amigos después de que ya me las hubieran contado. Me desconcertaba cada cambio, entre lo que yo recordaba (de la película) y lo que ocurría de verdad (en el libro)

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Pero me ha gustado el viaje. El libro me lo podía llevar a cualquier parte. A la playa, sobre todo. Y me gustaba notar el gramaje de las páginas, su textura bajo el sol, que cada día se amarillearan un poco más y que al sacar el libro de la bolsa, ya en casa, sus esquinas siempre hubieran cogido un poco de humedad de la toalla. El desgaste del tiempo, el mismo por el que pasan Emma y Dexter.

Esta amistad a través de los años ha vuelto a golpearme. En el cine porque entonces la sentía cercana y en la toalla porque ahora venía desde otra galaxia. De una realidad alternativa. Y qué tonto te ves desde lejos. Qué tonta es Emma pero cómo la entiendes. Al terminar, me sequé y volví andando por otras calles que aún no había visto.

«-No, en serio, ¿qué pasó?
-Que te conocí. Tú me curaste de ti.»