St. Lucia : When The Night

Lo han logrado. Después de varios EPs y mucho batallar, este grupo de neoyorkinos sacan su primer disco. Lo hacen, además, sin renunciar a su esencia. Tan frescos como en aquel lejano We Got It Wrong con que los descubrí. Once temas que te abrazan enseguida. Como esas personas que en cuanto las ves, ya sabes que formarán parte de tu vida.

When The Night es el mejor disco para estrenar el verdadero otoño. Aunque tiene el sabor inconfundible del mar en verano, podrás escucharlo cuando quieras. Decir que cada tema te transporta a una isla del Caribe no es una exageración teniendo en cuenta que han elegido una de ellas como nombre del grupo.

Los chicos de St. Lucia crean de la nada ambientes playeros, como si fueran una especie de Friendly Fires en plenas vacaciones. Tan pronto te hacen cerrar los ojos al ritmo de un ensoñador oleaje como te descubres saltando con ellos por el exceso de mojitos. Patadas en la arena y buena música a través del radiocasete. Porque sí, no sé qué filtros le han aplicado pero su música suena a cinta antigua. Por suerte, hay pilas suficientes para que la fiesta dure toda la noche.

Sospecho que siempre acabo recomendando el mismo tipo de música. Himnos. Pero no de estadio. Himnos íntimos, para darte caña a través de los auriculares y, con ellos de banda sonora, atravesar la ciudad día tras día. Tumblr en forma de canciones, vaya. Pero es que la vida ya es bastante gris a veces como para no escuchar música que le dé color. Me gustaría ser capaz de escribir así, lo confieso.

Elevate sirve de ejemplo. Empieza tropical, luego tiene un estribillo en falsete que te atrapa por lo sincero y todo desemboca en unos deliciosos coros finales que repiten y repiten lo mismo a modo de mantra. Para que te lo creas de una vez. Puedes volar. Solo tienes que ponerte las pilas.

 
You know that I want to get away
And I cannot wait for another day
You know that I want to elevate
Time to pick it up and celebrate

Haruki Murakami : Los años de peregrinación del chico sin color

Los personajes de Murakami son metódicos. Cocinan fideos, hacen la colada, salen a pasear por la ciudad vacía. Cumplen un horario. Solo a veces se preguntan si están haciendo lo correcto o si pueden pintar en los márgenes. Como ellos, el propio Murakami tiene su método. Sabe qué ingredientes debe mezclar para ofrecer a sus lectores el libro que esperan. Casi siempre le funciona, pero la intensidad varía. Pasa como en la cocina: aunque repitas la receta, los sabores sorprenden vez tras vez.

Y a veces, el escritor decide dar un paso más allá. Ahí es cuando me conquista. Lo ha hecho en Los años de peregrinación del chico sin color. En Japón, la crítica le acusaba de ir en regresión, así que el hombre se propuso superarse. Aunque no ha llegado a las cotas de genialidad de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, su nuevo libro vuelve a mezclar con éxito personajes solitarios, pasados traumáticos que el protagonista no conoce del todo, el mundo de los sueños invadiendo el nuestro.

Pero estamos en 2013 y Murakami lo sabe. En la historia aparecen Facebook, Twitter, Google Maps… Hasta se atreve a incluir chistes privados sobre el Premio Nobel. Y me imagino que la escena de sexo gay explícito habrá chocado en la sociedad japonesa, si me ha impactado incluso a mí, que no se me van a caer los anillos ahora.

Todo esto no es más que el decorado, por supuesto. Lo importante es la historia. Te agarra fuerte desde la desolación de un chico sin color que piensa en la muerte hasta un adulto que acepta todo el espectro de sensaciones que le traerá la vida. En este viaje hay muchas estaciones y en todas ellas se detienen los trenes. Para que mires por la ventana a esas vidas que podrían ser la tuya. Las decisiones tomadas y las sorpresas. ¿Qué haríamos sin ellas?

Gravity

Salí temblando del cine. Temblando y casi llorando. Entendiendo, también, y por fin, por qué me había costado tanto llegar a ver la película. Y es que no encontré entrada hasta el tercer cine. El primero tenía las sesiones agotadas y en el segundo había una cola kilométrica. A veces, las expectativas están justificadas. Con Gravity sí, desde luego.

No sé qué esperaba encontrarme. Otra joya de ciencia-ficción como Hijos de los hombres, supongo. Pero no hay ni rastro de ciencia-ficción en Gravity. Aquí el espacio es un elemento cotidiano, el día a día de unos astronautas que aún así siguen maravillándose de las vistas que pueden contemplar. Y tú te maravillas con ellos, porque la película está hecha para que las imágenes te superen, engrandecidas en la pantalla, envolviéndote. Técnica y buen gusto: combo perfecto.

Pero el espectáculo visual y la minuciosa recreación de las estaciones espaciales son solo el telón de fondo. Dicen que esta película pincha en su historia. No puedo estar de acuerdo. La historia es sencilla, sí, pero es la historia más importante. La de una mujer que lucha por su vida. Alguien que sigue adelante aunque no le queden fuerzas, ni aire, ni ganas, ni motivos para hacerlo. «No me rendiré», dice a media película. Y no lo hace a pesar del cúmulo de obstáculos, desastres, accidentes a los que tiene que enfrentarse. Ella sigue y sigue. Pase lo que pase, habrá merecido la pena llegar hasta aquí.

Paul Pen : El brillo de las luciérnagas

Este libro es como un cuento de hadas. Pero uno de los de antes, esos terribles y sin medias tintas, donde al lobo de Caperucita lo tiraban al río tras rellenarle la tripa de piedras, para que así se ahogara. Sí, El brillo de las luciérnagas es un cuento de hadas sobre la aventura de hacerse mayor. O sobre salir del armario, o independizarse. Ese momento en que abre los ojos y tiendes tus deditos hacia nuevas puertas. Las mentiras de siempre ya no te sirven.

Lo lees con una mano tapándote la boca. Tan pronto da miedo, un miedo visceral, como te emociona. A ratos me ha recordado al mejor Stephen King, el de novelas como Misery o El juego de Gerald, donde el maestro del terror apenas necesitaba un puñado de personajes para mantenerte atrapado hasta el final de la historia.

Una atmósfera igual de claustrofóbica construye aquí Paul Pen. Antes de la página 100 ya quieres salir del sótano donde vive este niño. Un niño curioso y muy imaginativo, como todos los niños, pero que tanto te recuerda a ti. Cuando fabricabas historias en tu mente para creerte en un mundo mejor o más amplio, al menos. Los muñecos hablaban y la soledad dolía menos.

Con 10 u 11 años, yo devoraba libros de terror en la segunda cama del dormitorio de mi abuela. Dormía con ella los fines de semana. A ella le encantaban las historias truculentas. Me hablaba de Jack del Destripador, ponía programas de crímenes reales… y todo eso me calmaba porque mi mundo parecía entonces menos terrible. Eso sí, qué miedo pasaba con los libros. Era el invitado de un mundo que no controlaba.

Pensaba que eso ya lo había superado, que ningún libro volvería a asustarme. Pero he vuelto a sentir pánico con El brillo de los luciérnagas. He recordado lo peor de que es capaz el ser humano. También lo mejor, porque como dice el protagonista:

«No existe criatura más fascinante
que aquella que es capaz de crear luz por sí misma.»


Quizá no seamos luciérnagas, pero tenemos nuestros propios faros y sabemos encenderlos cuando hace falta. Vamos allá.

José Confuso : Andrés

Si fuera una canción, Andrés sonaría como Quiero vivir en la ciudad de Mecano. Tendría la misma ingenuidad del protagonista, esas ganas de cambiar de vida a cualquier precio. El paso del pueblo a la ciudad, con todo lo que conlleva cuando eres joven y gay y quieres comerte el mundo y lo que no es el mundo. Habrá obstáculos pero los vencerás. Piensas.

A diferencia de quienes lo intentaron antes que él, Andrés se enfrentará a una ciudad donde las redes sociales lo son todo. Ahora el filtro de Instagram determina tu nivel de felicidad, tu timeline de Twitter los contactos que has alcanzado, los me gusta de Facebook marcan el buen camino. Y por si fuera poco, Whatsapp trae los celos y exacerba las dudas. Toda esta odisea a través de Madrid y su entramado de hombres la narra un relato con bien de sexo y de dudas que todos hemos tenido.

Lo de relato es un decir. Porque, como ese bonus track de Mecano, el debut literario de El Hombre Confuso, tiene también la duración exacta. Casi es una novela corta. Dura lo que tiene que durar. Como cada etapa de tu vida, ni más ni menos. Aunque a él ya le adoraba por su personalísimo blog, donde tan pronto te habla de actrices de hace 40 años como del último escándalo sexual, ahora lo adoro más. Es capaz de contarte una historia con todos los ingredientes que esperarías de él, y no solo sale airoso sino que te deja con ganas de más.

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