Así de caprichoso es el azar. Cuando estás atrapado, solo un error podría liberarte. Atrapado embutiéndote en el metro para ir y volver del trabajo, cocinando día tras día para tu marido, observando el giro incesante del ventilador del techo como único pasatiempo. Atrapado en una vida que no te gusta pero es la tuya.
La liberación: el olor del pollo tandoori al brotar de una fiambrera metálica, las palabras de alguien que por fin te comprende. Un desconocido, porque en The lunchbox hay dos desconocidos deseando conocerse. Deseando o necesitando: viene a ser lo mismo. Un error de logística los une y de golpe vuelven a sentirse humanos en medio de una ciudad abarrotada de gente.
Continúan los gestos mundanos: el cigarrillo en el balcón antes de dormir, tocar la ropa tendida para saber si sigue húmeda. Pero ahora con una sonrisa. Como si supieran que al sonreír en medio del tráfico y los compromisos familiares y el papeleo y los matrimonios que se derrumban, llegarán antes a su destino, sea cual sea.
Parece que las mejores cosas ocurren cuando no esperas nada o esperas otra cosa. Como esta película. Fui a verla como contrapunto de las que vi la semana pasada. Estaba casi solo en cine. Se apagaron las luces antes de tiempo y durante hora y media pude compartir olores, colores, dolores. Salí maravillado. El placer fugaz del cine y la buena comida, de los romances.









