Se puede vivir sin música. Os lo confirmo yo, que estuve un par de semanas sin escuchar ninguna canción porque todas se sentían como baldosas temblequeantes de un suelo que se derrumba. Quizá sería más apropiado decir que se puede sobrevivir sin música. Porque, desde luego, como se vive mejor es rodeado de canciones. Sin música, es imposible disfrutar del mero hecho de estar viviendo.
La tienda parece más llena con su hilo musical de fondo («mejor algo suave en plan The Corrs, Elton John o Enya, no te pases», me digo siempre cuando empieza a sonar «One» de los Swedish House Mafia), mi habitación es más acogedora si puedo dejarme la voz acompañando los berridos de Marilyn Manson o Céline Dion, las calles las recorro más a gusto con unos auriculares cantándome al oído.
Barcelona parece más viva, el plató de un vídeoclip en el que yo soy el único protagonista. Subo las escaleras mecánicas del metro al ritmo de «Get Outta My Way» de Kylie, me dejo perder en la noche con «Wonderful Life» de Hurts. El mar sabe a Coldplay, las Ramblas huelen quizá a Pastora. Plaza España, por supuesto, sólo es de Freddie Mercury y Montserrat Caballé desmelenándose con la elegancia de «Barcelona». LCD Soundsystem me hacen llegar puntual, «Sexy Bitch» también; el subidón de «Hombres» de Fangoria me lo reservo para cuando bajo del autobús y me golpea el aire frío de Gran Vía, mientras que «No sé qué me das» podría escucharla en cualquier rincón, como el viento cuando cruza la ciudad, mi ciudad. «Die Another Day» es para esos días en los que me gustaría caminar y caminar, sin parar, hasta agotarme. Y cuando hace mucho sol y sólo me apetece sonreír, nada mejor que «Beautiful Life»: la de Ace of Base o la de Jose Galisteo, da igual, ambas me dan el chute de vitalidad que necesito. Porque sí, la vida es bonita. Siempre.

Y nunca me acostumbraré a escuchar Mecano por Barcelona (son -suenan- tan madrileños), pero «La fuerza del destino», además de la mejor canción en castellano de la historia, es el acompañante ideal para esos paseos en los que no vas a ninguna parte, sólo en busca de tu futuro. Y escucharla el pasado fin de semana en Madrid, por fin, en sus calles y en sus plazas y en su metro, fue la hostia: me aferraba a cada nota con una fuerza nueva. «Nos vimos tres o cuatro veces por toda la ciudad…» En la ducha tarareo horteradas como «Addicted to you» de Shakira, porque a David Bowie me lo reservo para ocasiones especiales (para escribir, por ejemplo; me encanta escribir con su voz única de fondo: muy suave, pero creando atmósfera). Se folla bien con «I’m A Man» de Black Strobe, pero algún día me gustaría hacer el amor con «The First Time Ever I Saw Your Face» y fundirme en otros brazos, como en una película. Y nadie cura las heridas como Whitney Houston; «I Didn’t Know My Own Strength» hace maravillas. «Happy Ending» de Mika no cura, pero consuela, que ya es mucho.
A veces, un olor o una acción los asocio con canciones. Me acuerdo de los domingos que me bañaba en Sitges escuchando «For Your Own Good» de Pet Shop Boys o, cuando era mucho más pequeño, la banda sonora de «Sonrisas y lágrimas» en un cassette desgastado en el que Julie Andrews ya no sonaba exactamente como Julie Andrews. Son melodías que me transportan al agua tibia y al jabón de entonces. Los desayunos me recuerdan a Aqua, a cuando desayunaba cada día (no como ahora, que casi nunca lo hago, sólo de viaje o en casas ajenas) antes de ir al instituto y sus canciones me acompañaban.
Y pasear una vez al año por la calle del Pecado de Sitges (Dos de Mayo para quien se guíe por lo que pone en las placas) es volver a los tiempos de «Oye» del disco Gloria!. Ir a Arena es pensar en Mónica Naranjo, claro, aunque ya casi nunca la pongan porque los años no pasan en balde y ni las discotecas ni yo somos esos adolescentes que bailaban en non-stop «Desátame», «Las campanas del amor», «Entender el amor» y algún remix de «Sobreviviré». Ahora toca petardear con Lady Gaga y Katy Perry y Rihanna y Cheryl Cole y David Guetta (y yo encantado). Si pienso en mi boda, pienso que entraré al ritmo de la intro de «Left To My Own Devices», pero en mi funeral quiero que me despidáis con, entre otras, el cover de «Run» de Leona Lewis. «And we’ll run for our lifes…» Las acrobacias vocales de la despedida.

Muchos ex no lo saben, pero más que el recuerdo de sus besos o un corazón roto, me dejaron de herencia algunos de mis grupos y cantantes favoritos. Me aficioné a Madonna, Marilyn Manson, Pet Shop Boys o Roxette porque, durante aquellos abandonos, me gustaba machacarme con la música que escucharía el otro, como si aquello me acercase a él y casi pudiera acariciarlo cantando «The Power of Good-Bye» o «Wish I Could Fly». Pero sucedía todo lo contrario: acostumbrándome a esos discos y canciones, empezando a coleccionar la música del cantante o del grupo, sentía que la ruptura quedaba lejos y el futuro se acercaba un poquito más. Seguía adelante, vaya.
Tengo una canción para cada persona que forma o formó parte de mi vida. Amigos, ex novios, rolletes más o menos serios, antiguos compañeros de clase o de trabajo, familia… Todos tienen su propia canción, escucharla me recuerda a ellos, y siempre es una sensación bonita saber que cierta canción me recuerda a alguien, aunque ese alguien esté en otra parte, recorriendo otros caminos que la vida le ha tendido. Algunos ya la saben, otros supongo que se la imaginarán, muchos no tendrán ni idea. Y algún día espero poder decirte a ti cuál es tu canción.