Sun melting the fake smile away

Desde luego, no es lo mismo querer estar bien que estar bien. No es lo mismo forzar una sonrisa que sonreír. Beber un batido que disfrutarlo.

Al salir de una mala época, necesitas contrarrestarla con fiesta y felicidad. Te colocas una máscara y sales más, quedas con amigos, te obligas a reír a carcajadas, conoces gente, saltas, cantas, decides redescubrir rincones de tu ciudad, vas a conciertos a los que no habrías ido, haces mil y un planes, seleccionas canciones vitalistas en el iPod y dices que eres feliz. Tus estados de Facebook parecen eslógans de un anuncio de compresas. Y como es lógico, todos se alegran de verte bien otra vez. Ya tocaba.

No deja de ser una euforia artificial, pero también es el preludio a ese maravilloso día en el que, por fin, la sonrisa se cuelga sola de tu cara, sin que tengas que invitarla ni darle permiso. Te miras al espejo y tardas un segundo en reconocerte. Habías olvidado esa expresión, ese brillo en los ojos. Y te gusta, y la gente nota ese cambio, y te gusta que lo noten. De vuelta a la casilla 1, feliz de poder tirar los dados porque tienes la certeza absoluta de que te saldrá un doble 6. No puede ser de otra manera.
Curiosamente, llevo así desde hace un par de semanas, pero lo cierto es que no fui consciente hasta que ayer, tras una agradable cena con unos amigos y en medio de una fiesta de SingStar y Just Dance, recibí un mensaje que me hizo sonreír. Sin dificultad, con la naturalidad de antaño: mis labios recordaron cómo se dibuja una sonrisa, y la dibujaron, y me sentí muy bien. El mensaje no decía nada especialmente emotivo, sólo hablaba de Jurassic Park. Pero lo que no consigan los dinosaurios…
But me, I’m feeling pretty good as of now

I’m not so sure when I got here or how

Sun melting the fake smile away

I think, you know, I’ll be okay

When you know the notes to sing, you can sing most anything

Se puede vivir sin música. Os lo confirmo yo, que estuve un par de semanas sin escuchar ninguna canción porque todas se sentían como baldosas temblequeantes de un suelo que se derrumba. Quizá sería más apropiado decir que se puede sobrevivir sin música. Porque, desde luego, como se vive mejor es rodeado de canciones. Sin música, es imposible disfrutar del mero hecho de estar viviendo.

La tienda parece más llena con su hilo musical de fondo («mejor algo suave en plan The Corrs, Elton John o Enya, no te pases», me digo siempre cuando empieza a sonar «One» de los Swedish House Mafia), mi habitación es más acogedora si puedo dejarme la voz acompañando los berridos de Marilyn Manson o Céline Dion, las calles las recorro más a gusto con unos auriculares cantándome al oído.

Barcelona parece más viva, el plató de un vídeoclip en el que yo soy el único protagonista. Subo las escaleras mecánicas del metro al ritmo de «Get Outta My Way» de Kylie, me dejo perder en la noche con «Wonderful Life» de Hurts. El mar sabe a Coldplay, las Ramblas huelen quizá a Pastora. Plaza España, por supuesto, sólo es de Freddie Mercury y Montserrat Caballé desmelenándose con la elegancia de «Barcelona». LCD Soundsystem me hacen llegar puntual, «Sexy Bitch» también; el subidón de «Hombres» de Fangoria me lo reservo para cuando bajo del autobús y me golpea el aire frío de Gran Vía, mientras que «No sé qué me das» podría escucharla en cualquier rincón, como el viento cuando cruza la ciudad, mi ciudad. «Die Another Day» es para esos días en los que me gustaría caminar y caminar, sin parar, hasta agotarme. Y cuando hace mucho sol y sólo me apetece sonreír, nada mejor que «Beautiful Life»: la de Ace of Base o la de Jose Galisteo, da igual, ambas me dan el chute de vitalidad que necesito. Porque sí, la vida es bonita. Siempre.

Y nunca me acostumbraré a escuchar Mecano por Barcelona (son -suenan- tan madrileños), pero «La fuerza del destino», además de la mejor canción en castellano de la historia, es el acompañante ideal para esos paseos en los que no vas a ninguna parte, sólo en busca de tu futuro. Y escucharla el pasado fin de semana en Madrid, por fin, en sus calles y en sus plazas y en su metro, fue la hostia: me aferraba a cada nota con una fuerza nueva. «Nos vimos tres o cuatro veces por toda la ciudad…» En la ducha tarareo horteradas como «Addicted to you» de Shakira, porque a David Bowie me lo reservo para ocasiones especiales (para escribir, por ejemplo; me encanta escribir con su voz única de fondo: muy suave, pero creando atmósfera). Se folla bien con «I’m A Man» de Black Strobe, pero algún día me gustaría hacer el amor con «The First Time Ever I Saw Your Face» y fundirme en otros brazos, como en una película. Y nadie cura las heridas como Whitney Houston; «I Didn’t Know My Own Strength» hace maravillas. «Happy Ending» de Mika no cura, pero consuela, que ya es mucho.

A veces, un olor o una acción los asocio con canciones. Me acuerdo de los domingos que me bañaba en Sitges escuchando «For Your Own Good» de Pet Shop Boys o, cuando era mucho más pequeño, la banda sonora de «Sonrisas y lágrimas» en un cassette desgastado en el que Julie Andrews ya no sonaba exactamente como Julie Andrews. Son melodías que me transportan al agua tibia y al jabón de entonces. Los desayunos me recuerdan a Aqua, a cuando desayunaba cada día (no como ahora, que casi nunca lo hago, sólo de viaje o en casas ajenas) antes de ir al instituto y sus canciones me acompañaban.

Y pasear una vez al año por la calle del Pecado de Sitges (Dos de Mayo para quien se guíe por lo que pone en las placas) es volver a los tiempos de «Oye» del disco Gloria!. Ir a Arena es pensar en Mónica Naranjo, claro, aunque ya casi nunca la pongan porque los años no pasan en balde y ni las discotecas ni yo somos esos adolescentes que bailaban en non-stop «Desátame», «Las campanas del amor», «Entender el amor» y algún remix de «Sobreviviré». Ahora toca petardear con Lady Gaga y Katy Perry y Rihanna y Cheryl Cole y David Guetta (y yo encantado). Si pienso en mi boda, pienso que entraré al ritmo de la intro de «Left To My Own Devices», pero en mi funeral quiero que me despidáis con, entre otras, el cover de «Run» de Leona Lewis. «And we’ll run for our lifes…» Las acrobacias vocales de la despedida.

Muchos ex no lo saben, pero más que el recuerdo de sus besos o un corazón roto, me dejaron de herencia algunos de mis grupos y cantantes favoritos. Me aficioné a Madonna, Marilyn Manson, Pet Shop Boys o Roxette porque, durante aquellos abandonos, me gustaba machacarme con la música que escucharía el otro, como si aquello me acercase a él y casi pudiera acariciarlo cantando «The Power of Good-Bye» o «Wish I Could Fly». Pero sucedía todo lo contrario: acostumbrándome a esos discos y canciones, empezando a coleccionar la música del cantante o del grupo, sentía que la ruptura quedaba lejos y el futuro se acercaba un poquito más. Seguía adelante, vaya.

Tengo una canción para cada persona que forma o formó parte de mi vida. Amigos, ex novios, rolletes más o menos serios, antiguos compañeros de clase o de trabajo, familia… Todos tienen su propia canción, escucharla me recuerda a ellos, y siempre es una sensación bonita saber que cierta canción me recuerda a alguien, aunque ese alguien esté en otra parte, recorriendo otros caminos que la vida le ha tendido. Algunos ya la saben, otros supongo que se la imaginarán, muchos no tendrán ni idea. Y algún día espero poder decirte a ti cuál es tu canción.

Unlocking the door, embracing the rollercoaster world

Hasta no hace tanto, odiaba las sorpresas, los imprevistos. Detestaba, por ejemplo, quedar con alguien y que de repente ese alguien se presentase también con otra persona. Detestaba los cambios de hora repentinos, que ya no quedasen entradas para la película que quería ver, los clientes que entran a última hora justo el día que tengo que salir un poco antes, pedir un regalo concreto y que me regalen otra cosa. Y detestaba muy especialmente la incertidumbre, porque la incertidumbre conlleva un sinfín de cosas inesperadas.

En esta época de cambios, voy aprendiendo a disfrutar de las sorpresas que se cruzan en mi camino. No encontrar lo que buscabas sino algo distinto no es malo, al contrario. Es positivo. A veces hay que tomar otras rutas para llegar a un lugar mucho mejor. Me gusta, por ejemplo, sumergirme en las páginas de un libro de un autor que no conozco pero que vi de casualidad reseñado en una revista mientras buscaba información sobre otros libros, otros géneros. Y que ese libro comprado por impulso sea justo el libro que necesitaba leer ahora.

Me gusta buscar en Spotify cierta canción, cierto disco, y dar con algo mejor. Me gusta que por culpa de un retraso y un despiste, acabe cenando inesperadamente con un amigo al que puedo conocer mejor, hablar a solas, y hablar de nuestras cosas y nuestros problemas, y relajarme: cómo lo necesitaba. Me gusta que el modo aleatorio de los reproductores de música siempre acierte conmigo, que se compinche con mi estado mental. Me gusta ir al cine con un amigo, con la idea de ver alguna de las películas que hemos hablado, y que el instinto o el destino o las estrategias de quienes planifican las carteleras se confabulen para que veamos otra distinta de la que por no saber no habíamos visto ni el tráiler. Y que la película transmita tanto que al acabar salimos con una sonrisa y un peso extraño en el estómago.

Me gusta descubrir que contra todo pronóstico la cerveza japonesa no me echa para atrás, que sabe mejor que cualquier otra. Me gusta que esa tetería recordada por Jose sea ahora una coctelería acogedora donde sirven los mejores mojitos de fresa del mundo. Me gusta que el amigo de un amigo acabe siendo un antiguo rollete con el que se perdió el contacto y que lejos de incomodarnos ante este reencuentro súbito, podamos hablar y comprobar que la vida nos llevó por caminos distintos pero nos ha tratado bien, que todo tuvo que ser así. Me gusta que un paseo por el Retiro truncado por un domingo lluvioso acabe en una agradable tarde con amigos compartiendo un capítulo de Glee que no me atrevía a ver solo. Me gusta que el distribuidor se equivoque con las camisetas que teníamos que recibir en la tienda y así llegue una de mi adorado Domo-Kun, y quedármela.

Ahora me gusta la incertidumbre, vivir la vida sin darle más vueltas, que las prisas se conviertan en algo cocinado a fuego lento, con mimo para que no se corte la mezcla; y disfrutar de ese misterio, ese no saber todavía qué sabor tendrá, pero sospechando que uno muy bueno. Ahora me gusta mojarme cuando de repente llueven cuatro gotas: es catárquico.

En la vida nada ocurre porque sí. Los imprevistos no son más que nuevas baldosas amarillas de un camino que te lleva a ese futuro que es el tuyo, sólo el tuyo. Las sorpresas hay que abrazarlas tal cual vienen, aprovechar la oportunidad que nos brindan de mejorar con ellas (gracias a ellas) nuestro día a día.

How about remembering your divinity

Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo.

(Oscar Wilde, De Profundis)

Estos días estoy releyendo De Profundis, de Oscar Wilde, la carta que el escritor envió desde la cárcel a su antiguo amigo/amante y en la que examinaba con una sinceridad aplastante todo lo que había sacrificado, todos los errores que había cometido, y lo que estaba aprendiendo gracias al dolor del presidio. No haré una crítica, porque es un libro que hay que leer. Por su sinceridad, es absolutamente revelador. Es uno de esos raros libros en los que subrayarías cada frase, cada página entera, con un marcador fluorescente muy intenso que te recuerde esas palabras. Espero que las dos citas con las que abro y cierro la entrada de hoy os animen a leerlo.

Vivimos en un mundo perverso donde demasiados libros, películas y canciones destrozan la propia idea del amor. Nos inculcan que por amor merece la pena arrastrarse, que el amor exige sacrificios y tiene que sentirse como mil puñaladas, que todo se puede o incluso se debe aguantar y perdonar por amor. Que estar solo es casi peor que estar muerto porque por nosotros mismos no valemos nada: lo único bueno que tenemos es gracias al amor de otra persona. Que después de una separación el olvido es imposible, las heridas siempre sangrarán. Que es lógico que esa necesidad de amar nos lance una y otra vez a los brazos de alguien que sólo nos hacía llorar. Que el amor es difícil y por tanto cualquier sufrimiento conocido es preferible a la posibilidad de ser simplemente feliz con alguien nuevo. Pero es mentira.

El amor de verdad no duele, no es una jaula, ni siquiera una jaula forrada de terciopelo. Quien bien te quiere, nunca te hará llorar; si acaso, te hará llorar de felicidad, pero llorará contigo. Jamás te obligará a luchar ni humillarte por él, ni siquiera te propondrá sacrificios en su propio beneficio. Quien bien te quiere, sin decir nada, te tenderá la mano para que, con tranquilidad, piedra a piedra, construyáis juntos un refugio para el invierno. Y al terminarlo, entraréis y os diréis el uno al otro «Gracias» compartiendo una sonrisa en los labios.

Es triste que para comprenderlo tengas que llegar al punto de sacrificar, pisotear tu propia idea de amor intentando aferrarte a ese sentimiento, hasta que descubres que no estabas luchando por amor, estabas traicionando aquello en lo que creías. Oscar Wilde tuvo incluso que ir a la cárcel, perder su prestigio y todo aquello que le gustaba (su casa, sus libros, su familia, sus amigos) para darse cuenta. Pero más allá del desierto siempre aguarda un oasis. Pasas de desgañitarte con «Without You» a dar palmas con «Beautiful Life». De «I Have Nothing» a «Firework». Te vuelves a valorar a ti mismo con la certeza de que descubrirás junto a ti a alguien que sabrá apreciarte como siempre mereciste. La vida es bonita y el amor también. Ni más, ni menos.

Hace unas seis semanas el médico me autorizó a comer pan blanco en vez del pan basto, negro o moreno del rancho normal de la cárcel. Es una gran exquisitez. A ti te resultará extraño que un pan seco pueda ser una exquisitez para nadie. Yo te aseguro que para mí lo es tanto que al terminar cada comida me como cuidadosamente las migas que puedan quedar en mi plato de lata, o hayan caído sobre la toalla áspera que se usa como mantel para no manchar la mesa; y no por hambre -ahora me dan de comer bastante y más-, sino simplemente por que no se desperdicie nada de lo que me dan. Así habría que mirar el amor.

(Oscar Wilde, De Profundis)