Cosas increíbles de enseñar

Conviene aprender de la gente que te rodea. Es fácil creer que ya lo sabemos todo, que estamos de vuelta de todo, que no vamos a madurar más (que ya somos muy maduros), pero en realidad nos pasamos la vida entera aprendiendo, y todo el mundo tiene como mínimo mil lecciones que enseñarnos. Llevo varios meses de evolución pero disfruto especialmente de esas lecciones de los demás, de mis amigos. De sus aciertos, claro, pero también de sus errores: hacen que me dé cuenta de los míos, que no son pocos. Y quizá mis amigos no saben que aprendo tanto de ellos porque me gusta observar en silencio.

He aprendido, por ejemplo, a dejar fluir. Que una ciudad es pequeña pero el universo es enorme. El inmenso poder de una metamorfosis para sentirse bien con uno mismo. El valor de buscar un sitio hasta que des con uno que sientas realmente tuyo. Luchar por tus ideales. No olvidar que los opuestos, los diferentes, más que no encajar se complementan. Apreciar una buena banda sonora, dentro y fuera de la película. La importancia de ser optimista. Liberarse sexualmente y disfrutarlo. La constancia. La paciencia, también. Enlazar ritmos laborales faraónicos para tener la vida que te gusta. Atreverse a ser uno mismo, sin preocuparse de los demás. Lo bonito que es dejar que una relación crezca poco a poco, sin ponerle nombres ni etiquetas. Ser capaz de tomar decisiones difíciles: las más difíciles son las más necesarias. Recordar que lo primero siempre debe ser uno mismo, estar bien tú: solucionado eso, ya podrás cuidar de los demás tal como se merecen.

He conocido nuevas canciones que necesitaba escuchar. Y nuevas películas que necesitaba ver. He aprendido que hay que ser espontáneo, si te apetece serlo. Tratar bien a quienes te rodean. Recoges lo que siembras, ni más ni menos. Vagar por el mundo, sin ataduras ni preocupaciones, con la confianza absoluta de que el camino te llevará a la vida que ansiabas. Comer bien y cuidarte el cuerpo para que tu alma se sienta mejor. Cómo llevar y cómo no llevar una rutpura. El sabor (y el placer) de una buena cerveza. Confiar en tu talento. Luchar por tu talento. La futilidad de los puñales y los dardos envenenados. Lo fácil que resulta hacer una grulla de origami. Dejar claro tu lugar en el trabajo. No obsesionarse. A menudo no consigues lo que quieres, pero sí lo que necesitas. La importancia del respeto. Dejarse querer. Dar gracias por todo el cariño que recibes. Sonreír cada mañana.  No tener miedo al futuro.

Y he aprendido más, mucho más. Así que a todos vosotros: gracias.

There’s a first time for everything

Ha sido un fin de semana intenso. De no parar ni un instante, de hacer muchas cosas por primera vez y disfrutar cada segundo de ellas. Cine chileno, wok para llevar, tapeo en las Ramblas, cantar en público en un karaoke abarrotado, descubrir la belleza tranquila de Palafolls, bajar un sofá por el balcón, recibir por fin la revista SDP con la portada y las fotos de mi amigo CainQ, comprar el CD de Those Dancing Days, despedirme para siempre de mi antiguo piso, conocer mucha gente nueva, vencer mi timidez, contar algo que llevaba tiempo guardándome y obtener como respuesta una frase preciosa, hablar del pasado naturalmente y sin nostalgia ni lástima… Ser entrevistado para TVE, y ponerme sólo un poco nervioso con los focos y las cámaras y los micros, pero salir airoso al final.

Y por supuesto, este fin de semana también he participado en la Cursa del Corte Inglés: correr esos 10,7 km era un pequeño reto para mí teniendo en cuenta que no voy al gimnasio ni hago deporte desde mi última clase de gimnasia en el instituto. Me sorprendí a mí mismo aguantando bien y completando el recorrido en menos de lo que esperaba. Debo dar las gracias a mi amigo Jose por convencerme y por amenizar la carrera con su mera presencia; creo que es la persona más vital y divertida que conozco. Difícilmente olvidaré el subidón de entrar al Estadi Olímpic mientras sonaba «Sky Fits Heaven» de Madonna. Sky fits Heaven, so fly it.

Al terminar, pensé que tengo que releer urgentemente «De qué hablo cuando hablo de correr» de Haruki Murakami, en el que el famoso autor japonés hace un paralelismo entre su método para escribir novelas y sus entrenamientos para correr maratones. En su día, ya me gustó el libro, pero creo que sólo ahora podré extraerle toda la sustancia. Ya lo tienen eso, los libros: te transmiten cosas muy distintas según qué momento estés viviendo. Por eso conviene releer los buenos libros en el momento adecuado.

Hoy estoy exhausto, claro, pero también muy feliz. Sigue la evolución en cisne negro que tantas veces he comentado en este blog. Cada vez estoy más cerca y más satisfecho. No sólo puedo hacer cosas: me gusta hacerlas.

As a child, I knew that the stars could only get brighter

En el colegio y el instituto, se me daba fatal todo lo relacionado con dibujar o las manualidades. Las clases de plástica, dibujo técnico y pretecnología me aterrorizaban, especialmente esta última. «Gracias» al enchochamiento hacia un amigo que dibujaba mangas, aprendí yo también a dibujar, a base de machacarme, repetir, inspirarme en mi mangaka favorito (Masakazu Katsura). En definitiva: esforzarme al máximo; lo que hiciera falta con tal de pasar más tiempo junto al amigo en cuestión.

Lo llegué a hacer tan bien que, al ver mi obra, mi padre por primera y única vez dijo estar alucinado y muy orgulloso de mí. Al dejar atrás la etapa estudiantil, abandoné el dibujo, pero creo que lo peor es que olvidé que si uno realmente pone de su parte y se esfuerza, puede superar sus limitaciones. O dicho de otro modo, y esto lo repito mucho últimamente en el blog: las limitaciones nos las ponemos nosotros mismos.

Ayer lo constaté. Tocaba papiroflexia: aprender a hacer grullas de papel. En la tienda, todo el tema de libros y papeles de origami es uno de los apartados de más éxito, y hasta ahora yo siempre envidiaba a quienes me los compraban. Estaba convencido de que a mí no se me daría bien y hasta me daba pena intentarlo, por miedo a  malgastar uno de esos bellos papeles estampados. Not anymore: ayer tuve que hacer una grulla, y me salió a la primera. Mis manos manipulaban el papel con soltura, los dedos iban y venían, los dobleces salían solos, la grulla iba emergiendo poco a poco. La primera quedó un poco fea, de acuerdo, pero la segunda salió casi perfecta. Ahora sólo me faltan 998.

¿Por qué grullas? ¿Por qué precisamente 1000? Una antigua leyenda japonesa asegura que si confeccionas mil grullas de origami, los dioses cumplirán tu mayor deseo. Eso intentó la pequeña Sadako, una niña japonesa enferma de leucemia como consecuencia de la radiación de Hiroshima tras la bomba atómica. Su deseo era curarse, y para ello se puso a doblar y doblar grullas. No le dió tiempo. murió cuando llevaba dobladas 664. Sus amigos acabaron por ella las que faltaban, y desde entonces la grulla de origami se ha convertido en un símbolo de la paz. Estos días, Japón está recibiendo miles de grullas de todo el mundo, una pequeña muestra de apoyo ante la catástrofe que han vivido, y siguen viviendo.

Reconozco que mi deseo es menos trascendental que el de Sadako y un poco más egoísta. Pero cuando tienes la suerte de estar bien ¿no son así todos los deseos? No sé si llegaré a doblar 1000 grullas, ya os informaré, y ya os diré si al final el deseo se cumple. Por ahora, me conformo con haber descubierto que se me da tan bien el origami. Que al contrario de lo que pensaba no soy nada malo para las manualidades. Que ya nada me impide llevarme a casa ese libro de origami y ese paquete de papel washi a los que ya les había echado el ojo. Para derribar las barreras que nos limitan, quizá sólo necesitamos un objetivo claro y poderoso que nos ayude a luchar, a ser tenaces y sacar lo mejor de nosotros mismos. Un pequeño deseo por cumplir.

I blame you for the moonlit sky

«Es que por su culpa…» ¿Por qué nos gusta tanto culpar a los demás de nuestras desgracias, de nuestros errores, de todo lo absurdo e injusto que nos ocurre? Quizá porque es más cómodo, menos doloroso que aceptar la propia responsabilidad. Es duro asumir que no nos engañan: nos dejamos engañar; no nos ofenden: nos dejamos ofender. Nos gusta pensar que el enemigo siempre son los demás, nosotros somos perfectos y no estamos equivocados, somos las víctimas. Pero no.

Quizá también influye otro factor: según un amigo mío (que además de actor es muy buen psicólogo), todo aquello que criticamos en los demás suelen ser defectos nuestros, faltas que también hacemos y odiamos hacer: nos vemos reflejados en el otro y le criticamos aquello que odiamos en nosotros mismos, y lo odiamos tanto que difícilmente lo admitiremos (reconocerlo y cambiarlo nos obligaría a evolucionar demasiado). Calmamos nuestra conciencia criticándoselo a otro, como si no fuera con nosotros la película. Por eso, generalmente, somos nuestro peor enemigo. De forma inconsciente, nos condenamos a la infelicidad, nos ponemos barreras y encima le echamos la culpa a los demás.

También es peligroso «culpar» a los demás de lo contrario, de nuestra felicidad. Dicho de otro modo: ser felices gracias a los demás, ser felices gracias a otra persona. «Sin ti no soy nada», «Mi vida sólo tiene sentido ahora que estás tú» y demás frasecillas que nos repiten a diario canciones y películas. No debe ser así. Porque entonces cuando la otra persona falta, tu mundo se desmorona. Del mismo modo que no hay que culpar a los demás de nuesro sufrimiento, hay que aprender a ser feliz por uno mismo. Mimarse, reencontrarse, dedicar tiempo a las cosas que te gustan y te llenan, darte cuenta de que eres un partidazo (que sin necesidad de nadie ya vales mucho), disfrutar. Y -entonces sí- compartir esa felicidad con los demás. Es una forma mucho más sana y sensata de ser felices.

Howl / Aullido

¿Qué pasa cuando haces una distinción entre aquello que le dices a tu amigo y aquello que le dices a tu Musa? El truco está en quebrar dicha distinción y aproximarte a tu Musa sinceramente, como te hablarías a ti mismo o a tus amigos. Es la capacidad de comprometerse a escribir de la manera que tú eres.

(Allen Ginsberg)

Se le llama calidad de vida: salir de trabajar el sábado por la tarde, comprar una entrada en los cines Verdi (que tengo al lado), volver andando a casa para cenar allí tranquilamente, dar otro pequeño paseo por las callejuelas y las tiendecitas de Gracia de regreso a la calle Verdi, disfrutar una crepe de chocolate antes de entrar al cine. Adoro mi barrio.
Se le llama dejarse sorprender por la vida: consultar la cartelera por curiosidad, como cada fin de semana, sin buscar nada concreto, o sólo buscando: buscando cualquier cosa, buscando La Película… y decidirme instintivamente por una: «Howl», poeta transgresor de la generación beat, la voz de una generación, James Franco, Rob Epstein, Jeffrey Friedman, mezcla de varios géneros y formatos… Me convence la propuesta. Poco sabía yo que esta especie de biopic sobre Allen Ginsberg iba a impactarme como lo hizo. Mindfuck literal.
La película está dividida en tres bloques que van intercalándose. Por un lado, tenemos una larga entrevista a Allen Ginsberg (interpretado por James Franco) hablando de su obra, de porqué escribe (y porqué escribe así), rememorando algunos momentos clave de su vida. Por otra parte, tenemos un juicio al editor de «Howl» (el famoso poema escrito por Ginsberg); por el mero hecho de haberlo publicado, acusan al editor de promover la obscenidad, la homosexualidad, el vicio y el buen gusto. Y por último, tenemos la lectura íntegra del poema en cuestión, acompañada de vistosas animaciones que tratan de traducir la poesía en imágenes muy plásticas.

Está basado en hechos y personas reales, y por eso impacta tanto. Por eso y porque su discurso sobre la libertad de expresión y la libertad creativa, por desgracia, no han perdido tanta vigencia como podría parecer. Ginsberg abogaba por la libertad absoluta: que el autor no se censurase a sí mismo y hablase de lo que le gustaba, lo que le interesaba, sin ataduras ni reparos de ningún tipo. Que vertiera en el papel lo que se contaría a sí mismo o lo que le contaría a su mejor amigo. No es menos interesante la parte del juicio, con un encendido debate sobre qué es literatura, qué tipo de valores o vocabulario son «necesarios» para considerar que un texto es literario y no obsceno.

Ginsberg fue transgresor, por eso su poema «Howl» levantó tantas ampollas pero también supo conectar con una generación entera, que vio en sus palabras lo que ellos sentían y no sabían expresar. Lo más bonito es cuando el personaje revela que empezó a escribir por amor: se había enamorado de su amigo y escritor Jack Kerouac, y al no ser correspondido, escribir le pareció la mejor forma de comunicarse con él. De impresionarle, también. Y una cosa llevó a la otra. De escribir por amor, a ser escritor. A destacar cómo James Franco se mete en el papel hasta el punto de que no sientes que esté actuando: es Allen Ginsberg. Casi jurarías que las escenas de la entrevista están rescatadas de algún programa de televisión antiguo.

Es una película que me impactó mucho, muchísimo, me fascinó la persona de Allen Ginsberg y ya tengo encargado su libro «Aullido y otros poemas». Pero también reconozco que es una película densa, se hace más larga de lo que es, al final se vuelve demasiado reiterativa y desde luego no es una película que recomendaría. Hay que saber muy bien lo que se va a ver, tener ese día la mente despejada, libre de prejuicios y muy receptiva.

El poema se ha malinterpretado sólo como una promoción de la homosexualidad. En verdad es… es más la promoción de la sinceridad, acerca de cualquier tema. Si eres un fetichista de los pies, escribe acerca de los pies. Si eres un especulador del mercado, puedes escribir acerca del aumento de la curva de ventas o el gráfico del mercado del petróleo. Cuando un pequeño grupo de personas es franca acerca de la homosexualidad en público, aquello rompe el hielo. Cuando la gente es franca acerca de lo que sea, entonces… aquello es socialmente útil. 

(Allen Ginsberg)