Our aspirations are wrapped up in books

Hoy haré un repaso por todos esos libros que más me han marcado. Todo lo que me han enseñado y lo que me han hecho disfrutar. Me voy a dejar muchos en el tintero (es el problema de leer «demasiado» y no tener tan buena memoria como me gustaría), pero intentaré que esta selección sea un pequeño repaso de mi vida lectora. Y a vosotros, ¿qué libros os han marcado a fuego?

Michael Ende – La historia interminable
Ya lo dije hace un par de días: fue mi primer libro «de mayor». Sigue fascinándome cómo trata la relación que se establece entre un libro y su lector. Cómo incluso el libro más vendido consigue hacerte sentir su único lector mientras navegas entre sus páginas. Sólo yo he cruzado junto a Atreyu el oráculo de las esfinges. Imprescindible tener la edición con las ilustraciones que abren cada capítulo e impresión a dos tintas.
Los buenos libros te absorben absolutamente.



Andreu Martín + Jaume Ribera – Serie Flanagan
En este caso, no se trata de un solo libro, sino de toda una colección narrando las aventuras de Flanagan, un detective adolescente. De pequeño, mi sueño era ser detective. Con estos libros, aprendí que ni siquiera los detectives se libran de hacer los deberes y sufrir. Mucho humor y casos que enganchan. Novelas juveniles que se pueden disfrutar incluso de mayor. Porque si por algo destaca Flanagan es por describir mejor que nadie qué significa crecer. Libro a libro, creces y evolucionas con Flanagan. Mi favorito: «Los vampiros no creen en Flanagan», pero todos son fantásticos y aún hoy devoro cada nuevo libro de la serie que publican.
¿Ser detective? No hay nada más misterioso ni fascinante que vivir.



Michael Crichton – Parque Jurásico
Después de ver la película 4 veces en el cine, todavía me quedaban ganas para más dinosaurios, así que me compré el libro. Y me encontré la mejor novela de aventuras, además de la mejor novela de Michael Crichton. Una fábula sobre la codicia del ser humano, sobre cómo se ordena el caos, sobre cómo la naturaleza siempre encuentra su camino. Fascinante es poco. Mucho más que un best seller.
El libro siempre es mejor que la película.



Arthur Conan Doyle – Estudio en escarlata
Sherlock Holmes es un personaje imprescindible de la literatura. Drogadicto pero lúcido, antisocial pero con don de gentes, descuidado y analítico, científico y artista… Un cúmulo de contrastes que lo hacen único. Un consejo: no os leáis las aventuras completas de Sherlock Holmes de una tacada porque aparte de un empacho literario, llega un punto que detectas enseguida los trucos de Conan Doyle, los casos pierden todo su misterio. De todos modos, lo que más fascina de estos libros es el propio personaje de Sherlock Holmes, todo lo demás es accesorio para que él pueda lucirse. Mi favorito: «Estudio en escarlata».
Las respuestas están en los pequeños detalles.



Stephen King – It
Empecé con 11 o 12 años a devorar los libros del señor King. Y entre mucha morralla (que la tiene), hay verdaderas obras maestras: «Misery», «Carrie», «Apocalipsis», «La larga marcha», «El juego de Gerald», «La tienda», la saga «La Torre Oscura», etc. Pero «It» es el mejor de todos. Qué bien explota los miedos que todos hemos tenido. Un lavamanos nunca había sido tan terrorífico. Y si el problema de Stephen King son los finales (sus libros suelen desinflarse en la última recta), ésta es la excepción: qué llorera. El inevitable olvido.
La vida nos tiene reservados caminos separados para cada uno, y eso no es malo.

Terenci Moix – El día que murió Marilyn
Mi libro favorito de mi autor favorito. También fue el primero que me leí. Me enamoré ya de sus primeras frases: «A veces, aún te deseo. Quizá ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio». Retrato generacional. La posguerra a pie de calle. La aventura de hacerse mayor en un mundo donde los adultos son más inmaduros que tú mismo. Los amores y los amigos perdidos. Las vacaciones de verano que no volverán. Nostalgia en estado puro. No sólo del pasado: también nostalgia del futuro que no fue. Hay cierta despedida bajo la lluvia que me parece lo más emotivo y verdadero que se ha escrito jamás. Tengo pendiente releerlo, ya haré crítica completa en el blog.
Te conviertes en un verdadero adulto el día que te das cuenta que sólo puedes depender y apoyarte en ti mismo.

Oscar Wilde – El retrato de Dorian Gray
Y mi otro libro favorito junto al anterior. Una obra para la que no pasan los años; cada vez que la leo me parece más actual. Oscar Wilde en estado de gracia. Diálogos brillantes y una historia descarnada sobre la vanidad. El culto al físico por encima de todo lo demás, todo lo que sacrificamos a cambio de cosas fugaces. También habla de lo monstruosos que nos volvemos por culpa del amor… o de la ausencia de él. Recomiendo la lujosa edición de Galaxia Gutenberg, una maravilla.
Acepta tus defectos para vivir libremente y sin hacer daño a los demás.



Bret Easton Ellis – Glamorama
Después de dos autores tan recargados como Oscar Wilde y Terenci Moix, el estilo glacial de Bret Easton Ellis me impactó. Sus libros siempre retratan con precisión quirúrgica a gente perdida en un mundo absurdo del que no saben salir. Flotan por la vida dando torpes brazadas. Todas sus novelas son magníficas, pero personalmente me quedo con «Glamorama». Ese mundo de modelos terroristas y gente tan famosa que ya ni se reconocen unos a otros.
No busques la perfección: todo tiene manchas.

Mark Haddon – El curioso incidente del perro a medianoche
El mundo visto a través de los ojos de un niño autista. A estas alturas, quizá el libro os parecerá sobrevalorado, se le ha dado mucha publicidad. A mí me sigue pareciendo una joya. A través de las reglas «absurdas» por las que se rige el mundo de Christopher, te replanteas tu forma de entender lo que te rodea. ¿Por qué hay cosas que damos por sentadas? ¿Por qué un buen día es ése que hace un sol radiante y no el día que te cruzas con cinco coches rojos?
Nada como un cambio de enfoque para verlo todo más claro.



Chuck Palahniuk – Nana
Con un estilo clínico y salvaje parecido a Bret Easton Ellis (sin llegar a su altura), se trata de otro autor imprescindible, aunque sus 2 últimos libros (Rant y Snuff) sean espantosos. «Nana» me parece su mejor obra, incluso por encima de «El club de lucha» o «Monstruos invisibles». Una road movie enloquecida para destruir todos los ejemplares de un libro de poemas africanos con el poder de matar a quien lo escucha. Como siempre, Palahniuk no deja títere con cabeza. No tiene piedad. Nosotros tampoco.
A menudo olvidamos el poder de nuestras palabras.

Kazuo Ishiguro – Nunca me abandones
Triste y desolador. Durísimo, tan duro como esos días negros en que parece, que tu vida se derrumba. Al terminar el libro, no pude dejar de pensar en él durante semanas. Hablé más a fondo de todo lo que me transmitió esta historia en la crítica de la película. Una pequeña joya a la que afortunadamente, ahora se le hace un poco más de caso gracias a la película. Esta semana he vendido varios ejemplares en la tienda y no podía dejar de sonreír.
Aprovecha cada segundo, porque al final del día no hay mayor recompensa que haber vivido.

Haruki Murakami – Crónica del pájaro que da cuerda al mundo
Para mí (a falta de leer «1Q84»), el libro más críptico, intimista, apasionante y complejo del autor japonés de moda. Es de esos libros en los que «no pasa nada» y sin embargo te mantienen enganchado. No puedes soltarlo. Alucinas con el protagonista mientras su vida se va volviendo más y más absurda. Su mujer le ha dejado por causas desconocidas,, y en la búsqueda de respuestas, primero tendrá que volver a descubrir quién es él. Se rodeará de gente muy extraña que no sabes si quiere ayudarle o todo lo contrario.
No te reencontrarás a ti mismo en el fondo de un pozo: sal de ahí.



Paolo Giordano – La soledad de los números primos
Quizá el libro más bonito que he leído jamás. La sensibilidad de Giordano es única. Se fija en los pequeños gestos, defectos y manías de sus personajes para explicarte no sólo cómo es su vida: también cómo es la tuya. No me cansaré jamás de recomendar esta maravilla. Una oda a la compañía del silencio. Es un libro que todo el mundo debería leer, aunque muy poca gente será capaz de apreciarlo. O eso creía, porque hasta ahora me consta que todos los que lo han leído gracias a mi insistencia, han quedado fascinados por sus páginas. Siento que mi primera crítica no le hacía justicia a su grandeza, tengo que releerlo y recomentarlo.
Hay que aprender a soltar lastre y seguir adelante.

C’est l’homme ideal, charme au masculin… Sexy boy

No me considero fetichista de nada. Pero no sé qué tendrán los chicos que leen que me vuelven loco. Basta con que sean mínimamente monos y tengan un libro entre manos. La atracción aumenta si además el libro es bueno: algún clásico, algún autor poco conocido… todo lo que se aleje de los best-sellers. Los veo concentrados en la lectura, en el tren, el metro, un parque o un banco, ajenos a lo que los rodea, con el ceño fruncido y esa media sonrisa muy seria que todos tenemos cuando disfrutamos de un libro, y mi imaginación se dispara, mucho más que si estuvieran enseñando carne.

Quizá influye que, por desgracia, no sea tan habitual ver a un hombre joven leyendo. Y menos gay. Recuerdo cuando en el colegio y el instituto me tildaban de gay por preferir quedarme sentado leyendo la bibliografía entera de Stephen King en vez de darle patadas a un balón. Y yo pensaba: sí, soy gay y sí, me gusta leer, per una cosa no tiene que ver con la otra. Tuve que crecer para confirmarlo. Tengo amigos gays y lectores, pero son los menos. Que tampoco pasa nada por no leer un libro, nadie se muere.

Pero los libros constituyen una parte muy importante de mi vida, así que para mí es un tema de conversación casi imprescindible con alguien. Poder hablar de literatura y autores y recomendaciones y capítulos y frases, lo que me ha transmitido cierto pasaje. Disfruto más de esto que hablando de otros temas divertidos sin duda pero que no me llenan del mismo modo. Por eso me apasiona tanto ser librero, y así poder hablar con los clientes de tal o cual libro. Ahora menos, pero en mi anterior librería generalista, me pasaba horas hablando de los libros, los que teníamos en la tienda y los que no. Iba conociendo a los clientes, sus gustos, y les recomendaba libros acordes: a veces a sabiendas de que les gustarían, a veces por intuición. Rara vez fallaba. La gente menos lectora me miraba con cara de susto y preguntaba: «¿Pero te los has leído todos?». Ojalá.

Y volviendo al fetichismo que comentaba al principio, una de las primeras cosas que valoro cuando conozco a algún chico u hombre que me gusta es si tiene o no tiene «cara de leer». No sabría describir qué significa eso de «cara de leer», pero no suelo equivocarme. Supongo que me fijo en eso porque para un polvo da igual, pero no podría compartir mi vida con alguien que no le guste leer. Y otra cosa que me vuelve loco son los escritores guapos. Y que escriban bien, claro. Soy capaz de comprarme toda su obra. Bret Easton Ellis no es guapo pero escribe de tal manera que me da morbazo. Javier Montes y Paolo Giordano son mis últimos descubrimientos: tan guapos como buenos escritores. Supongo que los clásicos estarían orgullosos de mis manías. Mens sana in corpore sano.

Hidden on the pages is the answer to a neverending story

Libros. Como librero me paso el día rodeado de ellos. Y como lector, además me sumerjo cada día en ellos. Siempre han formado parte de mi vida y aunque no necesite un 23 de Abril que me empuje a regalarlos, comprarlos o leerlos (garantizo que hay gente que se piensa que sólo vendemos libros ese día), sí me gusta el día de Sant Jordi. Celebrar la cultura, la lectura. Por eso, estos días que quedan hasta la Diada los voy a dedicar en mi blog a los libros, a mis libros, a lo que significan para mí y lo que me aportan.

Los libros siempre han formado parte de mi vida, desde muy pequeño. Tengo la suerte de pertenecer a una familia con tradición lectora. Al menos por parte de algunos miembros de la familia: mis abuelos, mi madre, yo. Otros familiares no han abierto un libro en su vida. Está bien: el placer de la lectura no es algo que se pueda forzar. De hecho, ése es el error del sistema educativo: en vez de incentivar la lectura, los profesores asustan a los críos imponiéndoles unos libros que no me leería ni yo. Deben hacerlo por venganza de habérselos tenido que leer ellos.

Ya desde pequeño recuerdo que mi abuela me llevaba a un Happy Books hace años desaparecido, cerca de Paseo de Gracia, con una enorme cafetería y un jardín. Era una gozada merendar rodeados de libros. Con nueve años me animé a leer «La Historia Interminable», sentí que era mi primer libro «de mayor». Dejaba atrás unos libros que me tenían fascinado, en plan «Elige tu propia aventura» pero con ilustraciones llenas de pruebas visuales, secretos y laberintos. «La Historia Interminable» me marcó tanto que, años después, nuestra primera librería le rendía homenaje, llamándose Koreander.

Desde entonces, mi vida ha sido un no parar de leer libros, descubrir autores, maravillarme con los mundos en los que me sumergen. Ha habido muchos libros buenos, unos cuantos brillantes y también alguno malo, aunque a estos último no les doy muchas oportunidades: si un libro no me engancha, lo dejo. Los libros me han acompañado en los peores momentos, me han dado fuerzas para seguir, me han enseñado valiosas lecciones. También me han iluminado, me han hecho llorar y reír, me han distraído, intrigado, emocionado, horrorizado. Me han reconfortado.

De adolescente, iba mucho a la biblioteca, pero con el tiempo dejé de ir: hace años que no piso ninguna. Y es que los libros me hacen tanta compañía que necesito tenerlos conmigo, sentirlos bien cerca. No me gusta pensar que ese libro que estoy disfrutando tanto tendré que devolverlo. Me gusta conservarlos en la estantería, saber que están ahí si algún día necesito sus consejos o su magia. Cuando hago una mudanza, no me siento en casa hasta que no tengo mis libros favoritos y mis autores fetiche bien a la vista. Es curioso porque al releer un libro, siempre te cuenta algo nuevo. Como si el escritor lo hubiera corregido mientras no mirabas, le hubiera añadido nuevas palabras y nuevas páginas. Hay un libro para cada momento. Un libro que hoy te deja frío mañana te marcará, y al revés. Quizá incluso hay un libro para cada persona.

Mi sueño siempre ha sido llegar a publicar un libro. Estoy en ello: después de años de letargo, me he puesto manos a la obra y he retomado con ganas una novela que tenía a medio escribir.  Tengo ganas de terminarlo y poder sentir el mismo orgullo que cierto amigo que cumplió su sueño de publicar: orgullo hacia su criatura, su creación; satisfacción. Quiero tener esa sonrisa que se le pone a él cuando habla de su libro, cuando explica detalles y secretos de su elaboración. El día que pueda poner mi propio libro junto a los demás libros que me han acompañado a lo largo de mi vida, sé que todo habrá merecido la pena. Todo.

Let it shatter the walls for a new sun

Estoy bastante harto de los aires apocalípticos cada vez más presentes en películas, libros, videojuegos, videoclips, etc. Y mira que me atraen desde siempre los ambientes apocalípticos; no en vano, adoro cosas como «Akira», «Neon Genesis Evangelion», «Hijos de los hombres», «Mecanoscrit del segon origen», «La carretera», etc. Yo mismo llevo medio escrita una novela ambientada en un mundo que se ha ido al traste. Pero creo que últimamente, con la excusa de que el 2012 se acerca, se están pasando. Hay una saturación brutal en todos los medios. Sin ir más lejos, el otro día salía a la venta un juego de coches ambientado, cómo no, en un mundo destruído. 4×4 y karts saltando entre edificios en ruinas y carreteras levantadas. ¿De verdad es necesario?

La gente, en general, está encantada. La muerte nos asusta, pero parece que esa catástrofe cósmica inminente nos fascina. Morir solo aterra, morir junto al resto de la humanidad es un espectáculo del que hay formar parte. Y los más listos se aprovechan editando todo lo que pueden y más. Libros desérticos, películas de catástrofes bíblicas, videojuegos apocalípticos… No sabes si intentan prepararnos «por si acaso» o si corren a enriquecerse antes de que se pase la fecha. Da la sensación de que la única intención sea recrearse en la destrucción gratuita.

Intuyo que el año que viene va a ser agobiante. Si ahora ya cuando ocurre alguna catástrofe natural, la prensa se ensaña y le da una trascendencia mística, como telepredicadores intentando que nos sintamos culpables de algo, no quiero ni imaginarme qué harán conforme se acerque el 21 de Diciembre de 2012. Y la de sectas que surgirán. Ya ocurrió con el año 2000, y entonces no había una profecía maya por cumplir.

Por eso, en medio de este panorama, me parece muy positivo que aparte de canciones optimistas como «Firework», «Raise Your Glass», «We R Who We R», «I’ll Be Yours» o incluso «Born This Way», haya videoclips como el de «Till The World Ends» de Britney Spears. Con los teasers, me enfadé: «Hasta ella sucumbe a los tintes apocalípticos». Edificios derrumbándose, gente buscando refugio y demás. Afortunadamente, el vídeo acaba con un sol saliendo por el horizonte. Britney sale de las cloacas y sonríe.
 

Por eso creo que me gustó tanto Berlín: han pintado las ruinas y han cubierto los edificios grises de la postguerra con graffities, coloristas y reconfortantes. Del desastre han creado cultura. Por eso me gustan también los japoneses: tienen tan asumido que nada es eterno, que no sólo disfrutan del momento actual, sino que tras una desgracia saben reponerse y resurgir como un ave fénix.

La noche que precede al nuevo día. «Cambio de ciclo», que dice una amiga mía. Y sí, espero que sea eso lo que ocurra el 22 de Diciembre de 2012. Que el sol salga como siempre pero parezca más nuevo que nunca. Y el mundo siga adelante con fuerzas renovadas. Los finales no son el final: las cosas que terminan nos enseñan a evolucionar, a dejar la puerta abierta a nuevas cosas por venir.

I’ve said too much, I haven’t said enough

Por lo general, me gusta que las cosas se digan sin ambages. En ese sentido, no me gustaría ser japonés. Para ellos, el «no» rotundo no existe, todo tienen que ser rodeos y sutilezas, mucho tacto, mucho estudiar los gestos para acabar descifrando que ese «Es muy posible» en realidad significa «Ni en broma». Debe ser agotador. Pero en el fondo les comprendo, porque a veces ser directo asusta. A veces da miedo esa incertidumbre. Da miedo decir demasiado, pero también da miedo no haber dicho suficiente. Y en ambos casos lo que más asusta es la respuesta, o incluso la ausencia de ella.

Ninguna canción describe tan bien este proceso mental como «Losing My Religion» de REM. Sí, quizá nunca le habíais prestado atención pero la letra no va de Dios ni de la religión ni de la fe. Nada de eso. Una buena amiga me hizo abrir los ojos una noche que vimos el vídeoclip en Rac 105. Va de esperar ansioso a que el otro mueva ficha, de reconcomerse por dentro pensando que nos hemos excedido, o que quizá no hemos sido lo bastante explícitos. Va de estar eufórico al creer que detectas una reacción del otro, y hundirte después cuando ves que era una falsa alarma.

Esta entrada viene a raíz de la película Bon Appétit, que me hizo recordar esos momentos de incertidumbre que todos hemos sentido, cuando te debates entre la posibilidad de estropear algo bonito y la angustia de dejarlo escapar si no haces nada. «Hay que dejar fluir», suele decir esa amiga mía. Y es cierto, hay que dejar fluir, que las cosas vayan ocurriendo con naturalidad y las piezas encajando como tengan que encajar, pero es mucho más sencillo dejar fluir cuando sabes el punto exacto de desembocadura. En caso contrario, más que dejar fluir parece que estés flotando por el espacio, sin rumbo y con el oxígeno agotándose.

Así que si tenéis ganas de decir algo, decidlo. Entre decir demasiado y no decir nada, siempre es mejor decir demasiado, porque en realidad ese demasiado nunca será tan bestia como parecía en vuestra cabeza. Eso sí: primero, preparad bien el terreno para que se den las circunstancias más propicias, tened paciencia, buscad las palabras correctas y, llegado el momento oportuno: gritadlo. Que no pueda venir luego Isabel Coixet a grabar una secuela de «Cosas que nunca te dije». La respuesta nunca será peor de lo que habíais imaginado; de hecho, generalmente será mejor y os dejará con una sonrisa. Serenidad, por fin.

Una cosa hecha con moderación puede ser juzgada insuficiente. Es necesario «hacer demasiado» para no cometer errores.
(Yamamoto Tsunetomo, «Hagakure»)