The best exotic Marigold Hotel

«Everything will be all right in the end.
If it’s not all right, then it’s not the end.»

Con esta frase me conquistaba el tráiler de El exótico Hotel Marigold. «Todo saldrá bien al final, y si no sale bien, entonces no es el final.» Mantra poderoso donde los haya. Fue por esta frase y por el maravilloso cast de grandes actores británicos que me decidí ir al cine. Corrí pero llegué a tiempo, y resultó que el público era joven.

El exótico Hotel Marigold viene a ser una segunda parte de Love Actually, que como toda secuela se trasladaría a un lugar más vistoso: la India. Historia coral, personajes entrañables a pesar de sus defectos, el poder redentor del amor, giros algo previsibles y no por ello menos ansiados, un intenso aroma de optimismo vital saturando cada fotograma… todo eso y mucho más. Pero hecho con gusto y con cierto toque moderno (el personaje de Judi Dench crea un blog para el viaje y se convierte así en el hilo conductor de la historia).

La llegada al caos de colores, sonidos, gentes, sabores nuevos, perfumes, costumbres impacta a todos los personajes. Tienen que adaptarse. Hay una conversación en un restaurante que sintetiza muy bien el desafío al que se enfrentan. «¿Qué ves que yo no vea?» pregunta ella. Y él le responde que admira como «En la India entienden la vida como un privilegio, no como un derecho». Ni más ni menos.

En la India, todos encuentran la oportunidad de reinventarse. Se atreven a cruzar puertas y abrir ventanas, se sinceran consigo mismos y con gente nueva. Dejan ir las losas del pasado, aceptan las cosas nuevas que les llegan sin buscar excusas porque al fin entienden que no hay que temer al futuro, de hecho hay que desear que sea distinto, ése es su encanto: trae lo nuevo. Encontrar la paz reencontrándose con uno mismo, de eso trata la película. Y no son solo tópicos. También son las claves para encontrar esa brújula que todos podemos tener.

Un reparto de actores estupendo (destaco sobre todo a Judi Dench, Tom Wilkinson y desde luego Bill Nighy), frases enmarcables, la vitalidad de los paisajes de la India como un personaje más de la película. Es de esas películas que no defraudan cuando necesitas un pequeño empujón. Y todos lo necesitamos de vez en cuando. Por eso, al llegar a los créditos finales y encenderse las luces, la sala entera estalló en aplausos. Todo eran sonrisas.

«You can have anything you want.
You’ve just got to stop waiting for people to tell you you deserve it.»

Beauty is where you find it

¿Esperarías al león o te quedarías con la jirafa? Diálogo clave de la película Beginners. Quedarse con la jirafa no es conformismo sino llegar a un punto en el que entiendes que lo mejor no es solo lo que más deslumbra sino lo que más te llena. Claro que tienes que quererte mucho, desprenderte de cualquier expectativa o necesidad y tener la mente muy receptiva para llegar a ese punto. De lo contrario, no distinguirías entre una jirafa y un clavo ardiendo.

Es un poco ese «retornar a la belleza de las cosas inconexas» que canta La Casa Azul en La Fiesta Universal. O tu boca abierta ante la insignificante maravilla que te llevará a escribir un haiku eterno. Convertirte otra vez en niño, pero un niño muy sabio: ya no se cree lo primero que le cuentan. Un niño que sabe que los Reyes Magos no existen pero la magia sí. Por eso abres los ojos y sonríes y fluyes sin más: confías en que todo encajará. Y lo hace.

Te dejas llevar, receptivo, como cuando viajas a Berlín, por ejemplo. Es una ciudad monstruosa. Ya te pueden vender lo contrario: llegas y todos sus edificios son grises, con la arquitectura funcional de la posguerra, cuando ya solo importó construir rápido y barato habitáculos en los que almacenar gente y más gente. Sin embargo, sus habitantes han conseguido extraerle la belleza a la ciudad y sus calles sucias, convertirla graffiti a graffiti en una jirafa. Berlín la adoras al segundo o tercer día, cuando ya permites que te abrace y notas que, contra todo pronóstico, ese abrazo es mágico. Admiras cada rincón.

No te quedes esperando al león. O mejor: descubre que las jirafas también son leones, de hecho tienen colores más puros. Y no necesitan rugir para conseguir lo que quieren: tan solo levantan el cuello y llegan más alto. Viaja, sorpréndete, confía en la magia, salta, atrévete a actuar. Mírate al espejo y date cuenta de que te has convertido en esa persona que conseguirá justo lo que querías. Las cosas realmente bellas, al contemplarlas de nuevo, te provocarán el mismo impacto de la primera vez. Merecerá la pena.

M. Pokora – A La Poursuite Du Bonheur

La búsqueda de la felicidad. Menudo título el del nuevo álbum del francés más guapo (con permiso de Guillaume Canet). Bueno, supongo que el título significa eso; no sé francés aunque últimamente me está entrando el gusanillo de aprenderlo. Y quizá por eso, por no saber francés, le hice más caso al único disco que Matt Pokora sacó en inglés, años ha. Eso sí, un temazo lo reconozco sea cual sea el idioma, y el año pasado su himno A nos actes manqués se coló en mi top de mejores canciones de 2011. Tuve la intuición de que el nuevo disco seguiría por esos derroteros.

Y efectivamente: A La Poursuite Du Bonheur hace justicia a su título. Una colección de canciones muy luminosas que dejan de lado las composiciones urban y r’n’b tan características de Pokora, apostando claramente por el pop veraniego. Bien de guitarritas, bien de percusiones y bien de coros. A veces parece que esté Martin Solveig de por medio intentando grabar una canción del verano.

Dale al play. Sonreirás desde la desenfadada Juste Un Instant, que abre el disco con una fiesta en la playa en la que bailas con los amigos y esa persona que te gusta, hasta la triunfal On Est Là, donde el despelote y el alcohol ya han hecho acto de presencia, alguien ha improvisado una batucada y tú saltas, ¿qué otra cosa puedes hacer cuando eres feliz? Pues saltar y gritar y mover las caderas y dar patadas a la arena.

Canciones como Cours y la preciosa Reste Comme Tu Es bajan el ritmo ligeramente: Pokora prueba otra ruta, persigue tu sonrisa en otro rincón del paisaje, pero incluso los medios tiempos tienen el mismo sabor a arena y sal marina que las demás. Las pocas baladas están bien repartidas para que no corten la fiesta. Con Mon Evidénce parece que estés en una colchoneta, alejándote poco a poco de la orilla hacia aguas mejores.

También hay momentos de baile intenso, claro. En la parte más nocturna y discotequera del disco, destacan Encore + Fort (tiene cierto regusto a lo que hizo con Timbaland) y Danse Sur Ma Musique (tralla al estilo de David Guetta: sonidos hipnóticos que crecen y crecen). Bailar hasta sudar es otra forma de buscar la felicidad. Y Pokora es buen bailarín, qué duda cabe. Seguro que sudar también lo hace muy bien.

¿Sabes cuando viajas a una ciudad que te encanta y en todas partes suena cierta canción que parece perfecta para definir tus vacaciones? No sabes cómo se titula, pero escucharla te hace sonreír en tus paseos y tus compras y tus cenas. Pues eso es lo que transmite, canción tras canción, A La Poursuite Du Bonheur. Es ideal para ponértelo en modo aleatorio, para salir de casa estrenando una camiseta nueva cada mañana y gritarle hola al sol aunque llueva. ¡Toca sonreír!

Il nous disais hors jeu
Nous pensés plus du tout du moment
On fait parti de ceux qui ne savent qu’aller aller de l’avant
On est là
Pour mener la danse

Cojo la bici, vamos allá

«¿Has conocido a alguien?», te suelta una amiga cuando le dices que tienes muchas cosas que contarle y ella te nota especialmente feliz. Es inquietante, la verdad. ¿Acaso conocer a alguien es lo único bueno que puede ocurrirte? Una cosa es que tu abuela siempre pregunte cuándo te casarás y otra que una amiga, que te conoce mejor, piense eso. Que estás solito, incompleto, y necesitas a alguien. Con toda la buena intención, pero lo piensa.

Precisamente, lo mejor de estar libre es llegar a ese estado de ausencia de necesidad. Es entonces cuando llegan las cosas buenas. Los polvazos, por supuesto, y los ligues y las citas para ir al cine, pero sobre todo los viajes, las fiestas con amigos, las risas, el día que por fin sacas la chaqueta de entretiempo porque ya calienta el sol en Barcelona, los libros inesperados, las mañanas de domingo viendo Friends, el descaro, la nueva barba o los pantalones recién estrenados, la receta para cocinar una pizza blanca de salmón. Como no necesitas nada, lo disfrutas todo.

Observas con cierto cariño a la gente que necesita. Necesitan una pareja, necesitan acompañantes para ver cualquier película, necesitan fabricarse otro cuerpo porque no les gusta el suyo, necesitan objetos, necesitan aprobación a cualquier precio. Y cuando consiguen algo de todo eso, necesitan más. Siempre más. No hace tanto que tú eras uno de ellos, lo sabes bien. Y en cierto modo, sigues siéndolo. Nos han programado así, no es tan fácil ser libre. Todavía se te escapa algún «necesito» cuando ves cosas que te gustan. Pero te vas desprendiendo de las ansias.

Ventanas que dan a otras puertas, sonrisas que flotan, tu sable que todo lo corta, los placeres que tú eliges disfrutar. Comprendes estos conceptos y entonces disfrutas de todo tal cual llega. Cualquier momento es el tuyo. Y si alguien te dice que tiene algo bueno que contarte, tú ya solo pensarás en las cosas simples de una vida tranquila: «¿Has visto una paloma graciosa? ¿Has hecho un viaje secreto? ¿Has comido el primer helado del año?».  Cambiemos los «necesito algo» por los «yo disfruto ahora». Es un buen principio.

«Poor is the man
Whose pleasures depend
On the permission of another.»
(Madonna)

Would you be wonderful if it wasn’t for the weather?

-¿Cuál es el problema ahora?
-Me duele la cabeza. La resaca. Tengo mal despertar.

Podía escudarme en muchas excusas. Y ninguna sería exactamente mentira. Supongo que en verdad era tan sencillo como que no me apetecía. Así que, de forma unilateral, decidí que seguiríamos durmiendo. La luz ya entraba por la ventana pero todavía no había sonado el despertador.

Dos o tres cabezadas después, le descubrí con sus ojos legañosos clavados en mí. Debía de llevar un buen rato así, esperando a que nuestras miradas se cruzasen. Estábamos tan cerca que él parecía un cíclope. Despeinado y guapo, pero cíclope.

-¿Cuál es el problema ahora? -repitió.

Dudé: ¿no me había oído antes? ¿O no le habían parecido lo bastante buenas mis excusas? Probé con otras:

-Tengo que ir a trabajar. Va a sonar la alarma en cualquier momento. Prefiero hacer las cosas bien, con calma.

Todo eso tampoco era mentira.

-¿Cuál es el problema ahora? -insistió él.

Estaba claro que esperaba la respuesta correcta por mi parte. Una palabra clave. Muerto de sueño, deseando acurrucarme entre las mantas, me acordé de Indiana Jones resolviendo los enigmas cuando todo parecía perdido, recuperando su sombrero un segundo antes de que la compuerta se cerrase para siempre, escapando por los pelos. Pero lográndolo siempre. ¿Cuál es el problema ahora? Y dije:

-Ninguno.

Mi respuesta no había sonado muy convencida pero él sonrió, satisfecho. Y entonces comprendí. O mejor dicho, recordé. Y ya todo fue bien. Muy bien, de hecho. Más tarde, al salir a la calle, Barcelona esa mañana de sábado parecía más llena que nunca de detalles sobre los que escribir poemas y de las sonrisas de gente que paseaba sin mapas. Se dejaban guiar simplemente por la luz del sol al torcer la siguiente esquina.

«Los caminos se pierden cuando se ponen excusas.»
(Hagakure, Yamamoto Tsunetomo)